La narrativa minera de
Víctor Montoya

por

Benigno
Delmiro Coto

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Víctor Montoya [1] es un escritor cuya fibra creadora se nutre de la energía mítica y legendaria de las minas bolivianas. Ya de entrada, confiesa las raíces de su pasión por los mineros.

Conozco la miseria de sus hogares, el drama de sus luchas y la tragedia de sus vidas, más trágicas todavía cuando se sabe que estos hombres mueren con los pulmones perforados por la silicosis.

Los mineros bolivianos, que durante decenios constituyeron la columna vertebral de la economía nacional y el bastión de las luchas reivindicativas, cargan a cuestas las experiencias de lo vivido y sufrido; ellos son los fantasmas que habitan mis sueños, los héroes que guían mis ideales y los maestros que estimulan mi fantasía, a ellos les debo mi eterno agradecimiento... [2].

El laberinto del pecado [3] es una novela que registra, en sucesión temporal, la serie de impactos emocionales que configuran de manera indeleble la constitución psicológica de un joven llamado Manuel Ventura. Un personaje inocente señalado de antemano por el destino para experimentar con él sus componentes más amargos. Sus precedentes familiares ya prefiguran su desastrado futuro. En los orígenes está el abuelo, que acaba rebajado de sus rasgos humanos mitad blanco y mitad indio, murió aplastado bajo un bloque de varias toneladas, que sus compañeros tuvieron que trocear días y noches para encontrarlo. Cuando dieron con el cuerpo plegado como una lata de conservas, la cabeza hundida en el pecho, los huesos tronchados, la piel convertida en un cuero de color café y los ojos secos mirando la nada, todos pensaron que no se trataba del minero accidentado, sino de un sapo disfrazado de humano [4].

El progenitor, por su parte, entró a trabajar en reemplazo del abuelo muerto. Luego de ocupar distintos oficios, ascendió al cargo de dirigente sindical influido por el ideario de una organización política clandestina que reivindicaba la dictadura del proletariado, hasta que un sicario a sueldo del gobierno lo asesinó en la puerta misma de la administración de la empresa cuando acababa de dejar un pliego con las peticiones de los trabajadores aprobadas en la última asamblea. A Manuel Ventura lo único que le queda como herencia paterna es el casco, las botas de goma, un sacón rasgado por las gotas de sílice y el puesto de trabajo en la mina dejado vacante por el padre.

El arranque de la novela se desarrolla con el motivo temático del estallido social. Cuando su padre se estrenaba como minero, en diciembre de 1942, los trabajadores, armados con piedras, palos y barrenos, se organizaron para exigir al gobierno una mejora de sus condiciones de vida y trabajo, reducción de los precios y respeto para las organizaciones sindicales. Como única respuesta les enviaron al ejército que los ametralló sin miramientos. Llama la atención la presencia en vanguardia de mujeres como María Luisa, «La palliri» [5], que no puede evitar que una bala asesina acabe con el niño que lleva en brazos como emblema de su apuesta por un futuro mejor para los descendientes.

Cuando lo que se espera en la biografía del protagonista es que se cumplan los jalones agridulces propios del zangoloteo de un estudiante de bachillerato en plena fase de experimentación vital: asimilación de las enseñanzas impartidas por los distintos profesores del colegio, diálogos cordiales con su familia, interrelación amistosa con los amigos de su pandilla, exhibición de sus habilidades deportivas y de sus descubrimientos eróticos... todo lo que afecta a Manuel Ventura se trueca en su contrario: en mojones que señalan los torcidos garabatos de la desgracia.

