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El hombre y su destino
Luis María Guglielmetti

El universo al que correspondemos se formó a partir de un punto llamado singularidad (una región donde la curvatura del espacio-tiempo es tan grande que sus leyes ya no operan en el sistema, esto significa que es un punto casi cero donde se concentra una enorme cantidad de materia) y en millonésimas de segundo pasó de una dimensión subatómica a una magnitud cósmica, creando toda la materia y antimateria existente en la actualidad. Recientemente se han hallado vestigios fósiles estelares correspondientes a esa época, que abren la posibilidad de ampliar la comprensión de este inexplicable fenómeno.

Otro hecho ignoto es su permanente expansión, por fuerzas desconocidas que invalidan la ley de la gravedad universal de Newton. Sobre este particular, se han dado precisiones al establecer que entre el 1 y el 4% del universo es materia conocida, el resto está compuesto por energía oculta y el faltante es materia oculta o desconocida.

A la vida se la interpreta como un hecho fortuito y desconocido. El ser humano su máxima expresión, está formado estructuralmente con la misma materia que los cuerpos celestes. La dinámica existencial, la ha orientado a complejas combinaciones estructurales, y la energía del cosmos la ha dotado de capacidad duplicativa, es decir, reproducirse, originando los potenciales vitales que nos rigen. Se intenta una explicación todavía rudimentaria para la comprensión de este hito fundamental. (Millar y Aller. estudiaron la formación de aminoácidos y otras moléculas básicas para la vida, en una atmósfera reductora similar a la que se consideraba en el momento en que la vida surgió). Su evolución se superpone a la dinámica del universo en complejidad y diversidad, posibilitando todas las manifestaciones biológicas, más allá de nuestra imaginación.

La realidad, es decir todo aquello que forma parte de nuestro entorno, es la que podemos percibir a través de los sentidos, donde la imagen de la existencia está materializada por la experiencia que poseemos. Si vemos una película con huevos a punto de ser abiertos por el nuevo ser al nacer, nuestra realidad nos hace esperar pollitos. Si, por el contrario, surgen viboritas o cocodrilitos, experimentaremos que la realidad no es lo que imaginamos de acuerdo a nuestras experiencias pasadas. El mundo en que vivimos, no es lo que parece exteriormente, porque nuestra facultad perceptiva y cerebro actual no tienen posibilidades de ir más allá, y vemos las cosas de acuerdo al desarrollo sensorial y la capacidad intelectiva alcanzada.

Meditando sobre el cosmos y su origen no es descabellado suponer que, dentro de la concepción universal, debiera considerarse a la vida como integrante de esa complejidad, dado que todo está preestablecido desde su comienzo. La manifestación de ella, la biológica como la conocemos, es una parte del todo, procedente de la materia prima universal y la energía producida por las leyes conocidas y desconocidas la rigen.

El mundo conocido está encuadrado en esos limites, y no hay forma de comprender la verdad última hasta que se logre con el correr de los siglos interpretar las verdades ocultas, del o de los universos que eventualmente pudieran existir. «Hoy sabemos que nuestro mundo no es conciso como el funcionamiento de un reloj, donde causa efecto se suceden en ese orden». Las diferentes realidades son distintos modelos del mundo, considerándolo en otras dimensiones, como lo sugiere la interpretación cuántica.

Kant creía que la apariencia del mundo estaba fuertemente condicionada por los sentidos y la intelectualidad. Otros seres diferentes experimentarían el mundo en forma distinta. Nosotros lo vemos con anteojos humanos. El hombre está destinado a conocer directamente o a través de conceptos sólo las apariencias que lo rodea. La realidad está creada por el acto de observar y la crea la conciencia. Si no hay conciencia de algo no existe, simplemente queda relegado a la posibilidad de que sea real. Es como la vieja argucia de los amantes infieles: Si no se entera del engaño el engaño no existe.

Bohr no niega la evidencia de nuestros sentidos. El universo que percibimos es real, pero está inmerso en otro que no lo es. El mundo físico es un todo indivisible. Formamos parte de ese todo y como consecuencia permanecemos y permaneceremos en él, a pesar de las modificaciones de la materia que nos conforma. Todo depende de la capacidad perceptiva que se posea sobre este acontecer. Está compuesto de objetos ordinarios que poseen atributos propios que pueden ser observados o no.

La luz es considerada una onda y a veces una partícula y sin embargo sigue siendo luz. Eduardo Ardoy dice en su magnifico trabajo de las Ondas Electromagnéticas: «No significa que la luz sea realmente una onda o una partícula, sino que es algo para lo cual no hay analogía en el mundo cotidiano de nuestros sentidos, es algo que en ciertas circunstancias parece comportarse como una onda, y bajo ciertas circunstancias parece comportarse como una partícula. La verdadera lógica que gobierna al mundo, no está fijada en el sentido común de los seres humanos, sino en las experiencias que puedan observarse y medirse».

Existe una ley que dice: «La realidad la crea la conciencia. Lo que cuenta es el observador consciente».

Las leyes universales de la materia, su origen y evolución, nos dan base para pensar con un criterio unicista que abarque todos los parámetros dispersos y desconocidos, que somos integrantes incuestionables y definitivos de ella. Por tanto si está en el universo cumple el principio: «Nada se pierde todo se trasforma». Basándonos en esta tesis, tenemos una continuidad permanente, lo que cambia es el estado que poseemos.

Siendo la existencia una parte del todo, se puede inferir que abarca otras dimensiones y posee un componente aún desconocido, que se comporta como la mencionada dualidad de la luz en su doble condición de materia (partícula) y energía (onda). Cabe interpretar con mentalidad avanzada, en la posible transmutación de la materia y su preservación en forma de energía. Esta condición ya ha sido prevista por Einstein en su famosa ecuación de la teoría de la relatividad.

Con el devenir de los siglos, al hombre le espera una larga evolución hacia formas superiores de existencia, y aún más, poseer una capacidad intelectiva insospechada. Incorporará conocimientos cada vez más avanzados, dando comienzo en la actualidad, con los chips integrados a los sistemas biológicos, en pro de una inteligencia potencializada con la ayuda de la nanotecnología.

Perfeccionará sus estructuras celulares, corrigiendo los errores del ADN, como causa de enfermedades. Cambiará el código de duplicación celular, modificando los telómeros (regiones de ADN no codificante, altamente repetitivas, cuya función principal es la estabilidad estructural de los cromosomas, la división celular y el tiempo de vida de las estirpes celulares). Estos se desgastan por las sucesivas duplicaciones, y eventualmente los cambiará, de acuerdo a los conocimientos que se vayan obteniendo, por sucedáneos artificiales que cumplan idéntica función y harán posible la reproducción celular sin alteraciones en todo el organismo. Permitirá la perpetuación de los tejidos y los sistemas en su estado óptimo, logrando que las funciones y la vida se mantengan hasta limites insospechados.

Se desarrollarán y perfeccionarán los denominados exoesqueletos, máquinas de gran complejidad, potencia y precisión, que vestirán el ser humano como si fuese un traje de alto rendimiento. En un principio será complejo y pesado y posteriormente liviano y de una tecnología altamente eficiente, integrada a escala molecular, para aumentar la fuerza, la percepción sensorial, la resistencia al medio ambiente, las comunicaciones y todo cuanto necesite para cumplir actividades simples y complejas, pero imposibles de realizar por el hombre actual. Le permitirá transportarse, sumergirse, volar y hacer cosas imposibles de imaginar. Es decir que vestirá un cuerpo de alta tecnología, que usará para sus necesidades y con el correr de los siglos, será una parte de su cuerpo para satisfacer sus necesidades cotidianas.

Su cerebro seguirá evolucionando como lo ha hecho desde los prehomínidos hasta ahora, aumentando su masa, neuronas y conexiones neuronales, favorecidas estas por la nanotecnología, que complementará las capacidades cognitivas sensoriales y motoras.

Llegado el momento en posesión de estos y otros potenciales, comenzará la adaptación para la conquista de planetas y galaxias y compatibilizará su existencia con todas las formas de vida, que sin duda existen en el universo. Será entonces cuando el hombre habrá llegado a su verdadero destino, armonizar intelectiva y físicamente con la vida, el tiempo, el espacio y la materia, donde esta se encontrare y tal vez lo más importante: comprender a Dios.



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LUIS MARÍA GUGLIELMETTI es médico psicosomatólogo, sofrólogo y psicodeportólogo. Ha realizado trabajos de investigación para mejorar el juego mental, cursos sobre Psicogolf y CD personalizados para corregir defectos mentales del golfista. Ha publicado el libro La mente al servicio del golf y, próximamente, el titulado Pensamientos ganadores en el golf. Es colaborador de revistas y portales en Argentina, México, Venezuela y España (La web de golf y Golf área).
luismaria[at]drguglielmetti.com


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Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 29 / agosto-septiembre de 2006
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