GINECÓLOGOS Y URÓLOGOS:
NOS SENTIMOS MÁS CÓMODOS ANTE
UN PROFESIONAL DE NUESTRO MISMO SEXO

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Lola Cerrada
Fotos: Santiago Gómez ©


La mezcla de temor y respeto ante el poder del médico es inherente al ser humano desde la más remota antigüedad. Las tribus primitivas ya rodeaban a los chamanes, encargados de curarles y de descubrir enfermedades, de un halo de misterio y de magia. En el caso de los ginecólogos y los urólogos ésta sensación se ve acrecentada por el sentimiento de pudor que nos invade ante la obligación de desnudarnos y exponernos a la exploración y respuesta sobre preguntas íntimas que estos especialistas nos plantearan. Nuestros prejuicios ante el campo de la sexualidad se ponen de manifiesto y esta experiencia suele ser especialmente incomoda para muchos de nosotros al considerarla como una vulneración de nuestra intimidad.

Aunque las autoridades competentes están llevando a cabo campañas de concienciación sobre la necesidad de hacerse revisiones periódicas y se ha demostrado que en la mayoría de los casos en que el cáncer de mama, de próstata y de ovarios es detectado precozmente, hay un alto índice de posibilidades de que remita, los españoles somos reacios a acudir a un ginecólogo o un urólogo a no ser que tengamos problemas. Quizá cuando es demasiado tarde y sea más difícil encontrar resultados inmediatos es cuando nos decidimos a dar el primer paso que nos lleva a la consulta de estos especialistas.

El que consideremos la sexualidad como una parcela de la privacidad favorece el que seamos reacios a mostrarla ante un desconocido máxime cuando pertenece al sexo opuesto. El sexo, aunque es uno de los factores que más condiciona nuestra existencia, es todavía algo de lo que no se habla en público. Es muy poco corriente que una mujer cuente aspectos de su sexualidad a un hombre por mucha confianza que tenga con él; como máximo puede hacer algún comentario con sus amigas más íntimas.

Las revisiones son más frecuentes cuanto más nivel sociocultural tiene el individuo; no obstante, las consultas periódicas suelen producirse en las mujeres a partir de la menopausia y en los hombres, cuando en torno a los sesenta años comienzan con problemas de próstata. Sin embargo, los especialistas recomiendan una revisión por lo menos una vez al año y las autoridades sanitarias están concertando exámenes gratuitos con los sectores de alto riesgo como es el de las mujeres mayores de 65 años.

En otros países es normal que las madres lleven a sus hijas al ginecólogo cuando aparece la primera menstruación o cuando comienzan a tener relaciones sexuales. En España, los padres tienen serias dificultades a la hora de aceptar la sexualidad de sus hijas y esta práctica es todavía inusual. Las jóvenes y adolescentes que desean asesoramiento ginecológico tienen que hacerlo en numerosas ocasiones apoderándose a escondidas de la tarjeta de Seguridad Social de la familia. Sí tuviésemos una mayor concienciación de que visitar al ginecólogo o al urólogo debe ser una practica tan frecuente como acudir a cualquier otro especialista se evitarían muchos embarazos adolescentes y numerosas enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo, todavía nos queda mucho camino por recorrer. Si hasta hace pocos años la compra de preservativos era un hecho embarazoso para una gran parte de la población y éstos no se adquirían en farmacias sino en sitios donde uno pudiera pasar desapercibido, es fácil suponer que, aunque en las generaciones más jóvenes y más preparadas esto se está paliando, la sexualidad sigue suponiendo una fuente de complejos y prejuicios para sectores muy amplios de la población que todavía tienen reparos a la hora de hablar de ella y la consideran la parcela más privada de su vida.

Hasta hace relativamente pocos años se tenia la imagen de que una mujer que acudiese con frecuencia al ginecólogo debía de tener una vida promiscua y era impensable que una mujer virgen se hiciera una revisión. Esto provocaba que la mujer no visitase al ginecólogo hasta que tenía el primer hijo. De este modo la mujer asociaba el ginecólogo solamente con los embarazos.

LAS MUJERES ESTÁN COPANDO EL CAMPO DE LA GINECOLOGÍA

Según el doctor Isidoro Bruna, Jefe de la Unidad de Reproducción del Hospital Monte Príncipe, a pesar del masivo acceso de la mujer a mayores niveles de formación cultural, ésta continúa sintiéndose especialmente vulnerable ante la visita al ginecólogo, ya que piensa que se está invadiendo una parcela de su intimidad. Cuando una mujer acude a la consulta de un especialista en ginecología, explica el doctor Bruna, se enfrenta a tres problemas principales: el pudor, el temor a la enfermedad y el miedo a ser tratada rudamente. Sin que haya algún motivo aparente, las mujeres piensan que un hombre va a ser menos delicado con ellas que una mujer, ya que todavía, erróneamente, se sigue pensando que la sensibilidad es un atributo femenino mientras que la rudeza lo sería masculino.

