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Evita y el Che Guevara: dos mitos argentinos
Leyendas de pasión
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Gabriel Cocimano
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Abstracto |
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Combatidos o venerados incondicionalmente, Evita y el Che Guevara son los
dos grandes mitos políticos de la Argentina del siglo XX. Encarnaron el
ideal de justicia social en un territorio dramáticamente postergado. El
misterio que rodeó ciertos aspectos de sus vidas y sus muertes fue
alimentando la leyenda y, una vez apropiados por la maquinaria cultural,
se convirtieron en objetos de consumo. En tanto personajes míticos, han
sido rodeados de virtudes excepcionales —reales o novelescas— que los
dotaron de una dimensión sobrehumana. Lograron canalizar fantasías
colectivas, y el amor y el odio que encendieron los han convertido en
únicos. El mito sostiene la llama de dos almas devenidas en leyendas de
pasión.
«Yo
quiero ser como vos
Como una luz de bengala
Quiero seguir dando luz
Aunque se apague mi llama»
[1]
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Apóstoles de la rebeldía |
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Jóvenes, rebeldes y carismáticos, dueños de un
romanticismo épico y heroico, de una presencia corporal deslumbrante y una
pasión inquebrantable, Evita y el Che Guevara encarnan el ideal de
justicia social en una nación —y, más aún, un continente— que conoce
la opresión y la desidia del poder político hegemónico y de su clase
dirigente.
Apropiados por la maquinaria cultural y las leyes del mercado, han
sido devorados por su propia imagen, que logró trocar sus militancias
concretas y activas para convertirlos en objetos de marketing. «Estos
mitos —postuló la periodista Mabel Itzcovich (1997)— han ganado la
efímera popularidad del espectáculo, la codiciada ubicación en el
merchandising, y en su camino han perdido los odios, amores y rencores que
los hicieron únicos. Las leyes del mercado han dado vuelta los bolsillos y
los han vaciado de todo contenido».
Amada y odiada hasta el paroxismo, la pasión que generó Eva Perón
tiene muy pocos antecedentes en la historia vernácula. Venerada por
los humildes, el mito comenzó a tomar forma a lo largo de su agonía, en
1952, cuando ya se presentía el doloroso final:
«En todo el país se ofrecían misas para implorar por la salud de
Evita —afirmó Libertad Demitropulos (1984)—. Afuera de la residencia, la
multitud, de rodillas, rezaba y lloraba a toda hora pidiendo por ella.
Diariamente llegaban de todos los rincones del país toda clase de
estampitas, amuletos, piedras milagrosas, reliquias sagradas, agua
bendita; oraciones especiales, con el objeto de ser entregados a la
enferma para que los tocara y pudiera salvarse».
La
congoja popular por su muerte terminó de engendrar la estatura
mítica de Evita («jefa espiritual» y «abanderada de los humildes»:
ambos términos connotan sacralidad). Su acción, su figura, su
discurso, su pasión, habían encendido en los sectores populares un
genuino sentimiento de religiosidad pagana:
«Y el
amor y el dolor que eran de veras
gimiendo en el cordón de la vereda.
Lágrimas enjuagadas con harapos,
Madrecita de los Desamparados»
escribía María Elena Walsh (1982), interpretando el mito:
«En
los altares populares, santa.
Hiena de hielo para los gorilas
Pero eso sí, solísima en la muerte (...)
Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,
Única reina que tuvimos, loca
Que arrebató el poder a los soldados (...)».

Su
cuerpo embalsamado inició un atroz peregrinaje tras el derrocamiento del
general Juan D. Perón. Como si para sus enemigos ese cuerpo prolongara
—por efecto mágico— su presencia aborrecida de un modo fantasmal. En su
obsesión por destruir el mito, el antiperonismo terminó no sólo
reconociéndolo, sino también reforzándolo.
Odiada en vida por los sectores más poderosos, Eva muerta seguía
siendo demasiado peligrosa. La determinación impuesta por sus enemigos de
borrar todo vestigio que recuerde su figura y la del general exiliado, era
coherente con la decisión de hacer desaparecer el cadáver de Eva: como
ocurre con el principio de semejanza mágica, en el que un hombre
que procura matar a su enemigo destruye su imagen, el odio antiperonista
creyó que, decretando la desaparición —verbal y física— de toda la
simbología peronista, obrarían en el colectivo popular el silencio y el
olvido definitivos.
El escritor Rodolfo Walsh traza en un relato (1992) el diálogo
mantenido por un periodista (el mismo Walsh) tras los pasos del cadáver de
Eva con su supuesto detentor (en la realidad el coronel Moori—Koenig, jefe
del Servicio de Informaciones del Ejército de la llamada «Revolución
Libertadora», que derrocó a Perón en 1955):
«—¿Qué querían hacer?
—Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los
restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuánta basura tiene que oír
uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta
basura, pero estamos todos hasta el cogote.
—Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha
llegado la hora de destruir. Había que romper todo.
—Y orinarle encima.
(...)
—Esa mujer estaba desnuda —dice, argumenta contra un invisible
contradictor— Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja, y
el cinturón franciscano. (....) Tuve que buscar ayuda para cambiarla de
ataúd. Llamé a unos pobres obreros que había por allí. Figúrese como se
quedaron. Para ellos era una diosa, (...)
—¿Se impresionaron?
—Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: ‘Maricón, ¿esto
es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordáte de San
Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo’».
Fue
Ernesto Guevara el viajero sin pausa de la revolución, el aventurero
romántico que pretendió enlazar un sueño personal con un objetivo político
común. Impetuoso, impaciente y fatalista, pero a la vez sensible,
idealista y extremadamente obstinado, hizo de su natural resistencia a ser
institucionalizado una bandera de lucha. Representó el antisistema y,
cuando la revolución cubana se hizo carne y él integró sus cuadros
ejecutivos, no dudó en retomar la aventura errante y la lucha en la selva
boliviana. «El Che estaba dotado de un mecanismo de combustión interna
—aseguró uno de sus biógrafos, Ignacio Paco Taibo II (1997)— que lo
hacían vivir en el límite, mantenerse a prueba permanente, presionar un
cuerpo gastado por la falta de sueño, el asma, las tensiones. Era el
hombre que había hecho de la autodemanda un estilo vital. Y se quemaba, en
la lenta hoguera que había encendido en el centro de sí mismo».
El apóstol de la revolución latinoamericana —asesinado trágicamente
en cumplimiento de su ideal— ha devenido icono, vale decir, ha
quedado atrapado en la fuerza expresiva de una imagen que se ha ido
vaciando de contenido «para volverlo camiseta, souvenir, taza de café,
póster o fotografía, destinadas al consumo. Y eso es la condena de los que
provocan nostalgia: estar atrapados en los arcones del consumo, o en los
reductos de la inocencia» (Ibid.). Si para los cubanos es un modelo
revolucionario, un prócer como José Martí, para la sociedad occidental
el mito del Che ha derrotado al Guevara soldado, al político, al filósofo,
al idealista.
Pero el mito también tenía sus razones: el Che encarnó como
pocos la figura arquetípica por excelencia del héroe que pelea contra la
injusticia. Y que al final sucumbe, víctima de su propia ingenuidad,
mártir de su propia utopía.
Tanto Evita como el Che tuvieron una muerte trágica, a edades
tempranas. Otro condimento del mito. «No
hay motivo de tristeza más universal y contagioso que la muerte en la
juventud y en pleno apogeo. El gobierno de Perón interpreta la enfermedad
de Evita en clave cristiana en los meses precedentes al desenlace; los 33
años la ungen con la santidad. El Che, por el contrario, es un mito
plenamente laico, pero la Teología de la Liberación encontrará en él a un
apóstol del cristianismo abnegado (...) También como en los santos, el
destino del cuerpo prolonga el martirio. El embalsamamiento de Evita
asegura una posteridad de rango faraónico, que resulta funcional a los
vejámenes. El asesinato del guerrillero vuelve irrefutable la tesis de la
guerrilla»
(Sánchez 1997).
Ambos resumieron la tragedia política latinoamericana del
siglo XX: Evita representó el ascenso efímero del pueblo al poder, con su
consiguiente caída, abrupta y dolorosa. La figura del Che, si bien
simboliza la rebelión contra el orden establecido, refleja una cultura
contestataria que no logró encarnar en acción.
El arte y la industria cultural han capturado el sentido emblemático
de ambos personajes porque, como lo define el escritor español Manuel
Vincent, «el
arte siempre está
buscando
unos rostros que sinteticen pasiones colectivas (...) (Pero) estos mitos
de Eva y el Che ya no tienen nada que ver con la realidad. Son bienes de
consumo, casi de degustación. El afiche con la cara del Che fue un bien de
consumo que colgaba de las habitaciones de todos los progresistas del
mundo. Eva Perón es una imagen romántica asociada al tango. El teatro, el
cine, la televisión, los medios, son monstruos que necesitan alimentarse
constantemente de imágenes”
(Ibid.).
Un
guerrillero devenido icono pop —pósteres, bandas de rock, una
cerveza, miles de remeras— en un mundo asediado por los destellos de un
neoliberalismo totalitario. Una «imagen plebeya y
trágica
con los brazos tendidos en ofrenda de amor hacia los desposeídos» (Ibid.)
en una nación devastada por la exclusión social, el descalabro
institucional y el provocativo sometimiento a las leyes del mercado.
Constituyen ambos el espejo de una Latinoamérica dramáticamente
postergada.
