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Servimos nosotros
Gabriel Barrios Fedriani


Nosotros serviremos el convite. Desde la inmensa cocina de tres hornos, llevaremos todo a las mesas. Al fondo del jardín, sobre el césped. Y empezamos.

Será una prenda cada vez. Antifaz para todos, según las invitaciones de boda. Nosotros dos con uniforme blanco y gorro, pedí yo. Iniciamos la comida cruzando el jardín a la ida con entremeses salados y jugosos, que harán beber. Vuelven las bandejas con nuestros zapatos en ellas. El resto de idas y venidas lo haremos descalzos sobre hierba recién cortada fuera y suelo caliente dentro, gracias al horno de pan.

Al segundo viaje van las bebidas que refrescan las gargantas, incluidas las nuestras, pues no hay besos todavía. Son las reglas. La vuelta no puede ser de vacío, ella saca cualquier prenda blanca bajo su bata y acepto; pongo a su lado mi camisa. No me siento en desventaja porque mi bata blanca también es muy larga.

Comienza la hora de la carne. Llevamos pequeñas jarras para la salsa aunque los filetes son jugosos. Vuelvo con una de las jarritas donde mojo los dedos y en este tercer viaje los deslizo en sus labios. Me deja probar de ellos por si faltara sal. A cambio, mi corbata blanca. Como regalo, su camiseta fina de tirantes, blanca también.

Llega el pescado fresco y el marisco. Lo servimos rápido, rápido para ganar tiempo al volver. Entramos y es ella quien toma una prenda, que tarda en coger con sus manos frías del hielo. Hago lo que puedo: Logro su gorro, que le suelta el pelo.

Ahora esperan bandejas de fruta y yo cargo primero la suya, de modo que con sus manos ocupadas encuentro pronto su minúscula braguita blanca, que arranco sin protestas. La sigo. Servimos juntos el melón cortado y el melocotón maduro. Después, el kiwi a rodajas y las uvas, casi todas las uvas. Consigo comer algunas de su boca ante las narices de un hombre borracho, que mira su copa sin decir nada.

Entramos de nuevo a la cocina, sin nadie, y empiezo a temblar. Ella ha entrado antes y me esperan unas tijeras que cortan toda la ropa que me quedaba bajo la bata. Su mano izquierda da un recorrido en busca de alguna más. No hay nada más, presume de trabajo bien hecho.

Quedan los postres dulces. Sacamos del horno los bizcochos calientes y las manzanas asadas. Tira mi pañuelo del cuello al fuego y le pido un plato colocado sobre la vitrina, porque es más alta. Con sus manos levantadas, la cacheo en busca de un sujetador que ya caía solo, desabrochado unos momentos antes, como una gaviota que planea, una cadencia que huye de la prisa.

Vuelvo a temblar.

Se oyen los gritos de los invitados, vemos al borracho de antes que se acerca. Tira el sujetador al fuego. No quiere pistas. Cuando el borracho quiere entrar, ponemos en sus manos las bandejas con los primeros dulces y él, jugando a mayordomo, corre a servirlos. No sabe nada, no ha visto nada.

Lo veo marchar, mis brazos en jarra. Ella llevará la miel, pero después de extenderla por dentro de mi bata, bajo mi cintura, de atrás hacia delante. A pesar de los recios botones de mi bata, no puedo salir ahora. La dejo escapar pero tendrá que andar despacio hasta la mesa principal, pues también ella se delataría chorreando miel si separa las piernas. Es el último viaje.

Cuando entra de nuevo, desgarra las dos batas y no cierra la puerta. Ha conseguido que los principales nos manden a descansar un rato. Toma de nuevo la jarra de miel para que hunda mis manos. Se agarra con sus piernas a mi cintura, sobre la gran mesa de madera, tomo suavemente su boca y sus blancas lunas, por fin lunas de miel.

Ninguno puede escapar ya, no queda distancia. Muerdo despacio su cuello y su risa estalla. Ella ve, por la ventana, cómo los cocineros Andrea y Miguel siguen vestidos con nuestros trajes de novios presidiendo la mesa. Nadie se ha quitado el antifaz. Ni nosotros. El juego era así.


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GABRIEL BARRIOS FEDRIANI es un autor gaditano.
sin @ para evitar el spam gabafe(a)hotmail.com

ILUSTRACIÓN RELATO: Pomona mask, By Lauren raine (Own work) [CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons