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Renacer
José Miguel Sanfeliú
 

El médico le dijo a mi madre que esperaba gemelos, pero luego sólo me tuvo a mí. Durante mucho tiempo pensé que ese hermano no nacido había encontrado la manera de esconderse dentro de ella, y le tuve envidia. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que se encontraba dentro de mí. A veces, lo sentía asomándose a mis ojos y mirando el exterior, sólo un momento, para luego volver a esconderse con rapidez. Cuando hacía esto, yo experimentaba un ligero mareo, una leve sensación de náusea. Al principio no era capaz de identificar la causa de mi mal y me asustaba; pero con el tiempo comprendí que el culpable era mi hermano no nacido, y entonces me enfurecí. Nuestra relación fue bastante problemática y difícil. Llegamos a enemistarnos. Decidí, durante unos meses, ignorarlo, fingir que no era consciente de su presencia. Sin embargo, un día, mientras estaba comiendo, noté que intentaba tomar el control de mi mano izquierda, y eso me enfureció. Me levanté de un salto, fui al cuarto de baño y me encaré al espejo. Le hablé muy seriamente. Si no había querido nacer cuando le tocaba era problema suyo, pero ahora ya era demasiado tarde, de modo que lo mejor que podía hacer era seguir quieto y no molestarme.

Pasaron varias semanas sin tener noticias suyas, por lo que llegué a pensar que se había dado por vencido.

Un día, al poco de cumplir catorce años, me di cuenta de cuán equivocado estaba. Había ido a una fiesta y me fijé en una muchacha que estaba sola en una mesa. Antes de que pudiera darme cuenta, me encontraba a su lado, de pie, y ella me miraba sin comprender. Mi cuerpo estaba paralizado. Comencé a sudar y supe que mi hermano era el causante. Me tapé la boca antes de decir alguna estupidez y, con un esfuerzo enorme, conseguí arrastrarme, arrastrarnos, hacia el exterior. Entré en uno de los jardines que adornaban el perímetro del local y me golpeé con fuerza el estómago. Creo que le dolió. Entonces mis piernas se doblaron bruscamente y caí al suelo. Me cogí del cuello y me abofeteé. Y de pronto, sentí su mano en la mía, y luego las piernas, como si se estuviera enfundando un mono de trabajo, y el otro brazo, y estiré el cuello todo lo que pude en un absurdo conato de huida, pero no pude escapar. Su cabeza me arrinconó hacia atrás y cogió el control. Quedé aprisionado, perdido en un rincón oscuro.

Ha pasado mucho tiempo desde aquello, y ahora soy yo quien se asoma de vez en cuando a sus ojos. La gente suele decirme, sin darse cuenta de lo que en realidad ocurre, que he madurado.

 

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CONTACTO CON EL AUTOR 

ILUSTRACIÓN RELATO: Bowman Embryogenetic resurrection, By Yatrides (Own work) [CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons