JOSÉ LUIS CORRAL

La sabiduría de la Historia, en el alma de las palabras

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Entrevista por Raúl Tristán


Raúl Tristán: Historiador y escritor, te has convertido en uno de los iconos patrios de la novela histórica, no sólo por el volumen de tu prolífica obra, sino también por el rigor que has demostrado con la propia esencia de la Historia y, como no podía ser menos, por tu cuidada prosa.

Has contribuido a dotar de valor a un género en el que hoy día bucean, con mayor o menor acierto, numerosos escritores… ¿Qué condiciones crees que debe reunir, desde tu punto de vista, una obra que quiera adscribirse a este género? ¿Y el escritor? ¿Existen errores o aberraciones inadmisibles? ¿Qué opinas de la polémica surgida a raíz del éxito mundial de El código Da Vinci?

José Luis Corral: Un escritor que quiera escribir novela histórica debe atender a los conceptos contenidos en esas dos palabras. Es decir, ante todo debe novelar, lo que supone crear y desarrollar una trama, en la cual cabe perfectamente la ficción, pero al añadir el calificativo de histórica debe ajustarse a una serie de parámetros que no pueden ser alterados, y que constituyen los hechos históricos. Ahí es donde radica la dificultad de este tipo de novelas, y el punto fundamental donde algunos fracasan.

El Código Da Vinci es un ejemplo de esto último. Se ha presentado como novela histórica cuando en realidad los hechos allí narrados no tienen nada que ver con la historia. El Opus Dei, por ejemplo, es peor de lo que se dice.

R.T: Has sido alma mater del Premio de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, que ha posicionado a esta ciudad como referente del género, de la mano de ilustres premiados…

J.L.C: No, no, el muñidor de la idea fue Juan Bolea. Yo no he tenido otra cosa que ver en este asunto que ser miembro del Jurado de la primera edición.

Además, a mí no me gustan ni los premios, ni los homenajes ni los «reconocimientos». Los premios «importantes» suelen estar comprometidos de antemano, pues hay demasiados intereses personales y editoriales en todo esto. Pero bueno, si sirven para promocionar a los autores y a la lectura, y para que de vez en cuando se hable de libros en los medios de comunicación, pues sean bienvenidos.

Pero que quede claro que en muchos premios el veredicto es más cuestión de amigos que de méritos. No en vano le llaman «fallo» a la decisión del jurado.

R.T: ¿Cómo ves, en general, «la cantera» nacional de escritores? ¿Y la aragonesa en particular?

J.L.C: Los escritores jóvenes españoles lo tienen difícil. Y no porque no haya vías para publicar, pues cada año se publican más y más títulos, sino porque algunas editoriales están publicando todo lo que cae en sus manos para ver si descubren algún best-seller casi por casualidad.

No hay una generación demasiado numerosa, pero en España hay una docena de escritores jóvenes excelentes, aunque quizás deberían trabajar más.

Y en cuanto a Aragón, pues el panorama es algo mejor. Yo creo que está por encima de la media nacional en calidad y en cantidad. Hay aquí media docena, permíteme que no dé nombres, de escritores y escritoras que si siguen trabajando y se les apoya pueden tener un futuro deslumbrante.

La Asociación Aragonesa de Escritores nació precisamente para eso.

(Debemos recordar que José Luis Corral ha sido, hasta hace poco tiempo, Presidente de la Asociación Aragonesa de Escritores, cargo que actualmente ocupa una gran escritora de nuestros días, Magdalena Lasala)

R.T: No puedo evitar el nombrar tu novela El salón dorado, una obra cuya lectura me sedujo desde los comienzos.

Profunda y profusa en cuanto a datos y conocimientos, densa y magnífica, me llevó a imaginarte en tu labor investigadora, en archivos y bibliotecas, con el fin de documentarte para su escritura.

¿Cómo es esa fase previa de documentación, a la que debe rendirse quien quiera afrontar el reto de escribir novela histórica? ¿Qué proceso sigues, qué pautas, qué secuencia, cómo organizas tu tarea? Danos una guía, unas claves.

J.L.C.: A cualquiera que se le ocurra escribir una novela histórica debe tener en cuenta que ha de documentarse, y mucho. Por mi parte lo hago, y sé que tengo ventaja al ser historiador profesional, con todo tipo de documentos. Hay novelistas que creen que basta con leer un par de libros y una enciclopedia y ya se está en condiciones de escribir una novela sobre la historia de al-Andalus, y no es así. Yo me documento con las obras de mis colegas historiadores, pero también con documentación de archivos, crónicas, restos arqueológicos, excavaciones, literatura de la época.

Y en cuanto al proceso que sigo, es bastante riguroso. Suelo elegir un tema que me guste y en el cual tenga algo que decir, luego ideo una trama que sea coherente con la historia de ese momento y trato de encajar en ello la ficción que todo novelista crea.

