«Escribo para no
morirme de soledad»

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Entrevista a
Elio Aprile, por
Jaro Godoy


Yo no quiero vivir en este mundo/ que cotiza la verdad de la poesía/
que revende la paz de los amantes/ que exporta los silbos de los vientos/
quiero vivir en un mundo/ donde la última moneda sea sencillamente nada.
(Elio Aprile)


Elio Aprile nació el 20 de marzo de 1949 y vive en Mar del Plata desde 1960.

Poeta, ensayista, filosofo y narrador. Profesor de Filosofía en diversas escuelas e institutos argentinos así como en la Universidad Nacional de Mar del Plata.

Autor de 16 libros de aforismos, poesía, humor, ensayo y filosofía, es creador de varias revistas literarias en Argentina.

Ha dictado numerosas conferencias sobre temas afines a su formación, particularmente en el terreno de la educación y la política.

Desempeñó el cargo de Secretario de Educación y Cultura de la Municipalidad de General Pueyrredón en 1983. Fue designado Intendente mediante el voto popular en el año 1995 y reelecto en el año 1999.

Entre sus obras se encuentran; Espejos rotos, 1980, Resonancias, 1983; Poesía sustantiva, 1987; Ficcionario, 1989; A la altura de la gente, 1991; La ciudad posible, 1991; El campo de la ética, 1997; Ensayo en colaboración, Urgencias y cenizas, 1997; Las causas, 1999; Poesía Quieta, 2000; Sonetos compartidos, 2000; y, con Rafael Beláustegui, Humano después de todo, el coraje de vivir, 2004.

Se encuentran en proceso de edición, en el momento de realizar este reportaje, sus últimos trabajos literarios en España, La poética de las cosas sencillas y El No Libro.

IL Presidente della repubblica, Capo Dell´Ordine Al merito della Repubblica Italiana, le concedió el premio Cavaliere en Roma, firmado por Scalfaro y D´Alema.

Asimismo ha recibido el Diploma d´Onore de la Associazione Ragusani nel Mondo.

Jaro Godoy: «La luna sabe que no todos los ladridos son serenatas». Eso lo dijiste en una ocasión, ¿sabe la poesía que no todos los versos que se escriben es poesía?

Elio Aprile: No, yo creo que no. La poesía no escribe con alguna finalidad, la poesía es en el fondo un intento de supervivencia del poeta, un salir a cazar duendes y fantasmas según cuadren las circunstancias. Yo diría que la poesía en su arrebato gestador, en su arrebato original, no tiene conciencia ni conocimiento ni por lo tanto no tiene finalidad. No, la poesía no sabe que a veces no se escribe poesía, aunque al final termine siendo poesía.

JG: Hay una frase muy interesante en uno de tus libros, frase que me conmovió mucho por su mensaje intrínseco, que de no saber que es tuya se la adjudicaría a Sócrates, Platón o alguno de esos grandes pensadores: «Algunos imbéciles suponen que es posible alambrar el cielo. Y hacen del alambre un dios».
¿Está ocurriendo lo mismo con algunos pensadores y poetas de nuestro tiempo?

EA: Yo no me atrevería a vincularlo con gente de pensamiento porque me costaría imaginarlos como imbéciles. La palabra imbécil es sintomática, deriva de imbecilis, «sin báculo», «sin bastón»; Un imbécil es un desposeído, un sin sostén.

Para mí la imbecilidad es, en términos de pensamiento, en términos de contemplación del mundo, una situación de contexto; yo creo que en las noches oscuras cualquier gusano es estrella y esto es lo que estoy tratando de observar y transmitir. Creo que en una sociedad consumista, una sociedad acelerada, una sociedad sin capacidad reflexiva, cualquier imbécil, como yo sostengo, cualquier idea imbécil incluso, puede hacer de esto una propuesta y esa propuesta convertirse en la metáfora del cielo y el alambre, es decir, hay ideas que quedan chicas para el mundo y cuando esas ideas quedan chicas para el mundo evidentemente queda más grandes aún el contraste, la desmesura, ese sentido de anonadamiento que llevó a Kierkegaard a fundar en el siglo XIX las bases del existencialismo.

Lamentablemente, hay mucho alambre convertido en dios de nuestro tiempo. El antídoto sigue siendo, como siempre, una mayor dosis de pensamiento y una mayor dosis de poesía.

