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Semifrío de higos y nata
Rafael Borrás Aviñó

«DOUG. ATLÉTICO. INCREÍBLEMENTE DOTADO. ABIERTO TODOS LOS DÍAS, 24 HORAS AL DÍA. SÓLO DOMICILIOS. VISA».

Aquella noche entré por curiosidad en la web. Mi amiga Piluca, recién separada, me la recomendaba para cuando me aburriera. Un pozo de sorpresas, me garantizó.

A primera vista parecía solamente una página más de la red para entablar relaciones personales. Datos propios sin muchos detalles, con o sin foto, nada de nombres reales, somera descripción de aficiones, algún apunte original, y ya está. En la página principal te auguraban que en poco tiempo te caería un aluvión de amigos, novios, o lo que se terciara. Pero un análisis más detallado, brujuleando por enlaces secundarios, permitía concluir que, sin demasiados tapujos, la web albergaba también la posibilidad de intercambios sexuales bajo todas las combinaciones matemáticamente posibles.

La foto del tal Doug resultaba de mala calidad, pero la amplié, la sometí a un programa informático de mejora de perfiles y colores y, con algo de imaginación, conseguí que transmitiera más de lo necesario y suficiente. Carne de primerísima calidad, piel color coñac depilada y brillante, gesto de capitán corsario. Una promesa para volar.

Minimicé la página y dejé el ordenador.


A lo que se está llegando con estás páginas —pensé— mañana le diré un par de cosas a Piluca.

Las tres de la madrugada, domingo por la noche y desvelada. En la cama, primero había imaginado aventuras imposibles. Luego conté ovejas. Pero no hubo éxito. Con ojos somnolientos, sentada en el sofá del salón, frente a la estantería de avellano con las fotos y los recuerdos, aburrida de ver la tele, había acabado por entretenerme con el ordenador buceando por la red sin rumbo fijo. Llevaba puesto solamente unos calzoncillos de tela de mi marido y una camiseta vieja y holgada de algodón. Me gusta dormir sintiéndome suelta.

Dejé internet y deambulé por la casa hasta mi dormitorio. Allí, arrebujada otra vez en la cama contemplé a Juan, mi marido, que dormía emitiendo silbiditos rítmicos. Era como un oso de peluche. Buen chico. Tras doce años de vida en común todavía me parecía atractivo. No como el primer día, desde luego, porque eso no sería normal, pero no me podía quejar vista la media general de lo que me encontraba por ahí. Juan mantiene un palmito más que aceptable, se está poniendo de un canoso interesantísimo, y la tripita es leve y no me importa. Su único defecto irritante es que fuma unos puros que me dejan toda la casa con olor a estación. Pero, para compensar, cuando se pone en plan cachondo y me lo adorna con un chiste verde, consigue que me dé la risa fácilmente y se me olvide el tufillo.

Hoy mismo, pocas horas antes, habíamos perpetrado un encuentro conyugal. Aunque, todo hay que decirlo, en versión visita de ambulatorio. Prospección inicial, toma de tensión, exploración pectoral, preparación del instrumental y ataque final en profundidad; todo, todo, en cuatro minutos. Debo decir, para los jóvenes que puedan sorprenderse, que estos difíciles records se logran simplemente con la experiencia; caen sin darse una cuenta al compás de los aniversarios de boda.

Únicamente faltó que Juan cogiera el talonario de la mesilla y me extendiera una receta.

Porque no lo he dicho todavía pero Juan es médico. Ginecólogo.

Con el polvo mi marido intentó compensarme de mi último berrinche tonto que casi alcanzó la categoría de soponcio. Ya no me acuerdo del motivo. No debió ser importante.

Volví al salón y al ordenador. Recuperé la foto, miré a Doug y él a mí. Me pareció que levantaba una ceja.

Guapa —me dije— son casi las tres, así que llevas sonámbula media noche. A partir de ya es cuando empiezan a patinar las meninges y llegan las visiones.

Antes de casarnos yo era la novia de Juan, licenciada en Filología Francesa y bibliotecaria del Ayuntamiento por oposición. Después, por imposición innegociable de mi marido, fui su esposa, la futura madre de sus hijos, su palanca doméstica. Y punto. Quería tenerme siempre presta y dispuesta. Yo al principio me opuse, luego cedí a regañadientes, pero ahora ya no me acuerdo ni de lo que escribió Molière. Ni ganas.

