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por
Alejandro Tobar Salazar |
Huidobro, con su
escritura de colores, salpicó todos los campos de la literatura. Bien es
cierto que su gran obra —así se reconoce de forma unánime— es Altazor,
mas tan amplio y tantas posibilidades ofrece su universo que quedarse
únicamente con la poesía es apearse del tren después de escasos kilómetros
recorridos.
El autor chileno, que,
por cierto, siempre comenzaba las cartas a su madre del mismo modo:
«Mamacita mía adorada», además de haber realizado ciertas incursiones en
la novela, con no demasiado éxito, también dejó cuentos, relatos,
historias mínimas que algunos encontramos de una calidad incontestable. Es
el caso, por ejemplo, de La hija del guardagujas, en dónde el
autor, en bien poquitos párrafos, logra una profundidad narrativa del más
alto nivel.
En este cuento, cómo
no, se vislumbra su creacionismo, su naturaleza paralela, su árbol poético
que para la ocasión echa raíces sobre la narración. Es evidente que goza
de un peso considerable el humor, o quizá no tanto el humor como lo
lúdico, el juego, el malabar creador. Vicente Huidobro ejerce aquí de
escalador, de alpinista que monta la pendiente para después tirarse en su
trineo de acero; asimismo parece querer suavizar la voz, susurra tal vez,
para después, finalmente, de un golpe, soltar un graznido de cuervo y una
risotada de gordo afónico y una pizquita cruel.
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Alejandro
Tobar Salazar,
autor gallego, es colaborador habitual de la Revista Almiar / Margen Cero.

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