Reencuentro con el poeta
Rainer María Rilke


Marcos Winocur







Un siglo atrás, finales del otoño europeo, un joven cadete, que más tarde será oficial del Imperio Austro-Húngaro, lee un libro a la sombra de antiguos castaños en el jardín de la academia militar. Así se cuenta en el prólogo de las Cartas a un Joven Poeta. Todo cuanto rodea al lector, el otoño, el libro, los viejos árboles del jardín vestidos de la gala del cobrizo, todo alega a favor de una causa: que rompa el malentendido, deje su uniforme militar y se asuma como poeta.

El cadete se llama Franz Xaver Kappus. Ahora se le ha aproximado un profesor de la academia, el único civil. Con curiosidad le toma el libro de las manos y, la mirada perdida en el horizonte, murmura: «Así que el alumno Rilke ha llegado a ser poeta».

Kappus apenas lo puede creer. Rainer María Rilke, su ídolo, fue alumno de la academia militar, pasando por las mismas vicisitudes, tal vez se sentara bajo estos castaños y sufriera de crueles burlas e incomprensión... ¡un poeta de su vuelo, alumno en la academia militar! En ese minuto, Kappus decide escribirle, la respuesta de Rilke le llegará fechada el 17 de febrero de 1903 y encabeza las diez misivas que componen las Cartas a un Joven Poeta.

Con el aval de un autor reconocido que no tardará en devenir famoso, de quien será corresponsal, sumado a los propios deseos de ser poeta, la carrera de Kappus —quien acaba dejando la militar— tiene la mejor oportunidad por delante. Y sin embargo, Kappus, según informe de Ana Garralón, no publica ni un solo libro de poesía. Novelas, sí. Libro de poesía, ninguno. Y aquí viene la descomunal paradoja: quien ha quedado como prototipo del joven poeta dentro de la literatura, permanece inédito como tal. Y quizá, después de tanto tiempo, los originales de aquella poesía suya que epistolarmente sometió al juicio de Rilke, hayan sido reducidos a cenizas, como derretida fue por el sol la cera de las alas de Ícaro. Así, cuando nos acercamos a uno de los «astro rey», nos da la paralizante enfermedad del perfeccionismo. «Y donde un grande y sin par artista habla, deben callar los pequeños», declara Kappus en el prólogo y se llama a silencio. Por dos veces: no publicando sus cartas y solamente las de Rilke, y jamás editando su propia poesía.

Muy respetuoso homenaje a Rilke, muy malo como consejo de trabajo. Claro, siempre y cuando la elección esté ya hecha de la manera más firme, casi un apostolado: «basta que sienta {...} que podría seguir viviendo sin escribir, para no permitírselo en absoluto», plantea Rilke desde la primera carta. Tal vez el consejo se impuso y Kappus fue severo juez de su inclinación juvenil a escribir versos. Pero las Cartas habían echado a andar por el mundo, bautizando a su destinatario para siempre como el joven poeta... que no fue y sigue siendo.



RAINER MARÍA RILKE:
EL RESISTIR LO ES TODO


I

Las Cartas a un Joven Poeta, de Rainer María Rilke (1875-1926) fueron publicadas en 1929 por su destinatario, Franz Xaver Kappus. La primera misiva de Rilke, que abre el libro luego del prólogo de Kappus, está fechada el 17 de febrero de 1903, hace un siglo. Un breve libro que, como pocos, ha influido en las letras del siglo XX. Desde entonces, entre tantos que han alzado la pluma en nombre de la literatura, difícilmente se encontrará quien lo ignore.

Las Cartas no se refieren únicamente a poesía sino que son un documento universal, una reflexión lindante con la filosofía, elementos para una ética. La pregunta inicial de Kappus sobre si sus versos son buenos deviene en esta otra: ¿cómo vivir?

El intercambio epistolar fue iniciado entre el «joven poeta» hacia sus veinte años y Rilke, el «poeta viejo», frisando los veintisiete, edad que contaba en 1903. Kappus se decide a escribirle después de leer uno de sus libros de poemas, «confiándome sin reservas, tanto como nunca antes ni después lo hice con ningún otro ser», confiesa en el prólogo. Tal vez sea por ello, por pudor, que Kappus no incluyó en el libro el texto de sus propias cartas. Y ha sido un error: nos ha privado de una clave para comprender a cabalidad al Rilke de aquellos años.