Batas blancas con las que cubrirnos, biombos y la sutil preparación de la enfermera son absolutamente necesarias para introducirnos en la antesala de esta experiencia en la que permitimos que un extraño «hurgue» en nuestras entrañas. Hasta la postura, similar a la del paritorio parece incomodarnos y nos obliga a sentirnos pequeñas e indefensas. En ese momento nuestro cerebro se bloquea y nos es difícil percatarnos de que el profesional que nos va a examinar está acostumbrado a hacer su trabajo, ignora nuestra desnudez y será lo más delicado posible en la exploración que, si nos relajamos, no tiene por qué ser dolorosa.

Según Isidoro Bruna si la descargamos psicológicamente, la visita al ginecólogo debe ser tan rutinaria y corriente como visitar a cualquier especialista; son tan sólo los prejuicios que rodean al sexo, lo que hacen de ella algo que nos incomoda.

«Las pacientes que vienen a mi consulta en la mayoría de los casos lo hacen acompañadas de su marido, de algún familiar o de alguna amiga», señala el doctor. Esto supone un intento de reforzarse; no en vano el sentido del pudor ha sido especialmente inculcado a las mujeres y el campo de la sexualidad ha sido tabú hasta hace apenas unos años.


Si hasta hace relativamente poco tiempo la mayoría de las parejas mantenía relaciones sexuales en la oscuridad y a las mujeres les incomodaba incluso desnudarse delante de su marido, podemos percatarnos de que por mucho que hayan cambiado las cosas, para muchas mujeres resulta especialmente violento someterse al examen de un ginecólogo; mostrar a un extraño, sobre todo si éste es hombre, su parcela más intima y privada.

«Todavía recuerdo —comenta el ginecólogo— el caso de una adolescente que vino a mi consulta acompañada de su madre. Me vi obligado a preguntarle si tenía relaciones y ésta, presa de su nerviosismo, y de la incomodidad de tener que contar su vida sexual ante su madre me respondió que de qué tipo. Seguramente si hubiese ido a hacerse un análisis o a someterse a una extracción dental no se hubiese sentido tan violenta». El desconocimiento y la falta de información, explica el doctor Bruna, hace que muchas mujeres tengan la creencia errónea de que las citologías y las ecografías son experiencias dolorosas e incómodas y esto les hace renuentes a acudir a la consulta del especialista y cuando lo hacen, su propio nerviosismo les hace estar tensas y complicar practicas sencillas que no tenían por qué suponer molestia alguna.

Para Isidoro Bruna el sentido del pudor; el considerar la exploración ginecológica como algo que escarba en su yo más íntimo no está mitigado en las pacientes de mayor nivel sociocultural, simplemente éstas puede elegir el sexo de su ginecólogo y generalmente se decantarán por una mujer.

«En la actualidad —continúa el doctor Bruna— hay un movimiento sociológico, que se produce sobre todo en los sectores de la población más jóvenes y más preparados, en el que las mujeres prefieren acudir a ginecólogas. Hace apenas veinte años era impensable que una mujer confiase una revisión importante y sobre todo una intervención quirúrgica en alguien de su mismo sexo. La discriminación sexual estaba presente una vez más y los especialistas varones gozaban de mayor prestigio y reconocimiento. En este momento, aunque los hombres siguen ocupando los puestos de mayor relevancia, como las cátedras y las jefaturas de sección, las ginecólogas cada vez van adquiriendo mayor credibilidad ya que las mujeres piensan que es más fácil crear con ellas un vínculo de complicidad. Posiblemente en el futuro la ginecología sea un campo exclusivamente femenino».

Virginia acude al Hospital Monte Príncipe a hacerse una ecografía, ya que está esperando su primer hijo. A la incomodidad de no haber podido orinar en dieciséis horas se une el temor a que pueda haber alguna anomalía y el sentimiento de pudor ante algo que desconoce pero que va a invadir su espacio más íntimo. Afortunadamente, confía en el doctor Bruna, y su marido va a estar presente en todo el proceso al igual que en el parto.

Sin embargo pasado el embarazo y a no ser que tenga irregularidades en la menstruación, que al explorarse note bultos raros en el pecho o que tenga síntomas que le induzcan a pensar que tiene alguna patología, es difícil que vuelva por su consulta con la asiduidad deseable.

Para el doctor Bruna es muy positivo que los hombres se involucren cada vez más en la sexualidad de sus parejas pues de este modo la mujer se siente acompañada y se encuentra menos vulnerable ante las exploraciones. En opinión de este especialista los prejuicios a la hora de elegir un profesional de la ginecología están infundados. «Conozco —asegura—, mujeres menos receptivas que el menos sensible de los hombres. Afortunadamente —añade el doctor Bruna—, si una mujer se siente en buenas manos; si el ginecólogo es capaz de trasmitirle seguridad, sus temores iniciales se quedarán atrás».