En la actualidad disfruto de lo que llamaríamos una vida de acrisolado confort. A Juan le van bien las cosas, aunque para ello el pobre tenga que trabajar diez horas al día y estar localizable todas las demás, como los bomberos. Tenemos una hija preciosa, en el jardín dos perros, en el banco una hipoteca que no nos ahoga, en el garaje un Beemeuve y un Suzuki, y todos en un estupendo chalet de dos plantas y estudio. Ah, y cuatro tarjetas de crédito en la cartera a pleno rendimiento.

Desde que me casé llevo realizados unos seiscientos desplazamientos hasta el gimnasio, novecientos al colegio de mi hija y recibidas más de trescientas clases entre cursos de inglés, sevillanas, golf, jardinería, decoración y pintura en cerámica. Después de depositar cada mañana a mi hija en el colegio tomo café con mis amigas de la facultad, las niñas, como nos llamamos, y todos los martes por la tarde merendamos en casa de una de nosotras, por turnos estrictos.

A mí me gusta hablar con ellas, aunque casi nunca consigo contar todas las noticias frescas que traigo cada martes. Suelen encharcarse contando siempre las mismas plastas cotidianas que generalmente no me interesan, pero entre el barullo de varias conversaciones cruzadas y que tenemos a gala asombrar cada martes con lo más florido y avanzado de la nueva cocina de mesa camilla, o sea, que nos ponemos de comer hasta las mechas, se me pasa la tarde en un suspiro.

Los jueves toca caridad, y me reúno con otras esposas de médicos para colaborar con una ONG de ayuda al Tercer Mundo. Nunca hay que olvidar el corazón.

Y cada verano, sin fallar, la familia completa disfrutamos juntos de un viaje por Europa.

En su habitación, mi hija se revolvió inquieta y tosió repetidamente. Acudí. Llevaba dos días con un poco de fiebre. Le di Apiretal, la arropé y le di un beso. Decidí que llamaría al pediatra y le pediría hora, por mucho que Juan diga que no hace falta.

Pasé a la cocina y me preparé leche tibia con un chorrito de coñac, por si me ayudaba a coger el sueño. Me encaré con el microondas, levanté el tazón, y brindé con él por los paraísos perdidos. Sentada allí mismo me lo tomé. La verdad es que aquello estaba bueno. Luego me serví seguiditas un par de dosis de coñac, pero ya sin leche.

Poco después, más animada, regresé al salón y al ordenador.

«DIVORCIADA SOLITARIA Y ROMÁNTICA BUSCA TRATO CON CABALLERO SERIO Y SOLVENTE DE ENTRE 45 Y 60 AÑOS. SI TÚ ME RESUELVES EL FUTURO PARA SIEMPRE, YO A CAMBIO PROMETO ALEGRARTE EL PRESENTE CADA DÍA».

¡Menuda loca!

Había un sinnúmero de peticiones de contactos como ése, todos muy parecidos. El truco consistía en escribir un par de frases que engancharan al curioso, superando las de la competencia.

Recuperé la foto. Doug seguía observándome desde el mismo sitio. Después de estudiarlo mejor concluí que tenía que ser mulato. Seguro. Esa mirada pecadora y esa arquitectura de torso solamente podían ser caribeños. Calientes.

Pasé al cuarto de baño y me contemplé de cuerpo presente delante del espejo durante unos segundos. Me dio el arrebato y comencé a desnudarme lentamente. Olvidando el recato hipócrita me observé orgullosa.

Julia, nena —me susurré— hay que reconocer que para andar más cerca de los cuarenta que de los treinta y a pesar del embarazo todavía estás como un queso. El vientre prácticamente recto, cintura y caderas tal como un ánfora sin pizca de grasa, piernas prietas, glúteos y gemelos definidos, y un par de adelantadas que ya firmaría alguna jovencita que yo conozco. Estará mal que lo piense y todo eso, pero, para qué mentirse, soy una tipa que está de muy buen ver y encima con un cerebro amueblado hasta los rincones. ¡Toma ya! Juan tiene mucha suerte.

Piluca mantiene que se sigue siendo joven mientras se tenga buena salud, y mientras se tenga fe al menos en un manojo de ilusiones que sirvan para equiparse de buena mañana, como se hace con el perfume o el liguero. Y lo que menos importa es la edad. Para envejecer siempre habrá tiempo.

