La necesidad de satisfacer el deseo audiovisual es
propia del hombre de todas las épocas. Pero, a partir de la expansión de las
tecnologías digitales, el desarrollo de un nuevo régimen de visibilidad ha
acentuado aquella primaria necesidad. De alguna manera, el voyeurista
—aquel que
padece el trastorno de observar compulsivamente la vida erótica o sexual ajena—
y el hombre de la sociedad actual como espectador pasivo en tanto sujeto
indiferente e inerte a los acontecimientos sociales, evidencian los mismos
síntomas: individuos que, con tendencias adictivas, hallan satisfacción en el
universo ajeno, reemplazando la acción por la mirada, la que ha dejado de ser un
medio para constituirse definitivamente en un fin.
Sentado frente a la pantalla, el sujeto
contemporáneo ha logrado al fin saciar su deseo visual, potenciando el
metabolismo de la satisfacción escópica. Si el deseo de mirar está implícito en
la naturaleza del hombre, el consumo de imágenes que propone la era digital se
ha disparado al infinito: por todas partes, los medios convocan a un espectador
cada vez más complacido por consumir a discreción.
Desde siempre, el hombre ha sentido la necesidad de satisfacer su deseo
audiovisual. Ya la modernidad había generado la expansión del campo de la
mirada, derribando advertencias como la de San Agustín sobre los placeres de la
vista, la «concupiscencia de los ojos», tendentes a instalar un régimen de la
mirada centrado en la imagen religiosa y en el mundo como texto divino [1].
Pero el desarrollo de un nuevo régimen de la visibilidad, a partir de las
tecnologías digitales, ha incentivado aquella necesidad primaria: el voyeurismo,
en tanto práctica que busca satisfacer la libido a través de la observación de
lo genital o la imagen pornográfica, tiene su lugar como nunca antes en la era
digital. «Si el voyeurismo
—dice Román Gubern [2]—
es una práctica antigua ya condenada en el Génesis, en el pasaje en que Noe
maldice la estirpe de su hijo Cam porque éste vio sus genitales mientras dormía,
en la era mediática se ha potenciado con los soportes de información
—fotoquímicos, electrónicos y digitales— que contienen reproducciones vicariales
de cuerpos desnudos y de actividades sexuales.»
El antiguo fisgón que disfrutaba de contemplar el acto sexual ajeno,
representado con la imagen cinematográfica de la cerradura, se ha convertido en
un sujeto absorbido por la pantalla, como el propio sexo absorbe al mirón: a
distancia. Esa distancia constituye la paradoja del sujeto-espectador de la
posmodernidad: en su afán por espiar intimidades ajenas, ese sujeto
—al
propugnar el aislamiento y la distancia— inmoviliza y excluye su propia
intimidad.
Verdadero cultor de la vida íntima de los otros, el voyeur contemporáneo,
paralizado por la multiplicidad de ofertas para satisfacer su propio deseo,
parece naufragar entre un autismo y un erotismo virtuales, un placentero
onanismo que ha perdido todo punto de contacto con su propia intimidad. De
alguna manera, el hombre de la sociedad actual, devenido espectador
—porque ha
dejado de ser partícipe y actor de los acontecimientos sociales— evidencia los
mismos síntomas que el clásico voyeur definido por los tratados de psiquiatría:
un individuo que, con tendencias adictivas, halla placer en el universo ajeno,
sustituyendo la acción por la mirada.
