Reflexiones en torno a la lectura de
Cuentos violentos, de Víctor Montoya
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por
Julia Guadalupe García Ortega


Hoy, luego de confesarme ante la Mamita de la Candelaria, fui a visitarte Tío.* ¿Recuerdas? Estabas «fumando tu cigarrillo con el mismo placer de siempre». Quise contarte algo, pero no pude, había mucha gente, y yo quería estar contigo a solas, tú sabes... Así que esta noche, convencida de «la facultad que tienes de atravesar los corazones y ver como si nada en los cuartos oscuros del alma», me duermo imaginando otra oportunidad para hablar contigo...


Víctor Montoya escribió Cuentos violentos «con la mirada puesta en la clarividencia del porvenir, pensó en el designio casi eterno de un pueblo condenado a arrastrar las cadenas de la esclavitud».
El autor contextualiza su escenario en «la población minera de Siglo XX, que inicialmente fue un volcán geológico y millones de años después un volcán de insurgencias económicas y sociales».

Intento una opinión sobre las impresiones que ha suscitado en mí Cuentos violentos; desde ya una obra escrita con mucha audacia e imaginación. Yo misma escuché decir al autor que estaba «dispuesto siempre a recobrar su libertad a cualquier precio», y creo que a través de la literatura que plantea lo está haciendo, de manera contundente y consecuente.

Su lenguaje tenaz labra la palabra en el yunque de la verdad. Llegado de los socavones, donde la muerte se alimenta de los retazos de vida que quedan. Víctor Montoya eleva su voz para denunciar la injusticia social de pueblos donde la discriminación y la censura abundan a falta de pan. Allí donde los muertos resucitan para hacer historia y los vivos viven para consolidarla, para luchar contra las miserias humanas, frente a quienes se deleitan en desollar la libertad con su instinto bestial y rugiente, de esos que se complacen en desterrar la inocencia y arrancar la piel mientras carne y huesos quedan a la intemperie, expuestos, desolados, yertos.

Si yo hubiera pasado por lo que pasó él, me faltaría valor para denunciar y, además, escribir el dolor y el terror como lo hace. Es un espíritu valiente y sagaz, dispuesto a enfrentar los avatares del destino. Un homenaje a los desaparecidos y olvidados por sus convicciones, dispuesto a internarse en los recovecos de la historia, alcanzar sus abismos y, con el caudal de experiencias vividas, plantear una distinta forma de literatura, hecho por una necesidad existencial y con sólida conciencia política.

La escritura es una forma de resistencia para que hechos, vivencias, sangre y testimonios sirvan para las generaciones posteriores. Cuentos violentos delata una vida vibrante, intensa, dolorosa, plañendo en cada palabra ecos y sollozos del alma.

Su mensaje exalta la fuerza y el corazón aguerrido del pueblo, con su propio lenguaje, sin inventar, eludir o adornar. Cuentos violentos es un conjuro, oración vigorosa, escenario, ritual y acervo cultural, donde se manifiestan el sufrimiento, las heridas y la metamorfosis de cuerpos flagelados, profanados.

Desde cada uno de los cuentos hace una crítica constante a los sistemas de poder que buscan aniquilar la vida. Incide en el lector para tornarlo activo y reflexivo, y no sólo entenderlo como mero receptor. Convoca al pensamiento organizado y permanente desde la palabra que también es arte.

Admiro su talento y sensibilidad a toda prueba para acusar la injusticia, fustigar la opresión y resistir el fanatismo. Cuentos violentos nos posibilita sentir y admitir el dolor ajeno de manera distinta, mirar más allá de nuestras presiones particulares. Su posición denuncia no sólo aquellos tipos de violencia, sino las otras violencias que a diario nos acosan.

Narra los límites de la noche, el rigor, lo grotesco, los periplos del alma y sus misterios. ¿No es demasiada violencia para que aún no se haya alcanzado la Gran Libertad?

Creo que lo que nos falta es...

Un efluvio inexplicable me despierta. Aún no he terminado de leer el libro, las imaginaciones se agolpan en mi mente, ¿qué podría decir? Una fuerza adormecedora me arrastra hacia la oscuridad; tengo pensamientos tétricos, me siento perseguida, quiero escapar, pero algo me arraiga al libro y me extravía entre laberintos, pesadillas y abismos, pariendo imágenes escalofriantes desde mi miedo, que hierve y congela mi sangre al mismo tiempo. Escucho a lo lejos: «¿Quién les dijo que nosotros..., los tutores de la patria..., somos asesinos?... ¡Torturar es un oficio y un deber!».

Empiezo a correr (a leer), desesperadamente. Es como el sigue y el detente, inscrita en el texto, en medio de aquel secreto a voces que grita infinitas congojas. Lacrimosa, pretendiendo respirar otro aire para que ya no duela el pecho, y para que mi ser ya no se estruje, se pierda o extinga.

Víctor Montoya sigue desde la raíz de cada palabra «emanando una voz acumulada durante años».

Leo: «Las bocas de los fusiles, más cortas que las bayonetas, estaban prestas a incendiar la atmósfera con vómitos de fuego». Más allá cuenta de «una mujer que yacía con el vientre destrozado, en medio de un círculo de sangre que crecía debajo de sus polleras». Palpo a mi alrededor. Siento que falta alguien. Mis ojos desmesurados se abren: «El tercero, respirando como bestia excitada, sujetó a la niña por los pies y la batió en el aire, golpeándole la cabeza contra la pared que sonó seca y hueca». Busco. ¡La luz que alumbró mi vientre no está!

Vuelvo a despertar. Estoy en un sillón. Ella -mi niña- duerme inocente en su pequeña cama, en tanto, al otro lado de la página -reverso del tiempo- la víctima calla pero «los torturadores están dispuestos a golpearlo hasta arrancarle toda la información, o hasta enfriarle la sangre».

Empiezo a gimotear, entre el sopor, la rabia y la impotencia, preguntándome si soy afortunada o no de haber nacido después de tanta violencia. Me siento hipócrita. ¡No hubiera nacido quizá, de no haber habido el antes! Nacer en esta época donde la verdad también se inventa.

Víctor Montoya entra en la casa de la literatura, visita los cuartos sombríos de la historia nacional, hace pacto con la palabra, inicia el ritual de la creación, se hace milagro la lucha, mira, admira, se asombra, denuncia, se compromete. A él también le persiguen la noche, el horror y el dolor, como pecados para pagar en esta vida, porque de ellos la muerte no lo salva. Él se refleja, nos refleja, despierta nuestra memoria marginada, pisoteada por la mentira.

Sabe que la práctica literaria ha inquietado desde siempre a la sociedad, por eso su literatura no está basada en criterios comerciales o de mercancía mental, donde los finales siempre son felices porque la cruda realidad se considera pesimista.

Problematiza la sociedad boliviana, su comportamiento, sus concepciones y el ejercicio de la justicia a través de un espacio dialógico con el lector. La literatura como medio de control social, para vigilar y compartir, y para consolidar el sentido de pertenencia a la colectividad, sin recetas ni condiciones.

Recuerdo que cuando era niña, alguien me contó lo que sufrió en el exilio. A mí me parecían cuentos de terror, donde fantasmas y aparecidos no eran precisamente los protagonistas. Yo sólo conocía en versión oral aquellas historias ¿exageradas, imposibles?, porque no se decía nada de ella en los libros oficiales de la escuela. Ahora, el lado oscuro de la historia boliviana y sudamericana, está escrita para conocer la barbarie humana, para las generaciones actuales y futuras, enfrascadas en un mundo de turbulencias idiomáticas y electrónicas, y a quienes el pasado no les interesa. En estas páginas violentas, la sangre de miles de desaparecidos se filtra y sigue una ruta que dice no a la aniquilación, al silencio, a la discriminación, la destrucción, la manipulación, la censura, la violación y el abuso.

Es de día. Mientras voy rumbo al trabajo, vienen a mi mente pasajes de la obra: «Al cabo de un tiempo, entraron más hombres de pistolas al cinto, encabezados por un oficial y un policía, que masacraban a quienes luchaban por un pedazo de pan, aunque la lucha por el pan no esté escrita como delito en el Código Penal». En la radio alguien canta: «Este mundo anda de cabeza/ los que roban millones son premiados/ los que piden pan, encarcelados»”.

Comienzo a reflexionar sobre el pasaje del libro y el mensaje de aquella canción. ¡De pronto!, la imagen de mi profesora: «En esta clase está prohibido hablar, jugar y preguntar», es decir, está prohibido vivir y, por ende, pensar y cuestionar. Un torbellino de ideas me acosa, es la cultura del miedo: si comes tendrás colesterol, si haces el amor tendrás SIDA, si piensas tendrás confusión, si hablas perderás el empleo...

A media mañana, imagino a los torturadores que hubieron y hay: «Un oficial de labio babeante y mirada criminal (...) Era mastodonte y sus venas parecían víboras incrustadas en su piel». Esa voz: «En el Ministerio del Interior les reventarán el alma a garrotazos». ¿Serán los únicos en su género?

