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La arquitectura de Anna Gavalda
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María Aixa Sanz
Voy a escribir sobre Anna Gavalda, con motivo de la
publicación de su última novela: El consuelo (Seix Barral) y lo
que ello ha conllevado para los 10 millones de lectores que tiene la escritora.
Si algo honesto tienen las novelas de Anna Gavalda es una buena historia y
unos buenos diálogos que invitan a ser releídos cuando uno siente cerca la
tristeza y encuentra en las páginas de la escritora francesa una especie de
refugio.
Pues en ellas se repite constantemente el mismo final, como si del título
de su primer libro se tratara: «Quisiera que alguien me esperara en algún
lugar». Con este título de alguna manera sentenció y resumió el final de
todas sus novelas. Todos los finales de las novelas de Anna Gavalda dan la misma
sensación: la de que al final del camino siempre hay algo o alguien
esperándonos. Sí. En las novelas de Anna Gavalda siempre el final es feliz,
siempre espera alguien o algo bueno al personaje y creo que es esto justamente
lo que buscan sus lectores. Los lectores de Anna Gavalda se acercan a sus
novelas con la certeza de que al final hay premio para todos: para los
protagonistas y para el que lee la historia.
Yo puedo decir de mí misma que releo sus novelas, siempre con el mismo
propósito, con la misma búsqueda. Ocurrió con La amaba y con Juntos,
nada más.
¿Pero qué está ocurriendo con El consuelo, con La
Consolante? Gavalda ha creado un cierto desasosiego entre sus lectores.
Gavalda ha hecho arquitectura. Aparte de que el protagonista de El consuelo
sea arquitecto, ella misma ha hecho de arquitecta y ha creado una estructura de
novela que ha desorientado a sus lectores y ha desanimado a la escritora, al
comprobar el efecto provocado en éstos.
Yo como escritora la comprendo perfectamente: comprendo sus ganas de
querer probar con algo nuevo, darle otra vuelta de tuerca a la literatura,
cambiar de registro, avanzar... y como lectora sé que es muy poco probable que
El consuelo aguante una relectura. La historia es buena pero los
experimentos, se han dado demasiados casos a lo largo de los tiempos, no
convencen a los lectores, al revés los espantan. Así que esos 10 millones de
lectores que tiene Anna Gavalda, hasta ahora fieles, sólidos como una roca,
ahora se tambalean. Imagine que usted es escritor o escritora y que 10 millones
de personas tienen sus novelas en su hogar. (¡Quién pudiera ser tan afortunado!
¡Quién pudiera tenerlos!).
¿Hasta dónde debe llegar la fidelidad del escritor con el lector?
¿Era preciso crear en El consuelo una estructura diferente,
arriesgada, dejar entrever los tejemanejes que tenemos entre manos los
escritores cuando creamos? ¿Era preciso que Gavalda corriera ese riesgo?
Les voy a contestar primero como escritora y luego como lectora.
Como escritora les contesto: Sí. Era preciso pues casi siempre cada
novela crea su forma, su hábitat, su modus vivendi, y nosotros los
escritores somos simples esclavos, aunque les parezca extraño, y por otro lado,
alguna que otra vez, se asoman las ganas de cambiar por un momento, en una
novela, para después en la siguiente volver a la senda, a veces, es preciso
abrir las ventanas para que entre aire nuevo y poder seguir avanzando.
Como lectora que ya ha leído las 558 páginas de El consuelo voy a
utilizar un símil, sin salir del mundo de la arquitectura, para que decidan por
sí solos si deben emprender o no la lectura de la misma, partiendo y
anunciándoles que la historia es buena y termina como todas la de Anna Gavalda,
incluso se permite algún guiño con los lectores de sus otras novelas.
Imagine que se encuentra, tal vez ya le ha ocurrido, por primera
vez en su vida delante del Museo Centro Pompidou, de París. Lo ve y se pregunta:
¿qué demonios es eso?
—Un museo —le responde alguien.
—Pues es feo. Bueno feo no, raro pensándolo mejor.
—Es otra clase de diseño, nada convencional —le responde de nuevo ese
alguien.
—¿Y no podrían haber creado un edificio bonito, con su puertas y sus
ventanas? ¡Mira que hay edificios bellos por el mundo! —se sigue usted
preguntando.
—Tiene puertas y ventanas, e incluso vistas espléndidas —le dice ese
alguien.
—¿Qué han hecho con esos tubos y esas escaleras? ¿Por qué? —se sigue
interrogando, porque en realidad no da crédito a lo que ven sus ojos.
—Sí, pero sigue siendo igualmente un museo —le contesta ese alguien
invisible.
—Sí, ya, pero... —murmura usted.
—¿Pero va a entrar o no? —le inquiere ese alguien.
¿Va a entrar o no? Esa es la cuestión, esa es la
pregunta que usted debe responderse. Esa es la aventura de El consuelo.
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María Aixa Sanz
(España, 1973). Escritora valenciana. Tiene publicadas las novelas El pasado
es un regalo (2000), La escena (2001) y Antes del último suspiro
(2006). En mayo de 2008 publica el ensayo El peligro de releer,
recopilatorio de los artículos literarios, con los que colabora en diversas
revistas de España y Latinoamérica. En junio, también de 2008, la Editorial
Séneca publica el libro La escritura del no que recoge sus artículos más
importantes junto a los de una decena más de escritores profesionales. Ganadora
de varios premios de narrativa breve, relato y cuento.


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