MADRID y el
pasado


por
Guillermo Ortiz



Reportaje 5
14.04.2004



Cuando era un niño venía armado con una pala y un cubo y perseguía perros hasta que me caía al suelo. Mi padre me empujaba en las cuestas y los pies se me iban de los pedales. Iba a ver a Pirulo y me quedaba con la boca abierta tratando de explicarle al caballero dónde se había escondido el malvado ladrón. Cambiaba cromos en medio de una ola de entusiasmo acompañado de mis primos. Me reía con el humor absurdo de Faemino y Cansado, aquel sketch en el que el rey Arturo volvía a casa y se encontraba con su hermano Juan. Serían los 80.

A la salida del instituto nos comprábamos unos bocatas y nos tumbábamos cerca del estanque. En realidad, casi todo lo que conozco de este parque tiene que ver con el estanque porque siempre entrábamos por la Puerta de Alcalá y ya nos quedábamos por ahí. Volvía a casa con la cara quemada y mi madre se enfadaba, nos tirábamos globos de agua, nos pegábamos con los remos de las barcas. Algunos martes la noche caía mientras patinábamos o tocábamos la guitarra delante de las chicas. Algunas chicas, incluso, se marchaban con nosotros. Descubrimos a Nirvana, nos dejábamos romper los pantalones, rasgábamos la voz y los pantalones, vacilábamos peligrosamente a los navajeros.

Mi madre me obligaba a ir cada mes de mayo a la Feria del Libro, hasta que consiguió que quisiera ir yo solo. Un universitario que se muere de calor o de lluvia, dependiendo del año. Hicimos un reportaje con la cámara pero salió mal. Cada vez que queríamos grabar le dábamos a la pausa y viceversa, así que sólo salía el asfalto y los pies. Descubres muchas cosas de una ciudad mirando a los pies de la gente. Jugábamos al baloncesto en el Paseo de Coches, nos reíamos delante de la Estatua del Ángel Caído, mirábamos con cierta desconfianza a los ecuatorianos que se cortaban el pelo y jugaban al fútbol cerca de la Chopera. Apretaba la mano de María mientras oíamos el sonido de los bongos cerca del Palacio de Cristal como en un sueño.

Hasta que ha llegado el momento en el que paseo solo entre los árboles como si nada me tocase. Pienso que, quizás, algún día seré yo uno de los abueletes que se sientan delante de Tristan Braker para que les lea el futuro o les espante algún fantasma. Quizá queme barras de incienso de madrugada, o cualquier otra histeria del nuevo milenio. Madrid y yo nos hacemos mayores y empezamos a coger el gusto a lo de mirar lo que éramos en el pasado: el estanque del Retiro, los trozos del muro en el parque de Berlín, los travestís del Parque del Oeste, los botellones y el olor a vómito y orina de Tribunal...

A los madrileños no nos gustan las grandes explanadas al estilo Hyde Park, nos gustan los escondrijos, los lugares que acechan, los olvidos que asaltan en cualquier rincón. Nos gusta que nuestros parques cambien con nosotros, que se sepan nuestra vida de memoria, que, al final del día, acabemos como buenos amigos recordando cuando éramos jóvenes y nos contemos: «Aquí fui feliz».

Web del autor: http://www.guilleortiz.com



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FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez
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