En efecto, cuando la correspondencia se prolonga, una parte de cada misiva es explícita y otra alude a lo dicho en las anteriores, van formando un único cuerpo y aquí nos falta la mitad, las cartas escritas por uno de los dos corresponsales. Con un agravante. Kappus es alumno y escribe desde la misma escuela militar donde Rilke ha cursado estudios años atrás. Creo que esta identidad hace que Rilke se dirija a un Kappus que Rilke fue, y Kappus a un Rilke que Kappus quiere ser. Cada uno dialoga con el otro y consigo mismo, las cartas del joven poeta cobran así un sentido que más nos hace lamentar la ausencia de esa mitad.

Y hay más. La última misiva publicada en el libro es de 1908. «Después —Kappus informa en el prólogo— la correspondencia fue mermando paulatinamente». Entonces, aún reduciendo el libro a las escritas por Rilke ¡faltan cartas! Faltan las posteriores a la última publicada de 1908. Que no por menos frecuentes han de ser excluidas, desde luego.

II

Unos tres años antes de comenzar la correspondencia, Rilke ha escrito el Réquiem para el poeta Wolf von Kalckreuth, suicidado a la edad de diecinueve. Ese hecho lo ha conmovido profundamente y pienso que influye en nuestro autor para decidirse a mantener el contacto con Kappus, otro joven poeta. La línea final del Réquiem dice: «¿Quién habla de victorias? El resistir lo es todo». Naturalmente, se trata de no esperar de la vida los éxitos y que ellos la justifiquen, sino más bien un objetivo modesto: oponer resistencia. ¿A qué o a quién? Al impulso tanático que llevó a Wolf al suicidio. Se me ocurre que la enseñanza rilkeana conduce a hermanarse con la muerte a fuer de resistirla cotidianamente. No a descargar sobre ella el odio. Sabiendo que la última cita le pertenece, dejarla crecer en la interioridad hasta colmar al individuo que supo resistir la tentación de convocarla antes de tiempo, y así la muerte sea consagración de la vida.

Cuando Rilke escribe el Réquiem, Freud plasma sus ideas sobre pulsión de muerte, la cual, como Tánatos y Eros, es la otra cara de la medalla respecto de la pulsión de vida. Ambas, dos exigentes huéspedes, el psicoanálisis dado a descubrir las trampas que el individuo monta para favorecer a la primera, con frecuencia bajo forma de autodestrucción. Rilke, por su parte, habla en las Cartas de la muerte propia que cada uno lleva dentro de sí, idea recogida de un novelista por entonces muy conocido, Jacobsen, cuya lectura recomienda a Kappus.

Freud, Rilke, Jacobsen, Heidegger, desde luego, la idea de la muerte está flotando en el aire para un siglo XX temible: el de los conflictos bélicos, incontables entre naciones y al interior de éstas, y las dos guerras mundiales. La muerte deja de ser en Europa una idea de psicoanálisis, de poemas, de filosofía o de literatura, para aterrizar con violencia y magnitud nunca antes vistas en 1914 y en 1939.

¿Qué hará Rilke? La respuesta está nítida en las Cartas, y será el eje central de su vida: revalorizar la soledad. Es la vuelta del individuo sobre sí mismo para salvarse y a la vez explorar riquezas descuidadas como son los recuerdos de la infancia. Y sobretodo, la huída de un mundo invivible. La I Guerra Mundial fue, en palabras de Karl Kraus, «el ensayo del fin del mundo» al cual todos estuvieron invitados. Rilke rehúsa asistir y hace de la interioridad su escudo. Llama a recuperarla: «somos solitarios», insiste en las Cartas. Así, ella pertenece a la naturaleza humana, no sólo protegerá de las contingencias, sino que es la autenticidad misma: «reconocer que somos solitarios, más: partir de ello», subraya.

III

Para Rilke el poema no surge como fruto de los sentimientos, que muy temprano se adquieren, sino de la experiencia. Como no podía ser de otro modo, la suya está volcada en la obra. Él es el protagonista de su poema titulado Herbstag, él es quien no tiene casa y nunca la tendrá. Un niño que se hace adolescente bajo una educación que no es la merecida por su sensibilidad ni por los nuevos tiempos que aguardan. No se trata el hijo pródigo que retorna y es recuperado, no hay el padre que mande matar la mejor oveja para festejarlo. Entonces, en lugar del hijo pródigo, tenemos al eterno viajero que se busca a sí mismo. Y lo hará tanto en las estepas sin límite de la Rusia de Tolstoi, a quien visita, como en la cerrada angustia del París de Rodin, de quien será su interlocutor y secretario durante un tiempo. De la experiencia de esa ciudad escribirá la novela Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.

