Viajar y vivir
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Carlos Montuenga


La vida sólo precisa de la conciencia de ser vivida
para constituir la más peligrosa y fantástica aventura
que pueda pensarse.
María Zambrano


Mi afición a los viajes parece venir de muy atrás; mi infancia fue un continuo deambular por territorios situados en la frontera entre la realidad y la ensoñación, hacia los que me deslizaba sin la menor cautela, con solo abrir los libros de aventuras que se apilaban junto a mi cama. Imposible olvidar las horas imaginadas bajo el mar junto a los tripulantes del Nautilus, las peripecias de la familia de náufragos abandonada a su suerte en los mares del Sur o las hazañas de los caballeros del Rey Arturo. ¿Y qué podría decir de aquellos álbumes de cromos, que como una linterna mágica, sugerían a través de mil reflejos la diversidad inagotable del mundo? Me parece estar viendo las pequeñas estampas que se desplegaban al abrir los envoltorios de las chocolatinas y lo mismo nos conducían hasta escenarios antediluvianos, poblados de criaturas extraordinarias, que desvelaban ante nuestros ojos asombrados los misterios del sistema solar. O aquella memorable colección dedicada a las razas humanas que permitía contemplar, a través de una multitud de tipos de todos los continentes, la belleza de los contrastes que se observan entre los pueblos de la tierra: la distinción de las mujeres alsacianas en traje de fiesta con sus elegantes tocados negros, el gesto enigmático del dignatario mongol o la solemnidad de los indios de América, desde el gran jefe Dakota de las praderas del norte, hasta el habitante del Chaco paraguayo y la niña araucana de mirada triste.

Recuerdo también, de forma muy especial, la sensación de viaje que me producía el lento transcurrir de las estaciones: el tedio interminable de las tardes de invierno en el colegio, cuando faltaba una eternidad para volver a sentir sobre nosotros el radiante cielo veraniego, surcado de risas y alborozo, mensajero radiante del final del curso y del traslado con la familia en aquellos trenes de color café con leche, que salían de la estación del Norte de Madrid rumbo a las largas vacaciones de verano, entre los pinares del Guadarrama.

Claro que, más allá de la anécdota, todo esto tiene muy poco de particular. Raro será que alguien no guarde en el álbum de su memoria recuerdos y vivencias de parecida naturaleza, y el caso es que la inquietud de viajar, ya sea en sentido literal o figurado, parece consustancial a la naturaleza humana. A veces, puede llegar incluso a convertirse en algo casi obsesivo, como cuando nos sentimos dominados por la urgencia de marcharnos a donde sea, tan pronto como una acumulación de días festivos nos empieza a hacer guiños desde algún rincón del calendario. Fenómeno interesante donde los haya, que sin duda obedece al afán mismo de viajar y cambiar de aires, pero acaso también al nerviosismo que sentimos al quedarnos en tierra cuando la bandada empieza a agitar las alas, presa de frenesí migratorio. Viajes por carretera, con derecho a atascos desesperantes, rumbo a playas levantinas para las economías modestas o, si se goza de una situación más desahogada, vuelos a nuestras islas o, mejor todavía, cruceros a destinos internacionales. Y, ¿quién sabe?, al paso que vamos, es probable que, en un futuro no tan lejano, los viajes al espacio exterior terminen por formar parte habitual de los menús turísticos de mayor postín.

Es cierto que pocas cosas son comparables a la delicia de viajar; poder rodar por lugares y países, abrirse al hechizo de la mezquita cordobesa, donde el tiempo parece detenido en los días dorados de los caudillos moros, ver surgir entre las brumas del Kattegat, las torres esbeltas de Copenhague en una mañana lánguida del verano boreal, o contemplar los glaciares que, como poderosos ríos de cristal, afilan sus cauces hacia los valles que rodean al majestuoso Mont Blanc. Pero llegados a un punto, empezamos a caer en la cuenta de que, en el fondo, nuestro instinto viajero persigue otros caminos, y, a veces, desde la inmovilidad aparente de la vida diaria, cuando podríamos creernos más hundidos en el tedio y la rutina, vemos surgir horizontes y perspectivas insospechadas, sin que medie otra cosa que la serenidad de una tarde traspasada de luz después del aguacero, o el brillo de una mirada que nos acerca por un instante al secreto de otras vidas que habíamos supuesto extrañas a la nuestra. Es entonces cuando nos sentimos navegar por un océano sin límites, en el que todo lo que hemos conocido y deseado vuelve una y otra vez, para llevarnos más y más lejos.

Carlos Montuenga es Doctor en Ciencias.
Participa en el Taller Literario del Café Comercial.
cmrbarreira(arroba)hotmail.com


Fotografías: Pedro M. Martínez © 2005

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