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La siesta
Mar Cantero Sánchez
No sé cuando
volveremos a repetir este momento. No sé cuando aumentará la familia, ni
si con la suma de uno más, vendrá la pérdida de otro. No sé si esa máquina
retratadora de instantes volverá a mirarnos a todos juntos, unidos ante su ojo
entrometido.
Veinticuatro almas amparadas entre un marco que colgará de la
pared del salón de la casa de mis padres, aún santuario familiar, museo en el
que se exponen momentos vividos de la extensa parentela, momentos fingidos de
encuentros felices.
Veinticuatro seres que se aúnan en la espera de la iluminación fugaz, un segundo
antes de ser eternizados. Veinticuatro historias agrupadas ante su breve mirada,
que olvidan por un momento que su relación crece tras la indiferencia.
Mis padres, mis cuatro hermanas, mi hermano, mis tres
cuñados, mis sobrinos...Y entre ellos, yo, a la derecha del retrato, escenario
de la mentira. Con las manos apoyadas sobre los hombros de mi primer sobrino, el
hijo de mi hermana, que viste de blanco, que viste de marinero. Pobre discípulo
del desinterés familiar que ya va aprendiendo a utilizar los medios para arribar
en el muelle de la individualidad. Cándido, ingenuo, va tejiendo la madeja de
una soledad buscada, de un pasar de largo las vidas de los demás, como hacen sus
padres, como hicieran sus abuelos, como hago yo.
Porque no importan la hermandad ni el parentesco cuando
anhelamos un sueño propio. Las fantasías ajenas resbalan por nuestra piel, o
simplemente no existen o creemos que no, o queremos creer que no existen.
La esperanza reinó en mi juventud y aún rige en mi recién
estrenada madurez.
Antes soñaba, creía que hallaría el estremecimiento de mi
piel y la dulce ensoñación del asentimiento, en los brazos de un ser cuya mirada
me provocaría una explosión de sensaciones. Me negaría primero, presa de un
miedo confortable. Evitaría el contacto después, atrapando miradas, absorbiendo
ademanes, coleccionando palabras. Me alimentaría del recuerdo del último
encuentro; cantaría sin abrir la boca, con la música del corazón; dormiría sin
dormir, soñando y queriendo soñar... con él.
Dejaría correr los días en su compañía y las noches en mi
soledad. Y una tarde, cuando las cigarras arrullasen al pueblo durante la
siesta, me secaría el sudor del deseo con el agua de la jofaina. Me cuidaría de
que todos aprovechaban su tiempo de dormidera, y huiría a entregar mi juventud
al siempre evitado, que por primera vez doblegaría mi ser.
Bajo una sombra, o sobre ella, no sé, abriría para siempre la
puerta de la felicidad. Rendida, con la batalla perdida y el rival convertido en
aliado, regalaría la niñez y la adolescencia, anudadas con el lazo de la
pubertad que tanto se alarga en la mente, y tan breve es en el cuerpo.
Y así, sin respetar formalidades adquiridas de la intencionalidad
popular de aguardar hasta el momento oportuno; sabiendo que ese bendito momento
es sólo un mito y que nunca se presentará, robaría espacio a mi educación
conservadora y dejaría, con una sonrisa cómplice en los labios, que el instante
fluyera sin escudos ni apariencias, con una gozosa realidad, que a la puesta de
sol no sería más que un excitante recuerdo.
Quizá aquella entrega llegara al noble fin del matrimonio, o
quizá no. Pudiera ser sólo un secreto que desearía gritar, pero que nunca diría.
El secreto de una silueta masculina, de perfumes humanos, de sabor a piel
morena...
Ahora descubro que las vidas de todos dejan de existir en
este instante, igual que hubiera ocurrido en aquel anhelado momento. Todas las
miradas se proyectan hacia el ojo que nos atrapa, todas, excepto la de mi
hermana que la dirige maternal hacia su hijo, la blandura de bebé que mi madre
sostiene en sus brazos añejos. Todas, menos la mía que también va dirigida a ese
bebé, pero sin la tierna sonrisa de haber sido madre, y con el pensamiento en la
nostalgia de serlo.
Porque las ilusiones se turnan cuando el tiempo pasa, porque
el cuerpo se me ha cerrado con la llave de la impaciencia, porque he encontrado
un ser que, si bien no me hará escalar la cima del mundo en una tarde de siesta,
me ayudará a descender poco a poco y con firmeza, la corta escala de mi sazón. Y
cuando ese momento tantas veces soñado, sea suplantado por la valiente
predisposición a la insensibilidad de una noche de bodas, ansiaré que en mi
vientre se cultive la semilla de ese instante imaginado, en el gran escondite de
mi alma.
Y es que, ver crecer a tu alrededor los frutos de los tuyos,
es triste, cuando tú nada has sembrado. Es difícil aceptar que la vida prosigue
sin ti, sin tu aportación. Miro a ese bebé protegido, a ese bebé que podría ser
mío y me embarga una pena que no puedo, ni quiero disimular.
No sé cuando habrá uno más entre nosotros, pero antes de que
mis entrañas resecas marchiten mi espíritu, antes de que un hueco nos deje los
corazones vacíos, quisiera llenar el mío con la semilla de la continuidad, y
olvidar para siempre el sueño vehemente de una tarde de siesta.
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