Dios, entre liberales y conservadores
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Jorge Majfud


En Estados Unidos es casi unánime la idea de que los conservadores son gente religiosa y compasiva, mientras que los liberales son progresistas, están siempre a favor de los cambios y de la socialización de la compasión. Si en América Latina un liberal es un indigno servidor del imperio americano, en Estados Unidos es un estúpido izquierdista, en ocasiones algo menos que un traidor a la nación bendecida por Dios.

Pero éstas no son sólo definiciones populares; los discursos moralizantes siempre van acompañados con algún tipo de práctica que los confirman o los contradicen. Por ejemplo, no pocos compasivos conservadores angloamericanos son aficionados a las armas. Con frecuencia son los mismos que se escandalizan del horrible espectáculo que dan los españoles torturando y matando a un toro por placer, mientras su deporte favorito es salir a matar ciervos, pájaros y todo bicho que se mueva, no por compasión sino como civilizada diversión. Hay excepciones: algunos millonarios salen a matar animales para alimentarse, lo cual es un argumento respetable, propio de un alma compasiva. O es un problema de tamaños o simplemente es la vieja historia: los salvajes son los otros, no nosotros. Los mapas de la Europa medieval nombraban a África con el nombre «Barbaria»; para los antiguos griegos y romanos, en cambio, los bárbaros eran los rubios del norte, de la periferia del imperio, and so on.

La última tendencia indica que para ser considerado un buen liberal —si los hay, porque esta calificación ya se usa como insulto— hay que tener al menos valores y principios conservadores. Esta simplificación es producto de la escolarización realizada por los medios de desinformación, especialmente por las radios, donde se opera una paradoja histórica muy común en otros países: los antiguos liberales republicanos son ahora los más radicales (y a veces enfurecidos) conservadores.

Como ya vimos, después del término «conservador» el adjetivo asociado por la repetición del discurso social es el de «compasivo», lo cual indica una eterna sospecha de que un conservador no es un ser compasivo. Algo así como decir «religión tolerante» o «socialista democrático». Si es socialista debería ser democrático, pero como la historia del siglo XX ha demostrado una tendencia opuesta, se une el adjetivo como una forma de aclaración, de advertencia inconsciente. Lo curioso, lo paradójico, es que si hay un calificativo o una condición difícil de acoplar a la categoría de «conservador» es la de «ecologista». En resumen, según los más radicales, la compasión conservadora cosiste en que la limosna que reciben los necesitados sea recibida de la propia mano del donante, en ocasiones a través de una iglesia (de paso Dios se entera) pero nunca a través de un sistema abstracto, impersonal como el Estado. Para que esta lógica funcione, claro, no deberían existir los impuestos —no por casualidad en Estados Unidos las donaciones caritativas se descuentan de los impuestos. Es como matar dos pájaros de un tiro, aunque el santo desconfíe.

La genial idea económica que domina el pensamiento conservador de los últimos cuarenta años es la siguiente: si las clases altas se enriquecen más de lo que ya son, esta riqueza desbordará hacia las clases bajas. El éxito no hay que castigarlo, por lo tanto cuanto más rica una persona menos impuestos debería pagar. Una vez un elocuente arengador radial dijo que los negros pobres de Estados Unidos poseían más riquezas que los negros de las clases medias de África, por lo cual cada negro debía de sentirse privilegiado por haber nacido en este suelo y no en la tierra de sus antepasados. Faltaba que cada afroamericano se lo agradeciera también a aquellos que sirvieron de agentes de inmigración para los asuntos africanos en el siglo XIX. Estas observaciones revelan una mentalidad irreversiblemente materialista; ignora que la violencia moral no se mide en dólares sino en relaciones sociales (lo que puede ser una bendición en un contexto, en otro es una humillación). Esta idea, la idea de las clases bajas recibiendo los beneficios que desbordan de las clases altas, aparentemente dista mucho de ser compasiva, propia de una moral religiosa donde todos somos «hijos de Dios». El principio universalista y democrático de Jesús queda anulado, pero es anulado por otra idea religiosa mucho más antigua: Dios ha querido que haya «grupos elegidos». No obstante, la idea de que la riqueza cuando se acumula en exceso desborda naturalmente, asume que el ser humano tiene un límite en sus ambiciones. Idea que ha sido refutada históricamente por la práctica, con casos honrosos. Casos honrosos que son repetidamente puestos como ejemplos sin considerar que son ejemplos por significar una excepción a la regla y no la regla en sí misma.

Pero el punto que me interesa ahora es el primero. ¿Qué relación lógica, necesaria o, al menos, histórica existe entre ser conservador y ser un espíritu religioso? No vamos a refutar la inocente idea de que para ser religioso hay que ir a la iglesia. Bastaría con que una sola persona se declare profundamente religiosa y anticlerical, religiosa y antidogmática, religiosa e indiferente ante todo tipo de ritual o demostración pública para anular esta condición necesaria. ¿Quién podría negarme el hecho de autodefinirme religioso sin religión? Por un lado, podríamos pensar que está en la tradición religiosa la idea (aunque de origen griego) de que «todo pasado fue mejor» y, por lo tanto, cualquier cambio nos corrompe cada vez más. Por el contrario, la «esencia» del progresismo (pilar central de la antigua Modernidad) es, precisamente, que la historia evoluciona para bien: «todo futuro puede ser mejor».

