MADRID Y SU
SANGRE


por
Guillermo Ortiz



Reportaje 10
21.05.2004



























Aunque parezca increíble entregué el primer reportaje de esta serie el 10 de marzo. Entonces me prometí que me ceñiría a la idea original y no dejaría que el miedo, el odio, la tristeza se colaran en mi Madrid más de lo imprescindible. Pero, desgraciadamente, hay un Madrid que llora y que tiembla, que repasa con la mirada cada mochila del metro, del autobús, del tren de cercanías... y no creo que sea justo no hablar de ello. Cerrar los ojos como los niños. Imaginar que nunca pasó.

Pero pasó, y aunque hay testimonios sobrados de ello en Santa Eugenia, en El Pozo, en Alcalá, Vallecas, Entrevías... prefiero quedarme de momento con el más obvio: el llamado «santuario» de la estación de Atocha. Que nadie se lo imagine monumental y grandioso como el sustantivo parece indicar; recordemos que Madrid es poco dada al espectáculo, como si prescindiendo de la ostentación ganara en intensidad. El «santuario» consiste a estas alturas —más de dos meses después— en un cartel de la Asociación de Víctimas del Terrorismo y un rincón del vestíbulo lleno de flores y cirios.

Las paredes y las columnas están llenas de dedicatorias, poemas, insultos, propaganda política, dibujos de niños, banderas de equipos de fútbol, fotos de los muertos para que dejen de ser una cifra... Hay algo en todo ello que en principio no me emociona: como buen madrileño no soy dado al melodrama y los poemas me parecen petulantes, los insultos viciosos, la propaganda miserable... Pero no puedo dejar de mirarlo. No sé si es el olor a incienso lo que me obliga a quedarme ahí junto a la valla. En silencio. De repente, uno se da cuenta de que no está solo, que ahí hay al menos diez personas más alrededor: callados, impresionados, con un punto de emoción en el gesto. Ecuatorianos, búlgaros, rumanos, marroquíes, argentinos, dominicanos... madrileños.

No hay mil cosas que contar sobre Atocha, básicamente es la misma sensación repetida en mil panfletos. Lo he comentado antes: tengo dificultad para la emoción. Pero hay un peto verde con una frase garabateada a rotulador: «Sólo lamento no haber salvado más vidas». Y entonces me acuerdo de la otra sangre. No es la de los muertos, es la que hirvió en el corazón de todos los que se jugaron la vida. La que entregamos en masa aquella mañana en los centros de salud... la sangre de Madrid corriendo por las venas de la red de Cercanías. No sé lo que es un héroe, y, si digo la verdad, le tengo algo de miedo a esa palabra. Pero, aún concediendo que fuera una exageración ¿para cuándo guardamos las exageraciones si no es para estos momentos? Para los policías, bomberos, SAMUR, vecinos, ciudadanos en definitiva que lo dieron todo por los demás.

Lo curioso es que la estación de Atocha, pese a todo, permanece erguida, con la dignidad de una vejez orgullosa, como si la cosa no fuera con ella. ¿Recuerdan lo que decíamos de la Cibeles en el primer capítulo? Así es Madrid: debió nacer en mayo porque es terca como un Tauro. Quizás por eso genera tantos odios. Dentro de poco este santuario venido a menos quedará en nada. Las últimas velas se apagarán, los poemas serán cubiertos por graffiti y la gente olvidará. Es inevitable: Madrid necesita olvidar. Pero de momento lo que queda es una enorme herida. La miseria erosiona. Hay algo que hace recordar la masacre cada día y es la tristeza, y detrás de la tristeza, el miedo. Y detrás del miedo, otra vez, el orgullo.

Web del autor: http://www.guilleortiz.com


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FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez
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