JG: Y hablando de la literatura actual, cuando vemos tantos escritores (que los hay a montones e incluso ganan grandes premios) que manejan tan mal el lenguaje, me refiero a esa falta de respeto por la palabra en la excusa de una falsa vanguardia o tan sólo por capricho, el uso de vulgaridades... ¿Qué piensas de esos escritores?

EA: Pienso que traicionan el sentido de la palabra. Y esto no es una cuestión moral, sino una cuestión estética. La belleza es en sí misma un valor, un valor sustancial de todo arte. Si la literatura es arte, no puede traicionar el sentido de lo bello. La vulgaridad no puede ser nunca argumento literario, se pueden decir las peores cosas de la manera más bella como se pueden pintar las cosas más atroces de la manera más sublime; el Guernica, de Picasso, muestra un hecho atroz, muestra un hecho criminal, muestra genocidio, pero lo muestra desde la belleza. No es necesaria la vulgaridad para conmover ni denunciar.

JG: No estás en la vereda de esta gente sin dudas...

EA: No, de ninguna manera. Es más, en la ultima editorial de la revista (Transiciones, Revista de pensamiento, editada desde hace dos años en Mar del Plata) hago una apelación a propósito de lo que en su momento se dio en llamar «La amnistía de las malas palabras».

Hago una referencia sobre esto, donde insisto en que la mala palabra, la vulgaridad, no me molesta desde lo moral, me molesta desde lo estético. Lo estético para mí no es una categoría de menor valor que la categoría ética, aunque no desconozco las jerarquías de la escala axiológica...

JG: En ese articulo haces una defensa de la palabra, y le echás la culpa no a la palabra si no a los que usan las palabras...

EA: Al usuario de la palabra. La palabra es siempre un instrumento, un medio Si hay cosas que están en el mundo, creadas por el hombre o impuestas al hombre, hay un hombre que tiene vínculo con esas cosas, para pensarlas las nombra y para trasmitirlas usa ese modo de nombrarlas. Por lo tanto, no hay mala palabra, hay cosas más agradables o menos agradables, hay palabras que las nombran. El sentido de lo malo no está en la realidad, está en el usuario, está en la actitud, está en la conciencia. Si el actor literario, el escritor, el poeta, el narrador, el novelista, aspira a traducir esa realidad desde la especificidad de su arte debe hacerlo desde la belleza, debe hacerlo con un respeto por las palabras que no implica traicionar la realidad. Se puede hablar bellamente de las peores cosas, de las cosas más atroces. Por eso hago referencia en ese articulo a que la palabra culo no debería escandalizarnos más que la palabra traición. En definitiva, la traición es más grave que la existencia del objeto culo. Sin embargo, la vulgaridad puede hacer que en un lugar publico yo diga la palabra traición y nadie se dé vuelta, cosa que sí sucederá, con reflejo de escándalo, si digo la palabra culo. Sospecho que es más escandaloso la traición humana que la parte dorsal del hombre traicionado.

JG: Dijo Séneca «cuando el timonel de una nave no sabe adónde va todos los vientos son adversos». ¿Será por esto que la poesía está tan alejada de gente?

EA: Desde lo antiguo, lo poético y lo práctico estuvieron enmarcados en contraste. El otium y el ne-cotium, es decir, el ocio y el negocio, la praxis y la póiesis eran la técnica, en el sentido del hacer, y la visión poética de la realidad. Según avanzó la sociedad fuertemente economicista, una sociedad basada en el capital como producción y consumo, el valor de lo útil, el valor de lo práctico, fue subvirtiendo la escala y por supuesto el valor más importante se ha vuelto el valor de lo útil, por lo cual estamos en presencia de una auténtica subversión de valores. Es obvio que en la escala de valores la poseía no cotiza en bolsa, la poesía no genera divisas. Salvo los poetas consagrados, nadie escribe pensando en que desde la poesía se puede hacer fortuna. Es patético lo señalado por aquél escritor: «Quería ser un gran escritor, pero ya era demasiado tarde, me había convertido en best sellers».

Volviendo a la poesía, me parece que hay culpas compartidas. La escuela olvidó la poesía, la casa olvidó la poesía, los medios de comunicación olvidaron la poesía.

