Archivo histórico de Margen Cero

Tres pequeños brincos
en la gran Europa
(Carta a Julio)

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Michele Moreno


Julio:

Me preguntas qué fue lo que vi en mis vacaciones. Bueno. Vi París. Y eso fue magnífico, porque es una ciudad llena de unos árboles fabulosos que tienen el tronco como si fuera un traje militar, igualito, pero sólo están armados de pájaros y sonríen, entonces es contradictorio y encantador. Me hubiera gustado hablar francés para preguntar cómo se llaman esos soldados enfilados, grandes y felices, dadores de viento y sombra. Regresé con la duda, pero con la alegría contagiada. Vi edificios maravillosos que unos son muy románticos y otros tremendamente soberbios. No pareciera que fueron hechos por la mano del hombre, sino que es como si hubiesen caído del firmamento (en una noche oscurísima mientras todos dormían). Como si hubiesen amanecido ahí. ¿Me entiendes, verdad? Vi la Torre Eiffel y descubrí que parte de esa magia que emana no es propia de ella sino de emociones dejadas. O sea: en las noches, cuando más brilla en luces, cientos de personas se acomodan en un área verde frente a ella (parque Champ de Mars) y la miran. Pero no creas, Julio, que la miran y ya eso es todo, no; ella los cautiva. Mas, ¿cómo te explicaré? Ellos (los que miran) están en ese momento como creyendo. Es decir, ella es como un enorme hada prometiendo. Una noche recorrí tres veces el parque observando los rostros. Impresionante. Jóvenes, viejos, parejas, amigos, hombres solos acostados en el verde pasto con la cabeza recargada en sus mochilas viajeras. Pero todos creyendo. No sé, me imagino que esas miles de lucecillas que parpadean convocan la ilusión (hada de hadas). Y las personas que están viendo se emocionan y —supongo— desean. ¿Qué desean? No tengo la menor idea. Pero es un hecho. Quizá algunos desean recordar. Otros olvidar. Unos más, avanzar. Otros, retroceder. Pero ellos desean, Julio. ¿No te parece maravilloso? Entonces, volviendo a las emociones plasmadas, creo que por años la torre Eiffel ha almacenado toda esa energía deseadora. Por eso encanta. ¿Sabes, Julio? Yo seguí el ejemplo: me senté, miré, y creí. Por esa noche al menos, lo hice. Y eso fue una buena noticia (eso de saber que a veces todavía puedo creer; lástima que ya olvidé qué).


paseo por paris

Y luego esas estaciones del metro; cada una igual y diferente, con músicos embrujadores entre pasillos, imágenes de cine y azulejos brillosos. Las estaciones del metro me enamoraron. De pronto me imagino que, la esencia de todas reunidas en una sola, formarían el espíritu misterioso de un hombre interesante. No sé si me explico.

También vi gente libre bebiendo vino y siendo. Mucha gente vi ahí siendo. Así nomás. ¿Verdad que es lindo saber que de pronto hay mucha gente siendo de verdad? Vi que no hay cibercafés ni tiendas rápidas de 24 horas, pero en cambio hay muchas fruterías, y pescaderías, y carnicerías, y unos cafecitos encantadores sobre las banquetas. ¿Sabes qué me encantó? Me encantó que los cafés estaban llenos de gente hablando con gente, y las mesas eran tan pequeñitas que los rostros quedaban cerca y se miraban los ojos así también. Cerca. Y las sillas muy juntas unas con otras de mesas vecinas. Me imagino que el invierno es cálido en las cafeterías de París. Sin embargo, a mí me tocó un calor impresionante. Por eso metí la cabeza al chorro de agua de la fuente de San Michel. Además, cuando yo era niña siempre me dijeron que ése era mi ángel. Por eso —con los ojos cerrados— metí los pies por diez minutos a la fuente, a ver si así se me ilumina el camino que luego agarro a oscuras.

También vi Amsterdam. Amsterdam... Amsterdam me asustó. Vi una libertad no feliz como la de París sino completamente amarga. Linda ciudad pero poco espiritual en la parte que me tocó vivir, tocó ver. Linda cara, sí. ¿Cómo te lo explico? Así como París me pareció una dama, Amsterdam se me presentó quizá como la loca de Europa. Preciosa loca. ¿Sabes? Con sus canales de barcos hermosísimos y sus edificios naranjas de puertas pequeñas y grandes ventanas. Tulipanes y rojos. Museos y músicos. Chocolates de marihuana. Paletas de marihuana. Chicles de marihuana. Refrescos de marihuana. Amsterdam marihuana.

Sin embargo, yo no regresaría a Amsterdam. Aunque reconozco que el nombre me fascina. Es contundente. Me gusta pronunciar 'Amsterdam'. Dilo tres veces y verás qué bien se siente. Lo que me quedó de Amsterdam en la vida fue el museo de Van Gogh. Ahí las lágrimas se sublevan por una extraña razón. Exigen sus derechos. Cada cuadro transmite un crepúsculo interno de una fuerza indescriptible. Como si te tragaras una tarde amarilla. Creo que la melancolía de Vincent era tan grande que fragmentos de su espíritu quedaron adheridos al lienzo. Y duelen todavía.


gondolas en venecia

También vi Venecia. La mujer triste, tristísima bella Venecia. Puertas y ventanas tristes. Fantasmas amorosos y nostálgicos platican en las noches de ventana a ventana. No sé por qué, me dio mucha tristeza esa agua de reflejos de luces y puentes. Por eso me fui a los dos días de ahí. Porque algo lloraba por dentro. Por eso volví a París y a sus soldados verdes y alegres que a veces rompen filas en los camellones. A su torre hada y su vino rojo. A su siempre siempre.

Y al fin de cuentas, nada como llegar a nuestro propio país. A los colores que nos pertenecen. Nos pertenecen, Julio. Nos pertenecen.

Eso fue lo que vi.


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(Fotografías artículo: Pedro M. Martínez) ©2005

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