ÍNDICE
DE AUTORES

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Miguel A. Ontanaya

José A. Torné

Fernando L. Pérez

Fernando Martín

Adriana Pardo (Luia)

Víctor Corcoba

PORTADA


 

 

 

 


 

 



Miguel A. Menéndez

Seis mil seiscientos
cincuenta y seis

 

 

Mamá, no quiero ir allí.
«¿Qué haces? ¿Estás en la luna?».
«Eres tonto. ¡Toma!» ¡Zas!; ¡Hííí!
Una

«Sí, sin duda, eres un pazguato».
«¿Qué pensará de ti Dios?».
«Vamos, venga, tira ya ese zapato».
Dos

¡La geografía estudia...! ¡Me importa un pito!
«Ja, ja, ja...». «Ese que chilla, ¿quién es?».
Castigado, al cadalso. ¡Para una vez que grito!
Tres 

Tengo que irme ¡qué putada!
Debo salir de este antro.
«¿Decías algo?». No..., no, nada.
Cuatro

«Hazlo por ti. No te hará daño».
No, no... Cuatro por cuatro veinticinco.
¡Qué estúpido engaño!
Cinco

¿Lo ha visto? Lo he conseguido.
Sólo para deciros: ¿qué os creéis?
«Sí, pero, ja, ja, todo lo demás está perdido!».
Seis

¿Usted?..., no es un enano. ¡Es un cabrón!
«¿Qué dice? Doscientas veintiséis..., y vete».
No es nada..., sí: una equivocada creación.
Siete
 
Todo esto tiene que ser un cuento.
Tiene que ser un sueño tras de otro.
Tiene que ser un pasajero lamento.
Ocho
 
«Lea aquí, y, ¡por favor!, hágalo bien».
Huele a lluvia de golpes. Ya llueve.
«¡No se dice rian; es rien, rien...!».
Nueve

«Deje que me ría de usted... ¡es tan gracioso!».
Pues no le entiendo: he dicho pez.
«Lo sé, lo sé... ¿A que soy un asqueroso?».
Diez

El corazón se rebela
la cabeza se baja
las manos inmóviles
están atadas.
El pensamiento busca,
no encuentra nada.
Los ojos atentos, húmedos,
miran sin ganas.
Y si todos juegan, él también,
como cada mañana.
Y si ellos gritan, él no puede,
pero, al menos, habla.
Y si todos ellos le empujan
él sonríe y no escapa.
Y si se equivocan y le tiran,
él cae, cae, cae... Luego se levanta.
Y si le dan la mano, la toma,
aunque sea una trampa.
Y si le escupen y le ahogan
él asiente, ríe y canta.
Y si ellos le preguntan
Él calla.
Un silencio sale por su boca,
sale de su alma,
y ellos no lo permiten
y atacan.
Y ellos no le hacen daño
Y se cansa.
Y ellos se preguntan
por qué no le matan.
Y ellos no entienden
no entienden nada.
Y él aprieta sus labios
y aguanta.
Y él, cuando se van,
cree que los espanta;
y ellos porque se van
han ganado la batalla,
y, entonces, sólo entonces,
él gana.
Once

Esto se podría arreglar de otra forma.
«No; el error fue tuyo. Deja que lo goce».
Sí... además la venganza es su norma.
Doce

No entiendo nada. No sé por qué
eso es pecado; eso no se puede ni pensar;
eso está negado; eso, porque sí, lo hacéis.

No entiendo nada. No sé por qué
tenemos que seguir así y aceptar.
Seis mil seiscientos cincuenta y seis.
 

 

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Luis Chamorro nos envía este poema de un antiguo amigo y compañero de clase —Miguel Ángel Menéndez— que, seguro, ni él mismo recuerda ya (se escribió hace ¡30 años!).
Su redacción coincide con la época de los últimos años de bachillerato —en un colegio religioso de pago (como se decía entonces)—, allá en los años agónicos del franquismo, y refleja el cabreo e impotencia monumentales que suponía (¡sólo a unos pocos!) aquella situación:  obligación ideológica, religiosa, familiar y muchos etcéteras más...

Ilustración poema: Fotografía por Pedro M. Martínez ©