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Usos y resignificaciones del
mito |
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Precisamente por su versatilidad, el mito ha permitido la reelaboración de
versiones libres y hasta desvirtuadas, en una posteridad que siempre
transita por disímiles contextos sociopolíticos e históricos. La corriente
más radicalizada del peronismo de los años ’70 en la Argentina —«Si
Evita viviera sería montonera», escribían en las paredes los jóvenes
de esa generación— estableció un perfil de Evita construido a partir de
ciertos fragmentos de su
militancia.
No era para los revolucionarios de la Juventud Peronista «una sombra de la
presencia superior del Líder» (su esposo y presidente de la Nación, el
general Perón) —tal como ella lo había planteado en su libro «La razón
de mi vida»— sino una mártir, radicalizada y montonera silueta que
encarnaba el papel protagónico de la revolución armada. «Por un lado, era
asumida como propia la gestualidad de Eva y, al mismo tiempo, era
desechado su discurso político (…) Recortada de su contexto, silenciada,
tomada su muerte como emblemática, la nueva Eva Perón permitía una
mayor manipulación y, a la vez, favorecía el contraste con Perón» (Ponce
1990), al que la juventud revolucionaria de entonces había desdeñado.
En cierto sentido, el retrato que hizo de ella cierto feminismo
también contiene esa versión libre del mito: Evita construyó un
nuevo rol, activo, participativo y revolucionario para la mujer en la
trama sociopolítica, pero a partir de su función de «madre y compañera del
varón». El modelo de mujer propuesto en «La razón de mi vida»
parece plantear esta duplicidad: por un lado, tratará de hacerle jugar a
la mujer un papel trascendente en la historia argentina y, por otro, la
induce a la militancia activa a partir del despliegue de su arma más
pertinente: el Amor, reflejo de su inmanencia y sucedáneo del trabajo
hogareño. Si bien como enunciadora política su discurso era más
radicalizado que el de Perón —sobre todo en lo referido a la construcción
del enemigo— en el momento de asignarle un papel a la mujer, ésta
queda circunscripta al ámbito familiar. Aun cuando aborda el tema de las
mujeres que trabajan en las fábricas hace hincapié en su doble rol de
obreras y amas de casa. «Una mujer de puertas adentro pero que,
paradójicamente, por primera vez vota, obtiene jubilación, se organiza en
torno de actividades partidarias, y es incluida genéricamente como rama de
un movimiento político. El lugar de la mujer-sombra se anula en la
acción concreta» (Ibid.).
En contraste con el tono discursivo de «La razón de mi vida»,
aparece el contenido de un testamento político titulado «Mi mensaje»
que, según ha confirmado un peritaje judicial, fue la última creación de
Evita, escrita en sus últimos meses de vida. Considerado un libro apócrifo
—incluso por la familia de Eva— y desaparecido durante más de 30 años, es
un texto encendido y radicalizado que contribuyó a delinear la leyenda de
la Evita montonera de los ’70. «Quiero
rebelar a los pueblos. Quiero incendiarlos con el fuego de mi corazón
—expresa el texto, en el que descargaba su condena contra las cúpulas de
la Iglesia y de las Fuerzas Armadas— (…)
Yo no
comprendo por qué, en nombre de la religión y de Dios, puede predicarse la
resignación frente a la injusticia (…) Solamente los fanáticos no se
entregan. Los fríos, los indiferentes, no deben servir al pueblo (…) Me
revelo indignada con todo el veneno de mi odio, en contra del privilegio
que constituyen los altos círculos de las fuerzas armadas y clericales (…)
Es necesario que los pueblos (los) destruyan. ¿Cómo? Abriéndole sus
cuadros dirigentes. Los ejércitos deben ser del pueblo y servirlo».
Según algunos autores, este texto fue ocultado, entre otros, por el propio
Perón, por la inconveniencia de dar a conocer un pensamiento nada
diplomático, tal como era Eva (Moreno 2000).
La resignificación del mito de Evita ha adquirido, además, nuevos
matices a lo largo de la historia más reciente: no sólo sigue siendo
afiche de campaña de infinitos sectores afines al movimiento que encarnó
el peronismo, sino que también una fracción importante de esas nuevas
figuras de la protesta social argentina de los años ’00 que son los
piqueteros la portan como emblema, «en cada chaleco identificatorio de
sus militantes, con el lema: ‘Donde hay una necesidad, hay un derecho’.
Hay quienes se imaginan a una Evita de cuerpo y alma marchando (con
ellos), tal vez exigiéndole que asuma la condición de ‘Evita piquetera’:
un graffiti de esta época» (Pavón 2003).
En «Santa Evita», el escritor Tomás Eloy Martínez afirma que,
a lo largo del período conocido como la Resistencia Peronista (que
comprende los años del exilio del caudillo) en cada lugar partidario en la
Argentina se colocaban flores silvestres y velas encendidas al lado del
retrato de Evita. Prohibido hasta su nombre por el gobierno militar que
derrocó a Perón en 1955, sus fieles sin embargo desplegaban en secreto su
imagen y murmuraban algunas palabras, o simplemente acariciaban la foto o
estampa. Eran los arrestos subrepticios del país invisible, del cual Eva
Perón había emergido como un producto con características propias e
inéditas.
