|



|
Todo espacio realmente habitado
contiene la esencia del concepto de hogar, porque allí se unen la memoria y la
imaginación, para intensificarse mutuamente. En el terreno de los valores forman
una comunidad de memoria e imagen, de tal modo que la casa no sólo se
experimenta a diario, al hilvanar una narración o al contar nuestra propia
historia, sino que, a través de los sueños, los lugares que habitamos impregnan
y conservan los tesoros del pasado. Así pues la casa representa una de las
principales formas de integración de los pensamientos, los recuerdos y los
sueños de la humanidad. Sin ella, el hombre sería un
ser disperso [1].
Aquí podemos notar el
paralelismo entre la casa y el cuerpo como depósito de memoria. No sólo los
recuerdos, también las cosas que hemos olvidado están ‘almacenadas’. El alma es
una morada. Recordando las casas y las habitaciones aprendemos a mirar dentro de
nosotros mismos.
La verdad de esta experiencia
estética –de reconocimiento identitario –tan propia de
la tardo-modernidad– es probablemente el 'coleccionismo', la movilidad de las
modas, el museo, y, a fin de cuentas, el propio mercado como lugar de
circulación y banalización de objetos, cuya referencia al valor de uso se ha
desmitificado convirtiéndose así en meros objetos de cambio, aunque no así para
el coleccionista.
Ahora bien, ¿por
qué coleccionamos objetos? ¿Por qué decoramos nuestra casa? La casa es el lugar
del goce y del acopio de recuerdos, que forjan una identidad y permiten
reconocerse en una radical intimidad como siendo igual a sí mismo. Las imágenes
de la casa están en nosotros porque nosotros estamos
en ellas.
En un sentido práctico, puedo
comportarme humanamente hacia un objeto sólo en tanto el objeto se comporta de
manera humana hacia mí. El objeto es significativo en la medida en que es rico
en historia y en asociaciones imaginarias y reales.
Una caja vacía, por ejemplo,
es como la idea de una novela [2];
ambas son los límites, el contorno y el volumen de una separación, un mundo de
posibilidades frente a la posibilidad del mundo. Si yo, a través de mi vida, he
coleccionado numerosas cajas vacías ha sido por las posibilidades que
encerraban. No por lo que luego encerrasen en concreto, se entiende, sino por la
misma posibilidad que guardaban de encerrar algo, de dotar de límites, de dar
cobijo o componer un orden. Probaba introduciendo ahora unas cosas, luego otras
–fotos, monedas, botones, hallazgos o recuerdos–, y primero en un orden y luego
en otro hasta que lo reiteraba todo para quedarme fundamentalmente con el vacío.
Porque lo que a mí me interesaba en realidad era que lo posible bullera en mi
cerebro y zumbase en sus entretejidos el abejoneo de sus combinaciones, era
llenar mi cabeza, como queda claro, más que con las cajas, de la idea de acotar
un mundo –de dar un amparo–, de recortar un orden en el caos del mundo de
afuera.
Al respecto, Raúl Ruiz ha
señalado en una conversación –acerca de objetos y ficciones– que cuando no está
filmando películas, durante sus paseos compra objetos al azar. Y cuando ya ha
juntado una cierta cantidad de objetos nuevos que excitan su curiosidad,
comienza a jugar con ellos. Hace listas, las ordena, las mezcla…, luego aísla
dos o tres objetos y trata de imaginar una escena con estos tres. Son ejercicios
que hace regularmente. Todo eso, según sostiene, no sirve para nada –en el
sentido productivo inmediato– por ello lo pone de lado cuando escribe un guión,
pero constituye un repertorio de historias hechas únicamente con objetos. Sin
embargo, indica, "en el momento de la filmación, cuando ordeno todo lo que hay
en el plano, recuerdo ciertos automatismos, pongo los objetos de una manera ya
dramatizada porque está atravesada por el recuerdo de éstas micro-ficciones que
he elaborado. Todos estos ejercicios me dan la sensación en un momento de estar
listo. No es improvisación, es incluso lo contrario, pero al mismo tiempo excede
el simple ámbito de lo que se cree querer decir" [3].
Como la memoria involuntaria,
coleccionar es un desorden productivo , una forma de remembranza práctica en la
cual los objetos se introducen en nuestras vidas y nosotros en las suyas. Por
tanto, en cierto sentido aún el más simple acto de reflexión política marca una
época en el comercio de antigüedades. Para el coleccionista, el mundo está
presente, en realidad está ordenado en cada uno de sus objetos, sólo que según
una relación sorprendente e incomprensible en términos profanos. Nuestra casa es
un escenario para representar nuestra vida, de manera que decorar es imaginar
una vida. Por ello a quienes sucumben ante “la moda” –como la producción
industrial del “siempre lo mismo”– ella les prescribe el ritual a través del
cual el fetiche de la mercancía quiere ser adorado [4].
