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portada palabras de poeta

Palabras de poeta

Wilfredo Carrizales


Palabras que se lleva el viento y las convierte en semillas que luego verdecerán el erial de las academias sin lengua.

(En las tinas se dice de los verbos y bárbaramente vamos a dar de bruces contra las parábolas).

¡Que no le quiebren las palabras en las encías, que si faltó a su cometido, pruebas tendrá y fuego en el cogote!

No venderá palabras: las otorgará con elegancia y justeza para que se entretengan las mentes atentas en proceso de conversión.

Las plumas son palabras entrenadas en el vuelo y que han recorrido la mayor parte de los mapas colocando hitos y logrando méritos.

A los hombres semejantes a bueyes se les mata con palabras punzantes. Luego tardan en resucitar. Cuando lo logran, las palabras se han hecho cuernos en ellos.

La palabra no se ha creado sólo para hablarla. La que se escribe o la que se calla emprende viaje hacia lo remoto.

No termine de pasar la palabra al otro: déjele un abra, un paso que le permita hacer de su lengua una pala.

En especiales circunstancias, resulta hasta favorable aceitar el conocimiento; restregarlo con enjundiosas palabras.

Se puede reñir con las palabras; se las puede insultar; incluso ofender. Pero lo que no se tolera que le hagan es encerrarlas para que las asalte el moho y las hundan en los sótanos a merced de las arañas.

¿Hay algo mejor en el mundo que las palabras? Las razones derivan siempre en malos entendimientos, mientras que las palabras se desplazan, libremente, y a nadie dan cuenta de sus afanes. Solas, viven su gregarismo.

De lengua en lengua, las palabras se aliñan y se interpretan entre ellas. Todas se burlan de las supuestas mayoría o menoría de edades. Tan ladrón es el cornudo como el matrimonio que lo parió.

Con palabras se saldan las deudas del espíritu; con palabras se toman préstamos de las casas de los reyes de la baraja.

En días fastos, las palabras emprenden vuelo como aves de cetrería y dicen que las han visto exprimiendo orzuelos. Semejante argumento cuelga de las ciudades que han hecho de la verborrea su perfectiva nutrición.

Sin las palabras los concubinatos no serían posibles. El que está vacío se llena de palabras; el que logró la llenura, se espanta y reduce los diccionarios.

Las palabras deben encarecerse, alejarse de los labios que adelgazan y no discurren. La magna verdad se las ingenia para defenderse a fuer de improperios.

Caen las palabras, con demasiada frecuencia, dentro de sus paradojas: se pronuncian en demasía para que se pierdan; fluyen para estancarse; se oscurecen bajo el sol; aglomeran auditorios para luego dividirlos.

Fingen todas las palabras que saben de lo antiguo y lo moderno. En realidad, pocas acceden a sus deseos y se descomponen sin haber logrado una buena actuación.

Si a la palabra le falta el aliento tiende a desmayarse y requiere de muletas para no desplomarse. La palabra siente hambre y se asedia. Su ejército de sonidos no logra salir del ayuno y los mudos cantan victoria.

Las sustancias intangibles que se desprenden de las palabras alcanzan al enfermo en mitad de su virtud y lo prejuzgan a alcanzar el verbo sazonado.

Impertinentes se tornan las palabras por lograr su cumplimiento, pero en el camino van manchando cuerpos, objetos y sacudidas. De súbito, se adverbian y sucintamente se hunden en la suprema oblea.

Unas palabras se derraman encima de otras y sale a relucir lo superfluo, la humedad que traslada el memorial hasta el lugar originario de la superstición.

Puestas de canto, las palabras mutan en tabiques y a ellas únicamente pueden trepar los albañiles del habla.

Bien vale la figuración de un dedo sobre la palabra abierta: el silencio no cede y la fragua de oraciones alcanza simpatías en el horno que nos estremece.

Requieren las palabras compartidos signos, espejos de los siglos y un respeto por las sílabas: bajo la tierra los silos aumentan las semióticas y los silbidos.

Desde los púlpitos las palabras apuntan a los diablos, mas no pocas veces se tuercen y embisten al pulpejo ensotanado.

En las puterías las palabras se engolosinan con los melindres. Ellas se mueven a pulso y entre requiebros de relojes. Sacan provecho y extraños olores. Luego trasiegan hacia otras cazadoras y sin notar su significado, se dejan escribir y, medio cínicas o viciosas, mudan las carnes y sucumben en tanto hacen un mal papel.


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WILFREDO CARRIZALES. Escritor y sinólogo venezolano nacido en la ciudad de Cagua, Aragua, Venezuela. Textos suyos han aparecido en diversos medios de comunicación de la región. También ha publicado los poemarios Ideogramas (Maracay, Venezuela, 1992) y Mudanzas, el hábito (Pekín, China, 2003), el libro de cuentos Calma final (Maracay, 1995), los libros de prosa poética Textos de las estaciones (Editorial Letralia, 2003) y Postales (Corporación Cultural Beijing Xingsuo, Pekín, 2004), y tres traducciones del chino al castellano. Reside en Pekín (República Popular China).
@ zalesw(at)yahoo.com

Ilustración relato: Juan Gris - Le livre, Juan Gris [Public domain], via Wikimedia Commons.