No hay nadie. Escucha. Escucha el árbol
escucha el árbol araucano.
No hay nadie. Mira las piedras.
Mira las piedras de Arauco.
No hay nadie, sólo son los árboles.
Sólo son las piedras. Arauco.

PABLO NERUDA:
Canto General
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Escuchado
en el viento

por
Pedro M. Martínez

Cuentan que fue Rafael Alberti quien dijo a Ricardo Eliezer Neftalí Reyes Basoalto que debía comprometer su poesía con lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Ricardo Eliezer —Pablo Neruda— había llegado como cónsul a Barcelona en mayo de 1934 y, seguramente, la opinión de Alberti fue determinante a la hora de escribir los poemas desgarrados que sobre la guerra civil española nos dejó el poeta chileno. Muchos de los versos de Neruda se perdieron durante años en la tormenta de la represión franquista, después de que el poeta convenciera al gobierno chileno para que fletara el Winnipeg, un barco de carga que llevó a casi 2.500 refugiados españoles a Chile. Era en 1939, la República Española había perdido la guerra. El barco llegó a Valparaíso el 3 de septiembre. En la España interior comenzaba la larga noche del fascismo.

Neruda amó a España y ahora, en este mes de julio de 2004 en que el poeta nacido en El Parral habría cumplido cien años, uno piensa en aquéllas décadas de silencio. Recordar a Neruda es rememorar, también, una época en que muchos de sus poemas llegaban a España clandestinamente, a retazos, rotos como tantas vidas, exiliados como los de León Felipe, Alberti... o asesinados como los de Miguel Hernández. Los versos también padecen el extrañamiento, la prisión y la pena de muerte. Pasarían muchos años para que pudiéramos espetar sin miedo a los generales traidores: «...mirad mi casa muerta/ mirad España rota:/ pero de cada casa muerta sale metal ardiendo/ en vez de flores,/ pero de cada hueco de España/ sale España,...» y levantáramos sin miedo las tapas de España en el corazón para leer lo que ocurrió en aquellos aciagos días, en poemas de amor y fusil, de resistencia y esperanza.

Éramos más jóvenes en los años cincuenta y sesenta. Nos esperaba la historia, la tantas veces manipulada, ocultada y vilipendiada por el Régimen: «¿Cómo atreverse a destacar un nombre de esta inmensa selva de nuestros muertos? Tanto los humildes cultivadores de Andalucía, asesinados por sus enemigos inmemoriales, como los mineros muertos en Asturias, y los carpinteros, los albañiles, los asalariados de la ciudad y del campo, como cada una de las miles de mujeres asesinadas y niños destrozados, cada una de estas sombras ardientes tiene derecho a aparecer ante vosotros como testigos del gran país desventurado, y tiene sitio, lo creo, en vuestros corazones, si estáis limpios de injusticia y de maldad. Todas estas sombras terribles tienen nombre en el recuerdo, nombres de fuego y lealtad, nombres puros, corrientes, antiguos y nobles como el nombre de la sal y del agua...» Neruda anticipó en este inolvidable discurso, dedicado a Federico García Lorca, el derecho de los hijos de la posguerra española —los niños que cantaban el Cara al sol antes de entrar a clase, las niñas reclutadas en la Sección Femenina de la Falange Española y de las JONS— a dar vida, corporeidad a quienes nunca fueron sombras sino carne y sangre atormentada, a quienes sólo fueron desventurado ejemplo de la España miserable, la de la injusticia, el egoísmo y el horror.

Niños que crecieron —que crecimos— y quizá ahora se parezcan en algo al poeta que era

...duro de nariz,
mínimo de ojos, escaso de pelos
en la cabeza, creciente de abdomen,
largo de piernas, ancho de suelas,
amarillo de tez, generoso de amores,
imposible de cálculos,
confuso de palabras,
tierno de manos, lento de andar,
inoxidable de corazón,
aficionado a las estrellas, mareas,
maremotos, administrador de
escarabajos, caminante de arenas,
torpe de instituciones,
chileno a perpetuidad,
amigo de mis amigos, mudo
de enemigos,
entrometido entre pájaros,
mal educado en casa,
tímido en los salones, arrepentido
sin objeto, horrendo administrador,
navegante de boca
y yerbatero de la tinta...
(1)

y escuchen en el viento del recuerdo aquellos sus poemas en las voces de Los Calchakis, Paco Ibáñez, Víctor Jara, Aparcoa, Quilapayún, Theodorakis...

