Índice de artículos y reportajes

Relatos

Música en Margen Cero

Poesía

Pintura y arte digital

Fotografía

Radio independiente

¿Cómo publicar en Margen Cero?

Síguenos en Facebook

Página principal


Sherlock Holmes opina

___________________________________
Guillermo García



Primera opinión


«El mundo está plagado de cosas obvias que nadie
observa nunca en ningún caso»
.

(El sabueso de los Baskerville, III)

Deducción

Aristóteles juzgó que hay dos cosas de las cuales no puede hablarse: lo prohibido y lo obvio. La sustracción del discurso del territorio de lo obvio ha condicionado a tal punto su percepción que lo ha tornado invisible. El policial restituye la palabra —la razón— a lo obvio. El ejemplo se impone: La carta robada, de Edgar Allan Poe. En ese texto se exhiben dos formas de la percepción. La primera, exhaustiva, pormenorizada, es la que ensaya la institución policial y podría ser caracterizada como «visión proyectada hacia lo oculto». La exploración casi milimétrica del ámbito donde se supone ha sido escondida la carta del título, por cierto, fracasa; y ahí debiéramos situar el punto donde una suerte de crisis de lo excesivamente razonado o bien de lo metódico en extremo, emerge.

El segundo modo de la percepción corresponde al detective y no sería erróneo clasificarla como visión de lo evidente: la carta se encontraba a la vista de todos y justamente ese carácter de cosa plenamente ostensible, revestida del impúdico halo de lo extremadamente manifiesto, es lo que la tornaba invisible a la primera mirada.

Lo obvio es lo que no vale la pena ser dicho —léase: representado— y, por eso mismo, lo que se resiste a ser percibido. En lo evidente suelen ocultarse las huellas del crimen con ostentosa eficacia. El investigador, por ello, será un observador constante de «lo que salta a la vista». Su modo de razonar consistirá, primero, en una renuncia al método (que supone un automatismo) para intentar, después, un singular cruce entre reflexión e imaginación.

De nuevo Holmes:

«[Ahora nos estamos acercando] a la región en que sopesamos las posibilidades y elegimos la más probable. Es el uso científico de la imaginación, pero siempre tenemos alguna base material para iniciar nuestras especulaciones».

(El sabueso de los Baskerville)


Segunda opinión

«Creo que todo lo que se aparte de la rutina común
de la vida merece informarse»
.

(El sabueso de los Baskerville, IV)


Deducción


La urbe moderna es el ámbito regido por la estadística. El comportamiento de las mayorías, vale decir, de la multitud, implica una media, un patrón de conducta sobre el cual se funda el edificio de lo previsible. En la modernidad, toda intención profética ha de circunscribirse a lo social adoptando las formas de la estadística. El crimen, en consecuencia, podrá ser pensado a modo de puntual desviación o extravío abrupto del comportamiento normal de la multitud; y el criminal, como aquella individualidad «fuera del común» que se resiste a integrarse a los grandes cuadros de lo típico.

El crimen es lo incomprensible por excelencia, la marca de una alteración en el mar de lo rutinario, aquello que las estadísticas no pueden anticipar. Abocado en apariencia a dar cuenta de esos momentos en que lo previsible sucumbe y las veredas de lo cotidiano se tornan resbaladizas, el texto policial, no obstante, habrá de orientarse a un fin muy específico: la mitigación de un factor atípico y el consecuente restablecimiento de un —momentáneamente— eclipsado imperio de la normalidad, signo indiscutible del orden ciudadano.



Tercera opinión

«Cuanto más absurdo y grotesco
es un incidente, más cuidadosamente
se lo debe examinar, y el punto mismo
que parece complicar un caso,
cuando se lo considera debidamente,
es el que tiene
mayores probabilidades
de dilucidarlo»
.

(El sabueso de los Baskerville, XV)


Deducción

Lo inocultable de todo hecho absurdo, en tanto salta a la vista aún de quienes se resistan a verlo, subraya ese rasgo de singularidad que de por sí le es propio y que, al apartarlo de cualquier parámetro previo, lo confirma en las antípodas de lo habitual, ese lugar de lo fácilmente disimulable tras el telón gris de la cotidianeidad.

Algo tienen en común, sin embargo, lo inaudito y lo convencional. Y es que ambos se sustraen a los asedios del discurso. Lo cotidiano pasaba desapercibido pues por su asiduidad constituía lo que no valía la pena ser observado ni, mucho menos, dicho. Lo extraño, en cambio, sí exige ser develado, mas la unicidad propia de su aparente sinrazón también lo torna refractario a todo intento explicativo —esto es: comparativo—. No obstante, será en la conjunción donde esos dos extremos se anulen recíprocamente y pasen así a constituirse en materia expresable.

