|

|
Lanzada a revisar nada menos que los fundamentos de la modernidad, Pavana,
la novela del inglés Keith Roberts publicada en 1968, apela para ello a
criterios trans-históricos. En efecto, la obra constituye en apariencia un
apasionante ejemplo del subgénero de la CF al que Pablo Capanna ha
caracterizado pormenorizadamente bajo el rótulo de «ucronía». En otras
palabras: al alterar un hecho de la historia pasada las consecuencias de tal
perturbación habrán de repercutir por fuerza en el presente en mayor o menor
medida. En este caso: ¿cómo sería nuestro tiempo si un fanático religioso
hubiera asesinado a la reina Isabel I
de Inglaterra en las postrimerías del siglo XVI?
Sin embargo, apuntamos que el texto
constituía «en apariencia» una ucronía. Y ello porque en una breve Coda
final se nos revela que la Historia —nuestra historia— ya ha tenido lugar en
un lejanísimo pasado y ha concluido en catástrofe. Lo que hemos leído
corresponde, entonces, a una especie de «retorno cíclico» de los tiempos
que, registrado y previsto por una minoría ilustrada —la Iglesia de Roma—,
será por todos los medios «retardado» a fin de evitar la repetición de los
eventos correspondientes a su fase terminal, los cuales, de producirse, por
fuerza habrán de conducir, de nuevo, a un ominoso desenlace.
Así es como la
novela opera, en primera instancia, sobre una de las categorías fundantes de
la Modernidad: la del progreso. En Pavana toda noción de progreso se halla
atenuada o momentáneamente suspendida no sólo porque el poder dominante de
la Iglesia se oponga a ella, sino porque la misma concepción temporal
desplegada en la narración rechaza de raíz la mera posibilidad de un
desarrollo histórico en sentido «lineal». Los esquemas se repiten
cíclicamente y, una vez conocidos, pueden retardarse discrecionalmente,
alterando sus causas a fin de eludir sus efectos.
Sugestivamente, y este es el punto más inteligente del texto, el factor
sobre el cual ronda la detención del progreso está dado por la supresión de
cualquier avance en el plano de las comunicaciones. Roberts acierta al leer
en este signo la marca central de lo moderno. Por lo tanto en ese mundo
futuro donde el desarrollo tecnológico ha sido obturado, distorsionado o por
todos los medios esquivado, la comunicación a distancia se realiza mediante
una compleja red de torres de señales designadas «semáforos». Lo notable,
además, es que quienes se encuentran encargados de su manejo, esto es, de la
codificación y decodificación de la totalidad de los mensajes, pertenecen a
una orden casi secreta, la Hermandad de los Señaleros, poderosísima y dotada
de grandes privilegios.
La metáfora resulta
clara: en ese contexto antimoderno, los mensajes circulan con suma
dificultad o, directamente, no circulan. El capítulo dos, acaso el mejor de
la obra, describe pormenorizadamente la estructura y manejo de dichos
semáforos como así también la estricta y morosa preparación de los futuros
señaleros en el arte de codificar y decodificar mensajes según los signos y
las reglas de un sistema sólo por ellos conocido. El secreto y el
artesanado, pues, se asocian al eficiente gobierno de los semáforos. No
obstante, se sabe que la Hermandad dispone de otros métodos para comunicar
recados de manera casi inmediata a través del mar y que el vulgo no duda en
ligar a la magia.
El
texto expone notoriamente la distancia que media, en términos de Walter
Benjamin, entre la comunicación artesanal y la mera información. Esta última
se vincula a la producción seriada de los mensajes y como tal debe ser
pública, democrática y, por ello, ajena a toda clase de misterio. La
Hermandad de los Señaleros, en cambio, apoya su poder en el arcano. Arcano
cifrado en un código hermético. La circulación dificultosa y controlada de
los mensajes representa una de las claves centrales a fin de que cualquier
atisbo de modernidad jamás llegue a prosperar.
E incluso: la
circulación penosa de los medios de transporte. Se nos informa que a duras
penas se han llegado a desarrollar los principios de las máquinas a vapor.
Una economía casi no monetaria, sino que descansa en el intercambio de
manufacturas, debe apelar para su traslado a formaciones remolcadas por
inmensas locomotoras. Sin embargo, estas máquinas, signo indiscutible para
el lector contemporáneo de la revolución industrial, ostentan en la obra un
rasgo singularísimo que las aparta de aquel referente: carecen de rieles. Si
constituyen éstos el signo más acabado de la rigidez e incluso de la
inevitabilidad del progreso en la concepción decimonónica, aquí, en cambio,
los convoyes circulan libremente por los caminos boscosos y aún por las
calles estrechas de las ciudades. El «caballo de hierro» inéditamente
transformado: despojado de sus connotaciones «positivistas» y poseedor de
una «plasticidad» impensada.
De una estirpe precapitalista, la de los Strange e Hijos, dueña de la flota
más importante de trenes, surgirá la semilla de la insurrección final contra
el poder de la Iglesia Católica. Verdaderamente «extraño» en ese contexto,
un monopolio comercial concluirá quebrando el orden feudal imperante.
Hacia el desenlace de la novela la comunicación se aúna a la técnica en la
figuración de las ondas de radio. Ese «lenguaje otro» («¿Esto es un
lenguaje?», pregunta alguien), conocido desde una generación antes por los
miembros de la Hermandad
de los Señaleros
y mantenido celosamente en secreto, es vinculado en primera instancia con la
nigromancia. Como que en su origen, los artificios técnicos no debieron
poderse deslindar de buenas a primeras de un cierto halo mágico fundado en
su novedad y su extrañeza. Igualmente en su etapa postrera, al adquirir cada
vez perfecciones mayores, habrán de recobrar por fuerza aquel sesgo mágico
de sus comienzos.
Pero hay otro mundo
ligado a lo mágico, lo mítico y lo arcaico sobrevolando la totalidad de esta
obra. Es el mundo de la antigua religión, omnipresente, el mundo de las
hadas, de la «gente menuda» que habita en las florestas. La pregunta que
liga este orbe legendario con la conformación de una historia alternativa se
impone: ¿Qué función cumple lo femenino en Pavana?
En efecto, son las mujeres las que
en la novela motorizan la rebelión. Y ello no desde cualquier lugar, sino
desde el ámbito específico de la religión soterrada, primigenia. Esto es:
desde lo prohibido o silenciado, lo no institucional, aquello que por fuerza
se ubica en un «más allá» permanente de los discursos oficiales, es decir,
los de la Iglesia romana. El mundo de las hadas, de la «gente menuda»,
encarna en el dominio femenino con mayor facilidad, casi naturalmente, y de
allí pugna por socavar las estructuras netamente monolíticas —masculinas,
paternas— de la Iglesia.
En tanto signo multifacético ligado
a lo mágico, lo prohibido o lo demoníaco desde la perspectiva del discurso
dominante, le corresponderá a lo femenino nada menos que irradiar, primero,
y llevar a cabo, después, una tajante permutación del decurso (léase:
discurso) de la Historia. En resumidas cuentas: únicamente a través de una
estirpe de mujeres, parece sugerirnos el texto, es que por fuerza deberán
canalizarse los modos de la revolución.
|
|