Es necesario reinventar la
vertiente expresiva, sentimental y poética del diseño. El postmodernismo
instaura una novedad metodológica importante, que ha permitido darle un espacio
a la emoción –trabajar con la memoria-, evitando una mirada demasiado técnica y
funcional en el diseño y la arquitectura. Desde otra
perspectiva la noción misma de “colección” puede ser abordada en claves
estéticas y sociológicas, apuntando que el individuo que colecciona desde sellos
de correos hasta alfombras persas, y se siente así impulsado a “realizarse” en
el placer que supone la posesión de un conjunto de objetos, donde la idea misma
de colección está directamente vinculada a la posesión –no funcional– por encima
de la necesidad, es decir, a la riqueza.
Respecto de las maneras de “usar” el excedente cabe la prodigalidad que acelera
el caudal de los objetos o productos en la esfera personal ya sea eliminándolos
mediante el regalo, el desgaste, la destrucción, la eliminación, el trueque
–sistema extrovertido en la terminología de Jung– ya sea mediante el
amontonamiento.
Al respecto resultan
ilustrativas las opiniones de Andy Warhol: “Creo que todos deberíamos vivir en
un gran espacio vacío. Me gusta la costumbre japonesa de enrollarlo todo y
guardarlo en armarios. Pero yo prescindiría hasta de los armarios, porque es una
hipocresía… Todo en tu armario debería tener fecha de
caducidad, al igual que la leche, el pan, las revistas y los periódicos, y una
vez superada la fecha de caducidad, deberías tirarlo. Lo que deberías hacer es
comprar una caja cada mes, meterlo todo adentro y a final de mes cerrarla.
Entonces le pones fecha y la envías a Nueva York. Deberías
intentar seguirle la pista, pero si no puedes y la pierdes, no importa, porque
es algo menos en que pensar: te sacas otra carga de la mente. Yo ahora
simplemente lo tiro todo en cajas de cartón marrones del mismo tamaño que tienen
una etiqueta a un costado donde poner el mes y año. Sin embargo, detesto
francamente la nostalgia, así que en el fondo espero que se pierdan todas y no
tener que volver a verlas nunca más” [5].
La poética de la habitabilidad
Ahora bien, la casa, pues, es una
extensión de la persona, una especie de segunda piel, un abrigo o caparazón, que
exhibe y despliega tanto como esconde y protege. Casa, cuerpo y mente se
encuentran en una continua interacción; la estructura física, el mobiliario, las
convenciones sociales y las imágenes de la casa permiten, moldean, informan y
reprimen al mismo tiempo las actividades y las ideas que se desarrollan dentro
de sus paredes, un entorno creado y decorado como escenario de la habitabilidad.
La casa y la habitación se convierten así en un agente de pensamiento y en un
primer agente socializador, que moldea el carácter de los hijos, a partir de las
primeras impresiones de la mirada. Al moverse en un espacio ordenado –diseñado–,
el cuerpo “interpreta” la casa, que representa la memoria para una persona.
Con las costumbres y la
habitación, cada cual construye un dominio práctico de los esquemas
fundamentales de su forma de vida. “No habitamos porque hemos construido, sino
que construimos y hemos construido en la medida que habitamos, es decir, en
cuanto que somos los que habitan” [6].
Construir es producir cosas que, al erigirlas, disponen un lugar y otorgan un
espacio –pletórico de sentido– que se abre a la vez al habitar. “La esencia del
construir es el dejar habitar” [7].
La construcción debe respetar el lugar, el mundo, la tierra donde nuestra
determinada forma de pensar tiene sentido, y esto es una apuesta por lo
diferente frente a la uniformidad (igualitarismo) y el estilo arquitectónico
ramplonamente homogéneo contemporáneo a Heidegger y –que duda cabe– también a
nosotros.
Lo que hemos intentado aquí
es mostrar cómo el habitar y el construir están estrechamente vinculados con el
pensar. Porque, al igual que el pensar, el construir le da apertura al ser, crea
un mundo, un espacio habitable, y es en el propio habitar donde se percibe el
sentido de este espacio y el pensar acoge e instala al ser.
A este respecto cabe señalar
que el devenir-templo de la casa es, en sí mismo, obra del proceso postmoderno
de secularización, que se corresponde con la elaboración de "ritos laicos" de
carácter doméstico (como la contemplación de las
"obras de arte" que decoran las casas de la clase dirigente); pero tiene como
efecto derivado el agudizar la contradicción entre ese interior que connota
"antigüedad": la propia antigüedad del linaje familiar plasmada en la galería de
retratos de los antepasados que decoran las paredes y el exterior urbano –que
connota la "novedad" y el desarraigo– típicos de la ciudad en contraposición a
la solidaridad orgánica de las aldeas; en suma la contradicción entre la fachada
(exterioridad) y el interior. Esto porque las fachadas
de las casas o edificios, al contrario de lo que pudiera parecer, no están
hechas para ser "contempladas" (la contemplación es sólo posible en el interior
de la casa, que es lugar de la "vida contemplativa"). La calle es una colección
de fachadas-significantes, y la casa una colección de interiores-significados.
