Pavana o la reescritura de la Historia
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Guillermo García


Lanzada a revisar nada menos que los fundamentos de la modernidad, Pavana, la novela del inglés Keith Roberts publicada en 1968, apela para ello a criterios transhistóricos. En efecto, la obra constituye en apariencia un apasionante ejemplo del subgénero de la CF al que Pablo Capanna ha caracterizado bajo el rótulo de «ucronía». En otras palabras: al alterar un hecho de la historia pasada las consecuencias de tal perturbación habrán de repercutir por fuerza en el presente en mayor o menor medida. En este caso: ¿cómo sería nuestro tiempo si un fanático religioso hubiera asesinado a la reina Isabel I de Inglaterra en las postrimerías del siglo XVI?

Sin embargo, apuntamos que el texto constituía «en apariencia» una ucronía. Y ello porque en una breve Coda final se nos revela que la Historia —nuestra historia— ya ha tenido lugar en un lejanísimo pasado y ha concluido en catástrofe. Lo que hemos leído corresponde, entonces, a una especie de «retorno cíclico» de los tiempos que, registrado y previsto por una minoría ilustrada —la Iglesia de Roma—, será por todos los medios «retardado» a fin de evitar la repetición de los eventos correspondientes a su fase terminal, los cuales, de producirse, por fuerza habrán de conducir, de nuevo, a un ominoso desenlace.

Así es como la novela opera, en primera instancia, sobre una de las categorías fundantes de la Modernidad: la del progreso. En Pavana toda noción de progreso se halla atenuada o momentáneamente suspendida no sólo porque el poder dominante de la Iglesia se oponga a ella, sino porque la misma concepción temporal desplegada en la narración rechaza de raíz la mera posibilidad de un desarrollo histórico en sentido «lineal». Los esquemas se repiten cíclicamente y, una vez conocidos, pueden retardarse discrecionalmente, alterando sus causas a fin de eludir sus efectos.

Sugestivamente, y este es el punto más inteligente del texto, el factor sobre el cual ronda la detención del progreso está dado por la supresión de cualquier avance en el plano de las comunicaciones. Roberts acierta al leer en este signo la marca central de lo moderno. Por lo tanto en ese mundo futuro donde el desarrollo tecnológico ha sido obturado, distorsionado o por todos los medios esquivado, la comunicación a distancia se realiza mediante una compleja red de torres de señales designadas «semáforos». Lo notable, además, es que quienes se encuentran encargados de su manejo, esto es, de la codificación y decodificación de la totalidad de los mensajes, pertenecen a una orden casi secreta, la Hermandad de los Señaleros, poderosísima y dotada de grandes privilegios.

La metáfora resulta clara: en ese contexto antimoderno, los mensajes circulan con suma dificultad o, directamente, no circulan. El capítulo dos, acaso el mejor de la obra, describe pormenorizadamente la estructura y manejo de dichos semáforos como así también la estricta y morosa preparación de los futuros señaleros en el arte de codificar y decodificar mensajes según los signos y las reglas de un sistema sólo por ellos conocido. El secreto y el artesanado, pues, se asocian al eficiente gobierno de los semáforos. No obstante, se sabe que la Hermandad dispone de otros métodos para comunicar recados de manera casi inmediata a través del mar y que el vulgo no duda en ligar a la magia.

El texto expone notoriamente la distancia que media, en términos de Walter Benjamin, entre la comunicación artesanal y la mera información. Esta última se vincula a la producción seriada de los mensajes y como tal debe ser pública, democrática y, por ello, ajena a toda clase de misterio. La Hermandad de los Señaleros, en cambio, apoya su poder en el arcano. Arcano cifrado en un código hermético. La circulación dificultosa y controlada de los mensajes representa una de las claves centrales a fin de que cualquier atisbo de modernidad jamás llegue a prosperar.

E incluso: la circulación penosa de los medios de transporte. Se nos informa que a duras penas se han llegado a desarrollar los principios de las máquinas a vapor. Una economía casi no monetaria, sino que descansa en el intercambio de manufacturas, debe apelar para su traslado a formaciones remolcadas por inmensas locomotoras. Sin embargo, estas máquinas, signo indiscutible para el lector contemporáneo de la revolución industrial, ostentan en la obra un rasgo singularísimo que las aparta de aquel referente: carecen de rieles. Si constituyen éstos el signo más acabado de la rigidez e incluso de la inevitabilidad del progreso en la concepción decimonónica, aquí, en cambio, los convoyes circulan libremente por los caminos boscosos y aún por las calles estrechas de las ciudades. El «caballo de hierro» inéditamente transformado: despojado de sus connotaciones «positivistas» y poseedor de una «plasticidad» impensada.

De una estirpe precapitalista, la de los Strange e Hijos, dueña de la flota más importante de trenes, surgirá la semilla de la insurrección final contra el poder de la Iglesia Católica. Verdaderamente «extraño» en ese contexto, un monopolio comercial concluirá quebrando el orden feudal imperante.

Hacia el desenlace de la novela la comunicación se aúna a la técnica en la figuración de las ondas de radio. Ese «lenguaje otro» («¿Esto es un lenguaje?», pregunta alguien), conocido desde una generación antes por los miembros de la Hermandad de los Señaleros y mantenido celosamente en secreto, es vinculado en primera instancia con la nigromancia. Como que en su origen, los artificios técnicos no debieron poderse deslindar de buenas a primeras de un cierto halo mágico fundado en su novedad y su extrañeza. Igualmente en su etapa postrera, al adquirir cada vez perfecciones mayores, habrán de recobrar por fuerza aquel sesgo mágico de sus comienzos.

Pero hay otro mundo ligado a lo mágico, lo mítico y lo arcaico sobrevolando la totalidad de esta obra. Es el mundo de la antigua religión, omnipresente, el mundo de las hadas, de la «gente menuda» que habita en las florestas. La pregunta que liga este orbe legendario con la conformación de una historia alternativa se impone: ¿Qué función cumple lo femenino en Pavana?

En efecto, son las mujeres las que en la novela motorizan la rebelión. Y ello no desde cualquier lugar, sino desde el ámbito específico de la religión soterrada, primigenia. Esto es: desde lo prohibido o silenciado, lo no institucional, aquello que por fuerza se ubica en un «más allá» permanente de los discursos oficiales, es decir, los de la Iglesia romana. El mundo de las hadas, de la «gente menuda», encarna en el dominio femenino con mayor facilidad, casi naturalmente, y de allí pugna por socavar las estructuras netamente monolíticas —masculinas, paternas— de la Iglesia.

En tanto signo multifacético ligado a lo mágico, lo prohibido o lo demoníaco desde la perspectiva del discurso dominante, le corresponderá a lo femenino nada menos que irradiar, primero, y llevar a cabo, después, una tajante permutación del decurso (léase: discurso) de la Historia. En resumidas cuentas: únicamente a través de una estirpe de mujeres, parece sugerirnos el texto, es que por fuerza deberán canalizarse los modos de la revolución.


Bibliografía:
ROBERTS, Keith: Pavana. Bs. As., Minotauro, 1975.



Guillermo García (Argentina, 1966) es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Ha publicado diversos estudios de crítica literaria y un libro de poesías, Evidencias (2003).
ggarciart[at]yahoo.com.ar

Artículo escrito en exclusiva para la Revista Almiar /Margen Cero.
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- IMAGEN ARTÍCULO: Boadicea traction engine Great Dorset Steam Fair, By Timitrius from Great Britain (Boadicea Uploaded by oxyman) [CC-BY-SA-2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)], via Wikimedia Commons.




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