La novela desgrana, al tiempo que Manuel Ventura deambula por los distintos lugares del poblado minero, las cuentas —y los cuentos— de un rosario fatídico: sus compañeros de pandilla más afines violan a dos compañeras de estudios y sólo les preocupa que alguien pueda denunciarlos; el puente por el que pasa a diario evoca la historia del atroz asesinato de un comerciante árabe a manos de una vendedera de bebidas; su profesora de inglés fue raptada por un maniático que abusó de ella y la dejó en perpetuo desequilibrio; otra mujer, apodada «la Solterona», es también asesinada de manera brutal por un desconocido; el violinista que pide limosna delante de la iglesia ha sido un soldado de la guerra del Chaco y, como consecuencia de una explosión, ha quedado ciego y paralítico; los distintos aportes del discurso de los profesores del colegio al que acude demuestran cómo se sacrifica la pedagogía en aras del adoctrinamiento clasista y patriotero; su compañera de clase Clarice, el único personaje positivo y con mentalidad abierta de entre todos los que se relacionan con Manuel Ventura, acaba casada con un primo militar que, arruinado por los celos, la hace sufrir lo indecible hasta que, finalmente, termina con ella a balazos; con su madre, Inmaculada, «devota en apariencia y pecadora en esencia», mantiene una comunicación superficial y ha de sufrir que desprecie expresamente a su enamorada por el hecho de pertenecer a una raza diferente a la suya.

Manuel Ventura pasa de un soplo de la etapa adolescente a la adulta. Mal apenas ha tenido tiempo de realizar estudios de bachiller e iniciarse en las cuitas sentimentales bajo la tutela de su compañera de clase Clarice y de Candelaria, una chola joven que entró a trabajar en su casa contratada por su madre para dedicarse a las faenas domésticas. Pronto desaparecen sus padres, con quienes apenas había mantenido una relación propia de adultos, y se queda en casa en compañía de su amada Candelaria a la espera de tener un hijo fruto de la unión entre ambos. Remata en la mina en cumplimiento de su inexorable hado familiar, y es ahora cuando la novela pergeña un retrato del interior de la explotación que demuestra la dureza del faenar minero:

En el nivel 280, donde el laberinto de las galerías se enraizaba en la montaña, Manuel Ventura ajustó el barreno de la perforadora entre la penumbra y roca dura, con el rostro desencajado por la luz de la lámpara enganchada en el guardatojo. Su cuerpo era sacudido por el traqueteo de la máquina, aunque tenía los pies plantados en la tierra. Después paró la herramienta y se retiró a un paraje aledaño, a la espera de que las corrientes de aire ventilaran las partículas de sílice. Se quitó el trapo que le cubría la boca, se lavó las manos con su orín y se sentó sobre un callapo. Abrió su bolsa de nylon, cogió un manojo de hojas de coca y se las introdujo una tras una, entre los carrillos de sus dientes menudos y apretados [6].

Allá abajo el hombre es una prolongación de la máquina, preso entre tinieblas e inerme ante los desprendimientos de rocas del techo, sólo puede ver una línea de luz procedente de su casco que siempre le señala el tajo. Respira sílice corrosiva y masca coca con la que intenta filtrar el polvo y neutralizar el cansancio. De vez en cuando, suena en la distancia la descarga de la dinamita en una galería lejana y se hace presente el galope de los caballos de la muerte conducidos por el Tío y la Chinasupay, deidades que vigilan atentamente la extracción del mineral y los pasos inciertos de los trabajadores por los socavones.

De las profundidades rescatan un día a Manuel Ventura para que asista al nacimiento de su hijo. Cuando llega a casa se encuentra con Candelaria muerta sobre las mantas ensangrentadas y a su hijo, convertido en despojo humano, arrojado debajo de la cama. La parte final de su vida está regida por el alcohol que le sirven en las tabernas y la cháchara de los borrachos. El último relato que escucha Manuel Ventura, antes de desaparecer para siempre, incapaz de soportar su soledad y desvalimiento, es el de un ex-guerrillero que, en la taberna, rodeado de beodos, explica por enésima vez cómo se las ingenió para salvar la vida en aquella emboscada tendida por los militares que exterminó a todos sus compañeros de partida.