Esta Piluca es un poco bruja, adivina el futuro, el presente y el pasado. Además de ser guapa y muy voluntariosa. Lo cual no impide que al hablar se parezca a la criada de su casa, pero con muchos anillos y pulseras. Y sabe de todo, por eso le hago caso cuando me dice que con mis credenciales mamarias puedo plantarme donde quiera sin temor al ridículo ni, desde luego, a pasar desapercibida.

Me apliqué la mitad de las cremas del tocador, me pinté como un apache y me perfumé toda yo. Luego, levanté los brazos y comencé a contonearme lenta y lascivamente, poniéndome otra vez la camiseta de dormir y los calzoncillos de Juan al tiempo que tarareaba por lo bajito la canción de «Nueve semanas y media».

Esto del pudor y la vergüenza depende de cada una —pensé, entornando los ojos—. Si estás bien terminada puedes permitirte colocarte en pelotas en medio de la acera y te aplaudirán hasta los ciegos; pero, si eres un retal de mercadillo, no hay envoltorio que lo remedie ni cirujano que lo remiende, y más te vale coger el bus y desterrarte a las Urdes. En plena apoteosis y sin parar de contonearme y canturrear, cogí el lápiz de labios rojo-pasión, pinté un corazón en el espejo y estampé un besazo en el centro con todos mis morros.

Me serví lo que quedaba de la botella de coñac en el tazón y me lo ventilé a sorbitos paseando por la cocina, brindando sucesivamente con el reloj de pared y el resto de los electrodomésticos. Cuando terminé tuve que sentarme y apoyar la frente en la mesa de los desayunos. Los fondos de los ojos y las sienes me palpitaban y los oídos me zumbaban. Pero no lo dudé. Estaba excitada. Volví al salón y conecté el ordenador, entré en la web y redacté una nota para la sección de contactos. Y luego le di al «Intro». Como quien echa una botella al mar.

«TODOS ESTAMOS SOLOS. PERO TÚ TIENES SUERTE. AHORA MISMO ESTÁS LEYENDO LA GUÍA DE ALMAS ERRANTES DONDE TAMBIÉN ME REFUGIO YO.
ESCRÍBEME Y LA REPASAREMOS JUNTOS HASTA QUE NOS CONOZCAMOS A FONDO. NO TE CORTES, SOY JULIA Y NOS BUSCAMOS DESDE HACE TIEMPO».

Me habría gustado escribir un mensaje más ingenioso, directo, perturbador, conmovedor y hasta poético. Pero, en mi precario estado de lucidez a esas alturas de la madrugada, y con lo que fluía por mis venas, yo ya no daba para más. Éste me pareció al menos sucinto y exhaustivo a la vez. Lo leí y lo retoqué varias veces, pero tampoco podía pasarme el resto de la noche corrigiéndolo.

A continuación había rellenado los otros campos obligatorios: mi perfil personal, cuatro vaguedades sobre mis aficiones y una cuenta de correo electrónico anónima, que nunca utilizaba y que impedía averiguar algún detalle comprometedor.

Finalmente me acosté. Juan seguía a lo suyo. Le cogí la mano y me dormí enseguida. Hay que ver lo que hace el liberarte de ansiedades.

A la mañana siguiente, lunes, tenía que bajar a Madrid, hacer unos recados urgentes y, de paso, recoger el Beemeuve del taller. Llegué temprano en bus, con una insoportable falta de sueño a cuestas y la resaca palpitándome sin piedad de la nuca hasta la frente. El encargado me indicó que al coche le faltaban los últimos retoques. Cosa de una hora.

Muy cerca había una cafetería, un cibercafé tranquilo. Se ubicaba en la planta baja de un edificio con múltiples oficinas y próximo a algunas sucursales bancarias. Pedí un café bien cargado y me senté junto a una ventana a mirar a los que pasaban.

Me había dejado pasar delante en la puerta de la cafetería, cosa rara en los varones de estos tiempos, y después se sentó en la mesa de al lado. Pidió una cola light, se quitó la chaqueta, se aflojó la corbata, sacó un periódico que llevaba debajo del brazo y se puso a hojearlo con desgana.