La mirada furtiva
Catalogado como una parafilia, trastorno o desviación sexual
—inserto en las
otrora llamadas perversiones o aberraciones por la psiquiatría clásica y el
psicoanálisis— el voyeurismo constituye una práctica provocada por la
erotización patológica de la mirada: la existencia de una compulsión del voyeur
(mirón) por observar, como espectador pasivo, la vida sexual de los demás. Precisamente su característica es la de ocultarse para espiar a sus potenciales
víctimas, que suelen ser desconocidas o, al menos, no conscientes de su
presencia. Y constituye una desviación en tanto «los ojos dejan de enriquecer la
actividad sexual para convertirse en una limitación, y cuando el mirar se erige
en fin y no en medio, negando otros fines, como la penetración.»[3]
El trastorno se gesta en la infancia, e implica un desajuste en la maduración
de los impulsos sexuales: con la adolescencia y la mayoría de edad, las
pulsiones infantiles no logran modificarse. Para el psicoanálisis, la angustia
de castración que trae implícita suele fijarse por haber presenciado la escena
primaria o el coito de los padres, o contemplado los genitales de los adultos.
Cuando miran el desnudo o el coito de otros, tratan de asegurarse de que no hay
peligro de perder su pene, como castigo por la trasgresión, repitiendo en
calidad de espectador las escenas temidas. Es decir, repiten la escena
traumática, con el deseo de ejercer un control sobre él [4].
Algunos sexólogos consideran auténtico voyeurismo aquel que se practica a través
de un objeto intermedio: un catalejo, una cámara, el ojo de una cerradura o la
rendija de algún ventanal, vale decir, algo que lo proteja como un escudo en la
distancia y le garantice el control sobre las víctimas, a las que, en lo más
profundo, odian y a las que nunca llegarán a tocar, porque el voyeur es un
tímido crónico que jamás desea el coito o, como bien dice Henry Ey,
«realiza el
más breve de los coitos: el visual.»
Precavido para no ser descubierto mientras espía, pues ello interrumpe su
placer y le provoca frustración y angustia, el oteador suele llegar al orgasmo
en pleno avistamiento, o masturbarse luego con la evocación de las imágenes
observadas. Suele excitarle el riesgo, el incógnito, y se expone en ciertos
casos a ser pillado o denunciado. De esta manera, tipifica un comportamiento
sexual que algunos califican como furtivo y marginal [5].
La mirada, en esta era de la imagen, se ha desarrollado más que ningún otro
sentido y, a partir de ella, cualquier individuo que disfruta de escenas de
erotismo podría tener algún rasgo voyeurista. Pero se convierte en una patología
cuando el mirar escenas sexuales constituye el modo preferido o exclusivo de un
individuo para obtener placer. Esto le genera al voyeur serias dificultades en
los contactos personales y afectivos, y perturba sus relaciones laborales y
sociales. La industria del sexo prospera imparable a costa del goce ocular:
cine, páginas web, espectáculos en vivo, toda una serie de modalidades y
espacios montados para la inmensa fauna de adictos que pululan en la sociedad
consumista.
El arte ha dado magníficos exponentes con tendencias a esta práctica
parafílica: Salvador Dalí narra en sus memorias sus afanes voyeurísticos, y
describe las orgías que armaba para excitarse mirando a jovencitos de ambos
sexos haciendo el amor; Picasso, en sus últimas obras, expuso a mujeres
mostrando la vulva o los pechos, y en ellas el artista, retratado a un costado,
las contempla en forma pasiva. A su vez, el marqués de Sade había afirmado, en
su obra «Los 120 días de Sodoma», que frente a la búsqueda del deseo es válido
cualquier forma de satisfacerlo, sin límite ni control. El cine, arte voyeurista
por excelencia, también inmortalizó obras que describen estas prácticas: grandes
artistas como Alfred Hitchcock con «La ventana indiscreta», Kieslowsky con
«Una
película de amor» o Brian de Palma con
«Doble de cuerpo», han fisgoneado a
través de una ventana para descubrir escenas eróticas o inquietantes. En varios
filmes de Luis Buñuel, Federico Fellini o Pier Paolo Pasolini aparecen esos
rasgos acentuados: incluso Pasolini llevó al cine tres obras de geniales mirones
como Bocaccio, Chaucer y el marqués de Sade, en los respectivos filmes
«Decamerón»,
«Los cuentos de Canterbury» y
«Los 120 días de Sodoma» [6].
