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Algo más que palabras
por Víctor Corcoba Herrero
CUANDO LA POBREZA ENTRA,
EL DESAMOR SALE
Podríamos empezar el artículo diciendo que cuando
la pobreza entra, el desamor sale. Decirnos, por dentro, que el hombre nació a
la barbarie cuando la envidia se hospedó en su alma y el odio se enquistó en la
conciencia. Acordarnos más de los pobres, que viven en la desnudez y en la
carencia, no para que nos de lástima y saldemos nuestra propia deuda con una
limosna,
sino para ayudar a que puedan vivir dignamente sin recibirla. Seguramente
tenemos que hablar menos de ellos y hacer más por ellos. Sin embargo, hoy quiero
meter baza y hablar por boca de los labios del corazón. En principio, me alegra
saber que en la agenda del Gobierno español aparezca como prioritario un
desarrollo humano equitativo y sostenible. Pero, realmente, ¿esto en qué se
traduce? La cuestión, a mi juicio, radica en que nos solemos quedar en el buen
propósito del deber ético. Lo que hace falta ahora es persistir en el compromiso
y afanarse en buscar medios eficaces para lograr que las ayudas alcancen a los
más pobres, que a lo mejor hasta los tenemos de vecinos, y se produzca una
distribución más justa de los recursos del hábitat.
El auxilio al desarrollo nunca es suficiente. Los
sistema de producción son humanos y, por consiguiente, imperfectos. Suelen
generar desigualdades. Hace falta que los remedios también lo sean en su
integridad, o sea, ampliando derechos, oportunidades y capacidades de la
población desfavorecida. Y que, además, llegue el amparo a los que tiene que
llegar, a los más míseros. Todo ello requiere habilitar fondos suficientes para
hacer frente a programas diversos. Efectivamente, la lucha contra la pobreza va
más allá de las meras migajas. El problema se debe afrontar con políticas
sensibles hacia todos los sectores. En especial hacia los que menos tienen,
acrecentándoles los apoyos. Es la única manera de que no existan polígonos de
marginalidad como hoy existen en los extrarradios de todas las ciudades.
Es de justicia que tengamos cada día más una
presencia activa en muchas de las crisis humanitarias que existen en el mundo.
Frente a esos poderosos mercados abiertos, globalizados, es necesario
proporcionar sistemas capaces de armonizar lo económico con el desarrollo
social, sobre todo, capacitando a las personas que viven en la pobreza para que
puedan avanzar y que nadie pierda el tren. Las personas que viven en la
indigencia, o en el endeudamiento total, se merecen igual dignidad que los
pudientes. Por desgracia, a veces, se les niega hasta la escucha. Todo lo
contrario a lo que se pregona. El mundo se vuelve oscuro, sucio a los ojos de la
razón y el saber se torna interesado.
La brecha entre ricos y pobres, lejos de cerrarse
se abre todavía más. Una buena parte de la población mundial consume a lo loco,
sin importarle nada ni nadie. Los especuladores se hacen reyes y los pobres
vasallos como en los mejores tiempos de la esclavitud. Por volver los ojos a los
muros de la patria mía, el crecimiento económico generado en los últimos años
tampoco ha contribuido a que tengamos garantía plena de derechos ni a mejorar
los principios rectores de la política social y económica, en el sentido de
mejor protección a la salud, a la familia y a la infancia, a la redistribución
de la renta y del pleno empleo, al medio ambiente y a la calidad de vida, al
derecho a la vivienda y a la utilización del suelo, etc. Más bien, al contrario,
se han alejado los extremos (la clase alta de la baja) y la injusticia ha tomado
posiciones tan reales como la vida misma.
Los desniveles alcanzan cotas escandalosas. Parece
como si las condiciones favorables para el progreso social y económico
estuviesen más del lado de las gentes de mayor poder adquisitivo. Analicemos
este dato efectivo: el endeudamiento de las familias españolas no ha dejado de
crecer. La relación entre familia y pobreza nos hace distintos. Por eso, es
fundamental que la institución de la familia reciba protección y apoyos plenos.
Lo que hoy no recibe. O no llega. Hay que poner de moda la agenda de la
solidaridad continua, constante y perenne. Es bueno que todos alcancemos el
nivel de dignidades, es lo menos que se puede pedir, con un desarrollo sostenido
centrado en la persona sobre todo lo demás.
Lo peculiar del momento actual no son la
inseguridad y la crueldad, sino el desasosiego y la pobreza. Resulta que la
criminalidad baja menos de lo esperado. Atajar los delitos que, a diario, se
producen en las ciudades hoy, es casi un imposible. Estoy convencido de que si
utilizáramos más la coherencia en las diferentes políticas de nuestros gobiernos
estatal, autonómico, local e institucional para que todas ellas contribuyeran a
la erradicación de la pobreza, priorizando asistencia y prestaciones vitales, se
producirían menos hechos delictivos. La exclusión, tan descarada como
actualmente existe, suele generar este tipo de ambientes convulsos. Cuando las
garantías económicas, sociales y culturales de la familia están cubiertas, en
condiciones de igualdad, con un trabajo digno, renta suficiente, salud y
educación; toda la sociedad, en su conjunto, se vuelve pacifica y pacificadora.
Seguramente, en la actualidad, también coexista
otra pobreza que no lo es, que no viene tanto por la falta de medios para el
sustento como por la multiplicación de los deseos. La historia nos recuerda que
los grandes corazones tienen voluntades y que los débiles tan solo deseos.
Convendría tomar razón. También, esa misma tradición, nos apunta: que no hay
progreso en el bienestar cuando una creciente parte de los trabajadores
reconocen tener el síndrome del quemado, no llegar a final de mes, y por las
plazas se congregan pobres, desdichados, con la soledad a cuestas, y una
juventud que para divertirse necesita bañarse en alcohol. Quien a ellos
incondicionalmente ayuda, (a todos estos pobres del nuevo milenio), es un
verdadero libertador y un incorruptible de la justicia. Yo así lo nombro y lo
elevo a los altares del ejemplo.
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados.

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