También en el caso de Guevara la leyenda logró desplegar nuevos
abanicos de interpretación. Y en la histeria de nuestro tiempo por
resignificar el pasado, todo mito parece particularmente susceptible. Si
el Che había sido un soldado de la revolución pro-soviética, años después
de la disolución de la URSS fueron publicados por el «Centro de Estudios
Che Guevara» de La Habana algunos textos críticos del revolucionario
argentino para con el estalinismo soviético. ¿Estrategia del régimen
cubano, o peripecias del mito? Uno de los principales dirigentes cubanos
—Carlos Rafael Rodríguez, otrora polemista contra el Che en los años ’60—
reconoció que Guevara había pronosticado el fracaso de las políticas
soviéticas en el terreno económico. En 1997, la revista cubana
«Contracorriente» publicó una carta inédita del Che en la que se
quejaba de los ladrillos soviéticos (los manuales de filosofía
oficiales en la Europa del Este) y en la que propuso reemplazarlos por una
nueva manera de estudiar la filosofía, más histórica. En otro texto que
vio la luz en 2001, Guevara polemizaba con los que pronosticaron en su
momento una caída inminente del imperialismo norteamericano. Dos décadas
antes de la Perestroika de Gorvachov, ya sostenía que en la URSS se estaba
«regresando al capitalismo» (Kohan 2003).
Otras versiones sostienen que el Che fue pro-soviético dogmático en
la Sierra Maestra, pero que cambió de posición después de sus viajes a
Moscú. El fue un romántico, un místico de la revolución; los rusos
detestaban el idealismo y ni siquiera estaban convencidos de exportar su
propia revolución. En febrero de 1965, en un seminario en Argelia, criticó
fuertemente a la Unión Soviética, en solidaridad con los pueblos de Asia y
África y, a partir de allí, se produjo su alejamiento de la revolución
castrista (Castro Arenas 1999).
En Cuba forjó su aureola guerrillera, pero ¿fue en verdad un
estratega militar? Casi todas las versiones existentes descartan esta
condición en Guevara. «Su desprolijidad militar en la Sierra Maestra se
arregló con la toma de Santa Clara, que dividió Cuba. Fidel le entregó el
mando de la toma del cuartel Columbia a Camilo Cienfuegos y no a Guevara,
que capturó La Cabaña, una posición menor. En África no tuvo mando militar
importante. En Bolivia comprendió que no era lo mismo enfrentar un
ejército profesional —aunque con pertrechos nada sofisticados— que una
fuerza en desintegración moral como la de Batista. (…) En Bolivia falló la
concepción general de la estrategia guerrillera rural. Era utópico fundar
un ejército revolucionario sudamericano (…) el Che desconocía la
psicología del indígena boliviano y las limitaciones de comprensión del
discurso revolucionario marxista» (Ibid.). Por otra parte, sin ser
economista ocupó la presidencia del Banco Nacional de Cuba; sin ser
ingeniero, fue designado ministro de Industrias. Sin haber sido
agricultor, quiso organizar el Instituto Nacional de la Reforma Agraria en
Cuba. No obstante ello, el joven Guevara hubo de participar en la
revolución cubana como número dos en la jerarquía política. ¿Cuál era el
halo personal que lo condujo hasta tan alto sitial? Patriota y modelo
revolucionario en Cuba, también en Bolivia quedó impregnado el mito del
guerrillero en la vida cotidiana de los pobladores de la región de
Vallegrande, donde combatió en 1967. Todo mito suele repeler cualquier
intento de explicación lógica.
El historiador argentino Mario O’Donell ha afirmado que las visiones
mitológicas y hasta idílicas sobre el Che provienen, a su
juicio, de la «historia oficial cubana», que ha pretendido apropiarse de
su figura y su obra, cubanizando la memoria del comandante
argentino.
Las paradojas también sobreviven en el mito: en los años del
pacifismo, el Che era militarista a ultranza y, sin embargo, fue exaltado
como una figura romántica e idealista pese a que nunca se movió dentro del
austero esquema racionalista del materialismo dialéctico propio del
marxismo, del cual había hecho una tardía profesión de fe. El héroe
romántico y a la vez nietszcheano que se rebela contra todo orden
imperante y termina con su propia destrucción, constituye la verdadera
esencia del mito. El año de su muerte coincide con el «verano del amor» de
los hippies, en los meses anteriores al no menos mítico mayo del
’68 (Gómez Pérez 1998).
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Pasiones |
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«Si
pudiera yo entregarme
Sin medida a una pasión
Como quien quema las naves
Como quien habla con Dios»
[2]
Los años posteriores a la muerte de Eva Perón
intentaron apagar —tal vez vanamente— el fuego que había generado su vida.