En la citada obra de Hitchcock, de 1954, un reportero gráfico
—James Stewart—
inmovilizado en su casa con una pierna escayolada, observa ociosamente el
comportamiento de sus vecinos de enfrente. En un debate con Francois Truffaut,
Hitchcock reconocía: «Sí, el hombre era un mirón, pero ¿no somos todos
mirones?». Truffaut lo admite: «Somos todos mirones, al menos cuando vemos un
film intimista. Por otra parte, James Stewart, en su ventana, se encuentra en la
misma situación que un espectador que está viendo una película.» [7]
Pero, más allá de la cuestión patológica, la era digital potenció el consumo
de imágenes que muestran los efectos que producen en la sociedad las pasiones
humanas: odios, miserias, diversas prácticas sexuales, incesto, infidelidad,
rivalidades políticas e ideológicas. La televisión y los medios impresos han
explotado en cantidades industriales este tipo de contenidos: el sensacionalismo
y el género rosa constituyen un enorme negocio en las sociedades occidentales.
«Ese poder ver o escuchar lo íntimo de los poderosos
—afirma el semiólogo
Armando Silva
[8]— es quizá una de las mayores pasiones de los públicos mediáticos del nuevo
milenio. Se podría hasta decir que la industria light del espectáculo está
montada sobre el morbo de divulgar los secretos personales. Vivimos la era donde
el secreto se volvió industria. Y por esa vía, tanto las revelaciones del poder
como las telenovelas de la farándula comparten mayores sintonías.» Explotar el
costado morboso del público es una vieja y exitosa fórmula comercial, pero
también un modo de conocer los resortes más vulnerables de la sociedad. ¿Cómo se
explica, de otro modo, la implacable persistencia de un espectador de reality-shows
que se instala durante horas frente a la pantalla, en un intento por registrar
alguna escena que contenga una dosis de sadismo, algún desnudo, una fuerte
discusión entre los participantes o un acercamiento sexual más o menos
explícito? En este tipo de espectáculos, todos los pecados capitales quedan
registrados por la cámaras en crudo, ante la mirada de un espectador que no deja
de reconocerse y/o rechazarse, verdadero fisgón complacido ante las debilidades,
las miserias, intrigas e intimidades ajenas [9].
Los reality-shows se han constituido en una auténtica explotación del placer
voyeur, y han instalado otro voyeurismo de carácter multimedial, en donde no
sólo se disfruta del exhibicionismo genital sino del mundo psíquico de cualquier
persona: «Aquello que más atención ha despertado ha sido la pornografía del
espíritu, el psicodrama en sesión continua. La pornografía carnal se encuentra
ya en Internet, en las tiendas de video, ahora el público prefiere la peripecia
del enredo personal, y se interesa no sólo por lo que les pasa a estos sujetos
del televisor sino lo que sucede por homotecia en la propia vida.» [10]
En la sociedad de la comunicación digital el voyeurismo ha expandido su
alcance: el placer de mirar se ha complementado y diversificado, abordando
nuevos horizontes. Según Román Gubern, Internet es ahora el refugio de las
parafilias: desde el chat —conectarse a la red para participar en charlas
colectivas, frecuentemente eróticas— hasta la infinidad de ofertas de contenido
pornográfico y todas las variantes del sexo online, el ciberespacio se ha
constituido en la meca de los sitios que satisfacen la pulsión escópica de la
sociedad.
La mirada espectacular
El hombre en la sociedad mediatizada se ha convertido cada vez más en un
espectador compulsivo. Y, en tanto tal, permanece inmovilizado por la
proliferación de información y el consumo de bienes. Paul Virilio hacía
referencia a la «posición catatónica» del espectador: un sujeto inerte,
paralizado, obnubilado por el torrente de imágenes propuestas para el consumo.
