APUNTES SOBRE EL BESTIARIO PERSONAL DE VICENTE ALEIXANDRE EN
LA DESTRUCCIÓN O EL AMOR (II)

por

Antonio Alfeca

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ANTONIO ALFECA (pseudónimo literario de Antonio A. Rodríguez) es un escritor nacido en Linares (Jaén). Licenciado en Filología Clásica por la Universidad de Sevilla (1991), ha colaborado en diversas revistas literarias (Esmeralda, Tempestas, Le Due Sicilie, El Celador, El Crepúsculo de las Bacantes, Minos) y publicado dos de sus obras: Poemas para nunca (Sevilla, Ediciones Jamais, 1999, dentro del volumen Nuevos Autores de la Poesía Española / 2), y Definitiva nube (Sevilla, Padilla Libros & Editores, 2001). Actualmente es el coordinador y realizador de Mar de Poesías, en esta Revista Almiar.



De todo lo que pulula
sobre la faz de la tierra


En los apuntes que precedieron a los presentes dentro de esta serie dedicada a los animales en La destrucción o el amor pudimos comprobar cómo Aleixandre es agudo e incansable oteador de las esferas más elevadas del amor en tanto que sentimiento pancósmico, del que ni siquiera se sustraen los seres más insignificantes, en los cuales esa fuerza universal podría parecer cuando menos insólita. Pero es precisamente esa arma de la sorpresa, tan cara al surrealismo, la que Aleixandre esgrime con su habitual maestría para decirnos que ni las fieras ni aún un arácnido o insecto, por atípico que resulte, dejan de estar movidos por dicha fuerza.

El dominio correspondiente en simbología a los animales más pedestres o más del suelo es el de la gama de lo concreto y sus proximidades. Al igual que ya hicimos con los seres alados, efectuaremos un examen completo del sentido que aporta la aparición de cada uno de ellos en el conjunto de dicho dominio, señalando igualmente los lugares de aparición de los mismos.

Antes de llevar esto a cabo, hay que hacer notar cómo la idea de multiplicidad está implícita en el número y variedad, mayores que los de las aéreas o acuáticas, de especies terrestres citadas en La destrucción... por el poeta (más de doce). Esto no hace otra cosa sino indicar un mayor alejamiento de la unidad original de las cosas [1], lo cual supone concebirlas, desde un punto de vista platónico, como realizaciones y apariencias de una realidad ideal subyacente. En tal caso, esa divergencia o dispersión representada por los animales terrestres lleva consigo el germen del concepto complementario (es decir, la unidad) cuyo agente principal es el amor pancósmico. Otra cosa sería que tal multiplicidad lo fuera de miembros de la misma especie, en cuyo caso hablaríamos de estéril dispersión y mutua aniquilación de elementos dentro de un mismo nivel de la realidad [2]. No obstante la visión de nuestro poeta dista mucho de ser, en este sentido, radicalmente pesimista; más bien es la serena aceptación de los límites de la realidad sentida la actitud que emanan sus versos. Es la actitud abarcadora y asimiladora una de las claves en toda la obra de Aleixandre. Y, como decíamos al principio, esa capacidad de abarcar y de dar significación se aplica aun a lo más insignificante.

Pero dejémonos de más digresiones y centrémonos en el tema que en este lugar nos ocupa. Dando aquí un repaso al repertorio de animales terrestres (o, como mucho, anfibios) podemos advertir que, en general, no aparecen especies cuya simbología tenga abiertas connotaciones amorosas (más afines a seres alados, aunque ya vimos cómo Aleixandre fue capaz de introducir en este libro un poema dedicado al águila con la dificultad que ello implicaba). Y si ese tipo de especies más «amorosas» aparecen en este apartado (vgr. el caballo), lo hacen en un porcentaje escaso y en contextos inusuales. Dos, a mi entender, son los motivos de dicha circunstancia: primero, la originalidad en el propio enfoque del amor en la obra, duramente realista de fondo y ajena a todo edulcuramiento; y segundo, el hecho de referirse a un nivel inferior de la realidad, lo cual facilita la aparición de seres que suelen inspirar repelencia a los biempensantes. Tales rasgos expresan un abierto contraste frente a un concepto tradicional ramplón y manido del amor, el fomentado por la oficialidad imperante en España cuando fue escrita La destrucción...