Puedo excusar, aunque no justificar, a los medios porque se rigen por la promoción, por la publicidad, por las ventas. Pero no perdono a la escuela, ni a la familia. La poesía es, a la postre, el modo lindo de mirar la vida de todos los días, a pesar de las desgracias y las miserias. Nada obsta para que la familia y la escuela hagan de la poesía un clima de formación dentro del cual puedan crecer los más jóvenes. Sin embargo, hemos logrado un nivel de absurdo donde los jóvenes que escriben poesía, me pasaba esto como docente, andan con sus poemas ocultos, mostrándolos como un pecado, sintiendo vergüenza por escribir poesía. Hay una perversión brutal en esto: aquel que tiene valor, aquel que tiene ángel, aquel que tiene una visión sensible de la vida, aquel que escribe poesía, se avergüenza de su producto y aquellos que se burlan de él, los que no tienen esa sensibilidad, parecen ser los ganadores en esa puja de intereses sociales.

Me parece que hay una asignatura pendiente en la escuela, particularmente la primera escuela: ha perdido el sentido estético. Se apunta más a la técnica que a la estética, me parece que apunta más a la computadora que a la palabra bella. Me parece que la escuela se equivoca.

JG: Siguiendo con la poesía, me gustaría saber cuál es tu definición sobre esta dama muchas veces caprichosa y díscola... o qué significó para vos en tu vida la presencia de la poesía...

EA: La poesía es para mí un intento por alcanzar un plus ultra cuando la razón enmudece. Vengo de la filosofía; la reflexión ha sido el argumento de mi oficio, tanto de docente como de escritor. Sin embargo, siento que hay un momento en que la razón no basta, siento que hay un momento en que la razón se agota en sí misma como un silogismo perfecto pero incapaz de abandonar su propia estructura circular. En ese momento, la poesía es el plus, la poesía es el más allá; en ese momento, unas pocas palabras, un rapto, una imagen, una metáfora, una visión, un arrebato pueden dar cuenta de aquello que una larga reflexión fue incapaz de poner al desnudo.

La poesía es la belleza puesta en palabras con un sentido de trascendencia.

JG: Y de este sutil entramado de pasiones y variaciones que el ser humano ha dado en llamar amor, ¿que opinión tenés?

EA: El amor es una suerte de ejercicio frontal. Existe el amor ideal, el amor de la poesía, el amor perfecto, el amor que hoy llamaríamos platónico, aunque deberíamos reparar en que, en todo caso, lo que la cultura de quien mal ha leído a Platón llama amor platónico no es más que un amor de resignación, hay muchos amores platónicos que si pudieran encarnarse se olvidarían de Platón y pensarían mas en Aristóteles. En ese caso, los amores platónicos son amores de resignación. Cuando digo amor platónico, digo amor ideal, amor inmaculado, amor como referencia, amor como modelo, como paradigma, la Idea de Amor, con mayúsculas. Es éste el amor que de algún modo titila en el corazón de cada mortal.

Y existe el otro amor, el menesteroso, el amor como necesidad, el amor como complementariedad, el amor como antídoto a la soledad; necesitamos del otro, y en esta necesidad del otro queda en evidencia nuestra propia incapacidad para autosatisfacernos.

Nadie se basta a sí mismo, por lo tanto desde la perspectiva del amor ideal, nos enroscamos con el amor real y, en cierto modo, estamos más o menos felices según acerquemos más o menos ese amor real al amor ideal que tenemos como referencia.

JG: Estás a punto de cumplir 56 años y sin lugar a dudas has recorrido un largo camino donde las experiencias fueron moneda corriente, has tenido la oportunidad de publicar 27 libros, has pasado por la enseñanza y por la vida publica (Elio Aprile fue intendente de Mar del Plata durante siete años consecutivos) ¿cuál fue la batalla más dura que te tocó enfrentar en estos años de tu vida...?

EA: No sé si hubo una batalla más dura. Hubo momentos determinantes en mi vida, el primero fue cuando a los 17 años decidí ingresar a la Universidad y explicarle a mi viejo, un albañil con la mentalidad de «M´hijo el Dotor», que iba a estudiar filosofía. Fue arduo pero maravilloso, porque cuando se lo dije el viejo no sólo no se escandalizó sino que dijo que me acompañaba en la elección. Ese fue un momento determinante.

