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Algo más que palabras

por Víctor Corcoba Herrero


Los cooperantes en
tierra de ayuda


Si las personas son el sujeto del desarrollo y su meta es un imperativo ético, la adhesión de cooperantes en tierra de ayuda ha de recibirse como agua de mayo. En consecuencia, cualquier apoyo que contribuya a sumar fuerzas y a multiplicar acciones de este tipo, debe hacerse realidad. Por ello, considero que es bueno que la ordenanza exista, que estas gentes tengan su propio reglamento, que se cumpla escrupulosamente. A tenor de las andanzas, viendo su trayectoria de generosidad, es la mejor manera de no predicar en el desierto y promover en la sociedad española los auténticos valores cívicos de la solidaridad que precisa el mundo, sobre todo los habitantes de países desfavorecidos. El panorama es bien claro: Por un lado están los que poseen y desarrollan los medios de crecimiento, y por otro, los que acumulan deudas. El mundo de los cooperantes existe por necesidad de justicia, porque hay mecanismos perversos que obstaculizan el desarrollo de los países menos avanzados. Protegerles, pues, es tan necesario como justo.

Los cooperantes son como ángeles protectores, dispuestos a llevar optimismo donde sólo germina la tristeza. Admiro sobremanera el brío de esperanza que llevan consigo, el afán y el desvelo que les mueve por barrer la desmoralización. Es una forma de andar injertando sonrisas de vida a los que sin vida viven. Ahora el Gobierno aprueba su Estatuto, mediante el que se reconoce el trabajo de este colectivo y se dota a la cooperación española de instrumentos para que su labor sea más efectiva. El afecto de la admiración ciudadana ya lo tenían. Seguramente contribuirá lo reglado a aumentar el vocacional orbe de los cooperadores. Pienso que es bueno para el mundo cooperar cada vez más eficazmente en la tarea de extender el brazo para que se apoyen en él, los que ya no pueden ni mirar al cielo, porque hasta los ojos le pesan una eternidad. Participar la luz para recorrer juntos el camino es una ilusión por la que vale la pena luchar. Trabajo no les falta a los cooperantes. Estamos saciados de sufrimientos, incertidumbres y penas. Ellos ponen el corazón lleno de amor al servicio de los necesitados, han de ponerlo sin interés alguno para ser verdaderos cooperadores cooperantes de causas que una buena parte de la tierra considera perdidas. Su carné de identidad, no es otro que el de la generosidad en el más puro verso. Son servidores de la vida porque la sirven en lugares en que sólo habita la muerte. Se precisa amar mucho para ir a esta guerra.

Por ello, estimo mucho su valor y su valía. Más que reconocerles la tarea reglando su labor, que está bien que se haya hecho, conviene ante todo conocerles y emplearse como ellos. Imitarles, en suma. Está permitido el plagio. Ser operantes y cooperantes es razón de vida. Todos los vivos, en virtud de la existencia, somos corresponsables de auxilio. En cualquier caso, creo que para ser cooperante más que persona física hay que ser persona humana. Condición primera. Tampoco hace falta ser mayor de edad para arrimar el hombro. En cuanto a poseer acreditada formación o titulación académica oficial, prefiero gentes con conciencia que es la que en verdad produce frutos. Tan importante es la cooperación material como la espiritual. No lo olvidemos. Cuando se vive la colaboración, cuando se crece en la cooperación, se ayuda de manera objetiva a vivir y no vegetar.

El testimonio de vida del cooperante, cuando en justicia es como el poeta que sale a cosechar estrellas para iluminar horizontes, es un apoyo que perdura como el verso. Poco importan las experiencias profesionales si el corazón se para o se pierde en programas o proyectos. A veces habrá que sacrificarse, beber sufrimientos, llevar la cruz del dolor consigo y junto a ellos, dando nuestra propia vida en servicio de otras vidas. Los solidarios cooperantes, son héroes que han sabido interpretar y leer en el libro del universo ¡Qué mayor docencia! Si mayor felicidad hay en dar que en recibir, también mayor gozo hay en donar vida que en tomar bienestar —le oí decir a un cooperante. Sólo hay que ponerlo a prueba para vivirlo.

Me consta que son miles de cooperantes españoles los que realizan un trabajo de entrega generosa, de ayuda incondicional a países en desarrollo. Por desgracia, abundan los ejemplos de obstáculos a la solidaridad del cooperante debido a posiciones políticas e ideológicas que, en la práctica, impiden o limitan que se hagan realidad. En este sentido, que los cooperantes tengan mayor seguridad y dignidad en el desarrollo de su trabajo, es una cuestión de razón que los gobiernos han de tratar de paliar. El Estatuto puede ser un buen respaldo. Hay que llevarlo a la práctica. Por tanto, puede ser un paso adelante el que se defina el concepto de cooperante y se regulen sus relaciones jurídicas, como el que se potencien políticas y programas que instauran relaciones abiertas y honestas entre los pueblos, forjando alianzas justas de cooperación sincera. Pero, sin desoír, o desestimar, otras formas solidarias. Se me ocurre la de los misioneros. Tales iniciativas, unas y otras, todas copartícipes del bien para toda la humanidad como mensajeros que son del amor, no han de ignorar las diferencias reales que tenemos los unos con los otros, de carácter lingüístico, racial, religioso, social y cultural; tampoco se debe desconocer la ley del hielo, tan propiamente humana, que nos dificulta superar antiguas divisiones; pero siempre hay que poner en primer plano los elementos que nos pueden unir, por pequeños que puedan parecer.

Si en los misioneros su motivación es el amor evangélico a Dios y al hombre, con atención primordial a lo que en él tiene valor prioritario: su alma, donde se juega el destino eterno del hombre: «¿Y qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo y perder su alma?»; en los cooperantes también su estimulación ha de ser la de ser sembradores de éticas. El motor siempre es el mismo, el amor. Esto no cambia. Sin amor no puede existir la cooperación, ni el cooperante. Por eso es tan complicado establecer una relación laboral equiparable al servicio cooperante. Sobrepasa toda regla, aventaja a toda norma, supera toda jornada de trabajo. Ser cooperante hoy en día, aparte de ser una imperiosa necesidad, es estar en guardia permanente. Es una actitud de vida que no puede, ni debe, equipararse con profesión alguna. Sin embargo, considero que es de justicia que los Estados estén como sombras protectoras, respaldando a los cooperantes para que la cooperación no sea malentendida, ni tergiversada políticamente. En cualquier caso, advierto que vivir con esos nobles ideales de cooperante, tomar por bandera este alto compromiso social, es una santa misión o una salvadora hazaña para llevarla a los altares de la admiración; puesto que la lucha internacional, por el desarrollo y la erradicación de la pobreza, es un deber que a todos nos obliga.



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Víctor Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados.
CORCOBA@telefonica.net




Ilustración artículo: Fotografía By Jorge Daniel Czajkowski (Propia) [CC-BY-SA-2.5 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.5)], vía Wikimedia Commons.







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