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Vademécum
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Fernando L. Pérez Poza
Cuenta una leyenda
narrada por Valerio Peterculo en el Epitome de Tito Livio y recordada por
Apiano, que cuando los romanos intentaron conquistar mi tierra, Galicia, los
detuvo un río, el río del Olvido o Lethero, confín del mundo, que actualmente se
llama Limia, y en cuyas orillas aún hoy en día se celebra la fiesta del Olvido.
Ninguno de los legionarios se atrevía a cruzarlo porque el que lo hacía después
no recordaba nada, ni sus orígenes ni a la familia, y se quedaba a vivir con los
aborígenes, cuestión que he de confesar no resulta extraña si se tiene en cuenta
la calidad de las ostras, los mariscos y la cantidad de baños termales por los
que se caracterizan estos parajes. Pero un día, Decio Juno Bruto, procónsul de
la Hispania Ulterior, lo cruzó y comenzó a llamar a todos los soldados por su
nombre y, éstos, al ver que la memoria no le fallaba, roto ya el conjuro de la
leyenda, decidieron seguirle, momento en el que Galicia pasó a formar parte del
Imperio romano.
Muchos siglos han transcurrido desde aquel
entonces y mucho ha cambiado el mundo. Hoy soy yo, un gallego, el que intenta
conquistar Roma y así dejar atrás el río del olvido literario y habitar la
memoria del tiempo. Voy sin más armas que mi voz y mi poesía y les garantizo,
que al igual que Decio Juno, recordaré cada uno de los nombres de las personas
que quieran sumarse al evento, apoyándome, o contribuyendo a hacer esto realidad
y más aún si deciden, vía web o a través de los cauces establecidos en
ella, comprar alguno de mis libros o el de otros autores a los que he publicado
y contribuir así a aminorar los rigores del invierno económico que
desgraciadamente acostumbra a dignificar la condición del poeta y al cual no soy
ajeno.
La poesía es para mí un modo de vida. Me levanto
por la mañana y enciendo el poema de la luz al subir la persiana. Abro el verso
del agua caliente, lo mezclo con el de la fría para que no se me abrase el alma
y disfruto las metáforas aromáticas del gel mientras me ducho. Desayuno la
sinéresis de una taza de mate y un par de magdalenas y me enfrento a la pantalla
en blanco del ordenador. Unos días se cuela una fábula en mi despacho en la voz
de algún poeta amigo que me viene a visitar o algún que otro aforismo de paso
hacia las páginas de un libro publicado por mi editorial. Al mediodía cocino y
almuerzo unas setas al estilo Martín Fierro o me deleito recitando con el
paladar unos suspiros de monja hasta no dejar ni una estrofa en el plato.
Casi todo es poesía. De vez en cuando me
distraigo, miro por la ventana y mi mente escribe una oda a la desconocida que
pasa ante el taller y de la cual me enamoro y desenamoro furtivamente a la
velocidad del pensamiento.
En mi condición de editor, me llegan palabras
desde todos los rincones del mundo. Se acercan sigilosas, ocultas en el archivo
adjunto de algún e-mail y, de repente, se despliegan ante mí y me golpean la
cabeza o se hunden como raíces en el corazón. Al cabo del día las letras bailan
en remolino en cada una de mis neuronas pero aún me queda tiempo para abrir la
cubierta de un poemario y compartirlo con la almohada antes de escribir un
soneto en la pizarra de los sueños que, por ese motivo, siempre permanecerá
inédito. Algunos adjuntos de los que recibo son crisálidas que se transforman en
la mariposa de un libro y vuelan y recorren de ojo en ojo todo el mundo. Otros,
por el contrario, sufren la terrible delete que los condena al destierro,
lejos del papel y de la encuadernadora, o al suplicio de sobrevivir en el mundo
virtual entre toneladas de versos anodinos. Los menos, como si fueran orugas, se
pierden ocultos en el follaje de un buzón electrónico excesivamente saturado de
misivas desesperadas en busca del milagro de la publicación.
Así es mi devenir, una mezcla de poeta que
intenta revelar pequeños trozos de infinito en la fotografía de sus poemas, y de
cumplidor de sueños, los de aquellos que escriben y aspiran a ver publicado
también esas pequeñas parcelas astrales de su interior y que en virtud del papel
y de la tinta se multiplican hasta dibujar el mapa del territorio poético.
En Vademécum combino poemas de última
cosecha con otros seleccionados que, por una u otra razón, se han convertido en
emblemáticos dentro de mi obra. Algunos son largos y otros cortos, unos más
anchos y otros más estrechos, los de aquí más altos y los de acullá más bajos.
En realidad, los hay de todos los colores, pues la diversidad es uno de los
rasgos que me caracteriza y porque me gusta escribir en todos los registros,
aunque prevalezca casi siempre el matiz lírico.
Es un libro publicado específicamente para una
presentación en Campidoglio (el Capitolio) de Roma, en ese lugar cuyas
escaleras, como me ha dicho más de un poeta, conducen al templo de la poesía y
que es uno de los sitios más emblemáticos a nivel cultural de Italia. Yo no sé
si todos los caminos llevan a Roma, como dice el refrán, pero el mío no cabe
duda de que la había incluido en el mapa.

Vademécum se puede adquirir en la
página del escritor:
http://www.eltallerdelpoeta.com/
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De
FERNANDO LUÍS PÉREZ POZA,
escritor pontevedrés, puedes leer varios relatos y poemas publicados en Margen Cero:
Perdonen
que no me levante (relato) /
El
hombre que se evaporó (relato) /
No
hay solución (poesía) /
El
hombre que se cagó a sí mismo (relato) /
Diario
(relato) /
No
sé (poema) /
Yo
sé que estás ahí (poema) /
Estoy leyendo a Sabines (artículo).
Vademécum fue presentado el día 14 de septiembre de 2007, en la Sala
Carroccio, sede de Campidoglio, Roma (Italia), con la participación de dos
magníficos artistas, la actriz Gabriella Quattrini y el guitarrista Maestro
Lorenzo Loris Zecchin, gracias a los buenos oficios de Fiorella Giovannelli y la
Asociación Cultural L@ Nuo@ Mus@. La presentación del evento corrió a cargo del
poeta Raimundo Venturiello.
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