Por fin está la calidad, el talento, y ahí sé que no hay ninguna fórmula, y que no depende de uno mismo sino de los arcanos, los genes, la providencia, o yo qué sé. Pero al final, siempre tiene el lector o la lectora la última palabra. Eso sí, las musas te tienen que sorprender trabajando.

R.T: Compaginar tu actividad educativa con la de escritor, conferenciante, director de cursos, asesor histórico… Los trabajos de Hércules parecen un juego de niños al lado de la febril actividad que despliegas…

J.L.C: Eso me dicen con frecuencia, pero yo no lo veo así. Suelo trabajar ocho horas diarias y de lunes a viernes, bueno, algún fin de semana a lo mejor hay que acabar algo pendiente, pero nada más. Eso sí, ocho horas diarias trabajando de verdad dan para mucho, y sobre todo si se planea la semana, el mes y el año.

Merece la pena ocupar unos minutos en planear la semana para que todo vaya mucho mejor. No hay otro truco.

R.T: En 2006 llegaste incluso a presentar dos libros a un tiempo, Breve Historia de la Orden del Temple (Edhasa, 2006) y El caballero del templo (Edhasa, 2006)...

J.L.C: Fue un reto que me impuse. Muchos lectores me preguntan que qué hay de ficción y qué de historia en mis novelas. Bueno, pues en estos dos libros está la respuesta. El caballero del Templo es una novela sobre un templario al que le ocurren toda una serie de cosas, y que es testigo de los últimos veinte años de existencia de la Orden, en tanto la Breve Historia del Temple es un ensayo documentado sobre la vida en esa misma Orden; es decir, la novela histórica y la historia escritas por un mismo autor y sobre el mismo tema. Me parecía un reto personal y profesional apasionante, y así lo afronté. Y por lo que me dicen, y las críticas publicadas, no ha salido mal el experimento, que nunca antes lo había hecho nadie. A lo mejor lo repito en otras novelas y otros ensayos.

R.T: ¿No habrás pretendido con ello aprovechar el tirón mediático que la literatura esotérica, y con ello el templarismo está teniendo en estos momentos? Te lo digo en tono irónico, no te lo tomes a mal…

J.L.C: No, porque en ese caso hubiera hecho una novela esotérica y de misterio, y no es así este caso.

Esta novela está ajustada a unos hechos históricos concretos. No hay misterios insondables ni secretos por descubrir. Sí, sale el grial porque es una constante en el imaginario religioso de la Edad Media, pero es un grial que todavía hoy puede verse en la catedral de Valencia. No me invento sino la trama, todo lo demás es historia. Y me interesaba mucho desmontar tantas patrañas, mentiras y tergiversaciones sobre los templarios, que han sido utilizados para casi todo. Esta novela pretende precisamente romper con tantos tópicos falsos.

R.T: Has sido asesor histórico de un director cinematográfico tan reconocido como Ridley Scott, en un filme, 1492, que marcó un hito en su época. ¿Qué nos puedes contar de esa experiencia? ¿Cómo es el trabajo que se desarrolla en ese campo? ¿Has sido asesor en El reino de los cielos, filmada en parte en un escenario tan emblemático como el castillo de Loarre?

J.L.C: Fue estupendo trabajar con Ridley Scott, Sigourney Weaver, Gerard Depardieu, Armad Assante, Ángela Molina, Fernando Rey. Aunque los rodajes son, a ratos, muy tediosos. Además yo era un asesor, y ya sabes que asesor es aquel al que raras veces se le pregunta, y cuando se le pregunta no se suele hacer caso a su respuesta o a su consejo.

A mí Scott me dejó montar algunas escenas, como la de la quema de herejes, o las del convento, pero me llamaron tarde para intervenir en la película y no pude asesorar en el guión, en el atrezzo o en los escenarios, que ya estaban preparados. Pero aquella experiencia me enseñó lo difícil que es ser director de cine.

En cuanto a la película El reino de los cielos, no tuve oportunidad de intervenir. Yo estaba en esas fechas fuera de España por motivos profesionales y ni siquiera pude acercarme a Loarre para saludar a Ridley Scott.

R.T: Además de la Edad Media, otro periodo histórico con el que te sientes muy involucrado es el de la Guerra de la Independencia, y más en concreto, y emocionalmente, con el episodio de Los Sitios de Zaragoza. Varios escritos tuyos en esa línea así lo confirman, e incluso una novela, ¡Independencia! (Edhasa,2005), va camino de convertirse en una película de la mano de la productora Ensueño Films y el director Alejandro Toledo… lo que incluso daría pie a que Zaragoza contara, de una vez por todas, con el ansiado y necesario Museo de Los Sitios…

J.L.C: Mis dos novelas, falta una tercera, sobre esa época, Trafalgar e ¡Independencia!, son sendas apuestas por dar a conocer a los lectores una época apasionante y a la vez triste y penosa de nuestra historia.