La mina y su entorno actúan de nuevo como el Saturno que devora a sus servidores. En el interior de las instalaciones se suceden los accidentes mortales y está presente el polvo de piedra que destruye secretamente los pulmones de los trabajadores. En el exterior, estallan los conflictos sociales cada vez que los mineros y sus familias se reagrupan para demandar alguna mejora en las condiciones de su vida y faenas laborales. Los poderosos responden siempre echando mano del ejército y con la masacre de los más débiles. Así los condenan una y otra vez al desastre y a la falta de perspectivas para sus descendientes. Un día estalla el polvorín de la empresa y ocasiona un reguero de muertos, en otro asesinan impunemente a un dirigente sindical o los policías arrastran por la calle a un obrero ensangrentado con los ojos vendados y maniatado, seguido del coro que forman su esposa y tres hijos pequeños que gritan su desesperación ante la presunción de que será torturado y, tal vez, embalsamado en un bloque de hormigón... no parece que haya salvación social posible y el caso de Manuel Ventura viene a corroborar que tampoco existen salidas individuales. Con el juego de palabras que esconde su apellido se busca representar la desventura de los hombres y de las mujeres de todo el continente latinoamericano condenados a permanecer varados a la espera de que otros muevan los hilos de un porvenir incierto.

Llama la atención la presencia abundante de mujeres: la palliri María Luisa, símbolo de la maternidad, del arrojo y de la lucha frustrada por un mañana más halagüeño para sus hijos. La estudiante Clarice, hija de un técnico de la empresa de ideología comunista, destaca por su consistencia ideológica y sus ansias de libertad, anuladas por una mala elección de pareja y por la violencia con la que se organiza todo a su alrededor. Otras dos estudiantes y la profesora de inglés del colegio son víctimas sometidas a la violencia sexual. La madre del protagonista es ejemplo de la hipocresía social de quien, por su origen criollo, busca una mejor relación con la iglesia y las exigencias sociales dominantes. La novia, Candelaria, representa la inocencia de los indígenas que se han insertado en el sistema a cambio de convertirse en sus siervos: paga con su vida cuando se atreve a dar rienda suelta a sus sentimientos más nobles.

El laberinto del pecado destaca dentro del concierto de la literatura minera internacional por tratarse de una novela que, sin descuidar los aspectos esenciales de la denuncia social, da prioridad al pergeño minucioso de unos personajes impulsados por emociones y sentimientos que ganan pronto la simpatía del lector. Más que un antihéroe al uso, Manuel Ventura (y sobremanera Clarice) deslumbra como modelo de persona que en cualquier otro medio más favorable podría haber alcanzado fácilmente la felicidad. Pero aquí, en estos andurriales trenzados a base de infortunios, está condenado a perecer irremisiblemente, y lo que es aún peor: se desenvuelve como un ser incapaz de tomar conciencia del porqué es imán de las catástrofes y cómo evitar el circuito que lo azacanea hasta la consunción. Hay pesimismo en el tono, por ser fieles con la razón histórica insoslayable, pero de ése cuya sustancia invita a no decaer en el optimismo de la voluntad: desvela entresijos sociales y descubre la interioridad profunda de unos personajes vigorosos y plenos de bríos saludables.

Cuentos de la mina [7] está formado por dieciocho relatos, precedidos de un esclarecedor prólogo de Alberto Guerra Gutiérrez. Recogen de una tradición oral, que probablemente se remonta al laboreo de los incas, el sistema completo de creencias, ritos, leyendas y símbolos con el que las poblaciones mineras bolivianas han abordado la explicación de cuanto les rodea. Ese ámbito se desborda en múltiples ocasiones y sume a los mineros en tragedias tan repetidas como incomprensibles: de ahí que tengan que valerse de una serie concadenada de mitos para encajar y esclarecer el origen de tanta desgracia.

La literatura minera en todas las partes del mundo ha asumido, entre otras, dos funciones primordiales ante la sociedad. De un lado, se ha encargado de dar cuenta de la evolución de la realidad social en cada etapa histórica del proceso indus-trializador. De otro, ha generado en cada país una muy particular mitología. Y ello ha sido así porque la extracción de minerales del fondo de la tierra se apresta más que ningún otro oficio a las simbolizaciones: se lucha contra la piedra (lo imperecedero) y contra el fuego (la destrucción regeneradora), el aire está plagado de gases traicioneros (que actúan como fantasmas) y el agua provoca torrentes insospechados y destructivos; es decir, la magia de los cuatro elementos constitutivos de la tierra se reencarna en variadas figuraciones simbólicas encargadas de evitar que le esquilmen las riquezas milenarias tan celosamente guardadas.