Aunque esto últimamente se está superando, otro de los problemas añadidos que se dan en la consulta de un ginecólogo, según expone este especialista, es la falta de autonomía de la que adolecen todavía las mujeres a la hora de tomar decisiones sobre su sexualidad: anticoncepción, intervenciones, tratamiento... Muchas de las mujeres carecen todavía de falta de independencia económica y muchas de ellas ni siquiera la tienen afectiva. De este modo se ven forzadas a que su pareja decida en temas personales como cuántos hijos tener, en qué momento, cuál es el mejor método anticonceptivo, etc...

UROLOGÍA: LOS PREJUICIOS DE LOS HOMBRES SON TODAVÍA MAYORES

Los prejuicios de los hombres a la hora de exponer sus problemas genitales ante una mujer son más fuertes incluso que los de las mujeres. En Madrid hay apenas una docena de urólogas y la mayoría de ellas se dedica al campo infantil o trabajan en la Seguridad Social, donde el paciente no puede elegir. Los complejos y traumas que los trastornos de origen sexual causan en los hombres son todavía más graves que en las mujeres. Si un varón no puede ejercer plenamente su sexualidad se siente menoscabado en su hombría lo que le originará trastornos psicológicos. Además, el hombre es, por motivos psicológicos, más vulnerable que la mujer ante la enfermedad.

Según la uróloga M.ª Jesús Pérez, del Hospital de Móstoles, los problemas que afectan a los hombres están íntimamente ligados al concepto de su virilidad, por lo que cualquier irregularidad en este ámbito, además del lógico temor ante la enfermedad, supone una merma de su autoestima como hombre. El hombre tiene que enfrentarse al mito de la potencia sexual y cualquier merma de sus capacidades le atormenta porque le daña os estereotipos que se le han inculcado desde la infancia en los que el hombre tenía que ser muy activo sexualmente.

El hombre, si puede elegir, se siente más cómodo ante un profesional de su mismo sexo ya que considera que puede entender mejor sus problemas y sus sentimientos de pudor se ven más protegidos.

Según la doctora Pérez, aquí se unen el pudor y el machismo. El hombre está acostumbrado a tener, todavía, cierta superioridad ante la mujer y el someterse a una exploración urológica por parte de una mujer le parece una situación un tanto ridícula. Al igual que en el caso en que la mujer tiene que enfrentarse a un profesional del otro sexo, los prejuicios no están condicionados por el estatus sociocultural.

Otra de las particularidades que presentan los hombres es que en ellos ha calado menos la idea de la necesidad de someterse a revisiones preventivas y sólo acuden al urólogo en caso de padecer enfermedades pero no para controles rutinarios como suelen hacerlo cada vez más las mujeres.

Mariano tiene 50 años y es la primera vez que acude a la consulta de un urólogo; ni siquiera sabe que la revisión se va a efectuar por el ano, una de sus mayores preocupaciones es saber si sus problemas de próstata van a incidir en su potencia sexual, si ésta irá cada vez a menos y de repente se siente viejo como si los años hubiesen caído sobre él de golpe. En la consulta del urólogo uno se percata de que la falta de información, el desconocimiento y los prejuicios de los hombres son todavía mayores que los de las mujeres y éstos se sienten todavía más indefensos.

Los hombres, a diferencia de las mujeres, acuden solos a la consulta de urología; en el mejor de los casos con su pareja, pero nunca con otro hombre. Además es muy extraño que comente ni siquiera con sus más allegados sus trastornos, el sentimiento del machismo está muy arraigado todavía en los hombres y para ellos es difícil crear el clima de apertura que logramos las mujeres ante miembros de nuestro mismo sexo, por lo que se encuentran todavía más aislados.

Al igual que en el caso de las mujeres, si el hombre se ve en manos de una buena profesional y ésta es capaz de trasmitirle seguridad, olvidará sus prejuicios.

Tanto la doctora Pérez como el doctor Bruna consideran necesario que en los colegios se impartiera la educación sexual como una asignatura en la que se mentalizara a los jóvenes y adolescentes sobre el que la sexualidad es tan sólo una función más y por tanto merece la misma atención y tratamiento que cualquier otra parte del cuerpo. De este modo se evitarían muchos prejuicios y las consultas a los ginecólogos y urólogos serían igual de rutinarias que la de otros especialistas.

En opinión de la uróloga y del ginecólogo consultados, todavía existen, y no sólo en las capas menos favorecidas, numerosas lagunas sobre los trastornos de origen genital. Sería fundamental —explican los entrevistados— que se olvidara el sexo de los profesionales y que tan sólo se viese en ellos a unas personas encargadas de ayudar a paliar nuestras dolencias.

Según el doctor Bruna y la doctora Pérez el sexo no capacita para ser mejor ginecólogo o urólogo. Los dos tienen muchos años de experiencia y han tenido que granjearse la confianza de sus pacientes a fuerza de dedicación y profesionalidad. Esto, en opinión del doctor Bruna, es mucho más importante que el que se trate de una mujer o un hombre. Del mismo modo que no tenemos en cuenta el sexo de nuestro médico de cabecera es absurdo que esto nos suponga algún tipo de obstáculo a la hora de elegir un ginecólogo o un urólogo.


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