Otro momento determinante fue político, es decir, cuando tomé la decisión de renunciar a la Intendencia de Mar del Plata por razones que ya han sido públicas y que no vale la pena señalar ahora. Siempre creí que había que hacer política en defensa propia, y no he cambiado de opinión, aunque de todas maneras mi experiencia, aún siendo dolorosa, confirma que hay que hacer política. La otra batalla inefable es la tarea de cerrar un libro, cada libro. Sólo aquél que ha escrito libros sabe que es una batalla contra uno mismo, una batalla por encontrar la palabra exacta, la frase exacta, una batalla por no agotarse en la repetición o en lo vulgar y por lo tanto una pelea que acompaña toda creación.

Después, en lo demás, mi vida no ha sido muy distinta de lo que pudo ser la de otros. He sufrido, he gozado, he sabido de las cimas, he sabido de los valles, he sabido de la pobreza y de nada reniego.

JG: Hoy por dónde pasa tu vida...

EA: Mi vida pasa por los ejes que fueron siempre determinantes en mi existencia. Siempre dije que mi vida política, mi vida como Intendente, era un momento tan sólo y que lo definitivo en mi vida eran la poesía, la enseñanza, la docencia, la escritura, la lectura, la reflexión... y a eso he vuelto. Por eso pasa hoy mi vida, dichoso de mí, incluso como argumento de supervivencia: vivo haciendo lo que me gusta, cosa que le deseo a todos los mortales, porque sé que la mayoría de los mortales no pueden sostener esta afirmación.

Vivir dignamente haciendo lo que yo creo justo y bello.

JG: Además de esto, diriges una revista de arte y pensamiento (Transiciones) y muy pronto va a aparecer tu ultimo libro de poesía en España «La poética de las cosas sencillas». Una cosa es escribir y otra muy distinta es publicar, ambas vienen cargadas con distintas dosis de magia... ¿Qué tipo de sensaciones te invaden o qué cuerdas intimas se tensan por tu cuerpo cuando un nuevo libro tuyo sale a exposición publica? ¿Qué esperas del libro o del lector que lo reciba?

EA: - Sí, está bien, porque pasan por la cabeza y pasan por el cuerpo, hay temores y temblores, en términos kierkegaardianos, cada vez que uno lanza un libro, porque ya ese libro se convierte en criatura sin dueño: somos los autores, pero el libro que sale de nosotros pasa a ser de todos y en ese ser de todos, es una criatura a la deriva, lo amarán, lo odiarán, lo leerán, lo olvidarán, lo rasgarán... Uno quisiera que aquellos que nos lean, nos entiendan más que nos admiren, nos valoren más que nos aplaudan. Yo escribo en principio para no morirme de soledad.

Por lo tanto, lo que más espero del otro es que no queme los puentes que tiro desde la poesía o desde el ensayo.

JG: Si bien algo ya hablamos me gustaría saber ¿cuál es la obligación del poeta con el lenguaje?, ¿debería cuidarlo, protegerlo, incluso inventar palabras para aquello que pueda parecer inefable?

EA: Nosotros somos artesanos, Jaro. El que escribe es un artesano de la palabra, un orfebre. La escritura es un trabajo de respeto al silencio: cada palabra tiene que dignificar al silencio más que a la palabra misma, de suerte tal que esa palabra haga del silencio un trasfondo que la explique y la justifique. Nosotros debemos hacer de la palabra una obsesión. La palabra es nuestro mayor argumento antropológico, la palabra es nuestra mayor posibilidad de ser originales y de expresar nuestra propia identidad. Nada deja testimonio de lo que somos como la palabra. Por lo tanto, si quiero dar el mejor testimonio, ha de ser la mejor palabra de vida que me exprese, la poesía, la literatura en su conjunto. La poesía en particular es un trabajo de orfebrería, dado que manejamos criaturas lábiles, criaturas maravillosas.

¿Cuántas letras tiene nuestro alfabeto? Veintisiete sencillas letras. Con veintisiete letras urdimos infinidad de palabras y con infinidad de palabras multiplicamos infinidad de frases posibles y de poemas posibles. El infinito de frases posibles nos da la posibilidad de ser originales, siempre. Y siempre debemos ser originales, porque originales somos por humana condición...