La presencia y movimientos constantes por el interior y exterior de los yacimientos de la figura central de estos cuentos, el Tío, tiene como primer antecedente en la cadena mítica al Hades griego. Aquel rey de lo subterráneo que es a la vez mina, fragua e infierno y que posee tantos metales preciosos que se le representó acompañado del cuerno de la abundancia. La Chinasupay, la esposa del Tío, que se inmiscuye en los sueños de los mineros, tiene algo de Perséfone: la mujer de Hades, que alude a la semilla que penetra en las capas del subsuelo hasta que germina y brota. En ocasiones, el Tío recuerda también a la figura de Sílfax: aquel personaje, mitad hombre y mitad diablo, que habita en las profundidades y que se convierte en el principal antagonista en Las Indias Negras de Julio Verne.

La figura del Tío se muestra como la deidad omnipotente. Con él se inicia el libro («¿Por qué el diablo se llamó Tío?») vinculado con la figura del demonio que seduce a una mujer con el fin de procrear un hijo. El poder eclesiástico, como fuerza mágico-religiosa antitética, impide su nacimiento y quema en la hoguera tanto a la madre inocente como al hijo tan deseado por la bestia. Ésta reacciona y se venga de los mineros arrasando todas sus pertenencias. El monstruo no ceja en su empeño hasta que los mineros ceden y firman con él un pacto que incluye su dominio absoluto sobre yacimientos y minerales. Desde entonces, el diablo se reencarna en el Tío y exige acatamiento en forma de rituales (a base de ofrecimientos de hojas de coca, cigarros y botellas de aguardiente) y subordinación absoluta a sus designios. Alrededor del Tío concluye el libro (El último pijcheo) con otro relato que reproduce la despedida histórica entre el último minero [8] y este dios de las profundidades. El Tío justifica con detalle su genealogía (relacionada con las creencias de los urus), su gresca con el dios Inti, el envío contra los humanos de las cuatro plagas (serpiente, lagarto gigante, hormigas voraces y sapo) que tuvo que contrarrestar la ñusta Anti-Wara y su posterior conversión en el Supay protector de los mineros. Éstos, gracias al poder de la superstición, que mezcla elementos paganos propios de la cultura ancestral con otros procedentes de la tradición religiosa de raíz cristiana, lo confunden con Lucifer y lo tratan con una mezcla de temor, cariño y respeto. Le llaman Tío:

Desde cuando los primeros mineros entraron en mi humeante cueva, horadando las rocas como topos humanos. Aquí me encontraron transformado en roca de la roca, en polvo del polvo y en barro del barro. Pero como ellos tenían miedo a la oscuridad y el silencio y cargaban ya en su mente las imágenes demoníacas que les inculcaron los hombres blancos, reconstruyeron mi imagen en cuarzo y barro mineralizado, dándome formas desproporcionadas y terroríficas. Me pusieron ojos de cristal, cachos de macho cabrío, orejas largas, nariz horrible, dientes sobrenaturales y un enorme pene para penetrar las rocas y reventar las vetas. A mí, que era bello y sumiso como la vicuña, me hicieron feo y feroz como el diablo del infierno. Me bautizaron con el nombre de Tío y empezaron a rendirme tributos y pleitesía (...).

Me rinden tributo porque soy el amo y señor de los recintos de la oscuridad y de las riquezas minerales que encierra el subsuelo. Soy uno de los espíritus masculinos de la fertilidad que fecunda a la Pachamama. Puedo ser dadivoso con quienes me rinden pleitesía con sumisión y respeto, y puedo ser cruel con quienes me ignoran y no cumplen sus obligaciones conmigo [9].