Me habían dicho que había un sólo Dios, pero yo conocí a muchos terrenales prestos a imponerse entre nosotros con insultos y deformando sistemáticamente nuestras mentes a su criterio, obligándonos a memorizar, a mentir, a desconocernos, eminencias de la represión al pensamiento libre, al asombro, al descubrimiento. ¡Qué podríamos saber nosotros! Sólo éramos niños, si es que algo éramos para ellos. «Los profesores sacan los conocimientos hasta por los bolsillos (...) Les falta un pelo para ser bibliotecas andantes y dejar de ser mortales de sangre y hueso».

De hecho, en mi infancia también tuve un torturador particular. Su nombre, ¿acaso importa? Ese hombre «tachó mi nombre como haciéndome desaparecer del mapa» mientras me culpaba por haber nacido. También conocí el terror y el horror a mi modo, y no el que se ve en las caretas de los diablos en el Carnaval de Oruro. Recuerdo sorberme lágrimas, sangre y mocos, y el agua que se teñía de rojo mientras mojaba mi cara, yendo a la escuela con color rojo, para escuchar allí que no servíamos para nada. Sí, «la escuela había sido el peor invento del hombre». ¿Y al regreso?, los castigos mientras aumentaban el volumen de la radio.... No, no era justo izar la bandera aquel lunes, ser «la mejor» a fuerza de morir, de ser una máquina. También fui exiliada en un abismo, mezclando tierra y azúcar para no seguir sufriendo, resistiéndome para no tragar afrecho con estiércol, eligiendo «a voluntad» el objeto para ser castigada siete veces a la semana. Amenazada de muerte si no callaba. ¡Qué contrariedad! Otros muriendo por callar, por no delatar, mientras yo gritando, para hallar la patada mortal. Hasta llegué a desconocer mi identidad y, por ello, «jamás se me ocurrió la idea de ser un niño obediente para luego convertirme en un niño de verdad. Lo que yo quería era morirme».

Fueron tantas las veces que me dijeron: «Desde mañana haz de cuenta que no existes». Rompieron mi imaginación, me la echaron en cara, se deshicieron de mí, me sacaron del aula, dejándome morir sin haber nacido en esos nacimientos que te permiten asumir el mundo. Mi vida se concentró en círculos y sonidos intermitentes. No me gustaba la escuela entonces, ¿y ahora? Me pregunto por qué soy profesora... Hay veces que todavía encuentro en mi pecho colgando la sugerencia de muerte. ¿Es eso lo que aprendí? En fin. Dejemos de lado esto que es otra historia.

¿De dónde llegarán los torturadores? ¿Cómo nacerán? ¿Nacerán en realidad? La noche los acoge en su vientre; ellos implacables se estrellan contra la inocencia siguiendo su itinerario de muerte, entes dispuestos a sodomizar la vida, con su pretensión de dioses, hirviendo en su odio. Sus voces anquilosan el amor. Nacieron sin corazón, por eso no late en ellos la vida, con la sonrisa sarcástica y la mirada que no mira, sentencian el asombro, la justicia y todo lo bello...

Cuentos violentos otra vez. Sus páginas me cogen las manos «como si me fuesen a reventar los dedos». Dolor y convicción, peligro y muerte, me llaman nuevamente, esa forma de comunicar gestos, olores, signos, caídas, aromas, sonidos de huesos rotos. Las páginas desnudan mi ser, me revierten, plantean, desafían... ¡Convocan! El vigor en la narración, la riqueza idiomática, la fluidez expresiva y las palabras, dictan en lenguaje desconocido, líneas subliminales al alma.

Víctor Montoya busca lo profundo, lo íntimo, lo negado socialmente, descubre la cicatriz social y el terror, se escurre desde la palabra para arrancar la nube que ciega nuestra conciencia, arrancarnos de nuestra condición de espectadores pasivos de la vida.

¿No caemos nosotros también cuando leemos la obra? ¿No se comprometen nuestras íntimas emociones? ¿No caen las lágrimas? ¿No se crispan nuestras manos? ¿No resbalamos entre charcos de sangre, orines pútridos, vómitos...? Quiero escapar, pero las palabras saltan ácidas hasta mis ojos, sumergiéndome en el vértigo, mientras la «picana» de las pesadillas abre el hambre que llevamos dentro.