En los inicios del siglo XIX coincidieron dos de los peores reyes de España, y los ha habido malos, malos, a docenas. Carlos IV era un perfecto imbécil, y su hijo Fernando VII un consumado canalla. Y con ambos monarcas aparece Napoleón, y su intento de conquistar España, y la resistencia de un pueblo sometido a condiciones casi feudales por la nobleza y la Iglesia, con una monarquía indecente y unas clases dirigentes pacatas, egoístas y pagadas de sí mismas. Y a pesar de todo, el pueblo español lucha por su independencia, y aclama a un sinvergüenza como Fernando VII, al que apodó como «el Deseado», cuando en realidad no fue sino un traidor y un cobarde.

Este pueblo ha sido a veces así de memo, ¡qué le vamos a hacer! Esa época merecía una novela, una trilogía en este caso, y a mí, aunque no soy especialista en esa época, me apetecía mucho hacerlo, y ahí está. Afortunadamente la productora Prodigius se fijó en mi novela ¡Independencia! y compró los derechos para hacer una película.

Bueno, ya está acabado el guión, la preproducción, y casi todo lo previo; ahora falta iniciar el rodaje, que, aunque va con retraso, espero que sea pronto.

Alejandro Toledo va a dar un toque de modernidad y calidad a la película extraordinario, y si al final se hace, será estupendo porque en Aragón se habrá rodado la película más importante, en presupuesto, del cine español. En cuanto a los escenarios, parte de los cuales están acabados, es una pena que no se hayan podido conservar para ese museo de los Sitios, porque no ha habido una decisión firme por parte del ayuntamiento de Zaragoza; imagino que están muy liados con la Expo.

R.T: No quiero pasar por alto una cualidad tuya que creo digna de señalar: eres un hombre comprometido, no uno de esos estudiosos o escritores al uso, neutros e insípidos, que buscan alcanzar el éxito sin abrazar causa alguna, sin mojarse por nada ni por nadie, sin salirse del guión de lo políticamente correcto. Allá donde has tenido ocasión, has reivindicado el papel de la mujer en la construcción de las catedrales de la Edad Media, la existencia del olvidado Teruel, o has propugnado el entendimiento entre culturas y civilizaciones, o la defensa del medio ambiente (la protección de las montañas contra el urbanismo demoledor o la ilógica de los trasvases) e incluso los valores republicanos o la oposición a la pena de muerte…

J.L.C: El compromiso es mi forma de entender la vida.

Desde hace tiempo me ha preocupado mucho la Política, que lamentablemente no está en sus mejores momentos. Yo creo en una sociedad justa, participativa, igualitaria y libre; y hoy por hoy ese ideal queda lejos. Me repugna la mentira política, la instrumentalización del poder, los ineptos que están ahí, ocupando puestos importantes, con el único mérito de haberle llevado el maletín al jefe. Hay demasiados mediocres en la política, y no me gusta que los líderes nombren para ocupar cargos ejecutivos en un ayuntamiento, una diputación o un gobierno autónomo a «leales» que no saben hacer la «o» con un canuto, pero que besan el suelo por donde acaba de pasar el jefe de turno. La política no es sólo «hacer cosas», sino dejar que la gente hable, que las mujeres sean iguales, de verdad, que los hombres, que la justicia sea el paradigma de la vida pública, que la gente sea de verdad la dueña de su destino. Mi formación es la de un hombre libre y abierto al mundo, un mundo sin fronteras, sin patrias retóricas y banales, sin derechos diferentes por haber nacido a un lado o a otro de una raya que dos políticos han trazado en un mapa porque sí.

R.T: Cuéntanos que proyectos tienes de futuro…

J.L.C: Por primera vez en mucho tiempo, en el año 2007 no voy a publicar ningún libro. Lo he dedicado a preparar una Historia de España que publicará Edhasa en abril de 2008, y en la cual he intentado llevar a los españoles una visión del territorio, del país y de sus gentes al margen de posiciones visionarias (tipo nacionalismo) o de integradoras a la fuerza (tipo españolismo). Serán unas 700 páginas en las que la Historia discurre como un río que fluye sin final.

Han sido cinco años de trabajo, pero estoy muy satisfecho con la manera en que ha quedado porque me ha permitido plasmar mi concepción de la Historia. Sé que levantará mucha polémica, porque la Historia ha sido siempre, y lo sigue siendo, un arma ideológica de una fuerza tremenda, pero tenía que hacerla y ahí está.

Y a finales de ese 2008 saldrá la tercera y última parte de Trafalgar e ¡Independencia! En ella narraré, con el mismo protagonista, el coronel Faria, los últimos años de la Guerra de la Independencia.

R.T: Muchas gracias por todo, José Luis. Ha sido un placer conversar contigo.