De Paquetes y Otros Placeres

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Claudio Rizo


Mi paquete está tembloroso, asustadillo, digamos que se encuentra en ese estado de inquietud que sobreviene poco antes de consumarse el acto.

Él, que siempre me ha sido fiel, que ha acudido en mi ayuda en la situaciones más enojosas, sabe que el placer que ventila y las ansias que despierta, tiene sus horas contadas como el condenado que espera la separación de su cuerpo en el corredor de la muerte: sin remedio, sin posibilidad de apelación, sólo le queda el grito desgarrado de su inminente fin.

Ya no valdrá echarnos mano al bolsillo para insinuar a la descomunal morena que se nos ha acercado en la barra de un bar, que nuestros deseos van más allá de una trivial conversación acerca del tiempo o de la última edición de Operación Triunfo; ni siquiera valdrá para convencer a la dependienta que corta en el supermercado finas láminas de jamón con erótica maestría, que, tras el curro, podríamos compensarla de sus afanes en el breve lapso de cuatro o cinco minutos. Porque mi paquete es consciente de que sus días son cada vez más lánguidos y apagados, casi puro pretérito, diría que, ya, insípido al paladar, por más que algunos labios, masculinos y femeninos, lamenten no poder seguir libando todo su aroma en sus momentos de mayor intimidad, ya sea a solas o, mejor todavía, acompañado de la caricia de una mano ajena, altruista o de pago. ¡Qué más da!

De verdad que lo siento, y eso que no incurre culpa ni dolo mío en su pérdida, o mejor: en su castración, pues eso en realidad es, sin epidural ni anestesia de ningún tipo. Y dolor íntimo siento al ver cómo se marchita sin remedio con el lento nacer y morir de los días, dejando la imagen de una penosa arruga arrinconada en el tiempo incapaz de cualquier virtud que reavive la leyenda que en otras lunas fue.

Mi paquete lo era todo cuando desperté al mundo. Daba empaque y algo de señorío a aquel adolescente torpón con granos en la cara, pero que cuando adentraba su mano en la profundidad de su bolsillo, ¡creíase el rey del mambo! Al menos para ese efecto placebo de saberlo dispuesto a la lucha del cortejo, me servía. Pero, ahora, te veo ahí, tan fofo, tan soso, tan esmirriado, tan anunciador de la muerte, que preferiría aplicarte yo mismo la eutanasia, ¡zas, zas, zas!, y se acabó..., antes que tener que salir a la gélida calle el 1 de enero de 2006 para echarte una calaíta.

¡Qué crueles son algunas leyes en democracia, amigo.




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Claudio Rizo es un autor que reside en Alicante (España)
claudiorizo[at]hotmail.com

Lee de este mismo autor el relato:
Aparentemente solo

- IMAGEN ARTÍCULO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©




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