América Latina:
tierra de mitos (2)

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Gabriel Cocimano




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Enigmas globales, y un mito de mitos

Ciertos relatos arqueológicos han intentado demostrar la existencia de antiquísimos contactos entre el continente y otras culturas lejanas. ¿Existieron civilizaciones florecientes en Centro y Sudamérica, contactadas a través de visitantes procedentes del Próximo Oriente? Ciertas esculturas de la zona andina del Ecuador como la Venus de Valdivia, representación de la Gran Diosa Madre utilizada en ritos relacionados con la fertilidad dan cuenta de una vinculación cultural con aquella región distante en el mundo. Por cierto, algunos dan por hecho el desembarco japonés en las costas ecuatorianas, unos cuatro mil años atrás. Allí, las figurillas femeninas de la cultura Chorrera son similares a las mexicas de Valdivia, y a las pequeñas dogus del período Jomon japonés. A su vez, alrededor de 1200 años A.C. se desarrolló en el área andina central peruana la civilización de los chavines, que legó los vestigios de una obra de arte llena de dioses feroces: esculturas grabadas en piedra y en relieves en las que se mezclan formas humanas y de jaguar, de gran complejidad y difícil comprensión. De entre ellas, una representación con fauces dentadas, colmillos símbolo de la diosa lunar terrestre y disfraz de diosa tigre/jaguar, pendientes y cabellos de serpientes es sorprendentemente similar a las Diosas Gorgonas del continente europeo, y a su vez presentan gran parecido con algunas deidades mexicanas como la Diosa de las Trece Serpientes (Martín-Cano, 2001).

En la meseta peruana de Marcahuasi donde habitaron los huancas, junto a las monumentales figuras esculpidas en la fortaleza, «dos esculturas representan a la diosa Thueris, protectora de las parturientas en Egipto, la diosa de la fecundidad y de la perpetuación de la vida. Su aspecto es muy original: un hipopótamo hembra, de pie sobre las patas traseras (…), con su morro prominente, su panza enorme y el signo de la vida en la mano derecha; es imposible que esta figura convencional fuese reproducida por casualidad en Marcahuasi» (Pauwels-Bergier, 1994). Al parecer, las esculturas antropomórficas y zoomórficas de piedra existieron en diferentes regiones del Perú, y representaron cuatro razas humanas las primeras, y una variedad de animales no autóctonos como la vaca, el elefante, el mono y el caballo las segundas. A su vez, existe un parentesco muy próximo entre las esculturas de Marcahuasi y las de la pequeña isla de Pascua, ya que la técnica escultórica es la misma.

¿Mitos, misterios, leyendas? Hacia 1526 el inca Huayna Cápac oyó decir que unos hombres extraños y de rostro pálido habían llegado muy cerca de las costas septentrionales de su Imperio, en unas embarcaciones de formas extravagantes y dimensiones anormales. En 1532, Pizarro desembarcaría en las costas del Ecuador y avanzaría hacia el Sur, cruzando el imperio inca. Pero cuando Huayna Cápac oyó hablar de rostros pálidos, tenía detrás de él una larga tradición que hablaba de hombres blancos venidos del mar, en la noche de los tiempos (Pauwels-Bergier, 1994). Es un hecho que los conquistadores españoles quedaron asombrados no sólo de las riquezas de ciertos panteones (aztecas, mayas, incas) sino también de encontrar en las múltiples religiones nativas no sólo creencias y prácticas semejantes a otras de la mitología clásica, sino leyendas y tradiciones como las relativas al diluvio que no sabían que existiesen fuera de la Biblia. Más aun, ciertas prácticas como la confesión, propia del cristianismo, al parecer eran cosa establecida siglos atrás en las nuevas tierras (Martín-Cano, 2001).