No veo claramente a mi alrededor, sólo percibo que los presos se arrastran y desangran ¿cómo yo? Cuánta será la tentación criminal y el sabor perverso que puede generar un libro así en mentes retrógradas, en un espacio lleno de contrastes y similitudes culturales, en medio de torturas subliminales y virtuales que asedian. Me siento perseguida, no necesito buscar el libro, él me persigue. Yo dejo que me encuentre. Aspiro el vapor de la sangre en cada palabra. Muchos no leerán la obra porque le tienen miedo a la desnudez de las cosas allí escritas, a lo verídico. La obra nos sondea, nos mide más allá de su verdad y de la nuestra.

Es el ciclo trágico, las líneas allí escritas corresponden a una de las etapas más siniestras de la historia nacional; las dictaduras, la brutalidad y la censura: «A momentos languidecía ovillado en el piso, sin quejarse ni humillarse, a pesar de que un sollozo reprimido le estalló en el pecho. Estaba consternado y las descargas eléctricas le hacían crujir la dentadura como si machucara arena con los dientes (...) Pedro fue súbitamente invadido por un torbellino de ideas; en su mente dibujó a hombres castrados con objetos cortantes, a mujeres que les atrapaban los senos con ganchos y les introducían cañón de fusil en el recto, a hombres quemados con objetos incandescentes y a niños colgados de la "percha del loro", completamente desnudos y las manos asidas a la espalda (...) Estremecido por un suspiro, se le formaron nudos de saliva en la garganta y los poros se le erizaron en la piel».

Se oyen los gritos lastimeros, lacerantes y estentóreos de la patria, rebeldía contestataria, la vida enamorada de la muerte y, en su tránsito, la Libertad: «¿Qué puedo hacer a estas alturas, capitán? Estoy aferrado a mis ideales y no le temo a la muerte, si acaso ésta es la mejor respuesta a mi lucha».

Me siento cansada. Duermo...

El asombro reside en mí. Yo, metamorfosis experimentando mi otro yo, aquejada de huellas indelebles. Comprendiendo la muerte de distinto modo. Sin equilibrio, rebotando entre sueños sordos, hecha pedacitos, hasta quedar con la piel como panal de abejas entre espacios pentagonales infinitos que dejan entrever mis venas, carnes y lo demás. Leer me arranca la piel. Alguien me arrastra en la oscuridad, desgarrando mi espalda; entre sombras, distingo un par de ojillos, amarillos a momentos, inyectados en sangre. Quiero escapar, pero estoy encadenada de brazos y pies. Se acerca, hunde mis ojos en las concavidades oculares y me arranca de cuajo el corazón. Escucho: «Cuando le sacaron la capucha, un olor nauseabundo revoloteó en derredor y un vómito cundió rápidamente. No hizo ningún gesto, permaneció boquiabierto e inexpresivo, mientras los cabellos le caían cual sombrías cataratas. Estuvo tieso sin poder concebir la angustia ni el dolor (...) Su corazón seguía yerto y sus nervios alterados».

El horror se asienta en lo que ahora imagino que soy, un ser en involución, perpleja en medio de este mundo que me produce remordimiento, que deja un profundo cráter en mi cabeza, hasta finalmente estallar. ¡Quiero despertar!

«¡De aquí no se escapará ni tu sombra, carajo!»...

Me encierro (me entierro), las lágrimas surcan mi cara, dejando fisuras; insospechadamente, llego hasta ti, delirante, suicida, con el único afán obsesivo de comprenderte, como sacrificio, palabra y misterio. Me siento tentada a poseer poderes sobrenaturales para regresar el tiempo, acudir al evento de alguna esfera eterna..

Leo otra página: «Aspirando su propio aliento que apestaba a muerte (...) ¡Si me van a matar, quiero verles la cara!». Mi pecho se parte recibiendo el lanzazo certero. La sangre se vierte, sigo su ruta, ya no me veo, reptando desde el último hálito de vida, al fin he muerto con ellos.

Entras para habitarme de maneras infinitas. Clandestina en mi miedo, me descubres, como la noche al día, se enciende la llama, una flecha me hiere, certera, macabra, sádica, feroz, más que infierno, más que lo prohibido, bravío, me hace flotar y luego me precipita. Mi cuerpo se descuartiza, la sangre coagulada, fétida, sangre de mujer. ¿Hace cuánto que no despierto? Recuerdo que debo terminar de leer el libro.

Los torturados claman por enésima vez Libertad con su sangre.

«¿Así que tú eres la inmortal? (...) La sombra de un hombre cruza por sus ojos y la brasa de un cigarrillo desciende hasta su pecho. Ella lanza un alarido y ellos suben el volumen de la radio (...) Seguidamente, hombres y perro la violan hasta reventarla por dentro. No conformes con eso, unos le orinan en la cara y otros le descargan golpes de culata. La levantan esparciendo su sangre en el vacío y la arrastran por unos pasillos hasta la última celda».

