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Hay revistas con las que uno nace a la vida. Con ellas
se ha crecido en todas las direcciones. Son como ese árbol de familia,
álbum de sensaciones, en la que todos sus miembros participan. Santa Rita
y el pueblo cristiano es un fiel ejemplo. Ahora se cumple el primer
centenario de su fundación y uno de sus actuales activistas, Fr. Luis Vela
Vázquez, creador de la novela histórica sobre la ejemplar santa, con 1875
capítulos, todos ellos insertados en la revista veinticuatro años
ininterrumpidos, nos anuncia que para celebrar tan importante efemérides,
se han programado un amplio abanico de actos culturales, donde todas las
artes, sin excepción alguna, van a tener cabida y todas las
participaciones consideradas. Seguro que se cumplirán todos los sueños,
teniendo como guía a Rita, una santa que pasó por todos los estados
(matrimonio, viudez y vida religiosa) cumpliendo sus deberes con la mayor
exactitud posible y todo por amor de Dios. Por cierto, habría que poner
ese amor de moda en esta Europa de sueños más que de realidades. Pienso
que prescindir del patrimonio espiritual, por muchos cánticos que se hagan
a los derechos humanos, es como rescindir el alma de los pueblos y dictar
letras sin poesía.
Personalmente, cada día, me entristecen más los
periódicos. Soy lector de prensa antes que de otros medios. Dar una
cabezada y que se te caigan las páginas al suelo tiene su descanso
meditativo. Lo malo es que últimamente no soy capaz de coger el sueño.
Vierten, por todas sus esquinas impresas, más dolor que divertimento. Esa
cruz me inquieta la dulce manera de volar. Hablaré con Fray Luis, que
tiene trato directo con la Abogada de los imposibles, para que se produzca
alguna esperanzadora noticia. La necesito como agua de mayo, en invierno
seco. Me desespera la espera de no tener a la esperanza conmigo. Yo lo
intento. Navego por el abecedario del aire, recolecto palabras y el que
escribe no soy yo, sino otro. Es el otro Borges al que le suceden las
cosas, decía el escritor con intención de disculpar la misteriosa
aparición de la palabra escrita. O escribo sin vivir en mí, venía a decir
una de las más sublimes tejedoras del verso, la mística Santa Teresa. Esa
misma sensación de dudas y de dimes, también está en nuestros días; como
necesidad de luz. Ya se sabe: el dilema lleva al examen. Y el análisis, a
la verdad. A la sazón, falseada en ocasiones por dioses injustos que nos
enrejan y rajan, cuando discrepamos.
Reconozco que me afanan otras conquistas que han caído
en desgracia, como es la de hacer valer los valores de la vida. Parezco un
bicho raro en un mundo de relinches y rabias. Realmente, que te traten
como una cosa es un caso de lo más repelente y repugnante. Cuestión que
empieza a ser normal, con la anormalidad de odios y venganzas que genera
este tipo de tratos, sin sentimiento alguno, que me recuerda a los
tratantes de ganado. El que grupos exaltados protagonicen incidentes y
tomen la justicia por su mano, es un claro paradigma de lo poco que vale
la palabra dada ahora y el confuso sentido de la paz. Ante estos hechos
repetitivos, habría que romper cadenas y abrochar versos, abrir puertas y
ventanas como lo hicieron nuestros padres fundadores de la lengua
cervantina, para poder escuchar al viento, con el oído del corazón, y
dejarse llevar por los paisajes abiertos a un nuevo albor; donde si algo
tiene que hervir, que lo sea la quietud.
Cuando el lenguaje era el origen del amor y el amor la
ternura del diálogo y el diálogo la voz de la conciencia, escribir era
como ser notario del tiempo; hoy, es otra manera de venderse a poderes que
desacreditan el alma. Se hace cada vez más clara la conciencia de que la
unidad es algo que hay que cultivar en la globalización, en plan humilde y
sin cerrar bocas, porque a la verdad no se llega altivo y menos siendo
sectarios. La mayor de las responsabilidades actuales puede que sea el
total abandono a la moral, donde Dios no tiene sitio, la televisión es la
que educa y uno vale por el bolsillo lo que debiera valer por el corazón.
Una llave que tenga su precio en oro abre todas las cerraduras, mientras
otra que lo tenga en corazón, se le destierra o utiliza.
Ayala, que ha construido un mundo narrativo
caracterizado por el desencanto y el sarcasmo, refrenda que el libro es
una necesidad para el organismo. Me sumo a esa acertada recomendación.
Ciertamente, necesitamos palabras que nos alerten, alienten y alimenten el
espíritu. Lo tenemos hambriento y cansado. Cuidamos únicamente el cuerpo,
aparentando lo que no debiéramos ser: superficialidad y carne. Navegar en
soledad por las olas del lenguaje y bañarse de silencio para rescatar
encierros, en un mundo de desconciertos más que de conciertos, puede ser
una buena terapia. Ya me dirán, pues, cómo se curan los dolores del alma.
O aquellas actitudes más de instinto animal que de personas civilizadas,
donde la ley humana se queda corta o no llega a tiempo. Como botón de
muestra, los infiernos que han tomado algunos hogares, con familias
totalmente desquiciadas, sumidas en el recelo, a pesar de tantas
facilidades para divorciarse, abortar y sustituir pareja.
Cuentan que Rita sufría profundamente, pero no podía
hacer otra cosa que llorar y encomendase en sus continuas oraciones.
Estando ya muy enferma pidió a una visitante que le trajera unas rosas. No
era tiempo de flores, pero alguien se adentró en el jardín y encontró
misteriosamente un rosal florecido. Yo también quisiera decir que me
trajeran la paz, pero quien podía traerla, el amor de amar amor, anda más
muerto que vivo por las salvajadas de los deshumanizados humanos. Siempre
es bueno hacer borrón y cuenta nueva, con miras de rectificación. Al fin y
al cabo, sólo el amor es un camino seguro para asegurarnos la vida y, la
donación auténtica, el mejor amén al verso. Quizás nos falte (reduplico la
insistencia) cumplir los deberes con la exactitud debida; puesto que, como
escribió Víctor Hugo, el deber es un dios que no consiente ateos.
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CRÓNICA DE UN AVENTURERO
Cuatrocientos
años son pocos
para lo mucho que nos enseñó.
Diré que en un lugar, lagar de amor,
habita don Quijote de la Mancha,
por su decir la libertad ensancha,
y en Dulcinea enmudece el dolor.
El aire es un espejo de su ardor
inquieto en la quietud que nos engancha,
bajo la mecha de un sol de luna ancha,
mediador de paz y de luz dador.
El caballero de triste figura
y su fiel escudero Sancho Panza,
acrecientan el culto a la cultura,
con su voz cautivada de esperanza,
porque el saber salva, es flor madura
que embalsama la vida de bonanza.
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados.

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