El Tío está presente con mayor o menor protagonismo en la mayoría de los cuentos, a excepción de La K’achachola, El Lamero, La Chinasupay y El Makipura y la Condenada. En La K’achachola, una mujer hermosa y elegante, cuya imagen recordaba a la venerada Virgen del Socavón, se le apareció al charanguero Florencio Nina el día en que se internó por el interior de los tajos dispuesto a acabar con su vida, después de verse rechazado por su enamorada. La K’achachola le ofreció la ilusión de su cuerpo, que está en todas las partes sin estar en ninguna en concreto, y le condujo hasta un abismo donde despeñó al galanteador despechado. Las acciones de El Lamero transcurren dentro de la mina. Allí un hombre, que en el pasado cometió un crimen pasional, destaca por ser el obrero más respetado por todos sus compañeros. El día de su muerte desoyó los consejos de su compañera que le rogaba que no acudiese al trabajo porque había tenido un sueño que presagiaba su muerte. Se precipitó al vacío, dando tumbos entre los riscos afilados de la roca, cuando preparaba, como tantas otras veces, el tiro de la dinamita. En La Chinasupay, ésta se aparece en sueños a un minero, adornada de signos terribles y contradictorios que el matrimonio no sabe descifrar. En El Makipura y la Condenada, un minero ebrio se encuentra en su camino de retorno al hogar con la Condenada. Ésta adopta la sonrisa amable de la Chinasupay y lo invita a seguirla hasta el lago. Allí penetra en sus aguas, entre carcajadas de júbilo, seguida del Makipura que llevaba prendida en sus ojos la ilusión del enamorado. Cuando las heladas aguas le llegan a la altura del pecho, el Makipura reacciona y las abandona librándose así de una muerte segura. Florencio Nina, el Makipura y el Lamero son mineros gobernados por unas fuerzas misteriosas situadas fuera de su control. La presencia femenina, revestida de diversas formas, reales o simbólicas, es la encargada de manejar los secretos resortes que conducen a los hombres hacia el cumplimiento de destinos para ellos ineludibles.

El motivo del accidente minero se reitera en cuentos como el de El Lamero y en otros como El Timbrero y El Juku y la Viuda. En El Timbrero se desploma el ascensor de la mina sin que el encargado del mismo pueda evitarlo. Como consecuencia, fallecen diez mineros y se salva inexplicablemente el comportero responsable de la jaula. En el informe del accidente se declara que todo se debió a un fallo técnico, pero «el Timbrero» no es capaz de reponerse de su complejo de culpa. Cuando ya nada ni nadie pueden sacarlo del marasmo, un día, después de un sueño reparador y misterioso, sale a la pampa y un rayo lo mata y resucita a un tiempo. Desde entonces, adquiere unas dotes prodigiosas de carácter físico y adivinatorio que lo hacen famoso en la comunidad. Empero no es capaz de hallar un remedio eficaz para vencer la esterilidad de su esposa. Ésta desconfía de él y lo abandona. Pierde así el interés para todos aquellos que tanto le admiraron y acaba siendo víctima de las asechanzas de otro hechicero, tras el que se escondían los familiares de los mineros aplastados por el ascensor de la mina (que jamás creyeron en su inocencia). En El Juku y la Viuda, un minero entra por las noches a los yacimientos y roba el mineral de estaño. En un momento de descanso, el Juku es acometido por un sueño profundo en el que se le aparece la Viuda y lo invita a disfrutar de su cuerpo. Cuando cree estar acariciándola, ésta prorrumpe en sonoras carcajadas que asustan al ladrón y lo devuelven al estado consciente. Allí quien realmente se encuentra es el Tío que lo viola y lo revienta por dentro. Detrás de cada accidente siempre hay algún compromiso incumplido con el vengativo Tío.

Ocupa un lugar central del libro El diablo de la envidia, en donde refiere de manera pormenorizada todos los componentes del Carnaval de Oruro. Se baila por las principales calles de la ciudad hasta desembocar en el Santuario del Socavón. Una de sus danzas más famosas es la diablada, en la que los mineros se disfrazan de diablos y homenajean tanto a la Virgen como a la figura del Tío.