Desde el momento que entendemos esta maravilla que es la lengua encriptada en veintisiete modestos signos, deberíamos empezar a valorar cada palabra como una criatura única. En cada texto elegimos unas pocas y dejamos afuera unas muchas. Este proceso de selección es un proceso de pesca selectiva, de pesca artesanal, sabiendo que debajo de esas frases engarzadas, debajo de esas palabras que están delicadamente trabajadas estamos nosotros mismos dando testimonio de vida, dando testimonio de lo que somos. Un poeta que no respete este sentido de la palabra, pierde la oportunidad de dignificar la poesía y de dignificarse a sí mismo.

JG: Estaría traicionándose a sí mismo entonces...

EA: Es que la mala poesía es traición consigo mismo. No se debiera escribir por vanidad, no se debiera escribir por cuestiones de orden económico, no se debiera prostituir la poesía. La poesía es emanación de sangre vital; por ello, no puedo vaciarme las venas para ver qué me dan a cambio.

JG: Recién relacionaste la palabra prostituir con la poesía, ¿qué opinión tenés de los escándalos que rondan la literatura en estos días? Caparros con «Valfierro», Piglia con «Plata quemada», concursos acusados de parciales, etc.

EA: Es un incesto. Cuando la cultura se mezcla con la empresa, el valor literario deja de ser tal, la palabra pasa a ser dinero y el dinero siempre es argumento de conflicto. Es escandaloso ponerle precio a lo cultural. Cuando el precio termina desplazando al valor (no me extraña, esto seguirá sucediendo) las editoriales en general seguirán pensando más en términos de lucro que en términos de valores. Si un escritor vende, más allá de sus calidades, esa editorial se sentirá atraída por editarlo, con prescindencia de valores o talentos. Si un escritor, aún reconociendo los editores que es mejor que el popular, no vende, difícilmente podrá publicar su obra.

Hoy la industria editorial se ha convertido, a imagen y semejanza de otras industrias. Se rige por los mismos parámetros, salvo las excepciones que honran el oficio, con que se venden pasta dental, profilácticos, calzoncillos o automóviles. Lo que más vende, es lo que más eco tiene. Los escándalos a que hacíamos referencia, son paradigmáticos. Aquí hay una puja no de calidad literaria, es una puja de cuestiones económicas. Se coloca a un escritor, cuyo oficio es dar testimonio de sí, de su mundo en nombre de la belleza, a discutir cuestiones económicas. Tristísimo.

El otro libro que yo presento en Barcelona, El no-libro, es una reflexión de todo lo que estamos hablando ahora, es decir, contra los libros tramposos, contra los editores cegados por lo comercial solamente. Y valoro tanto que este libro no haya sido una idea mía. Este libro me lo pidió un editor, él pidió que yo escribiera sobre esto, lo cual lo honra, además de haber sido gustoso para mí haber abordado este tema con profundidad, hasta donde soy capaz de ser profundo sobre el tema (risas) de que hablamos: El no-libro, y por supuesto la implícita valoración de El libro.

JG: Tus palabras dejan claro que no te llevas nada bien con escritores como Paulo Coelho, Jorge Bucay, entre otros gurúes de los libros de auto-ayuda...

EA: Osho, Leo Buscaglia, tantos libros que nos transcriben Los sabios del como, los comólogos. Cómo ganar amigos, cómo ser feliz, cómo no morirse nunca, cómo ser libre... La vida no me la pueden prescribir con libros, la vida no es un conjunto de actos ligados a recetas Necesitamos escritores, no boticarios.

JG: Esta literatura entonces no ayuda en nada a la gente, sólo se trata de literatura pasajera...

EA: Es pasajera y, además, tramposa porque medra con la desolación de la gente. La mayoría de estos libros están destinados a un publico desamparado, a un publico desorientado. Salvo contadas excepciones, no he leído nada que no sea más que burdas recetas que pretenden prescribir cómo se debe vivir, cómo enfrentar los propios fantasmas, los propios miedos, las propias angustias. No emocionan, no provocan, no despiertan reflexión. Sólo son un cúmulo de recetas que prescinden, grave error, de la individualidad de la condición humana.

JG: «...aún los que están solos llevan en sí su pareja encarnizada, en cada espejo yace un doble, un adversario que nos refleja y nos abisma...», dice Octavio Paz. ¿Cuál es tu peor adversario?

