MADRID Y SUS
LÁGRIMAS

por
Guillermo Ortiz



Reportaje 4
06.04.2004




«Un, dos, tres... un., dos, tres... un, dos, tres...». Lucía baja rumbosa la calle Huertas pegando pequeños saltos. Atrás quedan, grabados en el pavimento, los fragmentos de obras de Zorrilla, de Cervantes, de Góngora... estamos en el barrio de las letras y Lucía parece una niña a punto de abrir un Harry Potter. «Un dos tres» se repite sonriente mientras pasa por delante de la comisaría de Policía. «Un dos tres» al llegar al Paseo del Prado y torcer a la izquierda. Y cómo será el día, la noche ya, que hasta las banderas del Ministerio de Agricultura parecen acompañarla con palmas, mientras el viento hace chocar sus enganches con los postes que las sostienen.

¿De dónde saca Lucía toda este entusiasmo? De sí misma, claro está, y de un restaurante llamado La Piconera que queda a su izquierda y que ha estallado su vena más flamenca. «Un dos tres» parece decirle a una paloma que picotea una galleta tirada en el suelo intentando comprobar si merece la pena o no. Normalmente Lucía tiene miedo de andar a oscuras por este paseo tan solitario pero hoy no, hoy Lucía no tiene miedo de nada salvo de que se acabe la noche. Se empieza a fijar en las pequeñas cosas, Madrid está abierto para ella y sus sentidos. Se fija en los árboles torcidos por el viento, el olor a tormenta, sus manos que parecen pequeñas para todo lo que querría agarrar, se fija en la paloma que por fin decide llevarse la galleta hasta que un señor cruza en su camino y la pobre tiene que salir volando, soltar su comida y volver a acercarse a empezar de cero como si fuera otra galleta, otra ciudad, otra paloma...

Se fija en el señor también y, por primera vez, Lucía se asusta. Debe de tener unos treinta años, es difícil de decir, y camina como Jesús sobre el mar. Parece un espectro salido de ningún lado. Lleva unos pantalones grises empapados y una camisa mojada, un collarín en el cuello y una mirada perdida. Lo más sorprendente, sin embargo, es que lleva la mitad de la cara cubierta de espuma de afeitar. Parece salido de una de esas batallas de sprays de nieve que se dan en la Plaza Mayor en Navidades. Lucía deja de mirarle por miedo a que él la acabe mirando a ella, pero no, él no mira a los lados, sólo adelante. Cuando por fin se distancia lo suficiente, Lucía vuelve a respirar tranquila desconfiando de sus sentidos. Lo dicho, a veces sorprendes a la ciudad, a veces la ciudad te sorprende a ti.

Lucía ya no canturrea, ni da brincos, pero sigue con una sonrisa tonta en la cara, como si volviera a casa después de un primer beso. Tiene ante sí el Museo del Prado y piensa en cruzar para subir hacia Alfonso XII. En verano, cuando está solay el verano en Madrid convierte a cualquiera en un solitario— suele hacer este mismo camino pero a la inversa, llega hasta la Cuesta de Moyano a mirar algunos de los tebeos que podían haber sido de su madre, se cuela en el Jardín Botánico por un roto de la verja, y se queda ahí, como en la canción, esperando a que la noche caiga. Cómo le va a explicar estas cosas a Juan. O quizás esas cosas no se explican. Ha llegado demasiado tarde a los chicos como a tantos otros sitios y ahora le toca aprender todo más deprisa. «No importa» piensa y sigue sonriendo, las primeras gotas de lluvia mojando su boca.



Agua que moja a Lucía y agua que moja a Neptuno, amenazador con su tridente, señor de las causas perdidas, envidioso de Odiseo y tantos otros ganadores astutos. Lucía le tiene cariño porque ella misma se siente una causa perdida, un patito feo. Por lo menos hasta hace una hora. Desde hace una hora se siente otra chica en otro mundo. Un mundo de lujo, de sueños, de ilusiones, de carteles de neón anunciando promesas como los que tiene ante sus ojos ahora: Ritz, Palace, Villa Magna. Se imagina a las estrellas de cine y de música saliendo de sus puertas y resguardándose de la lluvia en algún rincón como en el que está ella tiritando. Qué tontería. Las estrellas de cine no tienen tiempo ni para mojarse, murmura divertida.

Se está haciendo tarde y empieza a refrescar. Lucía se lo piensa un poco y echa a correr por el paseo a oscuras mientras canta a gritos «Por tu culpa, culpita yo tengo...» tan contenta que la lluvia se confunde con sus lágrimas.

Web del autor: http://www.guilleortiz.com



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FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez
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