Al observar la frecuencia de aparición de cada uno de los símbolos cuyo referente es un animal terrestre (o anfibio, como mucho), advertimos una abrumadora mayoría en la presencia de tres especies: las serpientes (con la cobra como catalizador del nivel concreto de la realidad), los insectos y los felinos mayores.

Ya aludimos en el artículo anterior de esta serie al trabajo de José Ángel Valente [3] sobre la serpiente en Aleixandre, en el cual se habla de la misma como símbolo ambivalente del conocimiento; no obstante, también lo es de la energía vital [4] que puede usarse adecuada [5] o inadecuadamente [6], lo cual indica la presencia o carencia de un mayor nivel de conocimiento práctico, esto es, de sabiduría como acercamiento al origen de las cosas. La valoración exclusivamente negativa de la serpiente suele darse en momentos en que se considera de forma pacata el inconsciente y lo primario como algo impuro y maligno, del mismo modo que su sobreestimación y la de símbolos análogos acostumbra a darse en épocas de crisis de lo racional. El rasgo común a ambas posturas es el de un conocimiento débil o más o menos interesadamente debilitado; esto es, la falta de un auténtico nexo entre lo más sublime y lo más pedestre del ser humano. Aleixandre, en su visión integradora, logra un saludable equilibrio entre esos extremos que, de otra manera, hubieran sido llevados al límite de lo maniqueo. Ni las «viborillas perspicaces» ni la «sierpe sin veneno» o «sierpecilla» que mira a los ojos de la paloma son cosa baladí, ni la cobra (a la que Aleixandre dedica un poema, como hizo con el águila) es aquí un animal indefectiblemente asociado a lo maligno; la importancia de ambas modalidades de serpiente es pareja tanto en la forma como en el concepto. Estructuralmente hay tres hechos sintomáticos al respecto: que en el primer poema de La destrucción... se hable de la cobra (en singular) y que pocos renglones más abajo se hable de las viborillas (en plural); que la primera y última alusión al símbolo ofidio se hagan a través del motivo de la cobra, configurando una estructura anular de dicho símbolo en la obra; y que en ésta se produzca la gradación viborillas-sierpe-cobra. Dichos rasgos crean el mismo tipo de gradualidad que se da en la figura geométrica de la espiral, asociada al conocimiento entendido como evolución, unificación y regeneración. Evolución y unificación porque, de los ingenuos instintos del subconsciente [7], de esas energías primitivas y dispersas que constituyen la prima materia o aqua philosophica de los alquimistas [8] (las viborillas perspicaces que hacen su nido en la axila del musgo[...]; el mar o una serpiente), se llega a la cobra, símbolo de la fuerza concentrada y mercurial del conocimiento y la imaginación (en el sentido literal de dadora de una imagen o forma a dichas intuiciones e instintos primarios) [9]. Y regeneración porque, en el camino hacia la catarsis que suponen el conocimiento o la elevación espiritual (la serpiente mira,/ mira, mira a los ojos,/ a esa paloma núbil que aletea en la frente), y como ocurre en todo fenómeno cíclico, se vuelve recurrentemente al punto de partida (idea simbolizada por Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola). En el acontecer amoroso, el conocimiento por antonomasia, simbolizado por la cobra, traza su camino a través de la experiencia sensual, y queda negado una vez ha alcanzado su objeto, negación que en Aleixandre es el amor universal, lo que da razón de todas las cosas y de su orden (Ama el fondo con sangre donde brilla/ el carbunclo logrado. El mundo vibra). Evidentemente, la serpiente puede significar del mismo modo involución y degeneración si la inteligencia se dispersa y se pierde en sus propios vericuetos e imaginaciones, agónico riesgo que existe en el nivel concreto de la realidad. Sin embargo, lo que triunfa en La destrucción... es el amor, y por ende el lado luminoso de la serpiente, como atestigua el último poema del libro, titulado Triunfo del amor.

