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Si buscar el punto
de las cosas tiene su mérito, imagínense encontrar el punto humano que nos
humanice. Todo un capital de luz, como dirían las gentes del arte, siempre
dispuestas a crecerse con sus obras y a enfrentarse a la existencia con el
abecedario de los sentidos. Me gusta esa asistencia artística, sobre todo
para poner en estética lo que no tiene ética. Por desgracia, han dejado de
tener moralidad ciertas conductas, comportamientos y actuaciones. Sé que
digerir desengaños y desafíos diabólicos, con verdadero espíritu
democrático, aparte de no ser nada fácil, nos llevaría a una renovada
conciencia del derecho de los individuos y de las naciones. O sea, a la
evolución democrática que pasa por hacer valer las raíces. Esa revolución,
la de la autenticidad demócrata, todavía está a años luz de nuestro
espíritu.
En la vida, desde luego, hay puntos capitales que son
verdaderos dogmas a tener en cuenta. Siempre lo han sido y, en democracia,
son puntuales. Esto no significa que han de permanecer en sus formas
arcaicas. Precisamente, un episodio clarividente de los teólogos, fue el
reconocimiento de la evolución de creencias. Extrapolando el dogmatismo a
las democracias actuales, parece
conveniente que se desarrollen, crezcan y se adelanten al tiempo. Pero con
cierto pudor responsable. No me parece saludable para la convivencia que
se quede solamente en una lucha competitiva por el voto ciudadano. Esto
ocasiona, en vez de unidad de acción hacia el bien común, una guerra
inútil de ambiciones, codicias, odios e inercias por sacar al oponente de
quicio. A lo que hemos llegado es poco democrático. Que un partido
político desee el fracaso del competidor para hacerse con la plaza del
poder, me parece un auténtico disparate. También considero que no es mejor
oposición aquella que se opone por principio. Unas veces será que sí, que
hay que oponerse, pero otras fundamentales para el juego democrático,
cuando menos habría que intentar llegar a un consenso.
Tomando el pulso a un reciente hecho, profundizo en la
cuestión de los puntos capitales. Que se pueda encender una crisis mundial
con la publicación de unas cuantas caricaturas parece justificar el viejo
adagio de que la pluma es más fuerte que la espada. Esto ha de llevarnos,
en cualquier caso, a una reflexión capital. La libertad tiene sus límites
también en democracia, especialmente cuando están implicadas las profundas
creencias religiosas. Si el mundo tuviese más coherencia democrática,
prestaría más atención a los textos constitucionales, sobre todo en su
parte dogmática. A nadie se le pasaría por la cabeza el derecho a ofender
por divertimento. La respuesta de los derechos y deberes fundamentales
sería considerada como credo de vida. Una acertada manera de reconciliar
alma y cuerpo, femenino y masculino, espíritu y materia, humano y divino,
tierra y cosmos, trascendente e inmanente, religión y ciencia, las
diferencias entre las religiones, el Yin y el Yang.
Nos hacen faltan proposiciones verdaderas, con
fundamento y raíz. Para empezar, que el derecho a los derechos de la
persona que se cumplan. A propósito, tengo una objeción importante contra
este sistema que vocifera la igualdad ante la ley. A veces nos da otra
sensación, a poco que uno se adentre en las sentencias. No es bueno que la
garantía legal ande por los suelos.
La evolución del dogmatismo democrático pasa por
reconsiderar la autenticidad del ciudadano, lejos de autosuficiencias y
privilegios para algunos. Hay que alejar fanatismos irracionales, derrotar
y desterrar a los sembradores del terror y sectarismos que nos desesperan.
La clave, —vuelvo a lo de siempre—, es el diálogo; no hay otra manera,
algo que debiera ser el credo de los políticos, porque realmente es el
verdadero motor de la democracia. Sólo así, los errores se pueden corregir
antes que sea demasiado tarde. Es una estupidez pensar que por la
violencia se pueden ganar votos con el consiguiente efecto político. El
abecé de la democracia tiene otros resortes, el de la participación de
todos los ciudadanos y la garantía de elegir y controlar a sus propios
gobernantes, o sustituirlos siempre de manera pacífica. En un Estado de
Derecho jamás se puede primar a los que han transmitido, o arropado de
manera indirecta, la cultura del odio y de la falta de respeto hacia la
persona.
Tampoco la democracia entiende de armas. Esto parece un
contrasentido, puesto que países demócratas han aumentado su producción de
armas ligeras. Una inmensa mayoría de ellos están implicados en la
exportación internacional, re-exportación, tránsito e importación de armas
ligeras. No olvidemos que, junto con el derecho de los Estados a comprar
armas para su legítima defensa propia y la aplicación responsable de la
ley, también tienen la responsabilidad de asegurar que las armas ligeras
transferidas no se usen para violar los derechos humanos o la ley
humanitaria internacional, o para obstaculizar el desarrollo a los puntos
capitales de libertad y justicia. Además, en cualquier caso, nos merecemos
liberarnos del virus de la autodestrucción.
Frecuentemente se oye decir que con la democracia se
realiza el verdadero Estado de derecho. Porque en este sistema la vida
social se regula por las leyes
que
establecen los parlamentos, que ejercen el poder legislativo, bajo la
atenta mirada de los otros dos poderes, el ejecutivo y el judicial. Sin
embargo, lo de formar una sociedad de ciudadanos libres que trabajan
conjuntamente para el bien común, —insisto—, no es tarea fácil. Si luego
también se cuestionan las leyes, la concordia humana se hace imposible y
la existencia moral misma se pone en entredicho. En consecuencia, se me
ocurre que sería bueno pensar más en los fundamentos constitucionales, ser
más respetuosos por la puesta en común de una escala de valores que nos
rijan y nos permitan guardar el orden de los principios, donde nos
desarrollemos como verdaderos demócratas y podamos así recuperar la
esperanza de llegar a convivir en una sociedad humana, justa y libre,
menos vengativa y esclava de sus propios errores.
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Víctor
Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en
Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B, tiene varios libros publicados.

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