MADRID Y SUS
CUESTAS

por
Guillermo Ortiz



Reportaje 2
23.03.2004



Si Roma es la ciudad de las siete colinas, Madrid es la de las infinitas cuestas. Como el humor de sus vecinos: a veces arriba, a veces abajo. Una ciudad en la que uno puede bajar a toda velocidad la calle Mayor, dejando que la propia inercia del cuerpo convierta el Mercado de San Miguel, la Plaza de la Villa, el Ayuntamiento, las tiendas de souvenirs... en una serie de fotogramas al paso de los ojos; sorteando con habilidad las zanjas que regulan la velocidad de los entusiasmados viandantes; imaginando la carrera sin freno hasta las Vistillas, que se acercan poco a poco y que en San Isidro se llenarán de «chulapos» octogenarios y «manolas» jubiladas bailando el chotis.

Pero no hace falta ir tan lejos todavía, sobre todo si es primavera y está anocheciendo.

Pongamos que no queremos llegar hasta Bailén ni visitar el Instituto Italiano. Pongamos que nos quedamos justo enfrente de la cervecería La Mayor donde algunos de los profesores de la Escuela de Letras con aires malditistas intentan seducir a sus jóvenes discípulas. A izquierda y derecha, tenemos otras dos cuestas a elegir: hacia abajo, por un camino angosto y serpenteante, la que lleva a la calle Segovia, a la cuesta del Nuncio y a una nueva infinidad de subidas y bajadas pronunciadas. La excursión ideal para el madrileño que quiera perderse en su propia ciudad.

Elijamos, sin embargo, la que va hacia arriba, la que nos hace subir la calle Factor, una de esas múltiples calles de Madrid que sólo se hacen famosas cuando algún edificio se derrumba. No es una elección fácil ni atractiva, desde luego. Las piernas empiezan pronto a doler y la respiración se hace complicada, agitándose metro a metro. Hay que andar tan despacio por la pendiente que no puedes evitar fijarte en tu alrededor, establecer metas con la mirada, zigzaguear por la acera como un ciclista. Tan lejos parece el final del camino, escondido tras una tremenda curva a la izquierda, que mejor es concentrarse en el camino mismo.



Si nos paráramos aquí y nos rindiéramos, pensaríamos que esta calle no es más que una reliquia del siglo XIX y que el viaje ha sido baldío. Ahora podríamos estar en las escaleras del café del Nuncio o cerca de alguna de las Cavas que llegan hasta La Latina. Pero si somos valientes y constantes y continuamos nuestra escalada poco a poco siguiendo el sentido de la carretera, girando nuestro cuerpo y nuestra mirada a la izquierda como lo exige el camino, podremos ver de repente el mundo como si se tratara de un Aleph. Podremos ver las nubes de color rojo, podremos ver los árboles que rodean un pequeño claro donde algunos niños corretean y algunos drogadictos se chutan (los contrastes...). Podremos ir viendo detrás de estos árboles los descampados que quedan en el más allá: Carabanchel, Paseo de Extremadura, Casa de Campo...y, si seguimos subiendo se nos aparecerá como un inmenso decorado de cartón-piedra el verdadero orgullo de Madrid: el Palacio Real.

Sólo llegando a lo alto de la cuesta, allí dónde hay un pequeño respaldo en el que sentarse admirará el caminante la belleza desnuda del monumento por antonomasia de la capital. Un Palacio Real en tiempos en los que Reyes y Corte parecen un anacronismo. Quedémonos ahí un momento, descansando, viendo la estela del sol mientras desaparece tras una de las torres, los novios de la mano sonriendo y abrazándose —yo he sido uno de ellos alguna vez, lo recuerdo—, los turistas japoneses armados con sus temibles cámaras digitales, los guardas en la puerta mirando no sé sabe qué ni a quién... Mantengamos el ánimo tranquilo ahora que estamos ahí arriba y esperemos un poco. Para bajar siempre hay tiempo.

Web del autor: http://www.guilleortiz.com

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FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez
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