ALGO QUE ACARICIA
Y ALGO QUE DESGARRA

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Víctor Corcoba


Está visto que la aparente riqueza material no hace más feliz a las personas. El abusivo afán por hacer fortuna puede llevarnos a una esclavitud desgarradora. Hay caricias que matan y penas que ni cantándolas se olvidan. La felicidad la dan otro tipo de cantares, aquellos que nacen de la torre del alma, con la idea de que el bien común reine y gobierne en todas las familias. Desde luego, la vida es una orquesta que no admite solistas, ni comportamientos egoístas. Necesitamos otros latidos, otras seguridades, como es la de poder confiar en las cuerdas del corazón humano. Si perdemos la familiaridad de ayudarnos a convivir, tomará partido la insatisfacción en nosotros. Seremos como un amante sin amores, a la búsqueda de placeres viciados, al igual que un violín estrangulado al que no se le ha dejado expresar sus sentimientos.

Las noticias manchan el cielo con sobredosis de salvajadas. Muchos son los que pierden a diario el sano juicio de discernir. Ahí está, como botón de muestra, el fuerte incremento de adicciones a todo tipo de sustancias y bebidas, verdaderamente alarmante. Somos una sociedad viciada y enviciada hasta el punto de perder todos los papeles. También el del sentido común. Por tanto es un problema social que debemos reconsiderar. Pienso que hemos dañado los buenos modales y todos los estilos, también el de una vida más saludable que tenga un efecto positivo, tanto para la mente como para el cuerpo. Una sociedad sin drogas dicen que es posible, convendría que lo fuese. Tendríamos que cambiar hábitos y valores, dejar de bailar con la muerte, plantarse y plantar voz a los farsantes que nos quieren implantar escombros en el alma. Ya está bien de que nos canjeen como un muñeco de feria, por un puñado de pasta, como si uno fuera un ganso en venta. Tras ilusorias caricias, se esconden nombres que confunden y ciegan descaradamente, como la píldora del amor, que para nada hace honor a su nombre.

Desde hace un tiempo a esta parte, hay mucho que desgarra y poco que nos enternece. Al igual que dijo el poeta: Yo también invoco la paciencia divina y la pongo por madrina en este loco diario de muerte que soportamos. El bautizo de la ecuanimidad es tan necesario como urgente, precisamos de otros vientos más humanos. Andamos sedientos de verdad; y, la verdad, nos la oculta el poder corrupto. Pero la gente busca, quiere encontrar otro clima más llevadero y convierte, a pesar de las muchas fuerzas contrarias, el «Pequeño Catecismo Eucarístico: Tesoro escondido», en best seller mundial. El rostro de don dinero es una caricia poco saciable y nada socializable. Ya que los españoles tenemos fama de buenos emprendedores, podríamos emprender una nueva mística, para que se nos ablandara el corazón, porque sólo así se pueden fomentar los espacios de encuentro, mediante un afectivo diálogo interreligioso y efectivo culto a la cultura de la autenticidad. La actual cultura es la ironía de un pensamiento mediocre subido a las alturas ideológicas. Basura interesada, contante y sonante.

Si en verdad se diesen otras atmósferas de aire limpio, la mugre no saldría tan a flote. Estos cariños de quita y pon, de usar y tirar, son el reflejo de una sociedad enfermiza. Trastorno que está siendo aprovechado por algunas agencias de viajes, mediante un reclamo vacacional excitante e incitante, bajo la guinda apetitosa de probar nuevas sensaciones. Casi siempre es lo mismo, sexo puro y duro. Ahí están sus efectos, este deseo desenfrenado ha llegado a las aberraciones más humillantes, a la explotación de mujeres y niños en un comercio sexual sin precedentes, algo que constituye un escándalo mundial al que hay que ponerle freno antes que la bestialidad nos amortaje la vida. Es preciso hacer todo lo posible para que el veraneo no llegue a ser, en ningún caso, un mercado de carne humana, una forma cruel de acrecentar la legión de explotados y explotadores, sino que sea la ocasión de un útil intercambio de experiencias y de un conversar fructífero entre distintas razas y ritmos. Creo que es el momento de un mayor control de personas, sobre todo de esos caraduras vestidos de honestos turistas que, con un puñado de euros, quieren satisfacer sus instintos más animales, con las personas más débiles y necesitadas.

Bajo esta forma de matar la inocencia, la sed de caricias rompe todas las cifras. Se agradece: donar vida, legar luz, ceder poesía. Todo en plural para la pluralidad. Y que ascienda lo poco humano que nos quede, en progresión recíproca, multiplicadora, corazón por corazón. Y que los latidos se enraícen en valores universales, los que hacen vibrar las estelas del cielo, aquellos que propician derechos iguales y oportunidades para todos. Esto es lo que hace falta. Este cuidado no desgarra. Antes bien, tranquiliza y equilibra. Por un poner, el que las manifestaciones contra la pobreza vistan de blanco a España, sobre todo debe hacernos reflexionar y no quedarnos sólo en una lluvia de colores. Detrás de tantas hambres está la irresponsabilidad de gobiernos que no respetan los derechos de la persona y, también, gobiernos con abultadas nóminas por los servicios prestados.

Habría, pues, que retomar bondades perdidas y restaurar cementerios de palabras que nada nos dicen, sembrar ternuras e injertar afectos olvidados, sin blanduras, laborar esencias para que vivir sea favorable al amor; puesto que la vida es un compartir, entregarse hasta el extremo de los propios límites, o como nos legó con su ejemplo la Madre Teresa, en su creciente hoja de servicios, que servir es «amar hasta que duela». Si así fuere la práctica del amor, no haría falta reivindicar lo de «pobreza cero, sin excusas». Por desgracia, sucede que las caricias rayan como lengüetas en llamas a la primera de cambio y, así, resulta complicado dar un paso, sin pensar que en el renglón de la vida hemos dado un paso en falso. Eso de dar cariños de yedra, comprender y comprenderse, deshacerse en versos y hacerse en atenciones al que nos necesita, más bien no está de moda. A sensu contrario, sí lo está avivar otro tipo de oleadas, como la violencia y el empobrecimiento que supone para la sociedad de la opulencia el declive de las humanidades. Si todas las pobrezas son crueles para la persona, olvidar la del pensamiento también es una locura, sobre todo para no tragar lo de gato por liebre.



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Víctor Corcoba
es un escritor que vive en Granada; licenciado en Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados.

CORCOBA@telefonica.net




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