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La presencia del profeta
Esther Zorrozua


No entiendo nada. Los vencejos han revoloteado durante toda la mañana alrededor de la iglesia. Cientos de ellos ensayando vuelos rasantes, rápidos como saetas, igual que si fuesen a estrellarse contra las paredes de piedra para remontar luego hasta el campanario, en el último momento, trazando en el aire acrobacias imposibles. Y, de pronto, poco antes del mediodía, como si obedeciesen una orden implícita, el vuelo desordenado se ha vuelto formación sincronizada, casi militar, y toda la bandada se ha orientado hacia el bosquecillo de encinas sobre la loma cercana, para perderse luego en el azul, casi blanco de cal viva que macera el pueblo como en un caldo espeso.

Por un instante todo ha sido quietud. Ni el batir de alas ni los chillidos desacompasados de un rato antes han quebrado la calma silenciosa.

No entiendo nada. El reloj de la torre, puntual a sus citas desde que se guarda memoria, hoy ha permanecido callado a la hora del ángelus. Un ayuno de tañidos de campana que sorprende a los vientres hambrientos y los deja desconcertados y gruñentes. Los labriegos, incorporándose en sus parcelas con un golpe de cintura y apoyando los antebrazos sobre el arado, han hecho converger sus miradas en la torre, trastocada su hora de almuerzo. Ellos tampoco parecen entender nada.

Por la curva que traza el camino polvoriento junto al cementerio calcinado, a la salida del pueblo, emerge la silueta desdibujada de alguien de otros tiempos que se acerca apoyando su peso incierto en un báculo venerable. A medida que avanza, los detalles van ganando en nitidez. Parece un peregrino que haya recorrido todos los caminos bajo mil soles que han curtido su piel hasta darle ese aspecto seco y amojamado. A una distancia más corta, impresiona el brillo hiriente de sus ojos, la crispación de sus manos sarmentosas sobre el báculo.

Al llegar al centro de la plaza, se ha acercado a una mujer vestida de negro de la cabeza a los pies, que cruzaba en diagonal a paso rápido camino de su casa y, con voz cascada y jadeante, le ha pedido agua. Ella le ha ofrecido su cántaro en medio de un silencio candente tan denso que el gorgoteo del agua descendiendo por la garganta del peregrino ha estallado en la plaza rebotando contra las cuatro esquinas con la fuerza de un torrente de alta montaña que se despeñase pertinaz sobre roca viva.

—Dios te lo pague —le ha dicho al acabar, devolviéndole el cántaro y secándose la boca con el dorso de la mano—. Soy el profeta —ha añadido sin que nadie se lo pregunte.

La mujer de negro no ha hecho comentarios. Parece que ni siquiera le haya oído y, si lo ha hecho, no parece importarle en absoluto. Ha continuado su camino presurosa hasta perderse por una de las callejuelas, que se la ha tragado tras la primera curva.

El profeta ha vuelto a quedarse solo en la plaza. Ha elevado la mirada a lo alto, como si rezase y luego ha sacado de la faltriquera de su túnica raída un trapo enrollado que ha extendido en el suelo sujetándolo en las esquinas con cuatro piedras para que no se lo lleve un viento inexistente. El trapo desplegado exhibe un arco iris luminoso de vivos colores que rompe con violencia la monotonía del entorno, una leyenda en letras gruesas que dice GREENPEACE y el dibujo de una ballena que lanza un refrescante surtidor de agua, un chorro tan atractivo que dan ganas de acercarse a beber. El profeta vuelve a tensar su pancarta y a apisonarla con las piedras. Se advierte su meticulosidad en cada uno de los movimientos. Después, empuña el báculo en lo alto y empieza a gritar:

—¡Salvad a las ballenas! ¡No permitáis que los gobiernos de Japón y de Noruega sigan depredando el mar! ¡Oídme bien: si se mata a las ballenas, el mar se muere! ¡No toleréis que esquilmen vuestro futuro!

Aparentemente, no tiene público, pero él continúa su perorata, contumaz como rueda de molino. A los profetas les mueve la fe sin permitir que les desaliente el presente, y este parece de los más convencidos. El sol empieza a declinar. El blanco cegador se va volviendo amarillo oro, reverbera sobre la tela extendida en el suelo y el surtidor de la ballena dibujada parece ahora un manantial de agua viva. Al profeta, enjuto y apergaminado, ya no le quedan reservas para sudar, pero sigue vociferando.

Entonces, se abre el ventanuco más alto de la casa de la derecha y asoma la cabeza de un labriego que echaba la siesta.

—Cállate ya, Jonás —le reprende con firmeza—. ¡Qué carajo nos importan a nosotros las ballenas si estamos a más de mil leguas del mar, si ninguno de nosotros hemos estado nunca allí. Vuelve a Nínive a anunciar tus catástrofes, que es lo que está escrito.

Al oír esto, el profeta enrolla su pancarta, la guarda en su faltriquera y se pone en marcha perdiéndose por el camino polvoriento que bordea el cementerio calcinado a la salida del pueblo.

No entiendo nada.


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ESTHER ZORROZUA (Bilbao, 1955). Licenciada en Filología Románica y Doctora en Filosofía y Letras enseña Lengua y Literatura en un Instituto de Bachillerato. Publicó en colaboración La savia del tamarindo (2001) y 60 relatos, 60 autores (2002). En breve aparecerá su primera novela: La casa de La Galea.

Página web de la autora: http://www.albumestheryagustin.com/

ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©