|

Óscar Portela
y una poética personalísima*
______________
Luis Benítez
Este lugar y esta noche nos reúnen para presentar un nuevo libro del poeta Oscar
Portela, titulado Claroscuro.
Editado en 2005 por la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de
Corrientes, Claroscuro se ensambla admirablemente dentro de la extensa obra
poética porteliana y ahora veremos por qué.
Una característica peculiar de la obra del notable poeta correntino es
su continuidad conceptual y formal. A diferencia de otros autores de su misma
generación, la del ‘70, la poética porteliana no se quiebra durante su
desarrollo hasta la actualidad, no zigzaguea nunca, internándose en zonas
desconocidas, en busca de horizontes que no conoce. Esta búsqueda —a veces
realizada a ciegas— ha deparado a diversos autores el ingreso en callejones sin
salida, cuando no retrocesos evidentes. En vez de trabajar con una subjetiva
obligación experimental, la obra de Oscar Portela se ha caracterizado siempre
por una luminosa linealidad, un seguimiento de su propio camino, que ha llevado
a su autor a crear una poética personalísima, fácilmente distinguible en el
universo del género y en las últimas décadas.
La poesía porteliana es, por definición, la forma en palabras de un
cosmos que le pertenece, un cosmos que contiene sus propias claves y sus muy
personales objetivos. Lo que, desde luego, no es poca cosa frente a las
vacilaciones, los cambios imprevistos de rumbo y las caídas en el vacío, más o
menos evidentes, que señalan los intentos de otros autores.
En la obra de Oscar Portela, todo parece estar delineado y ya en
germen inclusive a partir de sus primeros títulos, como en el inicial
Senderos en el Bosque, que data de 1977. Es uno de los pocos, escasísimos
casos de coherencia, tanto estilística como de sentido, que exhibe la poesía
argentina. En muy contados autores nacionales veremos esta particularidad que
distingue a Portela; quizá el ejemplo más acabado sea el de Juan Laurentino
Ortiz, el «otro gran entrerriano».
Es groseramente obvio advertir que al hablar de esta coherencia
admirable no me estoy refiriendo a una simple repetición de tópicas y recursos
de estilo, a un discurso más o menos ingenioso que oculta una pesada tautología.
Por el contrario, me estoy refiriendo expresamente a la constante
profundización, título a titulo colección a colección, que hace Portela en
Estuario, de 1988. ¿Qué agrega entonces, podría preguntarse alguien, a la
extensa obra anterior, este presente Claroscuro? Puedo contestarle que en
Claroscuro, Oscar Portela se hunde una vez más en su sí mismo, para traer
a la superficie y ante nuestros ojos joyas nuevas que provienen del mismo
tesoro. Están la aparente blasfemia y la consecuente religiosidad, la invocación
a las fuerzas interiores a sus poderes mediados por el lenguaje; encontramos un
renovado brío expresivo, que no desdeña el lujo del recurso arcaizante, pero
siempre ajustadamente empleado. Dispone para ello de una variada y colorida
paleta, sabe elegir las tierras para dar cuenta de lo penumbral; usa pero no
abusa del bermellón y la sanguina para reflejar acabadamente lo visceral, lo
primigenio; es capaz de sumirse en el blanco —resumen y padre de todo color—
cuando se dirige su verbo hacia lo sublime. Tampoco le teme al negro profundo ni
a ninguno de sus matices cuando se trata de caminar y lIevarnos de la mano por
los parajes nocturnos que contrapuntean a todos los demás.
Ya por esta riqueza expresiva y por el eximio manejo de todos y cada
uno de los recursos expresivos que le proporciona nuestra muy plástica lengua,
el castellano, Portela, si no tuviese todo lo demás que caracteriza a su obra,
sería un poeta de fuste. Pero además de estas capacidades, que no son sólo
habilidades técnicas, Portela exhibe la visión y lo que es todavía mucho mejor,
la comprensión de los muchos sentidos que tiene ese misterio indefinible que es
la poesía pura, aquello que nos hace detenemos ante un verso y releerlo no una
vez, sino muchas, porque algo extraordinario y sublime —voy también yo a emplear
aquí este arcaísmo, según lo creen los tiempos que corren— algo sublime, decía,
apareció ante nuestros ojos. Y claro, una vez que apareció, queremos volver a
verlo una y otra vez, no deseamos que se aparte de nuestros ojos o, mejor dicho,
somos nosotros los que no deseamos apartamos de su asombrada contemplación.
A los hombres, a los pocos hombres que son capaces de revelarnos algo
así, los llamamos poetas.
____________________________________
* Texto de Luis Benítez para la presentación
del libro Claroscuro, de Óscar Portela, realizada en Buenos Aires el 21
de noviembre de 2006.

Artículo relacionado:
Pensar no es
nada sencillo (Entrevista a Óscar Portela)

|