El afán de relegarla a un recuerdo silencioso y transformarla en estatua
no ha logrado suprimir la impetuosidad y la irreverencia de su atrevida
personalidad. Difícilmente las generaciones posteriores puedan imaginar el
odio que generó en la clase dominante de la Argentina, que hasta entonces
había manejado a discreción el pulso de la política local. Toda
transacción entre Eva y la oligarquía —tal como mencionaba a
aquella clase con aire desafiante y desdeñoso— resultaba imposible. Para
esa oligarquía, Evita, una ex actriz, era considerada una prostituta, aún
en ciertos círculos del Ejército, hostiles a Perón. Versiones escandalosas
de sus humillaciones como aspirante a actriz o de sus romances con
generosos protectores, eran voz corriente en su época. Es claro que este
odio era compensado por el amor de los sectores sociales más humildes, a
quienes había reivindicado con medidas inéditas en el país.
Ciertos aspectos del mito de Evita han pretendido palidecer su
acción que, con aciertos y errores, llevó a cabo con una pasión
inquebrantable. «Se había lanzado a la política —sostuvo Ramos (1982)— con
un aire desafiante, orgullosa de ser ella misma y encarnar a los
olvidados, pisoteados y ofendidos. Fue la gran vengadora de las clases
sociales postergadas». Fue, además, «una
mujer que logró —afirma
Abel Posse (Iacoviello 1999)—
una gran actuación en su vida: que el pueblo se enamorara de ella (…);
encarna el ideal femenino en un mundo machista e ineficaz, de villanos y
pícaros, que no posee ese elemento femenino de la pasión que Evita tuvo.
Es el motor que nos recuerda esa otredad de la que hablaba Octavio Paz:
para ella, el Otro, el semejante, también existía».
Sanguínea, vehemente, encendida y fogosa, indignada por
humillaciones y resentimientos producto de la profunda desigualdad social
de la Argentina en los años ’30 y ’40, Eva fue implacable con la clase
social más poderosa, a la que ni siquiera Perón se le atrevió a tanto. El
famoso episodio que la enfrentó con una consagrada actriz de la época
—Libertad Lamarque, por entonces diva de la escena nacional, le propinó
una bofetada en un set de filmación— es un retrato vivo de su exaltación
ante cualquier figura que representara el poder en sus distintas
formas. Pedro Orgambide, en la citada ópera «Eva», recrea el
episodio, poniendo en boca de la protagonista unos versos de impecable
factura, que grafican la pasión recurrente que encendía el corazón de esa
mujer:
«No
me pegue, señora, no me pegue,
yo guardo el rencor del indefenso,
no me toque, que tengo la desgracia,
de estar sola peleando como un huérfano»
y
anticipaba la cuota de insumisión y rebeldía de que dispuso una vez
llegada al poder:
«Y ya
no puedo más estoy cansada
del circo, de los buenos sentimientos
no me toquen, que ya no aguanto nada
y no pido perdón por lo que siento.
Yo no pongo el otro lado de la cara (…)
yo sí devolveré la bofetada»

Fue
«Santa Evita» o «la abanderada de los humildes». «La mujer del látigo» o
«bonapartista con faldas». Frágil pero enérgica, dulce o combativa, el
recuerdo popular aun la venera «como una especie de ángel tutelar, que
ayudó a los marginados sociales, especialmente a los niños, ancianos y
mujeres trabajadoras» del país profundo.
«Y el
odio entre paréntesis, rumiando
venganza en sótanos y con picana»
[3]
El
odio pintaba en las paredes de Buenos Aires la leyenda «¡Viva el cáncer!»,
cuando Eva agonizaba, mientras sus descamisados y grasitas
la canonizaban. Era una época de pasiones, sin medias tintas. Ese odio
visceral también tenía su razón de ser. Sus aires desafiantes y su acción
en defensa de los desvalidos eran toda una novedad en la Argentina de
mediados de siglo. Era mujer, actriz, joven y, además, una muchacha
provinciana encaramada en el poder. Todo resultaba un fruto amargo para el
paladar de esa estupefacta oligarquía, a la que Eva despreciaba y
denigraba. ¿Quería armar al pueblo? En el libro de Otelo Borroni y Roberto
Vacca, «La vida de Eva Perón», los autores revelaron los
documentos, correspondencia y otros papeles por los cuales la Fundación
Eva Perón compró armamentos para armar eventualmente al pueblo peronista (Argenpress
2002).
El fuego de su pasión la consumió rápidamente. Cuando murió, el 26
de julio de 1952, «la adulonería en su torno —afirma Ramos (1982)— que
había llegado a constituirse en un opresivo flagelo nacional, inventó la
fórmula: ‘entró en la inmortalidad’’. Y esta vez tenían razón. Eva
Duarte ya no habría de morir en tanto la mujer tuviese memoria de su dolor
y claridad en su destino».
