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Manuscrito en una botella
Miguel Baquero

A quien encuentre este mensaje:

Me llamo William Rusell. Sin duda el nombre le resultará conocido: soy el fundador, presidente y máximo accionista de Rusell Corp., la famosa compañía informática multinacional. Habrá oído, seguramente, multitud de referencias, en tono admirativo, a mi fabulosa fortuna, y no dudo tampoco que en estas últimas semanas todas las televisiones habrán abierto sus informativos y los periódicos ocupado sus portadas con la noticia de mi desaparición. Ya me parece estar viéndolo: «William Rusell, el magnate de los ordenadores, continúa en paradero desconocido»; «Sin rastro de Rusell»; «Conmoción en las bolsas», y así cientos de titulares en todos los idiomas, todo el mundo intrigado por mi repentina volatilización.

Pues bien, en este mensaje se encierra la clave del misterio.

La culpa de mi desaparición y de la penosa situación en que me encuentro (porque me encuentro en una situación penosa, aun más, terrible) la tuvieron, a partes iguales, el tabaco y la comida basura, esas dos grandes plagas de nuestro tiempo. Si no me hubieran asaltado, de repente, unas irresistibles ganas de fumar mientras tomaba el sol en la cubierta de proa de mi yate de recreo, y si no se me hubiera acabado, sin previo aviso, el gas del mechero, no habría tenido que levantarme para ir hasta la parte de popa a por un encendedor, no me habría sorprendido el golpe súbito de la ola y no me habría encontrado, de pronto, chapoteando en mitad del océano Atlántico, a quince o veinte millas de la isla Gran Bermuda, que era por donde en esos momentos estábamos navegando. Asimismo, si el piloto de la embarcación no se hubiera comido una hamburguesa de tres kilos (por lo menos) aderezada de lechuga, tomate, pepinillos, y cuanto comestible encontró, no hubiera estado dormitando al timón, víctima de una digestión pesada, y hubiera oído los gritos que comencé a lanzar apenas saque la cabeza del agua y escupí el cigarrillo.

—¡Help! —gritaba, agitando los brazos—, ¡help! ¡Mayday, mayday!

Pero el otro ni se enteró, el yate se fue alejando hasta perderse de vista, y allí me quedé yo solo, en mitad del ancho mar.

Apenas giré la cabeza, desesperado, para mirar a mi alrededor, alcancé a divisar, a sólo un centenar de brazadas, una enorme garrafa de plástico vacía que alguien había arrojado al mar después de (todavía conservaba el olor a gasolina) llenar el deposito de su motora. Aunque soy un convencido ecologista y hasta dono dinero a los de Greenpeace, no pude evitar, al alcanzar aquel residuo marino, abrazarme a él con lágrimas en los ojos, dar gracias a Dios por la falta de civismo de la gente y hasta cubrir el plástico de besos. Hay que ver cómo cambia la opinión de las personas en apenas unos segundos.

Aferrado a aquel bidón, y practicando la patada de braza, pude, al cabo de quince o dieciséis horas (al amanecer del día siguiente) llegar hasta un pequeño islote, en cuya playa me derrumbé extenuado, hambriento, sediento y, para colmo, sin que se me hubieran pasado las ganas de fumar. Al tocarme para ver si conservaba enteros todos mis órganos, acerté a palpar junto a aquel miembro que ahora no estoy de humor para nombrar una gran protuberancia, un enorme bulto. ¡Estoy salvado! (pensé entonces), y extrayendo del bañador mi teléfono móvil, del que nunca me separo, y mucho menos en los viajes de placer, comencé a recorrer la isla buscando un lugar donde hubiera cobertura. Pero nada. Llegué incluso a subirme al cocotero más alto que encontré; sin embargo, ni aun allí surgían las rayitas tan ansiadas. Para colmo, el aparato me avisaba de que la batería estaba próxima a agotarse.

