El implacable ojo de Dios (o del diablo):

la mirada omnisciente en

Las Flores, de Denise Phé-Funchal

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por Lilian Fernández Hall



Las flores, publicada en noviembre de 2007 por F&G Editores, es la primera novela de la escritora Denise Phé-Funchal (Ciudad de Guatemala, 1977). En poco más de 120 páginas, con un estilo sobrio y un lenguaje refinado, la autora logra sumergirnos en un mundo narrativo muy particular: denso, cruel, cargado de sensualidad y dramatismo.

Tanto el lugar como la fecha en que transcurre el relato quedan sin develar en la novela. La contratapa sugiere «una pequeña ciudad latinoamericana a finales del siglo XIX o principios del siglo XX». Y bien podría ser, puesto que los personajes —fundamentalmente mujeres— pertenecen a una clase dominante que se mueve en ese funesto ambiente de apariencias, hipocresía y falsa piedad cristiana que caracterizó muchas de nuestras sociedades durante siglos, y que hasta hoy es posible rastrear en varios puntos de nuestro continente. Pero, en realidad, la respuesta a las preguntas de dónde y cuándo son secundarias. La historia nos arrastra con su carga aplastante de conspiraciones, mentiras, lujuria reprimida y hasta crueldad.

El personaje principal es, sin duda, Madre: egoísta, calculadora, cruel. Mueve los hilos del destino de sus semejantes con el único fin de hacer más llevadero el propio. En complicidad con el Padre Eugenio, y forzados ambos por un chantaje al cual se ven sometidos, Madre obliga a su hija —La Nena— a casarse con un hombre desagradable y lascivo: el «señor obeso». La novela relata los preparativos de esta boda y el efecto que la decisión produce tanto en Madre como en La Nena. Se podría decir que, pese a su ritmo moroso, su tempo por momentos deliberadamente lento (vemos pasar a los personajes en una suerte de slow motion que nos permite registrar hasta el más mínimo detalle a su alrededor) la novela se transforma en una suerte de thriller psicológico, que nos mantiene en vilo hasta su trágico desenlace.

Denise Phé-Funchal construye la trama con oficio y elegancia. Utiliza un lenguaje depurado y exquisito, que describe ambientes, personajes y estados interiores, con una riqueza de detalles que a veces pareciera rozar lo excesivo. En ciertas descripciones, el texto se transforma en una prosa casi pictórica, dibujando con palabras cada imagen y cada detalle, con una minuciosidad de artesano. La adjetivación abunda, y podría parecer sofocante, pero nunca atraviesa el límite: cada palabra, cada frase, parecen haber sido minuciosamente balanceadas para lograr el efecto deseado. Cada uno de los veinte capítulos de esta novela alternan la narración de hechos que hacen avanzar la acción, con la descripción de sensaciones, estados de ánimo, ambientes y atmósferas. La descripción de la atmósfera estrecha y sofocante de un pueblo de provincias es quizás el aspecto más convincente de Las Flores.

Ésta es una novela profundamente sensual: aromas, colores, texturas, están continuamente presentes en el texto, así como las fantasías eróticas de sus personajes: las de Madre, las del señor obeso, las del Padre Eugenio. La condena de la Iglesia Católica de estos pensamientos como indignos y pecaminosos parece no dejar demasiada huella en los personajes, salvo quizás en la figura del sacerdote. En las oportunidades en que las fantasías eróticas se consuman, el fetichismo y la simbiosis con los rituales del catolicismo parecen aumentar su poder de atracción. Phé-Funchal trabaja además en forma poética e inteligente con una serie de símbolos que se reiteran a lo largo del texto, como son los sueños o las pesadillas, los cigarros que Madre fuma en forma compulsiva y la perturbadora presencia de las misteriosas mariposas púrpuras.