EA: Tal vez coincida con Paz en que uno es su propio adversario; lo peor de cada uno es el adversario más temible. Mis miedos, mis inconstancias, mis liviandades, mis miserias, que como todos las tengo, esos son mis adversarios. Por ello, un hombre se vuelve valioso cuando es capaz de vencer lo peor de sí mismo. No somos ni buenos ni malos, somos buenos y malos. Escribí en mi ultimo libro, «Humano, después de todo», que el hombre no es bueno o malo por naturaleza. El hombre por naturaleza puede ser bueno y puede ser malo, y aquí es donde opera su voluntad: todos somos buenos, todos somos malos, nos diferencia una cuestión de proporciones.

Y ahí está la puja dialéctica de la adversidad de cada uno con cada uno. Mis enemigos están en mí más que en los otros, porque a la postre, cuando me encierro a escribir (me encierro en el sentido literal de volcarme sobre mí mismo), cuando me encierro a pensar, puedo prescindir del mundo externo, y ahí ya no tengo más enemigo que mis propias debilidades. Creo que mi literatura se vulgariza y pierde identidad, cuando escribo contra alguien. Es una literatura bélica, una literatura de trinchera, que raramente adquiere trascendencia o valor literario. En cambio, cuando escribo hacia dentro, cuando me atrevo a desnudar mis propios desgarramientos, aparece la literatura que conmueve, que emociona. Por ello, según lo demuestra la historia de la literatura del mundo, los grandes escritores son los que escriben desde el desgarramiento, desde el abandono, desde la desolación; los que escriben desde la tristeza, desde la angustia frente a la muerte. Hay, claro que sí, buena literatura pero ínfimamente menor, desde el amor, desde la belleza, pero infinitamente menor. Los grandes escritores, los que más conmueven, o son locos, o son tristes o son derrotados.

JG: Sos una persona que tuvo y tiene la oportunidad de ser invitado a distintos lugares de nuestro País, ¿Qué opinión te merecen los jóvenes poetas de Mar del Plata y del resto del territorio Nacional, alguno que a tu parecer se destaque del resto?

EA: En general, hay principiantes, hay buenos proyectos, pero hace mucho que no leo poetas jóvenes vislumbrables como paradigmas de un tiempo.

Y no es casual. Si uno mira en términos de proporción, comparado con la población de cada tiempo, ¿cuántos escribían poesía en el siglo diecinueve y cuántos escriben poesía en el siglo veintiuno? La respuesta a esta pregunta nos permitirá entender que entre los muchos poetas del siglo diecinueve era dable esperar, por una cuestión de proporciones, mejores poetas que los pocos que hoy escriben, condicionados por una sociedad que, en general, no valora la poesía. La poesía no tiene en este siglo que no tiene el prestigio de 200 años atrás. Hoy no son tantos los que escriben poesía. En general no hay hoy, en el mundo de la poesía, poetas trascendentes.

JG: ¿Y del nivel actual de la poesía, estás cómodo con las nuevas corrientes estéticas, y con el lenguaje que se está usando por algunos poetas del momento?

EA: Creer que desde lo vulgar, y no es ocioso que lo reiteremos, Jaro, se puede construir lo bello, la naturaleza de la poesía, es una paradoja semejante a creer que con 180 grados se pueda construir un circulo. No hay modo. Lo vulgar no puede ser materia de poesía. Podemos hablar bellamente de lo vulgar, pero no podemos hablar vulgarmente de lo bello.

JG: -¿Qué palabras usarías para estimular a los jóvenes de hoy que escriben poesía? ¿Y qué poetas o escritores recomendarías que empezaran leyendo?

EA: Nulle die sine linea. Ningún día sin una línea, según enseñaban los latinos. Asombro, emoción y obstinación. Tomás Alva Edison decía que «el genio es uno por ciento de inspiración y noventa y nueve por ciento de transpiración».

En cuanto a los autores, mis autores, al menos los que a mí me emocionaron, El hacedor, de Borges, Pascal, cualquiera de las cosas que Pascal haya escrito, Voces, de Antonio Porchia, la segunda etapa, los años setenta de Mario Beneddetti, algunas cosas de Ernesto Sábato (hablo de literatura, no necesariamente de poesía)... Uno lee Heterodoxia y hay toda una conmoción que puede llevar irremediablemente a la poesía. También incito a leer el libro que ha sido mi permanente compañía: Las Rubaiátas, de Omar Khéyyam, el gran poeta iraní del siglo trece.

