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El problema
Pedro Mora
Aquello me
sonaba a álgebra, nunca se me había dado bien, pero era un problema
relativamente fácil de resolver.
―Señor Cortés ―dijo el profesor Llosá―, en modo alguno
pecaría de exagerado si afirmara que de éstos se han hecho cientos en clase.
Incluso debería ser capaz de resolverlo con los ojos cerrados.
Entonces cerré los ojos para comprobar si era realmente
cierto.
Olivas, sepias… Los volví a abrir rápidamente. Giré la cabeza
a mi alrededor y los demás me miraban con atención. Esperaban el resultado.
«Vamos a ver ―pensé―. Todo esto tiene que dar un sistema de
ecuaciones».
Miré la libreta llena de símbolos que me traían un vago
recuerdo.
―No quisiera importunarle, señor Cortés ―volvió a decir
el profesor con una voz que pretendía ser paciente. Caminaba muy erguido, con
las manos siempre en los bolsillos de su chaqueta―. Pero si no es capaz de
darnos la ansiada respuesta le ruego nos lo diga.
―Sí, bien... ―empecé―. El sistema de ecuaciones que se
obtiene es el siguiente: La primera ecuación es… ―puse toda mi concentración en
lo que iba a decir.
«La primera ecuación es ―pensé―: Calamares a la gallega».
Abrí los ojos con un sobresalto, mirando consternado la libreta que tenía
delante.
«Mierda, pero si casi no reconozco ni mi letra».
―Bueno, señor Cortés, por un momento nos trajo
usted un rayo de esperanza ―dijo el profesor deteniéndose a la derecha de mi
asiento. Hablaba muy despacio, cincelando cada palabra―. Sin embargo, lamento
decir que su nuevo silencio nos desconcierta y este suspense le aseguro que me
está matando.
―Sí..., perdone. La solución del problema es un
sistema de ecuaciones.
―Perdone usted, señor Cortés, eso ya lo ha dicho. Ahora
ardemos en deseos de saber cómo está compuesto ese enigmático sistema.
―Chipirones, navajas y tellinas.
―Disculpe. ¿Cómo dice? ―inclinó su cabeza para mirarme
por encima de las gafas que guardaban un frágil equilibrio sobre el puente de la
nariz.
«¡Mierda! ¿Qué me está pasando?»
A mi izquierda, José tenía el labio inferior que
le colgaba de asombro.
―Tío ―me dijo por lo bajo―, ¿te pasa algo?
―Seguimos aguardando, señor Cortés ―apremió el profesor―.
Confieso que hace usted un extraordinario alarde de generosidad al derrochar su
tiempo con nosotros. No obstante, y le ruego que no lo tome a mal, el resto de
los mortales consideramos nuestro tiempo como un bien desgraciadamente escaso en
estos días: un auténtico lujo, para serle sincero. Y tampoco es mi deseo parecer
desconsiderado, o mucho menos pretender atosigarle...
―¡Vale, vale! ―dije casi en un grito―. La primera
ecuación: cinco equis al cubo, más tres equis al cuadrado, más ocho equis, igual
a cinco.
Abrí triunfalmente los ojos satisfecho por este
primer paso y, con la sonrisa en la boca del que se siente el centro de atención
mientras se luce, ya me concentraba en la segunda ecuación. Repasé con la mirada
la cara de todos. Y allí estaban, devolviéndome la mirada en un silencio
pasmoso, unos atragantados con la cerveza, el director de finanzas con una gamba
a punto de caer de su boca, y el presidente de la firma con el brazo extendido,
paralizado en el aire, a medio camino de atrapar la fuente de mejillones.
―Señor, ¿debo entender que me está tomando el
pelo? ―sonó el tono monótono del camarero, con bolígrafo y bloc en mano.
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PEDRO MORA FERNÁNDEZ
es un escritor que vive en Valencia (España).


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