¿Está Rilke consciente de su inútil búsqueda, la casa paterna que nunca tuvo ni tendrá? De sus viajes, de sus múltiples cambios de domicilio, surgen provisorios paraderos pero no el hogar. Así, el niño y el adolescente se proyectan sobre quien, continúa su poema Harbstag, sigue solo y solo quedará, reducido a leer desvelado y escribir largas cartas...

La infancia y la adolescencia no son los preparativos para la vida adulta, no son su prólogo, sino edades decisivas. Valen de por sí y se proyectan. Lo dice hoy tanto el educador como el psicoanalista, lo experimenta lúcida y tempranamente Rainer María Rilke, ser de la soledad, del aislamiento, del silencio. Su vida está puesta al servicio de su quehacer creativo. Y en ocasiones, todo lo perturba, así nos relata nuestro autor. Incluso la primavera, que «nunca fue favorable a mi concentración mental, sus energías llevan la tendencia contraria al recogimiento». Las «relaciones con la amada» tampoco escapan. Deben calmarse lo suficiente para dar paso al «pertenecerme a mí mismo con atención no compartida». Y desde luego, los ruidos, siendo en una ocasión patético ejemplo una cercana serrería, «zumbando y chirreando incansable. Mi calma ha quedado deshecha».

Ni primavera, ni amor, ni ruidos. En una página de su manuscrito El testamento, Rilke da cuenta de esos peligrosos enemigos. Desde luego, no son los únicos: la guerra, la «ciega zarpa de la guerra», que tanto llega a movilizarlo para la reserva como le impide desplazarse a París, su ciudad amada. Y también las visitas no deseadas, y todas son no deseadas. Y ciertos estados anímicos como «el disgusto por lo no realizado» y la lista no se agota.

Pide una tregua, declara que su trabajo está en contradicción con su vida. Es a no dudarlo una neurastenia. Pero bienvenida sea si se salda con las páginas escritas por Rilke. Por ese motivo, las personas cercanas, que lo conocen y lo quieren, como Lou Andreas Salomé, lo disuaden de consultar psicólogos. Su neurastenia, como la de tantos grandes creadores, no ha de ser atacada con terapias castrantes, sólo es preciso encontrar las vías de convivencia, de hacerla cómplice.

Puede pensarse que el solitario lo está aún en medio de una multitud por su capacidad de abstraerse. Pero nuestro autor va más allá y concibe la soledad como hecho físico aconsejable no sólo a los poetas, sino a los jóvenes en general frente a la experiencia de las experiencias, el amor. Es algo que de pronto se les da y no están preparados para recibir, y sólo podrán lograrlo a través de un largo periodo de profundo y acrecentado aislarse. Rilke no habla aquí de la soledad como naturaleza del hombre, sino del hecho físico del enclaustramiento como requisito del aprendizaje amoroso. Y nuestro autor agrega: «Perderse en el otro en la entrega y en la unión (en todas las formas) no es todavía para los jóvenes, y en esto yerran muy a menudo y muy gravemente (la impaciencia es propia de su naturaleza)». Es un Rilke poco menos que monástico, difícilmente compatible con la época altamente erotizada que nos toca vivir. Y en cuanto a la soledad diagnosticada para el creador, de lo cual se ocupa largamente en las Cartas, nuestros tiempos la hacen pedazos con la literatura light por un lado y, por el otro, con el incesante parloteo de los medios. Como ruido, la sierra que desvelaba al poeta elevada a la enésima potencia. Como metralla mental, ni hablar.

Por lo demás, la soledad fue sentada en el banquillo de los acusados. Será en la generación siguiente cuando otro grande de la lengua alemana, Thomas Bernhard, quien respeta y valora la obra de Rilke, consagre su novelística a develar los resultados actuales de la soledad. Claro, se trata de la impuesta al individuo desde el exterior. No la que proviene de una libre elección, sino del agobiante mundo actual. Y esos resultados son dos: locura y suicidio. Así, los personajes de Thomas Bernhard, quien, por lo demás, fue un solitario recalcitrante.