Podemos afirmar que los insectos, como la mayoría de animales menores presentes en la obra (arácnidos y otros reptiles), pueden simbolizar lo mismo que la serpiente, aunque en un tono menor y con mayor presencia de acepciones negativas que apuntan, principalmente, la idea de dispersión o de manifestaciones involutivas de la imaginación y la inteligencia. Así sucede, vgr., con la avispa fraudulenta del poema Humana voz, símbolo de pulsiones depresoras y de malos pálpitos sin objeto ni salida, las moscas (besos azules como moscas), concreciones evanescentes del alma sin contenido suficiente para pervivir, o las hormigas (el camino de las hormigas por un cuerpo hermosísimo), signos de lo deleznable y efímero. Otra acepción tiene la coccinela o cochinilla (la pulcra coccinela que se evade de una hoja de magnolia sedosa) como uno de tantos motivos que simbolizan la prima materia antes citada.

Con todo, de los insectos es el escarabajo el que desempeña el papel fundamental entre los insectos presentes en la obra (Aleixandre le dedica un poema). Muy apreciado en general como símbolo del aqua philosophica perdurable y, por ende, como símbolo mercurial y de eternidad [10], en La destrucción... esas atribuciones quedan modificadas en virtud de la personal concepción de nuestro poeta y de la estructura conceptual de la obra, según las cuales el escarabajo significa el recuerdo asociado a cada momento en el goce amoroso (el diminuto escarabajo que también brilla en el día); pero, como todo recuerdo, melancólica sombra de lo vivido (un triste escarabajo que fue de oro), diferente de lo que es cualquier emanación vital del alma, pues está encuadrado dentro de lo mental, no de lo emocional (nunca pretende ser confundido con una mariposa).

Al igual que sucedía con el motivo de la serpiente, la configuración de los felinos es también curiosa, si bien por otros motivos. Para empezar, en varios contextos no aparecen citados los propios animales, sino una parte de su anatomía (fosca melena [...]; poderosa garra [...]; fauce); o bien son designados de forma genérica (fieras). Y, por añadidura, no es el león, la especie más representativa dentro de este apartado en La destrucción... sino el tigre, más arisco (también desde el punto de vista simbólico). Esto no hace sino servir al propósito general de la obra en la medida en que, primeramente, el poeta sólo busca aquí una acotación general de las atribuciones simbólicas pertinentes a las fieras (arranque, impulso o potencia inferior desatados); y en segundo lugar, Aleixandre suele tender por el símbolo más flexible o, cuando menos, ambivalente, para encabezar cada uno de los apartados conceptuales establecidos (aquí el tigre puede significar tanto la temeridad y las fuerzas instintivas de bajo nivel como la fuerza, el arrojo y el valor controlados, según el contexto) [11]. De forma similar a lo sucedido con las serpientes se da en los motivos felinos una suerte de sublimación encaminada al último poema del libro. En dicha sublimación, las indefinidas fuerzas instintivas desatadas, simbolizadas por la pantera y mostradas a la luz de los acontecimientos, dejan su «sombra», esto es, la intensidad de su consecuencia (quiero morir de día, cuando aman los leones [...]; la sombra de un tigre hermoso que surte de la selva) y su motivación interior (el secreto tuétano del hueso de los tigres); en cualquier caso ambas son necesarias, pues sin el arranque pasional simbolizado por las fieras no habría la posibilidad de culminar el amor-voluntad: obsérvese, si no, que en el primer poema los felinos constituyen el motivo preferente en el poema inicial de La destrucción..., La selva y el mar, desde sus primeros versos (tigres del tamaño del odio,/ leones como un corazón hirsuto) hasta los últimos (un sordo rumor de fieras solitarias).

En ese camino de catarsis y superación a que todo ser aspira en tanto manifestación de la energía universal, hay otros grupos y especies mencionados una, dos o, como mucho, tres veces, y cuyo sentido matiza los de los motivos ya analizados, en una gama que va de la massa confusa de los alquimistas (el inconsciente en bruto) y pasa por las ambivalencias en que se mueve el nivel de la realidad concreta (apoyando la simbología básica de la serpiente) hasta alcanzar los umbrales del nivel anímico y aun los del espiritual (en el caso de símbolos que, por lo general, poseen sólo o el valor peyorativo o el ameliorativo como predominante).