La mirada omnisciente

Varios aspectos de esta novela son interesantes: uno de ellos es el punto de vista elegido para narrar. A contrapelo de las tendencias actuales de la narrativa joven latinoamericana, Denise Phé-Funchal escribe en tercera persona. Un narrador omnisciente que sigue de cerca los estados de alma de Madre y explora los más sutiles vericuetos del ambiente de opresión, hipocresía y sensualidad en que se desarrolla la trama. Podemos apuntar también que Las Flores carece de diálogos y que su narración es lineal, sin saltos ni en el espacio ni en el tiempo. Estos factores le otorgan homogeneidad a la novela; pero limitan, a su vez, la complejidad de la trama o el ahondamiento de los demás personajes. El mundo de Las Flores es el mundo de Madre, y no accedemos a otras visiones de ese mundo agobiador y cerrado. Personajes interesantes y que adivinamos como complejos y sugestivos, no llegan a profundizarse. La Nena, el Señor Obeso, Maldiva, el Padre Eugenio, la anciana madre que sólo espera la muerte: figuras que se quedan lamentablemente en embriones, cada uno con un potencial que podría haberse desarrollado mucho más. El punto de vista elegido es, sin embargo, fascinante y sugestivo: Phé-Funchal deja a un narrador omnisciente ser testigo implacable de los estados de alma de su protagonista, de sus pensamientos más oscuros, sus deseos más ocultos. Una conciencia, una mirada omnipresente, como las perturbadoras mariposas púrpuras, que todo lo ven: como los ojos de Dios, o del Diablo: «Abrió los párpados y encontró a la mariposa púrpura sobre el pie de la cama, dijo a la hija que allí estaba, que las observaba, que sus ojillos se clavaban en ellas como los ojos de Dios, que todo lo controlan, como los ojos del diablo que todo lo ven» (p. 110-111).

Otro aspecto a notar en Las Flores es el total protagonismo de las mujeres. Los caracteres fuertes y claramente perfilados en la novela son femeninos. Los pocos personajes masculinos que aparecen en el texto son insignificantes desde el punto de vista narrativo, funcionan apenas como un mueble más en la escenografía construida por Phé-Funchal. Pero esta característica tiene poco o nada que ver con el hecho de que la autora sea mujer, y mucho menos con algún tipo de reivindicación feminista o de género. En este texto las mujeres no son heroínas, no hay una intención de destacar a algún tipo de valor especial de su carácter en particular o del carácter femenino en general, sino que, por el contrario, la mayoría de las mujeres que aparecen en el texto representan los lados oscuros del alma humana, fruto de un ambiente que propicia la disgregación de valores y la miseria espiritual. El ambiente estrecho de provincias, el moralismo hipócrita de los representantes de la Iglesia, el ocio, la abundancia material, la imaginación exacerbada por la carencia de libertad y posibilidades, hacen de Madre y —dentro de lo poco que sabemos de ellos— del señor obeso, de su anciana madre, del Padre Eugenio, figuras despreciables, egoístas, cobardes, crueles. Pero lo que hace que la novela de Denise Phé-Funchal no sea simplemente una novela «femenina», es que sus personajes no refieren al alma femenina, sino a la condición humana como tal. Las Flores no es una novela de entretenimiento, con afán de agradar o inspirar una sensación de bienestar al concluir la lectura. Por el contrario, es una obra literaria que inquieta, produce desasosiego, que nos obliga a mirar al ser humano en sus peores ropajes (y aquí nos recuerda a algunas otras escritoras de la misma generación de Phé-Funchal, como la salvadoreña Claudia Hernández y la mexicana Guadalupe Nettel). Una apuesta muy fuerte para una joven escritora y una primera novela, lo cual amerita aún más este debut literario.

Finalmente cabe destacar la cuidada y elegante edición de F&G Editores de Guatemala. La portada no pudo haber sido más sugestiva: una imagen de mujer que se multiplica al infinito en un fondo azul oscuro: así, las mujeres de Las Flores son ellas y a la vez todas las mujeres, son únicas pero a la vez infinitas en sus posibilidades. Esta es una excelente novela que seguramente encantará a sus lectores y apuntará el nombre de Denise Phé-Funchal entre los más interesantes autores jóvenes de América Latina.