La llegada del vehículo audiovisual, «sustituto de nuestros desplazamientos
físicos y prolongación de la inercia domiciliaria verá, al final, el triunfo del
sedentarismo, esta vez de un sedentarismo definitivo.» [11]
En el contexto de las sociedades actuales, el hombre parece inmerso en un
proceso de deserción social, una apatía que conduce al desinterés y la
declinación de los ideales y valores públicos: «Híper-inversión de lo privado
—dice Gilles Lipovetzsky— y, en consecuencia, desmovilización del espacio
público.» La política ya no convoca a las multitudes a participar de ella
(aunque por motivos diferentes en las sociedades opulentas y en las
periféricas). El consumo de bienes e información ha replegado al sujeto hacia
sí: desmotivado e indiferente en el campo social, únicamente queda la búsqueda
del propio interés, el éxtasis de la liberación personal. Ese sujeto abúlico,
pasivo con su entorno, se ha vuelto indiferente por saturación, información y
aislamiento [12].
Refugiado en su búnker, protegido por la pantalla de los medios masivos, se ha
convertido en un observador adicto: de partícipe, actor y creador, el hombre
actual ha pasado a ser un sujeto inmovilizado y aislado en su propio universo,
atrapado por la vorágine de secuencias mediáticas, un espectador voraz que ha
logrado inhibir la acción, a la que ha reemplazado por la mirada.
Ese espectador se regodea
ante la realidad que proponen los medios masivos: contundencia de la imagen,
crudeza de detalles, la lógica de la evidencia de esa realidad es obscena de tan
excesivamente visible. El espectáculo de los medios
—«hay relación espectacular cuando existe un cuerpo que se muestra (no
necesariamente humano) y una mirada deseante de dicho cuerpo» [13]—
deja al espectador perplejo, sorprendido, impotente, paralizado. Imágenes de un
accidente, un suicidio frente a las cámaras, una sesión de torturas, un
strip-tease, un talk-show: ficción o realidad, verosímil o verdadero, lo mismo
da, el morbo aparece puesto al servicio de un sujeto observador que lo necesita
como el adicto a su droga.
En la era digital, la imagen ha pasado a ser productora de realidades, lo
que, de alguna manera, reemplaza en el hombre espectador al referente externo.
Los acontecimientos que se suceden en el espacio exterior han sido
espectacularizados por los medios, con lo que la propia vida cotidiana,
atravesada por códigos mediáticos, también se ha espectacularizado. De esta
forma, se produce un marcado divorcio entre el espectáculo y la calle:
«Privado
del contacto con el mundo exterior —dice Umberto Eco— el espectador se repliega
en sí mismo», en sus «escaparates catódicos»—según la expresión de Paul Virilio-
y se aísla del mundo que lo rodea.
Si el voyeur es un espectador de la vida sexual ajena, el hombre actual goza
y se deleita con el vértigo de la imagen mediática. «Y el ojo se hace omnividente. Para producir un goce, que no deja de responder a la estética del
consumo» [14].
El voyeur es un observador insaciable, y suele repetir cada vez con mayor
frecuencia su incursión escópica. El hombre-espectador, apabullado de imágenes,
paradójicamente está imposibilitado de elección, y su voracidad por consumir no
le deja activar el off del control. «Tiempos del impacto sobre la pasión» [15].
El voyeurismo, como expresión inmadura y narcisista de la sexualidad, poco
tiene que ver con el Otro, más que como objeto de uso o cosificación para sus
satisfacciones no genitales. De allí que sus fantasías y conductas lo invadan de
tal modo hasta perturbar su vida sexual, social y laboral. El hombre
contemporáneo, a su vez, ha reducido su mundo al tamaño de las pulgadas de su
pantalla. Y esta pantalla parece ser la expresión social de la democratización
del narcisismo: ella es el lugar por donde pasa la vida, toda la realidad
resplandece a través de la producción electrónica de imágenes, es el sitio que
aglutina proyectos y sueños. Y todo en la pantalla aparece en su espectral
desnudez: el discurso, sobre todo el político, despojado ya de contenido y
relevancia, desnuda su intrascendencia. La presencia cada vez más recurrente de
la muerte en vivo y en directo desnuda la fragilidad de la vida y los márgenes
cada vez más estrechos de seguridad personal y social. La omnipresencia de la
publicidad desnuda, a su vez, la insatisfacción del hombre en tanto sujeto
deseante de consumo. La perfección de unos cuerpos modifica las reglas del deseo
sensual, lo convierte en virtual y, por lo tanto, en frío y superficial [16].