Al rebasarlo en la entrada yo le había mirado de reojo balbuceando unas gracias casi ininteligibles. Un fogonazo visual apenas, pero tiempo suficiente para radiografiarle con poco margen de error, y para que al mismo tiempo me abordara pacíficamente una fragancia como de flor de monte, fresca y sin dulzores.

Llevaba un traje oscuro, perfecto de asentamiento y de pasmosa caída, zapatos italianos, corbata discreta y una pulsera de cuero negro en la muñeca. Un ejecutivo de última generación de los que a esas horas se escapaban para airearse un rato y regalarse un respiro a mitad de jornada. Flotaba sin definirse entre los treinta y los treinta y cinco. Vestuario cuidadosamente calibrado en su reparto y todos los complementos a juego. En realidad, todo en él estaba a juego. Él mismo daba mucho juego.

Pasado un rato durante el que yo me enfrasqué en releer un manual sobre plantas de interiores que llevaba en el bolso, se acercó a la mesa de mi vecino una chica asquerosamente joven y mona, un poco pija en mi humilde opinión, pero sin embargo con mucha mujerez ya sobre sus tacones, compañera sin duda del muchacho. Podría decirse que era la versión femenina de él.

Qué suerte la mía —sonreí para mí— conocer la misma tarde a la chica-Vogue y al chico-Cosmopolitan.

Le saludó afectuosamente y se sentó a su lado.

Él comenzó a hablarle de clientes e inversiones, de viajes pendientes y vaivenes bursátiles. Ella le escuchaba mirándole como si el resto del mundo se hubiera borrado a su alrededor y, en las pocas ocasiones en que le contestaba algo, lo hacía con el agradable tono de quien quiere ser querido. Se sostenía erguida sobre la silla en el punto medio exacto entre el recato y la provocación. Ni tentadora ni insinuante, sino simplemente sexy. Y con mucha lección aprendida desde el tacataca. Mientras, yo me pude dar el gusto de mirarle a él a placer, intentando adivinar sus pensamientos mientras titilaban por sus facciones.

A los pocos minutos la pimpollita se despidió. Le abrazó cerrando los ojos y le pasó la palma de la mano por la espalda, frotándola como seguramente hacía Aladino con su lámpara. Se mantuvo pegada a él un tiempo algo superior al que yo consideré estrictamente necesario.

Mi chico se quedó solo.

Yo no le quitaba ojo mientras hacía como que leía, pero noté que se me atascaba la respiración en cuanto me descuidaba.

Inesperadamente se volvió hacia mí. Nada hay en el mundo más perturbador que una cara. Me quedé paralizada sosteniendo su mirada y noté cómo me sonrojaba en profundidad hasta las orejas —yo, cuando me sonrojo, alcanzo sin esfuerzos el color púrpura cardenalicio—. Y entonces él, aunque no nos conocíamos de nada, me sonrió amablemente y la cara se le iluminó enseñándome dos filas de dientes blancos y perfectos cercados por una boca amelocotonada, indudablemente muy besadora. Y también unos ojos de esos que atesoran una claridad indefinida dependiendo de por donde les entre la luz. Desconcertada por su descaro, volví bruscamente y muy seria al libro de plantas.

Pero yo ya llevaba visto lo suficiente. El muy bandido era fino de líneas sin pasarse, con los sobresalientes justos y precisos en los lugares apropiados. Para entendernos, lo digo ya, con un tipazo como el de Brando en «Un tranvía llamado deseo». Encima, un rictus en la boca retozón y despreocupado que me recordaba al de Richard Gere en «American gigoló». El pelo muy negro, largo y ondulado, ideal para peinarlo con los dedos —de una, claro— y una sonrisa cálida y verbenera. Total, lo que se dice una alhaja para un quite con saludo final desde el tercio. Tan tierno que daban ganas de comérselo allí mismo.