Los Cuentos de la mina rinden tributo a las tradiciones orales que permitieron a los mineros bolivianos relacionarse entre sí, explicar conductas y sucesos, anclarse en un espacio social y cultural, dar cuenta de sus deseos más íntimos y desarrollar sus proyectos más queridos. Su objetivo primordial es preservar en la memoria colectiva las leyendas, la simbología y los rituales que conforman la identidad sociocultural de un pueblo sometido a unas condiciones económicas específicas. Se trata de un universo impulsado por mecanismos afincados en el interior de la tierra y que utiliza las fórmulas clásicas del relato mítico: ¿por qué el cerro conserva la silueta de la chola uncieña y actúa como imán que atrae hacia sí a los hombres desprevenidos?, ¿cómo es que en las noches de luna llena puede verse aún a la palliri Soledad Chungara vagando por el campamento minero, a pesar de que los policías la registraron como muerta en un accidente de tráfico?, ¿por qué se salvó solamente el Timbrero en el accidente que acabó con la vida de los diez mineros?, ¿qué fue lo que aplastó a la mujer de aquel minero que se atrevió a apostar con el Tío a costa de su esposa inocente?, ¿cuál es la verdadera causa de la enfermedad del abuelo del narrador?... Las deidades de esta singular mitología se entremezclan con las vidas, los afanes, las pasiones, los miedos, las angustias y los sueños de los mineros para servir de estandartes de su pobreza, de su desvalimiento, de su arrojo, de su imaginario colectivo y, sobre todo, de la injusticia social cometida contra un grupo humano cuya desaparición fue fríamente ordenada por las leyes del mercado internacional. Una organización económica insensible al hecho de que con la desaparición de los mineros del estaño se han extraviado también unas formas de comunicación interpersonal y de representación del mundo, una identidad sociocultural y, en fin, una manera de confrontarse con la realidad que estos Cuentos mineros tienen el mérito de dejar registrada para siempre en la historia literaria.

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Benigno Delmiro Coto (Asturias, España, 1952). Doctor en Filología. Catedrático de Lengua y Literatura en el Instituto de Enseñanza Secundaria "Rosario de Acuña" de Gijón (Asturias. España). Es especialista en literatura minera (La voz en el pozo. El trabajo en las minas y su presencia en la literatura, Madrid: Akal, 1993 y Literatura y minas en la España de los siglos XIX y XX, Gijón:Trea, 2003). Coordinador de talleres literarios e investigador en didáctica de la escritura creativa (La escritura creativa en las aulas. En torno a los talleres literarios, Barcelona: Graó, 2002).
bdelmiro@palmera.pntic.mec.es

FOTOGRAFÍA DE «EL TÍO»: Fotografía del tio de la mina (Wari, Tiw) en Oruro (Bolivia) By Erios30 (Own work) [GFDL (http://www.gnu.org/copyleft/fdl.html) or CC-BY-SA-3.0-2.5-2.0-1.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], vía Wikimedia Commons.

NOTAS:

[1] Víctor Montoya nació en La Paz (Bolivia), en 1958. Su infancia y primera juventud discurrieron en el pueblo minero de Siglo XX-Llallagua, al norte de Potosí, donde se descubrió la veta de estaño más grande del mundo. En 1976 fue perseguido, torturado y encarcelado. Permaneció en el campo de concentración de Chonchocoro-Viacha hasta que, en 1977, fue liberado tras una campaña de Amnistía Internacional. Desde entonces reside en Suecia donde se dedica profesionalmente a la escritura.

[2] En Víctor Montoya, Cuentos de la mina (Dedicatoria), p. 10.
[3] Víctor Montoya, El laberinto del pecado, Malmö (Suecia), Luciérnaga, 1993,140 pp.
[4] Op. cit., p. 104.
[5] Recogedora de trozos de roca mineralizada en los depósitos de estériles.
[6] Op. cit., p. 127.

[7] Víctor Montoya, Cuentos de la mina, Estocolmo, Luciérnaga, 2000,125 pp.
[8] Las minas de estaño se cerraron definitivamente en Bolivia a partir de 1986, más precisamente en 1985, después del decreto supremo 21060. Alrededor de la figura de este diablo-Tío gira también el libro de Víctor Montoya, Fugas y socavones, Editorial Ficticia, México, 2002, formado por una recapitulación de relatos recogidos de la tradición oral minera.

[9]
Op. cit., p. 107.

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Literatura y compromiso: Víctor Montoya





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