Los discos y libros pasaban por entonces escondidos en generosas y arriesgadas maletas por la frontera francesa. Y luego eran copiados, transmitidos, acariciados con ansia de libertad y conocimiento. Y ese viento hay que recordarlo, creo, hay que revivirlo: «... los españoles deben saber que yo viví mucho tiempo —los españoles de estas generaciones que han olvidado ya muchas cosas— y que tomé parte, dentro de una generación extraordinaria, en las preocupaciones, en los deberes y en la poesía de una época». Épocas que se suceden y deberían mezclarse con el mismo amor con el que el poeta se preguntaba

¿De qué sirve un ciervo sin cierva,
de qué sirve un perro sin perra,
una abeja sin su abejo,
una tigresa sin un tigre
o una camella sin camello,
o una ballena sin balleno
o un rinoceronte soltero?

¿De qué sirve un gato sin gata,
un ruiseñor sin ruiseñora,
una paloma sin palomo,
un caballito sin caballa,
una cangreja sin cangrejo,
un agujero sin raíces?

A casarse, peces del mar,...
(2)

pues, ¿de qué puede servir alguien sin la Memoria? Persona y Memoria deben vivir hermanados —como pareja fundamental y primigenia— en el futuro que vive el pretérito, en el presente que quiere el futuro sin repetir lo triste del pasado.

Juventud e insurrección. Como un poema de fuego. Como un fusil cargado con balas de tiempo. Juventud anónima que levantó las piedras de las ciudades de la España franquista, para ver si quedaba debajo arena de playa, como diría Ismael Serrano. Aún quedaba (y queda) mucha: fina y suave al tacto, húmeda y dura bajo los pies; arena barro ancestral que se hace costra en la piel. Sí, es verdad que entonces «todo era vuelo en nuestra tierra» (3) y que manos blancas escribieron en las paredes la parusía del paraíso perdido en el cruel laberinto del devenir. Sí, es cierto que durante un tiempo se navegó «en un agua de origen y ceniza», que fue bello «ir por las calles con un cuchillo verde/ y dando gritos hasta morir de frío...

Es también por aquel entonces cuando lo que se denomina la historia deparó otro de sus trágicos hechos. Era un once de septiembre de 1973 cuando generales traidores dieron la orden de asaltar el Palacio de la Moneda, sede del Gobierno de Chile. Salvador Allende, Presidente Constitucional, moría en el asalto y poco después lo haría Neruda. Su entierro fue vigilado por los milicos y las imágenes que tenemos de las exequias son en blanco y negro: familia y amigos llorando alrededor del féretro del hombre que testó a favor de los Sindicatos Mineros del Cobre. El río Mapocho se tiñó de cadáveres y durante años el país vivió el estado de sitio y el toque de queda. El 31 de marzo de 1978 los militares golpistas levantaron la queda en Santiago. Las calles se llenaron de un pueblo que comenzó a reconocerse después de la tragedia y Violeta Parra susurraba sus canciones en la cálida noche.

Y en este mes de julio de 2004, el Nobel cumpliría los cien años. De Ricardo Eliezer Neftalí Reyes Basoalto, alias Pablo Neruda, el hombre que dijo que su libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada había —por algún milagro que él no comprendía— «mostrado el camino de la felicidad a muchos seres», y se preguntó «¿Qué otro destino espera el poeta para su obra?», chileno, comunista, escritor, sobre todo ser humano, seguiremos lanzando palabras al viento. Quizá algún día lleguen a la «tierra sin nombres y sin números» que él vio entre la vegetación primigenia de su Canto General. Y ese día las palabras ya no volarán, hincarán sus raíces en las tinieblas.


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NOTAS:
(1) Autorretrato.
(2) "Bodas" (Fin de mundo).
(3) "Vienen los pájaros" (Canto General).
(4) "Walking Around" (Residencia en la tierra II).

* IMAGEN EN ARTÍCULO: Pablo Neruda, Por Revista argentina Siete días ilustrados [Public domain], undefined, via Wikimedia Commons.


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