Otros relatos, algunos provenientes de cierta literatura fantástica, aluden a contactos olvidados por la historia. Uno de ellos remite a la hipotética presencia de fenicios en las costas brasileñas, basándose en una inscripción hallada en una roca de Parayba, con un mensaje en aquella lengua. Al parecer, se han encontrado a lo largo del Amazonas cerámicas que datan del año 2000 A.C. decoradas con serpientes ovilladas sobre sí mismas, extraor-dinariamente parecidas a las del Próximo Oriente. Por otra parte, un bajorrelieve de Itacuatiara de Inga, en Brasil, muestra una gran cantidad de inscripciones semejantes a la de la antigua lengua egipcia. En él se hallan esculpidos símbolos fálicos, mandalas en forma de flores múltiples, que se parecen curiosamente a los de la India. En tanto, otros relatos asocian la lengua de los indios mahua con las semíticas, a través de diversos caracteres comunes; y al símbolo de poder de los faraones egipcios el uraeus a los indios campas de los Andes. ¿Y no es la tierra prohibida una leyenda acerca de una civilización extraordinariamente avanzada en las selvas inexploradas de la Amazonia, que remiten a una supuesta civilización solar? (Pauwels-Bergier 1994).

La existencia de estos antiguos contactos entre continentes y culturas, ¿no le otorga antecedentes mucho más genuinos y extraordinarios al actual mito de la globalización, a fin de cuentas hijo del discurso de la racionalidad occidental? La reciente ideología de la globalización tiene que ver con la sustitución de las fronteras geopolíticas por las del consumo tecnológico: el mito se refiere a la globalización económica como el único modo de mejorar la calidad de vida en los países más atrasados (entre ellos, los latinoamericanos), y ha sido alimentado y amplificado con voracidad por el neoliberalismo de los años noventa (Cocimano, 2004).

Por otra parte, ¿qué extraña relación ha constituido el mar, especialmente en los países caribeños? Fuente de vida indispensable y, al mismo tiempo, sinónimo de destrucción, el mar refleja una ambigua sensación en el espíritu de los habitantes centroamericanos: los comunica y los separa, los protege, los alivia y, al mismo tiempo, los ataca y abruma. Esta condición dual en que el mar afecta las ciudades-capitales caribeñas ha hecho que, de alguna manera, visto desde tierra firme, inspire desconfianza y recelo. Ha sido utilizado como metáfora alusiva a los procesos económicos de la globalización: «primera y segunda ola» (Toffler), «efecto tsunami», «economías archipiélagos» (Veltz) y «metarchipiélagos» (Benítez Rojo). Y lo que realmente resulta intrigante es por qué en el Caribe se le teme tanto al mar o, más aún, por qué la producción económica caribeña no está esencialmente relacionada a él. Barinas Uribe (1999) sostiene que el temor de los caribeños hacia el mar o lo que éste representa está inscrito en múltiples mitos que evocan la existencia de lugares remotos más allá de la línea del horizonte y que provocaron y provocan un espacio de tensiones acerca de «la monstruosidad que habita más allá de finisterre». Uno de ellos es el de la Atlántida, un territorio extre-madamente rico, con abundancia de maderas, frutas y animales que habría existido, según Platón, nueve mil años antes de su época. Otros mitos más actuales remiten a los proyectos coloniales de búsqueda de metales preciosos, con la instauración del pirataje, la esclavitud como el sistema económico de mayor perfección jamás conocido, sumado a las travesías de los hombres de raza negra subyugados y las implicaciones de sus correspondientes miradas al horizonte. En la obra de García Márquez, aparece el mar como imposibilidad; algunos de sus personajes el protagonista de El coronel no tiene quien le escriba lo siente como el agente mediador entre él y las noticias para recibir su pensión, y en El general en su laberinto, éste lo percibe como el punto de salida de un país donde todos están en su contra se ven impedidos de alcanzar sus propósitos u objetos del deseo a través del mar (Hernández Carmona, 1997).