Amar, seducir y ser seducido por las imágenes: eso es el coito visual, la
razón de ser voyeurista. Si la sexualidad del voyeur queda saciada con el sólo
acto de mirar, el sujeto actual ha limitado el acto de comunicación a la
necesidad de alimentarse con imágenes visivas: «gozar como espectador de primera
fila, gracias a las lentes de las cámaras, con la miseria y el sufrimiento de
los otros, gozar de la brutalidad y el horror de tragedias o crímenes atroces» [17].
Parecen no existir límites para explorar y explotar la vida íntima, el drama,
las pasiones y las tragedias humanas, con tal de ser exhibidas para su consumo.
Hay una objetualización del Otro, que es tomado para diversión y satisfacción
del placer voyeur. En Internet, la proliferación de los Hots Chats presenta esta
misma cosificación del ser humano: chatear con el Otro a fin de aprovechar
información que sirva para satisfacer el placer de la curiosidad sobre la vida
personal o sexual, sin importar la veracidad de esa información [18].
El reality-show
—con sus diferentes modalidades de formatos y estructuras— se
ha convertido en el paradigma de un nuevo régimen escópico, ya que representa un
modelo de consumo que satisface tanto la práctica de un voyeurismo colectivo
como la pasividad de la mirada de un espectador anclado en sus propias
incertidumbres.
Los acontecimientos acaecidos en torno a los sucesos bélicos de Irak
certifican, por su parte, la inercia del espectador occidental sacudido por la
información y los reportes llegados desde el centro de los episodios.
«Intoxicado de ántrax mediático y de propaganda bélica disfrazada de
información, reducido a espectador de un thriller absurdo, el voyeurista del
aparato de videoguerra se queda con la historia que le cuentan los medios
masivos, interioriza el miedo y la psicosis (…) y asiste al evento de los medios
como si se tratara del próximo capítulo de un western o del intermedio entre un
superbowl y otro» [19].
La mirada ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin. Con lo cual
no expande los sentidos, sino que los limita. Este síntoma se ha acentuado a
medida que fue masificándose el consumo de bienes e información, y refleja el
paso del hombre como sujeto creador (actor) al hombre-espectador, el paso de una
sociedad activa a una sociedad de espectadores, contemplativa y pasiva.
«Venzamos el aislamiento, recuperemos la calle» reza la consigna de un graffiti
que propone invertir los términos de la sentencia viriliana:
«Inmovilidad
cadavérica de una morada interactiva (…) en el que el mueble principal sería la
silla, la butaca ergonómica del subnormal motor, y ¿quién sabe? La cama, un sofá
cama para el enfermo-voyeur, un sofá para ser soñados sin soñar, un asiento para
ser circulados sin circular» [20].
Fuentes:
* Oscar LANDI, Devórame otra vez. Qué hizo la TV con la
gente. Qué hace la gente con la TV, Buenos Aires, Planeta Espejo de la
Argentina, 1992.
* Román GUBERN, El Eros Electrónico, Madrid, Taurus, 2000.
* Revista QUO, Tú que miras, 17/11/2003. En
www.quo.wanadoo.es
* Andrés FLORES COLOMBINO, Cuadernos de Sexología Nº 7,
1988. En
www.sexovida.com
* José Luis SUREDA: El voyeurismo según los puritanos, en
www.pillados.com
* Ignacio RAMONET, El conformismo de la abyección, en “Web
Francia”, Febrero 2002, Nº 24.
www.webfrancia.com
* Juan David PARRA OROZCO, Voyeurismo: de la cerradura a
la pantalla de la era digital, “El Tiempo”, Bogotá, 27/11/2000.