«Cuando hagamos escándalo y justicia
el tiempo habrá pasado en limpio
tu prepotencia y tu martirio»
[4]
¿Fue el Che Guevara el abominable asesino descrito por algunas de las
tantas biografías aparecidas en los últimos años? ¿Fue el idealista
dispuesto a todo que consagra la versión romántica del mito? Independizado
del verdadero personaje, el mito crea una especie de imagen definida,
aunque acaso simplificada, de la realidad. Su fama de implacable y su
proverbial dureza no coinciden con la del héroe frágil, víctima de una
traición. Cuando, capturado en Bolivia, se decidió su ejecución, el
gobierno boliviano prefirió guardar el secreto sobre el entierro de sus
restos «para no levantar más el mito Guevara». Con lo cual la leyenda
había sido ya previamente construida. «Se tejieron historias de oficiales
embriagados para poder cumplir la orden. Por lo que he escuchado, no hubo
borracheras ni debilidades a la hora de ejecutarla. Guevara no fue
torturado, ni vejado, ni sometido a interrogatorios afrentosos. Los
bolivianos respetaron el valor de un combatiente abandonado en la selva
cuyo coraje se sobrepuso a la pobreza de medios materiales. Cumplieron
órdenes como soldados, como él se ciñó a su deber como revolucionario»
(Castro Arenas 1999).
El periodista Rogelio García Lupo lo recuerda como un hombre duro y
exigente, bromista corrosivo, pero no como un pragmático. «Le escapaba a
la identificación con el poder. A pesar de su formación comunista
ortodoxa, yo creo que era básicamente un anarquista» (Aulicino 1992). A
través de la correspondencia privada del Che que ha logrado ser publicada,
se asoma el hombre en toda su expresión:
«(…) yo
sigo con ese espíritu anárquico
—le escribía en 1956 a Tita Infante, su compañera en la Facultad de
Medicina— que me hace soñar horizontes en cuanto
tengo ‘la cruz de tus brazos y la tierra de tu alma’, como decía Pablito
(Pablo Neruda)».
A su vez, en una carta a su madre, Guevara le dirá que, después de dejar
Cuba, sintió la necesidad de montar su rocín de nuevo, como Don Quijote.
Se sentía un combatiente libre, un condottiero, como se
autodefinía. Para el
historiador Fermín Chávez, Guevara era un romántico y
Fidel Castro, un hombre político: una diferencia esencial que, tarde o
temprano, los separaría. ¿En que consistía aquel romanticismo? El
Che era una figura desaliñada y libre, espontánea y atractiva, que puso el
desorden creador por encima de la rutina burguesa. En segundo lugar, la
distancia enigmática y su doble juego de compromiso intenso y de huida
permanente hacia otros propósitos. «Se
ha desarrollado en mí —le decía a su padre en una carta (‘Clarín’ 1997)—
el sentido de lo masivo en contraposición a lo personal. Soy el mismo
solitario que era, buscando mi camino sin ayuda personal, pero tengo el
sentido del deber histórico (…) Me siento algo en la vida, no sólo la
fuerza interior poderosa que siempre sentí, sino una capacidad de
inyección a los demás y un absoluto sentido fatalista de mi misión me
quita todo el miedo».
Fue, además, un personaje novelesco. En su libro «Los cuadernos
de Praga», Abel Posse centra la acción en la ciudad donde Guevara pasó
cinco meses decisivos antes de saltar a Bolivia. «Después del Congo se
fuga y llega a Praga vestido de mujer, un tema que facilita muchas cosas
novelescas. Por la mañana tiene que disfrazarse de mujer para poder salir
a la calle, sentarse en un café o caminar. El ya sabe que, de alguna
manera, está tentando a la muerte» (Iacoviello 1999).
El Che murió cuando las palabras aún tenían valor y consistencia, y
sobrevive en una era mediatizada y light. Su muerte lo arrojó fuera
de la historia hacia una especie de religión laica desorganizada y
confusa. En todo mito, se consuma una paradoja: el instante, lo fugaz,
queda fijado para siempre. Y, en el caso de Guevara, hay dos instantes que
eternizan la leyenda: una es la fotografía del joven gallardo de boina
negra que lo presenta como el Cristo guerrillero. La otra es el
macabro retrato del Cristo fusilado. Ambas imágenes han contribuido
a difundir el soporte sobre el que se encarama el mito: la del justo y la
del justo ajusticiado (Mathews 2000).
Las viejas consignas se suceden a lo largo de las pintadas
callejeras, que evocan —como la famosa canción de Carlos Puebla— su
partida, y que atesora la mitología revolucionaria: «El Che vive» y
«Hasta la victoria siempre». Incluso, ya entrado el siglo XXI,
cierta consigna que recorre las calles de Buenos Aires pretende unir, en
un utópico ideal común, el significado mítico en que convergen ambas
figuras políticas de la Argentina del desencanto: «Evita-Moncada, la
Patria liberada».
