Estoy leyendo a Sabines *
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Fernando L. Pérez Poza


Estoy leyendo a Sabines. Y siento que no pertenezco a los «poetas modernos: tan sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben: Lucero, lucero, Luz Eros, la garganta de la luz para colores coloreros» y que, como insinuaba él, siempre encuentran el «crítico» a punto de caramelo para dorar y ensalzar el racimo de sus versos. No vivo en el Olimpo de la Fama utilizando su terminología que ahora utiliza con saña el altavoz cibernético para publicitar su residencia en tan incomparable marco escénico, aunque reconozco sinceramente que la poesía se ha convertido para mí en una especie de caballo sobre el que cabalgo a diario quién sabe con qué oscuro propósito, con que sórdido ánimo de fechoría, con que especie de crueldad inusitada que me ha convertido en reo sin ni siquiera haber sido juzgado. Incluso el buscador Google se empeña en reducir drásticamente el número de referencias a mi persona en la modalidad de búsqueda avanzada, lo que hace, inevitablemente, que me pase al del Yahoo, que representa en el activo de la contabilidad anímica de mi ego casi cuatro mil referencias más. Allí sí que saben quien soy yo y, por eso, se merecen figurar de una forma destacada en mi currículo. ¡No faltaría más!

Estoy leyendo a Sabines, porque soy un peatón, como él. Es decir, alguien sobre el que se rumorea que es un gran poeta, alguien sobre el que se comenta que los dioses bendijeron con el don del ritmo, el duende oculto y la resemantización, alguien, en definitiva, al que le brotan las estrellas de la frente y mea cubitos de ternura en el orinal del cielo. Estoy leyendo a Sabines porque, cuando salgo a la calle o regreso a casa o me pierdo entre los papeles de la editorial, siento que tengo atravesados un montón de versos de gente que se cree como yo, sin ser, al mismo tiempo, nada más, que como yo, un peatón.

Y cuando anochece, al igual que reza poéticamente Sabines, veo a la oscuridad ejecutando en el cielo sombrías maniobras de ocultación del universo hasta reducir el mundo a la pierna que duele, a la acidez del dinero gastado, al relámpago de la satisfacción de un deseo en el vértigo desnudo de un trozo de carne amiga.

Tampoco mi cuerpo es una residencia para la desesperación, la fatiga o la alegría, aunque vea mis palabras retratadas en el espejo de un libro o la fantasía multiplique el indicio de la obtención de un gran premio en el otro lado del más allá. Pero de lo que sí estoy seguro, es que no me preocupa Dios, ni su cara blanca y vacía, ni su pinta de mesa de madera, ni su alma de piedra que mantiene atrapada en el núcleo el corazón entero de los muertos.

Estoy leyendo a Sabines porque es domingo y las putas que aún no son putas pasean por la alameda con la flor ensartada en el pelo. Se pasean libres con la ropa limpia, húmedas de vidé futuro, mientras la banda teje pasadobles tuertos en los oídos de la mañana y la gente que permanece viva tras la última semana aplaude con las orejas su libertad provisional. Me conformo con eso, solamente con eso, con leer a Sabines y no tratar de hacer memoria, como los viejos, ni pensar en el próximo embarazo de una compañera que no existe salvo en la raíz profunda de la desmemoria.

Estoy leyendo a Sabines porque me gusta morir poco a poco con la mujer que me mata cuando nos quedamos a solas. Ella es el ojo y yo la luz. Yo soy la oscuridad y ella es el cielo. Y, en unos pocos minutos, lo sabemos todo de los dos, sin necesidad de cambiarle la bombilla a las estrellas, cuando el silencio se va llenando de gemidos y el alma se empelota de ternura.

Estoy leyendo a Sabines porque me gusta recordar la cabellera del humo, descansar en el rellano de un cigarrillo apagado y guardar entre las horas del siempre el relente de esos besos con alas de mariposas que me hicieron morir de ella, aunque, en realidad, no sea más que un tranvía seco que la atropelló para volver a ser el príncipe de las horas.


* Con mi agradecimiento a las hermanas Marisa y Socorro Trejo Sirvent, por haberme invitado al I Encuentro Internacional de Escritores e Investigadores Jaime Sabines, que se celebró los días 23, 24 y 25 de marzo de 2006, en Tuxtla Gutiérrez y San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México, y con mis disculpas por no poder asistir.

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De FERNANDO LUIS PÉREZ POZA, escritor pontevedrés, puedes leer varios relatos y poemas publicados en Margen Cero:

Perdonen que no me levante (relato) / El hombre que se evaporó (relato) / No hay solución (poesía) / El hombre que se cagó a sí mismo (relato) / Diario (relato) / No sé (poema) / Yo sé que estás ahí (poema).

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