MADRID Y SUS
AMANECERES
por
Guillermo Ortiz



Reportaje 7
28.04.2004



Es difícil explicar ahora que durante toda la noche no pasaba nadie por ahí y que teníamos todas las mesas para nosotros, subidos a los respaldos de los bancos metálicos o en lo alto de algún tobogán. Sólo por la mañana aparecía algún borrachín avispado buscando unas pesetas y compañía. Se sentaba con nosotros, bebía de nuestras botellas y al rato se iba con los pitillos que hubiera conseguido. Envejecían los 90 y a eso se le empezó a llamar «Botellón», un movimiento extraño que, con el tiempo, se saldría de madre.

Pero entonces aún no. Entonces éramos tan pocos que no molestábamos realmente a nadie: no había ruidos, no había plásticos por el suelo... En los bares podías entrar al baño sin que nadie te mirara mal, y allí estaban los amigos —las amigas— charlando un rato, pasando frío, calor, muy a primera hora jugueteando con los niños que aún estaban por ahí con o sin familias. Si «el botellón» tenía que triunfar en algún lado de Madrid, era inevitable que fuera en el barrio de Malasaña: una zona plagada de bares de copas donde la música se pone a todo volumen, la iluminación desaparece y comunicarse se convierte en algo imposible. ¿Como en cualquier zona de bares? No, peor. Más ruido, menos luz, más soledad.




Y es que había que escapar de Malasaña porque Malasaña ahogaba. No era algo malo en los años de rebeldía, cuando uno empieza a descubrir las diversiones prohibidas y busca, ante todo, sentirse grupo, ser parte de algo con apariencia clandestina. Pero sigue siendo un hecho: Malasaña ahoga. Su rock a lo Extremoduro, sus mods malencarados, sus punkies jugando con bolas de arena... un Kurt Cobain o un Manu Chao detrás de cada esquina... Los bares llenos, las calles tomadas... ya sólo quedaban los parques. Y estaban tan vacíos. Nos olvidamos de La Vía Láctea, del 24, de la Pepita, el Garito, Nueva Visión, etc. En una frase: prescindimos de la música.

Los más rebeldes acamparon en la Plaza del Dos de Mayo, los más tranquilos nos quedamos con el Parque de Tribunal, y, poco a poco, se nos fueron uniendo chavales cada vez más y más jóvenes: tambores, kalimotxo, vómitos y orina. El paraíso se perdió. Es ley de vida: esos chavales coparon las plazas hasta convertirlas en hormigueros y los «mayores» nos tuvimos que retirar hacia el interior: Chueca, Huertas, La Latina... como una evolución natural: de Velarde a la Plaza del Humilladero, pero nunca a Joy o Archie´s o la discoteca que proceda. La calle, el aire... es lo que da la vida a la noche.

Lo más bonito de Malasaña, sin embargo, es lo que queda después de la batalla. Puede que a los vecinos no les haga ninguna gracia, pero no hay nada como su aire de ciudad arrasada que se levanta de nuevo. Uno puede respirarlo por la calle de La Palma, por San Vicente Ferrer, por las calles Fuencarral u Hortaleza... ver el sol aparecer por la mañana cegando a los que bajan por la sinuosa Corredera Baja, despertando a los derrotados en los portales, acompañando el silbido del barrendero, el paseo de los perros con sus dueños en chándal. Madrid es una ciudad sin excesos y es preciso huir de ellos para aprovecharla. Por extraño que parezca, con Malasaña pasa algo parecido. Tras el rock, el mod, el punk, los cristales, los adolescentes... queda un punto de sensatez que hace que todo cobre sentido y empiece desde cero. Merece la pena estar lo suficientemente dormido y despierto a la vez para disfrutarlo.

Web del autor: http://www.guilleortiz.com

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FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez
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