Impactada, estigmatizada por el dolor despierto gritando. Indudablemente, el talento del autor desentraña las sombras y uno se vuelve protagonista, caen mis modelos sentimentales, se hace añicos mi voz. Recuerdo mi infancia cuando sentía la violencia que se gestaba en las calles y los ojos de mi madre que me decían que por poco a ella también la apresan, porque era dirigente de la fábrica donde trabajaba.

Quiero escribir, pero las palabras se han marchado. Otro día que no sé qué decir, arrinconada con ese lenguaje que desvela y devela, atrapada en la destreza lingüística del autor y ese estilo de narración con desenlace siempre trágico. En el libro la tinta no se desperdicia, yo tampoco. Ya no soy la misma.

Surgen mil temas en mi mente, la duda, la complicidad, la lucha entre la razón y la locura, el bien y el mal, los sentimientos y pasiones humanas, la gloria, el engaño, la corrupción, el frenetismo, los rasgos dominantes del carácter, la persecución de la conciencia, la ausencia de remordimientos, la ignorancia de la verdad, la sinrazón, el insulto, el crimen, la violación, la obsesión y la posesión, la conciencia sin acción, la parálisis, la virtud, el defecto y la impotencia, la muerte que crece, que decrece...

No sé si soy un fantasma pretendiendo apartar la semilla del infortunio, desde mis lágrimas consentidas, de revelarme contra el crimen desde mi escritura primitiva, o superar mi propia tragedia desde una conciencia postiza.

Acosados por el miedo, ahora ya no leemos. Creemos que todo entra con imágenes, irreflexivos por eso de la anestesia global... Me he quedado detenida con la angustia asilada en mi corazón y la muerte flotando a mi alrededor. Respiro el aire bruscamente. La atmósfera es látigo que abre mi piel, un coro de lamentos me atemorizan. Los Cuentos violentos destapan el ataúd de la memoria, aquel lenguaje categórico y político cobra fuerza y se libera, explosiona, su dimensión alcanza longitudes imprevistas, se desborda sin cruz en esta época de vertiginoso derrumbe y deformación virtual.

No puedo escribir, tan sólo acierto a algunos rasgos. ¿No sabes de algún corazón hambriento de mi sangre? Goteando espero la mañana, vibrando...

El texto comienza a vaciarse: «A partir de esa noche fría y sombría, Pedro pasó a ser un desaparecido más en las mazmorras de la dictadura».

Con todo, los muertos, no-muertos, claman justicia desde sus almas desnudas ya de huesos y carnes flageladas. Como flechas, las palabras me atraviesan una vez más en este soliloquio.

Alguien me dijo que la práctica de la tortura, como mecanismo de control que hasta ahora continúa en alguna parte del mundo, es como la cara oscura de la luna, tenebrosa, llena de cráteres insondables y misteriosos, y que son muy pocos los que se atreven a describir la intensidad del dolor de la barbarie humana. Víctor Montoya es uno de ellos.

Hace dos días, por fin pude escribir algunas ideas para hacérselas conocer al autor. Sería las tres de la madrugada cuando me preparé para dormir. De pronto, en el estado de vigilia en que me encontraba, sentí movimientos sigilosos deslizándose entre mis sábanas, eran fríos, algunos parecían reptiles, otros insectos. No eran bípedos —de eso estoy segura—, tenían demasiadas patas. Desesperada y, comprobando que sus formas se revelaban entre las frazadas, salté de la cama, cogí lo primero que había a mi alrededor y comencé a golpear, aunque sin acertar, a hormigas, sapos, lagartos y víboras que me asediaban como pidiéndome en ofrenda, además de coca, alcohol y mixtura... ¡Me acordé del Tío!

Todos estos días él estuvo conmigo, contándome, sin yo darme cuenta, las penurias y sufrimientos que junto a su pueblo, los mineros, había vivido; contándome de las heridas más profundos de los socavones, donde las riquezas engullen pulmones de vivos y muertos.

Por eso, ahora que estoy bien despierta, además de coquita, cigarro y Té con T, también esta ofrenda de letras para quien está considerado entre uno de los mejores narradores de Sudamérica.

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* Tío: m. Deidad. Diablo y dios tutelar que habita en el interior de la mina. Los mineros le temen y le brindan ofrendas.


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Julia G. García Ortega es poeta y profesora. Coordinadora del Suplemento Literario El Duende del matutino La Patria. Miembro de la Unión Nacional de Poetas y Escritores, filial Oruro (Bolivia).
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Enlace relacionado: 1.ª Edición en inglés de Cuentos violentos



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