JG: ¿Hablando de premios literarios, crees que hay transparencia en estos certámenes o sólo responden a los intereses de algunas editoriales que ven en ellos un buen negocio?

EA: Pueden ser premios, aunque no literarios. Son un juego de vanidades a los que últimamente se le ha descubierto la veta económica. Creo que deberíamos desinteresarnos absolutamente de los premios, debiéramos escribir pensando en que si los premios llegan es una cuestión irrelevante para la obra. Participar de los concursos viendo si nos salvamos económicamente, me parece una forma tan burda de traicionar la obra que el sólo pensamiento me congela la posibilidad de hacerlo.

No, no creo en los premios; en los premios como valor literario, claro.

JG: A la hora de sentarte a escribir unas líneas, olvidándote del mundo que te rodea, ¿qué te inspira más: el dolor propio, el ajeno, el amor, la sociedad, la rabia, la muerte?

EA: Borges decía que hay unos pocos temas que se repiten irremediablemente. Entonces, ya que no somos originales en cuanto a los temas, seamos originales en cuanto al modo y al tiempo en que cada uno habla de esos temas: el amor, la muerte, la traición, la angustia, la soledad, la naturaleza... Desde que se inventó la palabra, a la que luego se agregó belleza, gestando así la poesía, han sido temas recurrentes y permanentes. Y, sin embargo, leemos con igual fervor a un grecolatino, que a un medieval, que a un contemporáneo, hablando del mismo tema. Lo original no está en el tema elegido, sino en el alma en que acontecen esos misterios recurrentes para todos los hombres.

En mi caso particular, mi nodriza poética es la soledad.

JG: Muy de cerca de tu nodriza está agazapada otra dama muy recurrente en textos literarios, la muerte ¿Le tenés miedo, la respetas, qué pensamientos te vienen a la mente si hablamos de la palabra muerte?

EA: Tengo muchos pensamientos sobre la muerte. Más aún, creo que es el tema sobre el que más he escrito.

No le temo a la muerte. Soy como los viejos estoicos, «A qué temerle. Cuando ella está, yo no estoy, cuando yo estoy, ella no está»,. De todas maneras, la tomo como un telón de fondo, más que nada como una referencia que me hace valorar la vida. Si no existiera la muerte, esto es, si fuéramos eternos, el tiempo significaría nada; pero como somos criaturas a términos tenemos contratos precarios y fugaces, ni siquiera de plazos fijos, porque el fin puede ser mañana o dentro de cincuenta años. La muerte hace valiosa la vida.

La vida es valiosa porque nos morimos; precisamente, porque nos morimos, cada día tiene el valor de un regalo y de una oportunidad para hacer cosas trascendentes con ella.

No, no le temo. Escribí alguna vez: «Quisiera tener la tranquilidad de poder decirle a la muerte cuando llegue, que ya esperaba por ella».

JG: Se diría entonces que gracias a la muerte podemos gozar plenamente de la vida...

EA: Es la paradoja. Una absoluta constatación de la realidad.

JG: ¿Qué opinas de movimientos llamados populares como la cumbia villera y los Piqueteros?

EA: Creo que hay que mirarlos con los parámetros de la realidad social en que acontecen. No se los puede juzgar desde este lado de la ventana, creyendo que es contrario al paisaje, ventana adentro. Hay que pensarlo ventana afuera, mezclarlo con la realidad global.

Por cierto que la cumbia villera no es un lenguaje que a mí me gratifique, por cierto que no es un lenguaje al que podría encontrarle valor de belleza. Sin embargo, tiene un profundo valor de comunicación, tiene un profundo valor de expresión de una realidad social y de una cultura implícita. Antropológicamente la cumbia villera expresa una sociedad empobrecida, una sociedad marginada, una sociedad injusta, y por lo tanto el error es juzgar a la cumbia villera con parámetros de cánones estéticos. Hay que juzgarla, si debemos juzgarla, desde lo musical y desde lo estético, sin obviar el doloroso contexto social que expresa. Por cierto, tengo un juicio de valor absolutamente negativo musical y poéticamente: no es buena música, no es buena poesía. Pero socialmente es dolor encarnado.