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Parecidos y diferentes |
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De los dos grandes mitos políticos argentinos,
sólo Eva es un destino nacional. El origen del Che acaso sea irrelevante
(podría haber nacido en Chile, Colombia, Venezuela), aunque algunos
autores acentúan con vehemencia los rasgos de su argentinidad y el influjo
que esta condición provocó en su pensamiento y su accionar.
Ambos tuvieron su viaje iniciático. El de Eva, de Junín a Buenos
Aires, una metáfora de la búsqueda personal y necesaria del héroe. Guevara
representó al perpetuo nómade, al aventurero errante e idealista
que recorrió los confines de la patria latinoamericana, donde fraguó su
personalidad y radicalizó su inconformismo. La muerte joven los remonta a
lejanos tiempos, en los que se sostenía que los héroes —como los
griegos Héctor y Aquiles— que entraban en el panteón de la eternidad sin
nunca haber envejecido, eran los preferidos de los dioses.
El derrotero de ambos cadáveres ha alimentado y amplificado el
sentido mítico de sus figuras. Del embalsamamiento hasta el posterior
secuestro y destierro del cadáver de Evita, su vía crucis póstumo es una
alegoría de la agitada historia vernácula del siglo. El itinerario del
cadáver momificado ha sido alimentado de ficción, pistas falsas y
conjeturas: una verdadera novela, de no ser en verdad «la historia de
un encarnizamiento político en el que la misoginia adoptó su forma más
perversa. No hubo mitología en el secuestro de Evita: su cadáver era un
enemigo político» (Seoane—Sanchez 1997). Pero ese cadáver disponíase a
ser enterrado —en contra de su condición de inmortal, ya que la tumba es
el reino de la corrupción— o, en el peor de los casos, destruido
definitivamente, como el símbolo más emblemático de la resistencia contra
el régimen que había destituido a Perón. Finalmente, inició un alucinado
itinerario —del que no faltaron pasiones necrofílicas— hasta su posterior
sepultura en Italia y con un falso nombre, gestionada por miembros de la
Iglesia.
El cadáver del Che, oculto durante casi 30 años, también «se
multiplica en la imaginación. Encontrar los huesos sagrados, como en la
antigüedad de los tiempos; y luego desde Santa Cruz de la Sierra vuelve en
triunfo a La Habana, pero primero el mito ha reclamado sus manos, igual
que en la vieja hagiografía católica, donde las partes del cuerpo de los
mártires tienen cada una cualidades propias de santidad» (Ramirez
2004).
En tanto, el cuerpo momificado de Eva fue exhumado y finalmente
entregado a Perón en 1971, en su residencia en Madrid. En 1974, ya muerto
el general, sus restos son repatriados a la Argentina, hasta que el 22 de
julio de 1976 —en plena dictadura militar— «tal vez por los mismos miedos
irracionales a ese cadáver, los militares lo enterraron en el mayor
secreto en la bóveda de la familia Duarte. Descansa bajo una gruesa
plancha de acero, a seis metros de profundidad» (Algañaraz 2004). Ironías
de la historia: ese cuerpo incorruptible yace, desafiante como en vida,
junto a la clase social que tanto la aborreció, en la necrópolis más
aristocrática de la capital argentina.

A decir verdad, ambos seres fueron, en algún punto, incompatibles.
Si el Che Guevara «abominaba de los escritorios y se sentía a gusto
predicando su revolución en la selva, Evita disfrutaba en su oficina
regalando máquinas de coser, juguetes o dinero en efectivo» (Gambini
2002). Sus orígenes, vivencias e ideologías no tenían en común más que la
exaltación de sus ulteriores imágenes asociadas a una mitología nacional.
¿Qué efecto ha producido en ellos la maquinaria cultural de la
llamada globalización, simbolizada por Hollywood? ¿Qué historias
prevalecerán, la de los verdaderos seres pasionales y carismáticos que
fueron Eva y Guevara, o la de los personajes globalizados, despojados de
contenido y devenidos en objetos de consumo? Ambas leyendas son anteriores
a la apropiación de sus personajes por la maquinaria hollywoodense. Para
Tomás Eloy Martínez, «los
mitos latinoamericanos son más resistentes de lo que parece. Ni siquiera
(…) el aislamiento del régimen de Fidel Castro ha erosionado el mito
triunfal del Che Guevara, que continúa vivo en los sueños de miles de
jóvenes en Latinoamérica, África y Europa (…) La imagen de Eva Perón ya
está instalada en la historia con tal fuerza y con tantas luces y sombras
como la de Enrique VIII, o María Antonieta, o JFK. La inmortalidad de los
grandes personajes comienza cuando se convierten en una metáfora con la
cual pueda identificarse la gente. Evita ya es varias metáforas: es la de
Robin Hood del siglo XX, es la Cenicienta del tango y la Bella Durmiente
de Latinoamérica»
(Martínez 1996).
