En el camino
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NACHO VEGAS
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«Reírse de uno mismo es la condición para reírse de todo», dice Nacho Vegas mientras pica un poco de chorizo, un poco de queso, le pega un sorbo al vino y Hache hace lo posible por secar la cerveza que ha empezado a brotar misteriosamente de su botellín y pone cara de niña buena para que no la regañen.

Llegar a Nacho ha sido sorprendentemente fácil, pero eso no quiere decir que no tenga miedo. O respeto, más bien. Ha sido fácil porque su discográfica no ha puesto mil reparos, porque no me han vacilado con cambios de fecha ni escenario, porque la casualidad ha querido que la FNAC le llamara para dar un pequeño concierto y, después de todo, tiene el sábado libre y podemos comer juntos.

Lo complicado ha sido, precisamente, encontrar un sitio abierto a las cuatro y pico de la tarde. Estamos muertos de hambre: el cantante misterioso, los dos chicos de la discográfica, el bebé de Carmen, el fotógrafo que ha estado con Nacho en el Parque del Oeste preparando la portada de una revista —aunque no me quieren decir cuál— Hache y yo.

No es el tipo más famoso del mundo. No vende cientos de miles de discos. Probablemente, Diego Cantero o Los Peces acaben teniendo muchos más fans, pero lo que me intimida de Nacho Vegas es la solemnidad de sus seguidores. Hay en torno a él un perfume de misterio. No sólo en su música sino en la interpretación que se hace de ella.

Con todo, lo que me llamó la atención de él no fueron sus canciones, fueron sus títulos: Desaparezca aquí, Esto no es una salida... Para un chico escritor que quiere ser Bret Easton Ellis eso es suficiente para pedir una entrevista, y nada más verlo, le regalo un ejemplar de «Lunar Park», su última novela, que aún no está editada en España y él al principio no quiere aceptarlo, pero yo le digo «no te preocupes, cuando nos volvamos a ver me lo devuelves» y le parece bien.

Es una conversación literaria, al menos al principio. Reivindicaciones de Ray Loriga, de Bret, de Dennis Cooper, de J.D. Salinger. «La literatura y el cine están un paso por delante en la denuncia, en el ir contra el sistema. Es difícil transmitir lo mismo con canciones», asegura, «En Estados Unidos o en Francia sí se hacen obras de denuncia social, pero aquí no». Menciono a Fernando León de Aranoa pero los dos sonreímos: «Se queda en la superficie, está buscando como una especie de empatía con el espectador y no se trata de eso. Se trata de mostrar la suciedad tal y como está, sin envoltorios, sin princesas…».

La música tomada como relato, como poesía… de ahí sus canciones de siete-ocho minutos, llenas de personajes al límite, entendidas como apologías del fracaso, pero entendidas mal. Nacho Vegas no se deleita en el fracaso ni en la mediocridad: «Los que pretenden ser menos mediocres son los que más caen en la mediocridad». Fantasear con muertes y vidas dramáticas, sí, pero con una risa en la boca, tirando hacia delante, sin regodearse en el pesimismo.

El costumbrismo mezclado con el sentido del humor y la ironía, algo más allá de lo que se cuenta. «En el rock hay que ser muy certeros, porque hay poco espacio», confiesa, mientras Hache se fija en sus uñas largas, esas «garras» que rasgaban Ocho y medio, «El hombre que casi conoció a Michi Panero», «Nuevos planes, idénticas estrategias»… y, por supuesto, cita a Bob Dylan, a Leonard Cohen, a Johny Cash —a quien tanto debe estéticamente, desde luego— pero también cita a Vainica Doble y es una de esas referencias que le hacen a uno levantar la vista de la libreta.

Vainica Doble. Uno de los mejores grupos de la historia de la música española, reivindicado tantos años después por un «gurú» del mundo «indie». ¿Él sabrá que la mayoría de sus seguidores no tienen ni idea de quiénes eran Carmen Santonja ni Gloria Van Aerse? Probablemente, sí. Sus seguidores se deleitan en una estética de perdedor que le persigue. La «estética del antihéroe» de la que tanto huye Lichis, por ejemplo.