Y con los piqueteros acontece lo mismo. Más allá de algunos grupos especuladores, de algunos torvos y turbios manejos políticos y económicos que se hacen con los piqueteros, la mayoría de las personas que participan de ellos forman parte de esa misma sociedad que expresa la cumbia villera: es la Argentina injusta, la Argentina marginadora, la Argentina que camina hacia la construcción de una sociedad absolutamente enfrentada entre dos extremos, los pocos que tengan mucho y los muchos que tengan poco.

JG: Volviendo por los pasos de la literatura, hay un fenómeno de moda editorial que trata de mirar hacia atrás y contar la historia de manera diferente a la que aprendimos en la escuela, este trabajo de enmendar la historia o contarla ahora a la luz de otras verdades que nadie se animaba o estaban ocultas... ¿Qué opinas de esto?

EA: Son dos fenómenos en realidad. La historia oficial fue sacudida por lo que en su momento se llamaron los movimientos revisionistas, es decir, la historia escrita tal vez por aquellos que no la ganaron. Estos movimientos revisionistas pusieron blanco sobre negro en muchas cosas, tanto desde la izquierda como desde la derecha, por usar estos parámetros conceptualmente bastante disminuidos. Es cierto que la historia de Mitre es una historia que necesitaba, la contrahisotria de los Amuchástegui, de los Puigrós, de los Piglia, o de los Palacios, para enmarcarse en una cuestión menos ideal, menos conservadora, menos de bronce y más de carne y hueso. El Belgrano de «Ay, patria mía», es un hombre que sufre y muere como cualquier mortal. Esto es el revisionismo histórico.

Y lo otro es la confusión histórica que genera mezclar secciones como historia y novela, como, por ejemplo, muchas de las novelas que se están escribiendo ahora, Félix Luna, Hebe Clementi, Pacho O'Donell, Maria Ester de Miguel, o Código da Vinci, donde lo histórico es un pretexto. Me parece que estos son los grandes temas que la escuela nuestra no entiende; éstas son las cosas que la escuela tiene que enseñar. La escuela no puede hacerle leer todo a sus alumnos, pero sí les puede enseñar criterios sobre qué leer y, más importante, cómo leer. Creo que la escuela, particularmente la media, debe enseñar al alumno a diferenciar lo que es la historia oficial de lo que es la historia revisionista —por izquierda o por derecha—, o de lo que es la ficción histórica, géneros absolutamente distintos. Confundir la ficción histórica con la historia es tan estúpido como creer que la historia oficial es la única historia.

JG: Estamos dentro de una confusión tremenda al parecer...

EA: Estamos en una confusión atroz. Hay un organismo internacional que depende de la UNESCO y se llama ICOMOS que tiene como objetivos preservar los lugares históricos de la humanidad: esa es su tarea. Su lema: Nessun futuro senza passato. Ningún futuro sin pasado. Volver a la historia es una manera de entendernos, es leer en lo que fuimos ayer lo que somos hoy, para poder proyectar lo que seremos mañana. La historia como maestra de vida no es otra cosa que esto, no para hacer lo que hicieron o no hacer lo que no hicieron, sino para entender que lo que ellos hicieron o no hicieron me hace ser lo que soy, y para entender que lo que haga o no haga, será lo que hayan de ser aquellos que nos hereden.

JG: ¿Qué opinas del poeta, escritor, filósofo y hombre, Elio Aprile?

EA: Me parece que son demasiados títulos para un hombre sólo, al que quisiera que lo recuerden, si lo han de recordar, como un buen tipo.

JG: ¿Por algún libro en especial quisieras ser recordado o sólo por ser un buen tipo...?

EA: Preferiría que me recuerden como un buen tipo, si es que en este canje hipotético debiera sacrificar todo lo que he escrito.

JG: Quiero expresarte mi agradecimiento por tu tiempo y por tus palabras cargadas de experiencias y el desgranar de tus pensamientos para esta entrevista...

EA: Fue un tiempo gustoso. Soy yo quien te agradece esta entrevista.



Elio Aprile (izquierda) y Jaro Godoy
Fotografías remitidas por Jaro Godoy © 2005
http://www.jarogodoy.turincon.com


Otros artículos de Jaro Godoy, en Margen Cero: La cazadora quebrada (Alejandra Pizarnik) | Una historia de Quijotes y Cervantes | Delmira Agustini, el poema inconcluso | Thomas Stearns Eliot o El sermón del fuego. (San Luis, 1888 - Londres, 1965).





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