Como en el origen de los tiempos, en donde los héroes y las heroínas
contaban con sus rapsodas, los personajes míticos siguen teniendo sus
cantores capaces de extender la fama de sus hazañas y tragedias. En
«Hasta siempre Comandante», Carlos Puebla ha logrado propiciar el
himno del Che cuyo estribillo se ha convertido en emblema de los
revolucionarios años ’70:
«Aquí
se queda la clara,
la entrañable transparencia,
de tu querida presencia
Comandante Che Guevara»
En
tanto, Víctor Jara, en «Zamba al Che», canta el dolor desgarrado
por la muerte del guerrillero:
«San
Ernesto de La Higuera
le llaman los campesinos,
selvas, pampas y montañas,
patria o muerte su destino».
Vicente Feliú dedica a la memoria del Che estos versos de «Una canción
necesaria»:
«Y
haga leyenda tu imagen formadora
y haga imposible el sueño de alcanzarte
y aprenda alguna de tus frases de memoria
para decir: ‘seré como él’, sin conocerte».
y
Luis Pastor canta en sus «Nanas» unas estrofas épicas de cuna:
«Despierta mi niño, que está con
nosotros
un pastor del pueblo que espanta los lobos.
Duérmete mi niño, que es mejor no ver
lo que aquellos lobos han hecho con él».
Eva, a su vez, logró movilizar la fantasía de creadores del cine, la
televisión, la música y el teatro en el mundo. La ópera rock «Evita»,
del británico Andrew Lloyd Webber, estrenada en Londres en 1978, fue uno
de los musicales más exitosos de la época, y su tema «No llores por mí,
Argentina» un suceso musical que se multiplicó en incontables
versiones. Desde entonces, la Evitamanía ha logrado extenderse en
el mundo de la industria cultural, con puestas teatrales y fílmicas que
recorrieron el planeta. Hollywood retomó el musical de Webber y lo llevó a
la pantalla grande, de la mano de Alan Parker, en 1996, con Madonna como
protagonista. El cine argentino le ha rendido su homenaje: realizadores
como Eduardo Mignona, Leonardo Favio, Juan Carlos Desanzo y Tulio
Demichelli han abordado diferentes versiones y enfoques sobre su vida y su
obra. En teatro, además del musical ya citado, Raúl Damonte Taborda
estrenó en París en 1970 una polémica puesta de su obra «Eva Perón»;
Agustín Pérez Pardella escribió «Evita, la mujer del siglo», que
debutó en Buenos Aires en 1980. Años más tarde, Mónica Ottino mostró un
aspecto particular del mito en «Eva y Victoria», al crear un
encuentro ficticio con la escritora argentina Victoria Ocampo, y Leónidas
Lamborghini escribió «Eva Perón en la hoguera».
¿Hasta dónde llega la historia real de ambos seres? ¿Hasta qué punto
existió una adulteración de esa historia capaz de construir una leyenda?
¿El mito los ha convertido en seres inofensivos? ¿Contribuyó a delinear
una imagen contradictoria de sus vidas reales? ¿Fueron Evita y el Che los
seres pasionales que describen los relatos que envuelven a la imagen
mítica de cada uno de ellos? El misterio que rodeó ciertos aspectos de sus
vidas y sus muertes fue alimentando la leyenda, que creó infinidad de
imágenes y de situaciones, mientras ambos se reencarnaban en el personaje
que cada cual ha querido inventarse.
Y en esto radica la sustancia del mito. Rodeado de virtudes
excepcionales —verdaderas o novelescas— que lo dotan de una dimensión
sobrehumana, todo personaje mítico canaliza fantasías colectivas, y queda
definitivamente instalado como arquetipo y paradigma. Pero más allá de la
asociación mediática de sus figuras con determinados clichés de la época,
es difícil prever qué versión quedará arraigada en el imaginario popular a
través de las generaciones venideras. El tiempo seguramente podrá suavizar
el odio en ligero resentimiento, y la pasión exaltada en ternura y
admiración. Pero el mito estará siempre allí, para sostener la llama de
dos personajes que lograron convertirse en leyendas de pasión.
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Notas y
fuentes utilizadas: |
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GABRIEL COCIMANO
nació en Buenos Aires el 10 de diciembre de 1961. Licenciado en Periodismo
(Universidad Nacional de Lomas de Zamora),
ensayista e investigador en áreas culturales, ha publicado numerosos
artículos en medios gráficos nacionales e internacionales (Todo es
Historia, Sumario, Gaceta de Antropología de España, entre otros) y
expuesto algunas teorías en eventos educativos (VI Congreso
Latinoamericano de Folklore del Mercosur). Productor de radio, participó
en espacios independientes (Radio Cultura FM 97.9 y FM 95.5 Patricios)
abordando diversas temáticas: arte, salud, música ciudadana y
espectáculos. En abril de 2003 publicó "El Fin del Secreto. Ensayos sobre
la privacidad contemporánea" (Editorial Dunken).
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