La fachada, como todo significante, debe volverse invisible para transparentar
el significado: no está hecha para ser vista, sino para ser leída y obedecida,
es un signo o una consigna. De la misma forma que en la antropología platónica
el cuerpo es la exterioridad del alma a la que envuelve, la fachada es la
exterioridad que envuelve la “casa”, y las puertas y las ventanas son las
apertura al exterior, son "forados" de doble trayectoria: ingerencia e
intrusismo que amenazan con la penetración del exterior (de la vida agoranómica,
comercial y política); la disolución que amenaza con el allanamiento del
interior y la profanación de la intimidad (por ello los vidrios de una catedral
gótica no dejan penetrar el rumor multitudinario de la calle por sus ventanas,
sino sólo la luz que procede "de lo alto" [8].
Ahora bien, es en torno a
nuestro comportamiento ritual y nostálgico respecto de los objetos en los que
nos reconocemos, ante los fetiches que abarrotan nuestra casa, y en los que de
algún modo esta depositada nuestra memoria, que podemos reconstruir el sentido
de nuestra hasta entonces aparentemente dispersa historia y fijar nuestra
identidad. Esta historia se ha desplegado en un conjunto de prácticas y
estrategias representacionales, las que dan lugar a una forma de vida, aquella
que tiene como principio detentador de sentido un determinado mito o una
historia ancestral a partir de la cual el conjunto de sucesos –aparentemente
dispersos y azarosos– que constituyen nuestra biografía quedan explicados. Esta
clave hermenéutica desde la cual, los atajos, cabos sueltos, recorridos en zig-zag
y demás accidentes de nuestro ocurrir vital quedan anudados, puede ser un
pequeño chiste, una vieja manía familiar o un azaroso juego numérico, una
narración cifrada que sólo cobra sentido a partir de los hechos que ilumina. Es
a esto lo que llamamos mito fundacional. Sólo a partir de ellos nos volvemos
comprensibles.
_________________________________
SUGERIMOS AL LECTOR QUE CONTINÚE EN ESTE TEMA, LEYENDO
EL ARTÍCULO GEORGES PERÈC O
LA LITERATURA COMO ARTE COMBINATORIA.
___________________
_______NOTAS______
[1] HEIDEGGER,
Martin,
Interpretaciones de la poesía de Hölderlin, Traducción de José María
Valverde, Barcelona, Ariel, 1983.
[2] VÁSQUEZ ROCCA,
Adolfo
“Defensa retórica del arte de filmar y del cine como arte; plan secreto,
sinfonía dramática y lógica narrativa”, Conferencia, P. Universidad Católica
de Valparaíso, 2003.
[3] Estas
conversaciones con Raúl Ruiz esperan ser publicadas junto a otros Textos de
Seminarios y Conferencias sobre el autor.
[4]
DEBORD, Guy,
La Sociedad del Espectáculo, Cáp. II “La mercancía como espectáculo”, Ed.
Pre – Textos, Valencia, 1999.
[5]
WARHOL, Andy,
Mi Filosofía de A a B y de B a A, Pág. 155, Editorial Tusquets,
Barcelona, 1998.
[6] HEIDEGGER, Martin,
Conferencia “Construir, Habitar, Pensar”, pronunciada en 1951 y
publicada tres años más tarde.
[7]
Ibíd.
[8] PARDO, José Luis,
Formas de la Exterioridad, Editorial Pre-Textos, Valencia 1992, p.209.
_________________
Adolfo Vásquez Rocca,
Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de
Valparaíso y Post Grado en la Universidad Complutense de Madrid, Dpto. de
Filosofía IV, Estética y Pensamiento Contemporáneo. Ensayista, Artista Plástico
y Conceptual. Reconocido especialista en Filosofía Postmoderna, con numerosas
ponencias y publicaciones en torno a los temas de la deconstrucción y la
dialéctica modernidad y postmodernidad. Profesor de Filosofía Contemporánea,
Estética y Antropología Filosófica en la Facultad de Medicina de la Universidad
Andrés Bello UNAB. Actualmente reside en la ciudad de Viña del Mar.
Sus preocupaciones reflexivas, publicaciones e
investigaciones giran en torno a temas estéticos y del pensamiento contemporáneo
desde la perspectiva filosófica. Es columnista de importantes revistas
españolas, de la de la Sociedad de Estudios Filosóficos de Madrid del Ateneo y
la Sociedad Argentina de Filosofía y miembro de la Federación Internacional de
Archivo FIAF –Imágenes en Movimiento– (con sede en Praga, República Checa).
CONTACTO CON EL AUTOR
|