«El fracaso es un concepto pervertido», dice Nacho, mientras no deja de fumar —eran otros tiempos, allá por 2005— «parece que triunfar, ahora mismo, sea algo obsceno. Fracasar es algo inevitable, sí, pero es una manera de aceptar el camino». Efectivamente, para cambiar algo es necesario saber exactamente qué es lo que se quiere cambiar. Distancia crítica, pero nada de desapariciones ni pesimismos exagerados, suicidófilos…

«Tiene que haber un punto de esperanza», insiste, «incluso en el pesimismo. No hay que regocijarse en el fracaso». Ejemplos: el «blues» de los años 30, o, sin ir tan lejos, Nirvana, por mucho que lo que se quiera vender de Kurt Cobain sea su muerte y no su vida.

Es un difícil equilibrio. Una vez lo llamé «vitalismo pesimista». Lo que no me mata me da una patada en el culo hacia delante, ese es el mensaje. Sí, podemos contemplar a Miss Carrusel con pena, con lástima, intentar salvarla…. o podemos gritar llenos de orgullo su nombre en el andén. Personajes límites que no nos tiran hacia abajo, que nos empujan hacia arriba.

Lo que hace de Nacho Vegas un compositor especial es su manejo genial de la distancia: «Sin distancia, una canción no funciona». Errores, sí, pero sin literatura. Un cielo negro, muy negro… pero que es nuestro cielo, y Hache sonríe cuando hablamos de esa canción por tantas noches que hemos gritado juntos buscando la calle Covarrubias y disparando como Kevin Ayers a una luna llena (tan, tan llena, que no, no voy a fallar, que no puedo fallar).

Lo dicho: tenía miedo a que Nacho fuera un «divo», un hombre encumbrado por la fama que le precede, un genio con aires de grandeza. Fue un icono en Manta Ray y cada uno de sus cuatro discos ha sido objeto de veneración por parte de críticos y compañeros de profesión. Todo lo contrario. Soporta con paciencia incluso mis preguntas más torpes, no dice nada sobre la sospechosa presencia de Hache, que se muestra incapaz de hacer ningún comentario aparte de «¿Vas a tocar en Sevilla, no?» cuando hablamos de planes de futuro, que me mira con cara de no soportarme cuando recurro una y otra vez a Miss Carrusel…

No, Nacho es un tipo encantador. Interesante, sí, pero eso ya lo sabíamos. Nos faltaba lo otro, y es que de gente interesante está el mundo lleno, pero eso no basta. A mí no me basta, lo siento, soy demasiado ambicioso. Queda comida pero no quedan preguntas y la cosa se desvía hacia Benjamín Prado, José Ángel Mañas, Christina Rosenvinge —«es la única con la que me encantaría colaborar y no descarto hacerlo en breve»— Sonic Youth, Blas de Otero…

Todo hasta que se vacía la última bandeja de embutidos, Carmen se hace cargo de la cuenta, Nacho vuelve a darme las gracias por el libro, el bebé duerme, Hache mira la hora en su móvil naranja y nos despedimos. Nosotros vamos hacia San Bernardo, ellos vuelven hacia Pintor Rosales. Madrid es una ciudad pequeñísima. Cualquier día nos volveremos a ver.

Callejeando detrás de Princesa, pasando la Sauna, llegando al Metro. Hache, aún superada, como sin reaccionar. Llamadas perdidas y mensajes sin contestar. «Gracias», acierta a decir, y me hace sentir un poco violento. Espero que no les importe, se lo dije al principio: tiendo a hablar demasiado de mí… y si me conocieran bien, sabrían que cuando no hablo de mí, hablo de Hache.

Reescribiendo la espiral…


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Entrevista por Guillermo Ortiz López (http://www.guilleortiz.com/)
Imágenes del artículo cedidas por los autores para esta entrevista © 2006

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