Casi al mismo tiempo, unos gruesos goterones empezaron a golpear las ramas y a restallar contra la arena. Rompió a llover. A llover, además, con especial fuerza, como es propio en las regiones tropicales. Harto, después de casi dos horas, de empaparme acurrucado bajo una palmera, decidí meterme en el mar y aguantar allí el chaparrón; cuando uno (fue mi razonamiento entonces) está dentro del agua, ya no le importa mojarse. Mi teoría resultó. Aproveché, además, para llenar la garrafa con la que había llegado hasta allí de agua potable. O casi, porque por más que la enjuague no dejaba de conservar un vago sabor a gasolina. En fin, me consolé, algo alimentará.

Sobreviví así cerca de una semana: bebiendo agua de lluvia, comiendo cangrejos y crustáceos cuyo caparazón cascaba a golpe de móvil, y alimentándome asimismo de pequeños peces que pescaba con la garrafa y que ingería crudos, porque no tenía fuego ni modo de conseguirlo. ¡Ah, si hubiera tenido fuego! Lo primero que hubiera hecho hubiera sido fumarme una hoja de banano.

Al octavo día de mi llegada al islote, una mañana en que, desesperado y aburrido, me dedicaba a dar vueltas, me encontré ¡oh, sorpresa!, en la parte norte con un tipo que, vestido tal que de mecánico, se hallaba defecando bajo una palmera.

—¡Eh! —comencé a gritarle cuando salí de mi estupor—, ¡eh! —al tiempo que echaba a correr hacia él. El otro se quedó de piedra, tanto que no atinaba a subirse la cremallera, lo que me permitió llegar hasta él y tomarle del brazo.

—¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? Bueno, no, eso ya lo sé. ¿Quién es usted?

Todavía estupefacto, me explicó que era un famoso deportista que estaba atravesando el Atlántico en solitario a bordo de una moto acuática (había, en efecto, en la playa, una moto acuática varada junto a él). Sorprendido en mitad de su travesía por unas imperiosas ganas de hacer lo que yo le había visto, como con el vaivén de las olas y el traqueteo de la moto no se apañara bien decidió desviarse hacia aquel islote que tenía a la vista y, en fin, eso era todo. Yo entonces le conté mi desgracia y le pedí que me subiera a la moto de paquete y me devolviera a la civilización.

—Imposible —dijo—. Imposible. Esta es una travesía en solitario. Yo solo contra los elementos. Cómo será de solitaria que incluso me parece que, por estar aquí hablando con usted, ya contravengo las reglas.

—Pero no puede usted marcharse —objeté— y dejarme así. ¿Tiene al menos algo de comida para darme? ¿Tiene usted fuego? ¿No llevará usted —le miré con los ojos desorbitados— tabaco?

No hubo suerte. Lo único que podía hacer el hombre por mí era, aparte, claro, de notificar mi situación al arribar a puerto, darme una botella de Isosfever, la bebida que le patrocinaba. Hecho lo cual, subió a la moto y se alejó zumbando. Según se iba perdiendo en lontananza, caí en la cuenta de que le podía haber ofrecido un millón de dólares por llevarme, pero, qué quieren, con las prisas no se me ocurrió.

Han pasado cinco días desde entonces y la duda me corroe. ¿Habrá llegado ya este hombre a puerto? ¿Habrá hablado de mí a las autoridades o, porque no le invaliden la travesía, habrá callado maliciosamente? No puedo aguantar más. Tomo el casco de la botella que me dejó, arranco la etiqueta del bidón en que llegué aquí y con mi sangre y una ramita de palmera escribo esta nota y la arrojo al mar.


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MIGUEL BAQUERO. Madrid 1996. Es licenciado en Ciencias de la Información y, además de haber sido redactor en diversas publicaciones, ejerce como crítico literario y articulista. En la revista electrónica Literaturas.com suscribe mensualmente una columna titulada Materia Cotidiana. Es autor de las novelas Vida de Martín Pijo y de su fortuna y adversidades (Madrid, 1999) y Matilde Borge, aviador (Madrid, 2003) y su nombre figura en la antología de relatos hiperbreves Quince líneas (Barcelona, 1996).

ILUSTRACIÓN RELATO: Limca Bottle, lime soda of India, By Shagun (Flickr: Limca Bottle, lime soda of India) [CC-BY-2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons.