Mirar un cuadro...
sentir una historia



por CARMEN LÓPEZ LEÓN

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Todos los días, miles de personas recorren las salas de los museos en cualquier parte del mundo. Todos los días miles de personas pasan las hojas de libros de arte donde se reproducen las obras de más reconocido prestigio de todos los tiempos, y, sin embargo aun contemplando las creaciones más hiper-realistas desde Velázquez a Antonio López, cada una de estas personas percibirá algo diferente.

No me estoy refiriendo, naturalmente, a esas visitas programadas en las que un guía repite monótonamente las características técnicas de tal o cual pintura y arrastra tras de sí a un disciplinado grupo de visitantes marcándoles el ritmo previsto en un programa, ni a aquel que ha recibido como costoso obsequio un libro de arte lujosamente encuadernado y se ve forzado a hojearlo delante de la persona que lo regaló. Me refiero a aquellos capaces de «mirar» la pintura, no solamente de «ver» un cuadro.

Porque la mirada se convierte en un acto trascendente cuando se funde la contemplación y la estimación, el juicio espontáneo y el sentimiento. En la «mirada» lo contemplado y el contemplador se fusionan dando lugar al momento que justifica la tarea del creador de la obra de arte.

El arte no reproduce la naturaleza sino que la interpreta y, precisamente en la búsqueda de estas interpretaciones reside el arte, no en la aplicación de una servil y vana copia.

Ver no es tratar las cosas sino de manera utilitaria, así los millones de seres humanos que atraviesan diariamente la Gran Vía madrileña la están viendo sin lugar a dudas, pero en la contemplación del extraordinario lienzo del manchego López, aún pudiendo reconocer milimétricamente cada detalle, se está produciendo una percepción de este paisaje urbano que apela y golpea en las regiones más oscuras de nuestras facultades cognoscitivas.

Propongo la experiencia de mirar un cuadro, aislando los demás sentidos en la contemplación, como el melómano cierra los ojos para escuchar únicamente la melodía, tratando de permitir solamente al sentido de la vista la captación de la imagen y dejando que los estímulos visuales se fundan libremente en nuestro interior despertando toda la gama de emociones y sentimientos que la percepción ponga en marcha.

Y, posteriormente, escribir sobre ello. No pretendo desmenuzar y analizar la pintura, ni contar una historia sobre la escena pintada como si se tratara del decorado de una obra teatral en la que los personajes van a empezar a moverse para representar su comedia o su tragedia. Ambos abordajes suponen una racionalización y, por lo tanto, un distanciamiento de la genuina emoción. Pretendo un ejercicio de libertad en la creación de un texto que haya surgido, con naturalidad, con espontaneidad de la impresión del cuadro.

Los impresionistas se esforzaron en sus trabajos intentando restituir el choque inmediato producido por un fragmento de realidad en un instante preciso, bajo una luz particular.

Propongo, a los visitantes de Almiar, realizar esta misma experiencia, y remitirnos sus escritos con la intención de ver multiplicado ese choque a través de la creatividad derivada de la impresión personal e intransferible.


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