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SOBRE LAS CLASIFICACIONES Y
LOS PROSTÍBULOS

por
Alejandro Maciel

(De Los sueños de la eternidad en el tiempo)


No hay manía más propia de un obsesivo que la de las taxonomías; para un buen neurótico de tipo obsesivo-compulsivo el mundo dejó de ser caos o mucho mejor, nunca lo fue y cada cosa ocupa un sitio simbólico tal y como en su realidad cada utensilio tiene asignado un preciso punto del universo del que no debería moverse una milésima si quisiésemos ahorrarle un angustioso sufrimiento. Nada atormenta tanto a un buen obsesivo como el desorden, la impuntualidad (que es el desorden temporal) y la suciedad. Algunos psicólogos definen como «síndrome de Macbeth» [1] a la manía de muchas personalidades obsesivas de lavarse continuamente las manos. He tenido una paciente que no pasaba un día sin haberse enjabonado, enjuagado y secado pulcramente las manos al menos treinta veces. Tardaba dos horas bañándose y en verano incurría en este vicio por lo menos tres veces al día, lo que la convertía en una sitiadora de baños. Calculemos el tiempo utilizado entre las tres duchas y las treinta lavativas manuales y podremos advertir qué la llevó a consultar con un psiquiatra.

La obsesión taxonomista es hija reconocida de la lógica aristotélica en cuyo lecho yace el pensamiento dicotómico. Sé que en Oriente esta forma de razonar es vista con sospecha pero no nací en China o Indonesia y al hilvanar ideas lo hago utilizando el método con el que crecí, es decir calificando y clasificando objetos y fenómenos para ordenar el mundo de la realidad en mi caótico mundo interior. No pretendo volver a las clases de lógica formal ni metodológica pero un simple ejemplo secuestrado del corpus del Liceo de Atenas nos servirá para iluminar la cuestión. El árbol de Porfirio (arbor porphiriana) pertenece al jardín del edén de los sistematizadotes y fue sembrado para tendernos el cabo del hilo mágico que nos llevará desde lo particular a lo general o, siguiendo el camino inverso, desde lo más genérico al individuo que culmina una cadena. El árbol guía una relación de subordinación desde la sustancia al individuo de la que están hechos. En la Isagoge al tratar el tema de las especies dice don Porfirio: «en cada categoría hay ciertos términos generales, que son los géneros y otros que son las especies terminales donde culmina la serie».

El término más general es aquel sobre el cual no puede haber nada más amplio y que abarque más. El más especial es aquel por debajo del cual no puede haber nada más subordinado. La sustancia (lo más general) puede ser simple como la arena que sabemos está hecha de sílice o compuesta como el cuerpo animal que contiene miles de elementos (hierro, carbono, oxígeno, nitrógeno, hidrogeno, selenio, cobre, magnesio…). A su vez el compuesto puede ser mecánico como un edificio o vivo como una mangosta. Los cuerpos vivos pueden ser racionales como Aristóteles o irracionales como el oso pardo. Los seres racionales pueden usar la razón como los políticos o ser mentirosos como los políticos.

¿Será que la realidad está delimitada por el lenguaje como pensaba Wittgenstein o al revés? Si bien el lunfardo no es propiamente un lenguaje ni siquiera un argot sigue siendo un código de comunicación verbal que, según dicen los estudiosos, nació como vocabulario carcelario, criptograma y clave para pasar datos entre presidiarios y reos de toda laya excluyendo lógicamente a la policía. Eran verdaderas «conversaciones en la catedral» del crimen y la ratería. Si nació como sociolecto del hampa creció como huérfano de excelentes poetas del tango y la milonga que lo educaron con estatus de italiano forense. El bastardo no dudó a la hora de tomar prestadas voces de origen provinciano como las del quechua, guaraní, mapuche. Tampoco se negó a dialogar con marineros de Marsella que recalaban en el puerto de la Buenos Aires finisecular. Toda palabra con sonido enigmático habló muy claro para estos buscadores de secretos, charadas y acertijos. Siempre que tal o cual palabra pudiese burlar la aguda oreja policial, se la expropiaba en bien del mal. Pero como bien dice el principio físico «a toda acción se opone otra igual y contraria llamada reacción» (escrupulosamente respetado por la politiquería criolla desde Uriburu en adelante) el secreto murió cuando un comisario de la Policía Federal publicó uno de los pioneros diccionarios del lunfardo, recogiendo el legado que pacientemente, celda a celda y condena a condena fue sembrando la cofradía carcelaria. El lunfardo pasó de ser un criptograma delictivo a discursos de políticos de Avellaneda, madamas de lupanares y poetas del tango.

Rastreé de un modo obsesivo palabras del lunfardo que significaran espíritu, alma, caridad, ética, civismo, desinterés y hallé al menos 10 acepciones de puta, hurto, rufián, fuga y policía. Es como si el lunfardo urgido por las necesidades fisiológicas se circunscribiera casi exclusivamente a las apetencias corporales y el mundo del espíritu fuese un arquetipo platónico oxidado.


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[1] Recordemos que en la obra de Shakespeare la maligna Lady Macbeth instiga a su marido a matar al rey Duncan para quedarse con la corona. Macbeth duda y la llama después de haber apuñalado al rey. Ella roza la espada ensangrentada y maquilla la escena del crimen para culpar a los guardias del asesinato; poco después descubre que conserva la mancha de sangre en las manos. Pasan los meses, las lunas se suceden y Lady Macbeth sigue limpiándose las manos compulsivamente. El genio de William ya intuía lo que después nos reveló el psicoanálisis: que la mancha de sangre no estaba en las manos sino en lo profundo de la conciencia y era inútil limpiarla con jabón.


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Alejandro Maciel, es Médico psiquiatra y escritor.
Nació en Corrientes, Argentina, en 1956.

BLOG DEL AUTOR: El Blog de Alejandro Maciel
(http://alebovino.blogspot.com/)

Otros textos de este autor (en Almiar):
Crónicas desesperadas de dos ángeles en Sodoma | Adán no tuvo padres | El mundo no empezó | Prolepsis del fraude (artículos); Cuentos de la abuelita Nicasia (relato) | Poemas publicados con motivo del IV Aniversario de la Revista Almiar.




Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 40 / junio - julio de 2008
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