El detalle en apariencia intrascendente de lo obvio es justamente el que desarticula y quita efectividad al escándalo de lo inexplicable: el sabueso demoníaco de los Baskerville finalmente dejó una sola huella en la tierra húmeda del jardín, y la débil transitoriedad de ese signo concreto fue causa suficiente para aventar de la mente del detective todo presunto carácter sobrenatural del animal.

El contacto con lo obvio inmediatamente desnuda a lo enigmático de sus complicados ropajes y lo torna inocuo. Aquello que amenazaba con ser excesivo o intolerable se domestica, integrándose al tranquilo reino de lo previsible que la razón gobierna.


Cuarta opinión

«Creo que cerraremos
nuevamente esa ventana,
si no le molesta.
Es algo notable, pero encuentro que la atmósfera
concentrada ayuda a la concentración del pensamiento.
No he llevado esa idea al punto de
meterme en una caja para pensar,
pero ese es el resultado lógico de mis convicciones

[Holmes a Watson antes de evaluar una serie de hipótesis]».


(El sabueso de los Baskerville, III)


Deducción

Tanto el detective como el criminal constituyen habitantes de los espacios cerrados. No por nada el enigma escenificado en un ámbito totalmente hermético fue el preferido de las primeras ficciones policiales. Y ese rasgo de «hermetismo» es aplicable no sólo al aspecto espacial sino al cariz mismo que los acontecimientos presentan y que nadie, salvo el investigador, podrá descifrar. La función de este último personaje consistirá, entonces, en hacer público lo que hasta el momento de su intervención resultó en extremo privado: el asesinato y sus mecanismos. Ese acontecimiento, su ejecutor y el posterior develador componen signos que delatan la contracara del mundo urbano, que es el de la conducta reglada por la estadística. El drama policial y sus dos actores principales se desvían de los patrones previsibles del comportamiento. Seres al margen de cualquier circuito productivo, se resisten a todo intento de tipificación y, separados de todo y de todos, se encierran a pensar. «Tramar» y «dilucidar» se perfilarán, entonces, como las (antagónicas) manifestaciones casi exclusivas de su accionar.

El escenario del crimen y el domicilio del detective adquieren de este modo una suerte de identidad simbólica: ambos representan el reverso de la ciudad moderna, con su pluralidad de calles inundadas de muchedumbres en perpetua agitación y movimiento.


Quinta opinión


«[Winwood Reade escribe cosas
buenas acerca del tema —dijo Holmes.
Hace observar que]
mientras el hombre, tomado individualmente, es acertijo insoluble, el conjunto de los hombres se convierte en una seguridad matemática.
No puede usted, por ejemplo, anunciar de antemano qué es lo que hará un hombre determinado
pero se puede prever con precisión lo que hará
el promedio de una cantidad de hombres.
Eso es lo que dice la estadística».


(El signo de los cuatro, X)


Deducción


He aquí por qué la institución policial, en las clásicas narraciones del género, invariablemente suele fracasar en el esclarecimiento del crimen. La policía trabaja a partir de la estadística y esta «tipifica» a los delincuentes. Demás está decir que el criminal de los ejemplos clásicos será aquel que, contrariamente, se apartará de todo rasgo típico, constituyendo antes más bien un «caso», en el sentido clínico del término. El Chevalier Dupin poeniano lo expresa con claridad:

«[Las acciones llevadas a cabo por la policía] eran buenas en su género y habían sido bien ejecutadas; su defecto estaba en ser inaplicables al caso de ese hombre» (La carta robada).

Desde este ángulo resulta lógico que el enigma de El hombre de la multitud quede sin resolver; el narrador de ese cuento dedicaba la primera mitad a catalogar los tipos de la muchedumbre, pero sus problemas se inician cuando irrumpe en escena aquel elemento en extremo singular que no admite tipificación alguna. Una vez más: el individuo tomado por separado o no integrado a un esquema general «es un acertijo insoluble».

El método fundado en la estadística se muestra como inaplicable al criminal, individuo inclasificable si los hay. Únicamente el detective podrá enfrentarlo porque, también él, representa un caso, una excepción a la regla, un acorde disonante en el parejo concierto de la multitud.

Asimismo, su manera de razonar no habrá de sustentarse en ningún «método» preestablecido sino, según el caso, consistirá en «una identificación del intelecto del razonador con el de su contrario», como bien observó el innominado amigo de M. Auguste Dupin.



Sexta opinión

«Por lo general —dijo Holmes—,
cuanto más extravagante es algo, menos misterioso
suele resultar a la postre. En verdad los que desconciertan son los crímenes vulgares,
sin rasgos distintivos, así como
un rostro común es más difícil de identificar».


(La liga de los pelirrojos)


Deducción

En el fragmento CCCLX de El ocaso de los ídolos, F. Nietzsche ensaya una crítica al modo de conocer de las ciencias que allí denomina «no naturales», definidas como aquellas que toman por objeto a elementos que no son extraños al sujeto que conoce. Sin embargo, agrega, tal cercanía entrañará un «error de errores» por ser lo habitual, precisamente, «lo más difícil de considerar como problema, lo más difícil de ver por su lado extraño, distante, exterior a nosotros».