Ahora bien, la soledad del poeta es para Rilke tan esencial como creativa, alcanzando el desarrollo más alto de la condición humana, soledad distinta de quien se retrae y se encierra para esquivar los «golpes de la vida». Todos nacemos solitarios, algunos pocos llegan a poetas o artistas, se desprende del pensamiento rilkeano. Muchos son los llamados, pocos los elegidos. De todos modos, el panorama es múltiple y diverso. La soledad como naturaleza del hombre, es un planteo inicial genérico. Y luego: el sujeto fóbico del psicoanálisis, el suicida o el caído en la locura a causa de la soledad que multiplicó sus fantasmas, tal los personajes de Thomas Bernhard. Y se agregan las propuestas rilkeanas: el aislamiento físico para el joven, el creador que se descubre tal en la hora más solitaria... No estoy seguro de que las fronteras entre todas estén muy claras. Sin contar textos como el Eclesiastés que, hace ya varios milenios, ataca por el lado social: «Más valen dos que uno solo porque logran mejor fruto de su trabajo. Si uno cae, el otro lo levanta pero ¡ay del solo que si cae no tiene quién lo levante!». Idea sintetizada en un proverbio latino: Vae soli!, es decir: ¡Ay, del hombre solo!

IV

No, no será el ideal rilkeano de la soledad, el que sea protagonista de su siglo XX, sino más bien lo contrario, la ruptura de ésta. Y a tales fines, paradójicamente, será nuestro poeta quien deje las herramientas listas.

Y todo esto viene a cuento de uno de los acontecimientos nodales del siglo XX en Europa. Que de los hombres hizo robots para convertirlos en carne de cañón, mientras a unos cuantos los llevó a apartarse del mundo, lo más lejos posible de ese reino de la muerte que se había abierto en Europa.

La I Guerra Mundial con las trincheras como cementerio, de los soldados envenenados con gases, está ausente de la obra literaria fundamental de Rilke, y nadie en su sano juicio se le ocurriría demandarlo a este gran velador de la soledad cuya misión fue preservar la vida del espíritu, alejándola de la locura colectiva que llevó a morir a millones. De todos modos, la guerra golpea a las puertas del escritor, así lo documenta la correspondencia cursada, entre otros, con Romain Rolland, el abanderado de la causa pacifista. En El testamento, Rilke habla de «la funesta guerra que ha desnaturalizado al mundo por muchas generaciones». Y explica cómo, en cuanto a él se refiere, ha cortado brutalmente su obra creativa en momentos que se disponía a continuar sus «Elegías de Duino», obra clave de la poética universal. «Finalmente —agrega Rilke—, cuando la guerra había pasado ya a convertirse en el difuso desorden de las sacudidas revolucionarias», pudo cambiar de morada y reiniciar su vida en condiciones más favorables fuera de Alemania.

Y aquí viene lo notable. Un ser tan fervientemente intimista, tan fuera de la política como nuestro autor, recibe, años después de su muerte, una sorprendente acogida: «el resistir lo es todo» salta del poema sobre aquel joven suicida que hemos citado, para devenir consigna de grupos civiles y militares que conspiran contra Hitler en Alemania, años treinta y cuarenta (Otto Dörr Zegers, traductor de textos de Rilke; Proyecto Patrimonio, Santiago de Chile). Y quienes, precisamente, ante el ascenso de la doctrina nazi del exterminio, ante la imparable entronización del Führer como caudillo del pueblo alemán, se dicen: «¿Quién habla de victorias?», y a renglón seguido se contestan: «El resistir lo es todo», que así deviene consigna.

Ese resistir a la pulsión tanática en el poema, se hace herramienta política. Y ésta pide se restituya su lugar a la vida. Es extraordinario comprobar cómo, bajo ese común anhelo, el espíritu poético cobra una virtud trascendente, cómo los frutos de la soledad pueden llegar a devenir causa en el ámbito que menos pudiera imaginarse.

Un poeta de luz existencial, es Rilke. La vida «tiene razón en todos los casos», dirá. Y se me ocurre que también tiene razón la vida cuando nos trae la muerte. A ésta, la individual, la de cada hombre como ser biológico, nuestro autor da la bienvenida y festeja. Contra la otra, la del exterminio, sus palabras fueron recogidas para el «no» al nazismo, y así han horadado el futuro.

















































































Marcos Winocur es un escritor argentino nacido en Córdoba (Argentina).
Doctor en Historia, fue alumno de Braudel, Vilar y Romano (EPHE)

marcoswinocur[at]yahoo.com.mx

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