En el nivel de la massa confusa o prima materia podemos citar motivos como el elefante o la tortuga, que simbolizan manifestaciones materiales primigenias del Universo y, por tanto, del subconsciente entendido como base del microcosmos humano (vgr., la libido primaria en el ámbito estrictamente amoroso) [12]. También podemos citar en este apartado el gusano en tanto representación de la prima materia apta para, mediante un proceso de transformación o «muerte», convertirse en «energía reptante» [13], en cimiento de lo vital lindando con lo anímico (al igual que sucedía con la mariposa). Dicha prima materia es imprescindible para el origen de la vida y la existencia; sin aquélla lo que queda es huero, vacío en todos los sentidos y primitivo sin posibilidad de evolución aunque necesitado de ésta (¡Hierba seas! [...], follaje entre los muslos donde ni gusanos ya viven).

Dentro de los símbolos ambivalentes parangonables a la serpiente podemos citar, por orden descendente de frecuencia de aparición en La destrucción..., el caballo, la araña, el ciervo, la gacela, el lagarto y el escorpión. En cuanto al primero de éstos, salvando su uso cognitivo confrontado irónicamente con su acepción simbológica al igual que sucede con otros motivos animales en el poema Cada cosa, cada cosa, los otros dos contextos en que aparece el motivo del caballo reflejan bastante bien su poder simbolizador, tanto del arranque instintivo dador de existencia en tanto que reacción a la incertidumbre, el tiempo y lo pasajero (el caballo que enciende su crin contra el pelado viento) como de la intuición del inconsciente en función de principio femenino (pasivo) precognitor y aceptador de la realidad; en suma, viene a significar una base para el cambio de las cosas (regeneración / degeneración) [14]; véase el poema La luna es una ausencia. La araña simboliza habitualmente el equilibrio dinámico entre construcción y destrucción (principalmente por la telaraña) [15], pero también la conservación de miedos inconscientes y su concreción en el proceso consciente [16] (cuatro vasos de tela de araña recogidas de labios mudos por tres meses). La gacela posee acepciones muy parecidas a las citadas en el contexto de lo anímico, aunque para Aleixandre, al menos en esta obra, prima su acepción negativa de miedo como sensibilidad excesiva ante el paso del tiempo (la gacela que teme al río indiferente). En un nivel más cercano a lo mental se sitúa el motivo del ciervo, asociado entre los alquimistas con un duende diabólico (esto es, con un principio disgregador de incertidumbre elevado a la categoría de obsesión) [17]; no obstante, en el poema inicial de La destrucción... parece usarse positivamente significando el poder (auto-)disgregador de la inteligencia encaminado a la renovación y a la iluminación (un cervatillo ya devorado / luce su diminuta imagen de oro nocturno). En el lagarto se dan los rasgos simbológicos más afines a la vertiente armónica de la serpiente como sublimación y espiritualización a través del conocimiento [18], especialmente cuando el lagarto aparece asociado al fuego purificador (sobre todo bajo la forma de una salamandra) o destruido en favor de un principio activo o superior, según ocurre en un pasaje del poema La dicha (Tenerte aquí, corazón, que latiste entre mis dientes larguísimos,/ en mis dientes o clavos amorosos o dardos,/ o temblor de tu carne cuando yacía inerte/ como el vivaz lagarto que se besa y se besa). El escorpión es simbólicamente muy similar a la araña y suele identificarse bastante con la serpiente y aun con el águila serpentaria, simbolizando el principio ambivalente de creación-destrucción a través del deseo canalizado [19] (esas pinzas con las que sólo aspira a oprimir un instante la vida).