Ahora, el consenso de que para ser una persona profundamente religiosa debe ser al mismo tiempo conservadora se choca de cabezas con la historia. No conozco un solo líder religioso que haya sido conservador, aunque sin duda eso se debe a mi vasta ignorancia. Tal vez mi conocimiento se limita sólo a los más grandes revolucionarios: Moisés, Buda, Jesús, Mahoma, etc. Incluso Martin Lutero. ¿Qué no fue el padre de los conservadores sino un revolucionario? No por casualidad su reforma se llamó «protestante», aunque bastaría con decir que fue una reforma. Un teólogo podrá decir que una parte de su reforma ponía el acento en un regreso a los antiguos testamentos, pero aún en ese punto, «regreso» significó una profunda confrontación a siglos de autoridad de la iglesia a la cual pertenecía el mismo Lutero. Y si bien fue políticamente conservador en algunos momentos de la lucha de los campesinos, no es menos cierto que sus reformas terminaron por liquidar el orden medieval de organización social, además de negarles al Papa y a su Iglesia la autoridad de interpretar los textos sagrados. Su reforma fue un arriesgado acto de desobediencia y una revolución en las estructuras sociales de su época.

Aún menos en Jesús podemos descubrir algo que pueda ser calificado de conservador. Por el contrario, abundan los ejemplos de su desinterés por el dogma y las convenciones sociales y religiosas de su época. No me imagino al hijo del carpintero saliendo de caza con un grupo de ostentosos fariseos o recriminándole a la viuda por su miserable moneda. Más que desinterés por el poder y el protocolo: sosegado desprecio. Bastaría con recordar cada uno de sus cuestionamientos a la ley, al orden establecido por su propia religión y por la estructura política del Imperio: no se enfrentó al poder político tirando bombas o promoviendo guerras sino negando su valor en la vida humana, es decir, dejando de reconocer la autoridad, desobedeciendo. La idea de dar al César lo que era del César es un desprecio y no una claudicación. Cuando salvó a la mujer adúltera de una muerte segura que imponía la ley de Moisés, lo hizo anulando esta misma ley; no declarando que la ley debía ser ignorada, quebrantada, sino procediendo con un razonamiento muy simple e implacable: «El que esté libre de culpa que tire la primera piedra». Si la ley permanecía vigente, ya no podía haber un juez sobre la tierra que la aplicara. Que es lo mismo que su anulación. Claro que si Jesús hubiese hecho la misma pregunta en nuestros orgullosos tiempos más de un pecador hubiese arrojado no una piedra sino una maravilla de la ciencia. ¿Qué no diría Cristo de aquellos cristianos compasivos que defienden con ardor y serenidad la pena de muerte? No estaría de más recordarle a aquellos puritanos que se golpean el pecho por su alta moral, que no sólo el orgullo es el peor de los pecados, profusamente mencionado en sus libros sagrados (y en los mismos escritos luteranos), sino que el mismo Jesús, cuando fue abandonado y negado por alguno de sus discípulos, fue seguido y llorado en soledad por una prostituta, María Magdalena (aunque los teólogos de batalla han hecho inhumanos esfuerzos por demostrar que Magdalena no era prostituta). Olvidan también que la doctrina calvinista de la riqueza material como signo de ser uno de los elegidos por Dios, se derrumba ante una sola frase de Jesús: «Más fácil será que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al Reino de los Cielos». Hay que ver a Jesús, el hijo de un pobre carpintero que nunca realizó su sueño americano (o romano) porque tampoco le interesaba, cambiando su burro por un Suburban Utility Vehicle o por los confortables primera clase de los aviones que usa el Papa. O la subversiva costumbre de Jesús de rodearse de pobres y enfermos, gente de una unánime clase baja, viudas y quién sabe qué otros marginados que fueron borrados de la memoria de la humanidad trescientos años después, en el Concilio de Nicea, cuando se eliminaron decenas de evangelios que inmediatamente pasaron a ser declarados «apócrifos». O su único momento de furia, expulsando a los mercaderes del templo, tan bien representados hoy en día por las obscenas alianzas «morales» entre políticos, firmas financieras, petroleras e iglesias. (*)

La expresión God bless America (Dios bendiga América) ha sido, en ocasiones, parafraseada y contestada por otros americanos que prefieren decir: God bless America and every country in the world (Dios bendiga a todos los países del mundo). Paradójicamente, estos «liberales» han sido acusados de traidores. Paradójicamente estas acusaciones han venido de sectores conservadores, es decir, de aquellos que profesan la religión del Amor universal de Dios.

Claro que la condición de liberal o de conservador nada tiene que ver con el valor moral de cada individuo. La mentira y la estupidez no es propiedad de ninguno. Pero hay momentos en la historia en que uno de los bandos acumula todo el poder, la soberbia, la mentira propia y estupidez ajena. La costumbre entre los más poderosos es negar acciones inmorales o tomar total responsabilidad por sus errores. En ambos casos las consecuencias son las mismas: ninguna.


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(*) Mateo 21:12: Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; (21:13) y les dijo: «Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones».

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Jorge Majfud. Escritor uruguayo (1969). Estudió arquitectura graduándose en la Universidad de la República del Uruguay. En la actualidad se dedica íntegramente a la literatura y a sus artículos en diferentes medios de comunicación. Ensaña Literatura Latinoamericana en The University of Georgia, Estados Unidos. Ha publicado Hacia qué patrias del silencio (novela, 1996), Crítica de la pasión pura (ensayos 1998), La reina de América (novela. 2001), El tiempo que me tocó vivir (ensayos, 2004). Es colaborador de La República, La Vanguardia, Rebelión, Resource Center of The Americas, Revista Iberoamericana, Eco Latino, Centre des Médias Alternatifs du Québec, etc. Es miembro del Comité Científico de la revista Araucaria de España. Sus ensayos y artículos han sido traducidas al inglés, francés, portugués y alemán.

http://majfud.50megs.com/


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