El error se originaría en la confusión entre los términos conocer y re-conocer, confusión que, por otra parte, la historia del pensamiento no ha hecho más que fortalecer al reducir lo incierto a una idea «que es familiar para nosotros». Pero si «lo conocido es aquello a lo que estamos acostumbrados», el verdadero conocimiento se resistirá a nadar en las aguas de lo habitual. En el fragmento de Nietzsche se vislumbra, así, la renuncia a una perspectiva «automatizada» frente a lo cotidiano en favor de una postura más «problematizada». Tal distinción implicaría un cruce de visiones. En primer término, el automatismo presupondrá una mirada que no toma distancia frente a lo conocido; en cambio, la mirada que considera lo habitual como problema será, básicamente, desconfiada, distante, es decir, que se perfilará como una visión de conjunto.

Una vez más nos encontramos arrojados en el centro de la cuestión (cognoscitiva) planteada en La carta robada. Es el de la policía un ver sin mirar en razón del automatismo que presupone el reiterado ejercicio del método. La carta no aparece, justamente, porque la mirada no toma la debida distancia, por no ser mirada de conjunto sino todo lo contrario: la minuciosidad del procedimiento impone una visión del detalle.

La perspectiva adoptada por el detective, en cambio, se halla libre de los rígidos esquemas que las estadísticas sustentan. Mirada desautomatizada, «oblicua», que nunca pierde la capacidad de extrañarse aún ante la uniformidad cotidiana de lo conocido; la del detective constituirá, en este sentido, una actitud similar a la que, en nuestro siglo, la reflexión estética habría de conferirle a los artistas: esa «especie “materna” entre los varones», según los definiera Nietzsche.


Séptima opinión

«Cuando un médico se extravía
llega a ser el mayor y más temible
de los criminales, puesto que
posee la sangre fría de la ciencia».


(La banda moteada)


Deducción


La ciencia es la forma más elevada de la razón ciudadana y su lógica es la del progreso ilimitado. El punto radica en la forma particular en que el devenir del saber científico tiene lugar. Walter Benjamin observa al respecto que «todo conocimiento debe contener un poquitito de contrasentido», ya que «lo decisivo no es la prosecución de conocimiento a conocimiento, sino el salto en cada uno de ellos. El salto es la marca imperceptible de autenticidad que los distingue de las mercancías en serie elaboradas según un patrón». La diferencia entre lo legítimo del conocimiento y lo ilegítimo de la mercadería está dado, justamente, en ese grado de imprevisibilidad que aparta al primero de la norma; constituye, en otros términos, la diferencia entre el progreso y la reiteración, y será fundamental para la elaboración de una segunda distinción: la que distancia al sujeto del conocimiento del reino de la multitud. Si el accionar de esta última se sustentaba en una lógica de lo previsible, el comportamiento del hombre de ciencia devenido en criminal será, en consecuencia, el que en mayor grado haga alarde de su sesgo impredecible. Según esto, el gesto cientificista constituiría una singularidad —la extrema— respecto de la media que dicta la estadística.

El hombre de ciencia extraviado llega a ser el más temible de los criminales por ser refractario por excelencia a todo intento de tipificación; la sangre fría de la ciencia le confiere ese toque de contrasentido del que hablaba Benjamin y que hace de la razón de sus móviles y del modus operandi para llevarlos a cabo, el mayor y más impenetrable de los enigmas.



__________________
GUILLERMO GARCÍA (Argentina, 1966). es Licenciado en Letras por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Actualmente se desempeña en esa casa de estudios como profesor adjunto en las cátedras de Literatura Latinoamericana I y II. Ejerce asimismo la docencia terciaria y secundaria. Ha publicado en medios nacionales y extranjeros ensayos de crítica literaria. También se ha desempeñado como prologuista y participado en volúmenes colectivos. En el año 2000, su texto Arlt y las ciudades fue uno de los galardonados con el Premio Edenor - Fundación El Libro a escritores sin libro publicado en el género ensayo.
ggarciart[at]yahoo.com.ar


IMÁGENES - (Inicio): Sherlock Holmes - The Man with the Twisted Lip, By Sidney Paget (1860-1908) (Strand Magazine) [Public domain], via Wikimedia Commons | (En el texto del artículo): Houn-53 - The coal-black Hound (Hound of Baskervilles), By w:Sidney Paget (Uploading for w:User:68.39.174.238) [Public domain], via Wikimedia Commons | Holmes - Paget 1903 - The Empty House - The Return of Sherlock Holmes, [Public domain], via Wikimedia Commons.

* Enlace relacionado: Sir Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes (Alejandro Tobar)





Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 35 / agosto-setiembre 2007
MARGEN CERO™ (2007) -
Aviso legal