Por último mencionaremos motivos que en simbología muestran valores más polarizados en negativo o en positivo, ya más significativos en el nivel de la realización concreta hacia niveles superiores de la realidad. Sin embargo, y como se anticipó al principio del presente artículo, Aleixandre acostumbra a promediar dichas polaridades o a tratar los motivos aportando matices insólitos, incluso opuestos a los habituales. Netamente peyorativa se puede considerar la hiena, símbolo de ocaso, decadencia y corrupción, que en nuestro poeta adopta incluso el rasgo del reciclaje de lo caduco (la hiena amarilla que toma la forma del poniente insaciable, opuesta a tigres y leones). Por otro lado el cerdo, que acostumbra a simbolizar degeneración y abismamiento moral [20], presenta en La destrucción..., de forma un tanto humorística, las acepciones más suavizadas de ignorancia, inconsciencia y aun ingenuidad presentes también en la Rueda del Mundo budista [21] (la linda doncellita que en su niñez fue un cerdito o crujido). Dentro de los motivos ameliorativos citamos el perro, con los rasgos de fidelidad y cambio purificador que en La destrucción... aparecen negados por contexto bajo el contenido de persistencia y permanencia rayanas en el estancamiento (Luna de mármol, rígido calor/ noche de estío cuando el perro es mudo); pero, sobre todo, el caracol, símbolo mercurial de la «actuación de la espiral microcósmica sobre la materia» [22], de lo completo, poco más o menos como en La destrucción... (caracol rotundo [...]; un caracol como una sangre [...]; la tierra no puede ni ser grata a los labios,/ a esos que fueron, sí, caracoles de lo húmedo). Para acabar, símbolo lunar de fecundidad y cambio evolutivo (por sus metamorfosis) es la rana; en nuestro autor acaba significando la importancia del cambio permanente (si la rana cantando dice que el verde es verde/ y que las uñas se ablandan en el barro/ por más que el mundo intente una seriedad córnea).

Hemos podido apreciar, a lo largo del análisis de los motivos animales terrestres, que es muy difícil hallar en La destrucción... la univocidad en cualquiera de ellos: todos están en función de los demás y se impregnan de sus connotaciones para desembocar en el amor, esa negación que lo afirma todo. Y en la expresión de esto la simbología de los animales acuáticos, aunque muchísimo menos variada, tiene una importancia capital. Hablaremos sobre ella en otro lugar.

 

NOTAS:

[1] Cfr. J.-E. Cirlot, Multiplicidad, en Diccionario de símbolos, Barcelona, Labor, 1992 (9ª. ed.).
[2]
Cfr. J.-E. Cirlot, op. cit., Multiplicidad de lo mismo.
[3] J. A. Valente, El poder de la serpiente en Vicente Aleixandre. El escritor y la crítica (ed. José Luis Cano), Madrid, Taurus, 1977.
[4] J.-E. Cirlot, op. cit., Serpiente.
[5] Esto es, la espiritualización o sublimación de la fuerza vital simbolizada en la Kundalini hindú. Cfr C. G. Jung, Psychology and alchemy (trad. del alem. al ingl. por R. F. C. Hull), Nueva York, Princeton, 1968 (2º. ed.), p.180.
[6] En este caso se trata del principio de involución consustancial a la materia, vgr la serpiente Mitgard o la del Paraíso terrenal. Cfr. J.-E. Cirlot, op. cit., art. cit.
[7] Cfr C. G. Jung, Psychology and alchemy, ed. cit, p.157.
[8] Cfr C. G. Jung, op. cit, p.235.
[9] Cfr C. G. Jung, op. cit, p.252.
[10] Cfr C. G. Jung, op. cit, p. 452.
[11] J.-E. Cirlot, op. cit., Tigre.
[12] J.-E. Cirlot, op. cit., Elefante y Tortuga.
[13] J.-E. Cirlot, op. cit., Gusano.
[14] J.-E. Cirlot, op. cit., Caballo.
[15] J.-E. Cirlot, op. cit., Araña.
[16] Cfr C. G. Jung, op. cit, pp. 116 y 217.
[17] Cfr C. G. Jung, op. cit, pp. 66 y 146.
[18] No obstante también hay en el lagarto una vertiente involutiva bien conocida en astrología: a quienes presentan los rasgos inarmónicos del signo de Escorpio (individualismo excesivo, frialdad, resentimiento) se los suele denominar «lagartijas grises». Cfr L. Goodman, Los signos del Zodiaco y su carácter (trad. del ingl. al esp. por Marta I. Guastavino) , Barcelona, Urano, 1990.
[19] Cfr C. G. Jung, op. cit, pp. 371-372.
[20] J.-E. Cirlot, op. cit., Cerdo.
[21] Cfr C. G. Jung, op. cit, p. 96.
[22] J.-E. Cirlot, op. cit., Caracol.

 

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