Inesperadamente dejó el periódico, fue hacia la barra, pagó el alquiler de un ordenador y se sentó casi de espaldas a mí frente al que tenía más cerca. Desde mi posición, y con la vista de explorador que afortunadamente Dios me ha dado, distinguía al detalle lo que aparecía en la pantalla. Estuvo un rato deambulando por la red. Al poco, vi que escrutaba interesado la misma web de contactos en que yo había puesto mi anuncio. Y entonces yo me quedé de muestra como un perdiguero. Cliqueó con el ratón por la página a gran velocidad y llegó hasta la lista de ofertas de relaciones personales. Se fijó en mi anuncio y lo seleccionó, lo leyó y pareció relamerse quedamente. Quedó unos eternos segundos meditando. Luego, le vi escribir, y supuse que, evidentemente, lo estaba haciendo en el apartado correspondiente a los candidatos a contactar con la demandante. Lamenté con la boca pequeña su panorámica anchura de hombros, porque el derecho me tapaba esa parte de la pantalla. Debió redactar el resto de requisitos, incluida clave y dirección de correo propia. Movía la cabeza muy divertido. Se lo estaba pasando en grande. Absolutamente inmune a mis angustias.

Yo, incapaz de leer nada por mucho que estirara el cuello, notaba cómo el aire comenzaba a faltarme en los pulmones y el sudor me empapaba. En cierto momento levantó la mano derecha, la mantuvo entreabierta suspendida a la altura del pecho con el dedo corazón ligeramente más curvado, ladeó la cabeza como si le pesara más una oreja que otra, y luego dejó caer el dedo sobre la tecla «Intro», talmente como yo había visto en un documental que Manolete apuntillaba a los miuras a la primera.

Cerró el programa de búsqueda, se levantó y se calzó de nuevo la chaqueta, se anudó firmemente la corbata y, tras darle el último sorbo a su cola sin nada, y sin haberme dicho ni buenas ni adiós, salió airosamente del local. Le vi alejarse a través de la ventana a grandes zancadas con sus andares desgarbados, una agilidad de atleta y un desparpajo insultantes. Y sin mirar atrás.

Pensé en salir corriendo tras él y decirle que yo era la del mensaje, pero naturalmente no me atreví porque en el fondo una es, año arriba, año abajo, del siglo pasado. También influyó el dato de que iba sin depilar, y mi hada buena me cuchicheó al oído que, ojito, que nunca se puede saber cómo va a acabar un encuentro imprevisto. Llegado el momento, ese funesto detalle hubiera podido dinamitar toda la magia y arruinar nuestra incipiente relación.

Aún así, me bullía el alma mientras se me escapaban en desbandaba todas mis hormonas.

Volví nerviosísima al taller. Todavía tardaron casi media hora en entregarme el coche. Mientras yo ponía cara de haba mirándole sin ver, escuché como un robot al mecánico explicándome que por no sé qué de los platinos nuevos no debíamos forzar el motor en los siguientes dos mil kilómetros. Me largué pitando dejándole casi con la palabra en la boca.

Por fin, camino de casa por la autovía, con el corazón saliéndoseme por la boca. le saqué al Beemeuve de Juan por el tupo de escape, uno a uno, todos sus caballos de potencia, pasándome por el arco del triunfo los consejos del mecánico y los platinos. Tres cuartos de hora interminables para llegar a la urbanización donde vivíamos y desde la que, según Juan, teníamos cualquier servicio a menos de diez minutos.

Aparqué sobre la acera sintiéndome absolutamente incapaz de completar con las mínimas garantías de seguridad la maniobra de introducir el coche en el garaje.

Entré en casa, tiré el bolso por los aires mientras corría hacía el salón. Entonces sonó mi móvil y yo frené en seco. Era mi amiga Tica que me recordaba que mañana tocaba organizar la merienda en su casa. Tica no trabaja en nada, ni siquiera en su casa, y es obstinadamente pesada con el teléfono. Le dije que vale y le corté bruscamente, sin contemplaciones. Lo último que escuché fue un... «Chica, encima que me preocupo por ti. ¡Estás muy rara últimamente!».

Me lancé sobre el ordenador. Lo conecté e inmediatamente pasé a la web de amistades y buen rollo.

La bandeja de entrada de mi cuenta de correo me indicaba que tenía noventa y cuatro correos nuevos. ¡En apenas doce horas!

Muy alterada al principio, fui analizando pacientemente uno por uno cada correo con la esperanza de poder identificar el que me interesaba sobre cualquier otro. No tardé mucho en comprobar que perseguía un objetivo imposible. Me fui desinflando a medida que rechazaba correos, como el bergantín en llamas que se va hundiendo lentamente.