América Latina: tierra de mitos, de fabulosas leyendas, de caóticas mixturas. Si hay alguien que encarna espléndidamente este sincretismo, esta metamorfosis, esta personalidad simbiótica y mutable es Quetzalcóatl, acaso la presencia más ubicua de la mitología mexicana (y continental). El dios del viento, del maíz, creador y civilizador, la Serpiente Emplumada, se ha convertido en un mito universal, imposible de reducir a una sola explicación, irrefrenable y polisémico. Esta divinidad, que los aztecas debieron encontrar ya al conquistar México, reencarnó en diferentes épocas bajo nuevas apariencias y simbolismos, multiplicándose sin límites y reproduciéndose con versatilidad a través de los tiempos. El mito menciona la huida de Quetzalcóatl ante el ataque de los aztecas, al embarcarse y dirigirse por el mar del Este hacia los países del otro lado del Atlántico (¿una reminiscencia de aquellos contactos entre continentes?) para un día regresar por la reconquista. Fue, sucesivamente, dios de los toltecas, divinidad azteca y en la tradición maya es el Primer Padre, ordenador del cosmos, el creador del alimento de los seres humanos; en su versión más antigua es una cosmogonía agrícola, un canto a los poderes reproductores del cielo y la tierra. También aparece como deidad y símbolo de otros pueblos y culturas (nahua, mexica) y, con la instauración del cristianismo, los sobrevivientes indígenas compusieron un nuevo mito de Quetzalcóatl: el antiguo héroe cultural fue transformado en un mesías redentor. A los arquetipos míticos del héroe y del eterno retorno, se le anexa el mito de un Quetzalcóatl cristiano, un apóstol de Cristo, un hombre blanco, de ojos grandes, largo cabello negro y barba redonda, según la elaboración de fray Bartolomé de las Casas.

Asumiendo los rasgos de profeta, al anunciar regresos triunfales y la instauración de un nuevo reino; convertido en símbolo de civilización y emblema de una identidad ancestral, la figura de la Serpiente Emplumada saturó el terreno del arte y la literatura, en las que adquirió otros nuevos perfiles y significaciones, sumados a las ya fabricadas por historiadores, astrólogos, antropólogos, periodistas y psicólogos (éstos encontraron nuevas versiones del complejo de Edipo al analizar su personalidad incestuosa y esquizofrénica). Su figura, radiante o premonitoria, pudo atravesar diferentes tiempos o viajar por múltiples espacios. Es un mito hecho de mitos (Martín-Cano, 2001).

Como el continente, esta divinidad es intensa y excesiva, sincrética, asociada a la naturaleza (como ente creador) y a la pasión, a la opresión y la discriminación. Imbricado con las imágenes de los santos, vírgenes, profetas, héroes culturales y videntes, Quetzalcóatl es un dios heterogéneo, maleable y fragmentado, polifacético y visceral, evoca la resistencia y, al mismo tiempo, la ubicuidad. Y, por sobre todas las cosas, ha sido y es lo que cada cultura idealizó, soñó o fantaseó. Un mito que representa genuinamente la esencia de una tierra recargada.


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GABRIEL COCIMANO
nació en Buenos Aires el 10 de diciembre de 1961. Licenciado en Periodismo (Universidad Nacional de Lomas de Zamora), ensayista e investigador en áreas culturales, ha publicado numerosos artículos en medios gráficos nacionales e internacionales: Todo es Historia, Idea Viva, Contracultural, Sumario (Argentina); Gazeta de Antropología, Margen Cero, AltEdiciones, Nómadas, Pensar Iberoamérica (España); Sincronía (México); Comunicación (Costa Rica); Letralia, Tierra de Letras (Venezuela), La Guirnalda Polar (Canadá); Rodelu (Suecia -publicación de Amnesty Internacional) y expuesto algunas teorías en eventos educativos (VI Congreso Latinoamericano de Folklore del Mercosur). Productor de radio, participó en espacios independientes (Radio Cultura FM 97.9 y FM 95.5 Patricios) abordando diversas temáticas: arte, salud, música ciudadana y espectáculos. En 2003, publicó El fin del secreto. Ensayos sobre la privacidad contemporánea, Buenos Aires, Editorial Dunken.
gcoci[at]tutopia.com

Fotografías: Pedro M. Martínez Corada ©
Fotografía de Che Guevara: Alberto Korda



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