* Gabriel COCIMANO, El fin del secreto. Ensayos sobre la
privacidad contemporánea, Buenos Aires, Dunken, 2003.
* Vicente VERDU, El virus Gran Hermano, Madrid, “El País”,
07/05/2000.
* Paul VIRILIO, El último vehículo, en “Videoculturas de
fin de siglo”, Cátedra, Madrid, 1986.
* Gilles LIPOVETZSKY, La era del vacío. Ensayo sobre el
individualismo contemporáneo, Barcelona, Anagrama, 1986.
* Jesús GONZALEZ REQUENA, Introducción a una teoría del
espectáculo, en “Telos”, Nº 4, Madrid, España.
* Luis CAMARGO, El ojo mirado. Apuntes sobre la imagen, en
“Casi Nada”, Nº 16, Barcelona, oct.1997.
* Víctor SAMPEDRO, Vampiros, Mercaderes y Grandes
Hermanos, en “El Viejo Topo” Nº 144, Barcelona, Octubre 2000.
* Jenaro VILLAMIL, República de Pantalla. Frente a la
guerra: voyeuristas o movilizados, en “La Jornada Virtual”, México, 16/02/2003.
www.jornada.unam.mx
Notas:
[1] Oscar LANDI, Devórame otra vez. Qué
hizo la TV con la gente. Qué hace la gente con la TV, Buenos Aires, Planeta
Espejo de la Argentina, 1992.
[2]
Román GUBERN, El Eros Electrónico,
Madrid, Taurus, 2000.
[3] En Revista QUO,
Tú que miras,
17/11/2003. En
www.quo.wanadoo.es
[4]
Andrés FLORES COLOMBINO, Cuadernos de
Sexología Nº 7, 1988. En
www.sexovida.com
[5]
En Revista QUO, ob.cit.; y Andrés
FLORES COLOMBINO, ob.cit.-
[6] José Luis SUREDA:
El voyeurismo según
los puritanos, en
www.pillados.com
[7]
Ignacio RAMONET, El conformismo de la
abyección, en “Web Francia”, Febrero 2002, Nº 24.
www.webfrancia.com
[8]
en Juan David PARRA OROZCO,
Voyeurismo: de la cerradura a la pantalla de la era digital, “El Tiempo”,
Bogotá, 27/11/2000.
[9]
Gabriel COCIMANO, El fin del secreto.
Ensayos sobre la privacidad contemporánea, Buenos Aires, Dunken, 2003.
[10]
Vicente VERDU, El virus Gran
Hermano, Madrid, “El País”, 07/05/2000, en PARRA OROZCO, ob.cit.-
[11]
Paul VIRILIO, El último
vehículo, en “Videoculturas de fin de siglo”, Cátedra, Madrid, 1986
[12]
Gilles LIPOVETZSKY, La era del
vacío. Ensayo sobre el individualismo contemporáneo, Barcelona, Anagrama,
1986.
[13]
Jesús GONZALEZ REQUENA, Introducción
a una teoría del espectáculo, en “Telos”, Nº 4, Madrid, España.
[14]
Luis CAMARGO, El ojo mirado. Apuntes
sobre la imagen, en “Casi Nada”, Nº 16, Barcelona, oct.1997.
[15]
Ibíd..
[16]
Gabriel COCIMANO, ob.cit.-
[17]
Víctor SAMPEDRO, Vampiros,
Mercaderes y Grandes Hermanos, en “El Viejo Topo” Nº 144, Barcelona, Octubre
2000; en Juan David PARRA OROZCO, ob.cit.-
[18]
Juan David PARRA OROZCO, ob.cit.-
[19] Jenaro VILLAMIL, República de
Pantalla. Frente a la guerra: voyeuristas o movilizados, en “La Jornada
Virtual”, México, 16/02/2003.
www.jornada.unam.mx
[20]
Paul VIRILIO, ob.cit.-