No quiero extenderme en ello, pero la redacción de los textos dejaba mucho que desear en la mayoría de los casos y desde muchos puntos de vista. Me encontré frente a un recital de vulgaridades, obscenidades y mal gusto sistémico. En los correos más comedidos, varones de todas las edades, y un par de mujeres de inequívoca sexualidad, me proponían citas a diferentes horas y en los lugares más dispares: bares, parques, edificios conocidos, discotecas, etc. Algunos me sugerían directamente vernos en su casa o en la mía, acompañando sus propuestas con piropos desenfrenados a su virilidad. Otros me comentaban toda una variedad de afirmaciones descacharradas y horteras sobre las maravillas que yo podría encontrar en ellos. Los más lanzados me espetaban toda clase de procacidades. Había unos cuantos mensajes que mi antivirus me aconsejó no abrir para evitar posibles desbarajustes informáticos.

Ni uno sólo que aparentemente pudiera librarse del sector del alcantarillado.

Durante unos minutos me quedé inmóvil con la mirada fija al frente, prendida sobre un Buda risueño y gordinflón que me trajo Pitana, otra de las niñas que, por cierto, pierde los sesos por todo lo extrasensorial, cuando volvió de una cura de desintoxicación espiritual en el Tibet. Después accedí al apartado de solicitud de relaciones y anulé mi anuncio. Estar segura de lo que no se quiere meter en la propia vida ya es algo.

Me levanté despacio, fui hasta la cocina, saqué del frigorífico el frutero y me puse a preparar en silencio la especialidad que me ha hecho famosa entre nuestras amistades: el semifrío de higos y nata con calabaza. Mañana martes en casa de Tica nos íbamos a chupar los dedos.

EPÍLOGO

Es mediodía del sábado veinticuatro de septiembre de dos mil cinco. Recostada en mi cama escribo sin prisas y solo para mí. Doug, el de la foto de la página de contactos, duerme apaciblemente a mi lado abrazado a la almohada. Ni Doug es su verdadero nombre ni es mulato, pero no importa porque se gana su jornal. Esta mañana hemos estado jugando una partida amañada y me ha ganado. Yo cinco y él dos. Doug sería capaz de disolver una cartera, pero no un corazón. Creer en otra cosa sería como apostar contra la ley de la gravedad. De vez en cuando levanto la vista del papel y le contemplo sin prisas, transitando por cada recoveco de su cuerpo, con el recelo que eternamente nos transmitirá lo efímero. Cualquier persona tiene múltiples colores, brillos y luces, y se le podría contemplar hasta la saciedad, mejor que a cualquier paisaje. Y como paisaje tengo que reconocer que Doug es un Sorolla.

Ahora trato de reflexionar, ordenar mi cabeza y recomponer mis sentimientos después de recuperar sensaciones casi olvidadas. Pero tampoco quiero pensar demasiado en esas sensaciones que estoy teniendo; que ya las pensaré más adelante cuando el tiempo sea más prolongado, sin confusiones ni orillas. Trataré de cambiar de calle cada vez que me invada un remordimiento.

Me siento extraña, y lejana de la Julia de la semana pasada. Pero no tengo miedo y estoy tranquila. Y sé que sólo soy culpable de no sentirme culpable.

Porque, desde el más importante hasta el último en llegar, reconozcamos que todos conservamos la integridad hasta que es superada por los deseos. Además, ¿para qué arrepentirse? No sirve de nada. Una de las diferencias más significativas entre las personas y el ordenador es que nosotros no tenemos tecla de «Suprimir». Estoy segura de que todo lo hecho, lo pensado, lo sufrido, hasta lo imaginado, queda registrado para siempre, suspendido en las atmósferas de minúsculos átomos que nos envuelven y que navegarán en el cosmos por los siglos de los siglos. De esta manera, quizá, en la superficie de una lejanísima estrella, allá en el fondo del firmamento, y en ese remoto día en que caigan allí mis cenizas acompañadas por los átomos que contienen mi biografía, quedarán anotados con trazos seguros las líneas de mi vida y se comprenderán todos y cada uno de mis pasos por este mundo.

Esta esperanza creo que me bastará para seguir ahora viviendo.



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RAFAEL BORRÁS AVIÑÓ es un autor que reside en San Antonio de Benagéber (Valencia - España).
r.borras.000[at]recol.es

ILUSTRACIÓN RELATO: Silhouette of a couple, By Julio Aprea from Paris, France (Tony & Jantine Silhouette) [CC-BY-SA-2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)], via Wikimedia Commons.