Viaje por Las Batuecas,
de Antonio Ponz

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Rosa Marcela Gallego Reyes


Antonio Ponz nació en Segorbe, en Valencia, en 1725. Estudió teología en Gandía y se inscribió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Se le encargó inventariar los bienes en Andalucía de la recién expulsada Compañía de Jesús y esto pudo ser el motivo por el que empezara a escribir su obra Viaje de España. El protector y editor del proyecto se cree que fue el Fiscal y Gobernador del Consejo de Castilla, Pedro Rodríguez de Campomanes. No obstante, el autor murió en 1792 dejando su obra sin terminar.

El libro de viajes más importante del siglo XVIII fue el de este autor titulado Viaje de España, que empezó a publicarse en 1772 hasta 1794. En esta obra el viajero va dando noticias de ciudades, pueblos y comarcas en forma de cartas dirigidas a un amigo anónimo para el lector, pero que es posible que fuera el mismo Campomanes. Estas cartas no son propiamente familiares porque carecen de noticias auténticamente íntimas y en primer lugar intentan fijar por escrito lo que captan sus sentidos. Este autor no presta atención a los sentimientos subjetivos que despierta la naturaleza ni a los monumentos artísticos. Como modelo comunicativo la carta le sirve para fragmentar la información, documentar etapas de un trayecto y para integrar incisos subjetivos y detalles autobiográficos, porque si no hiciera esto su escrito quedaría como un simple inventario notarial de bienes o como un tratado de geografía. El marco ficticio de la carta entre amigos le permite al autor combinar exposiciones técnicas de geografía y arte con anécdotas personales, acontecimientos triviales y alguna broma. Todas las cartas de Antonio Ponz son textos muy elaborados: en algunas encontramos que predomina el itinerario institucional del viaje y el autor se limita a inventariar cuadros y edificios que se encuentra en el camino, pero en otras cartas percibimos el interés por amenizar la narración y darle un tono más personal, por lo que incluye reflexiones propias y ajenas sobre la vida de los pueblos que va visitando.

Ponz es también autor de un Viaje fuera de España (1785) en dos tomos, sobre Francia e Inglaterra y Holanda, Bélgica y Francia.

El lenguaje que encontramos en el texto es sencillo y cuidado. Aparecen citas en latín pero están usadas en tono irónico. Este texto lo concibe como respuesta a dos cartas de dos críticos. Así toma en este texto la apariencia de literatura epistolar. Lo fundamental es la experiencia que va narrando el autor del texto. Es muy importante para encuadrar este texto dentro del ensayo que no siga un método, un camino para seguir su viaje. Esto está relacionado con el fragmentarismo que caracteriza a los ensayos. De un discurrir van surgiendo las ideas enlazadas unas con otras de manera espontánea. En primer lugar se dirige al crítico que pone el dinero para que se impriman sus escritos que le había dicho que previamente debía haberle presentado un proyecto al rey; y le contesta que si hubiera hecho lo que le dice su obra se había quedado en un proyecto solamente porque con tanto trámite hubiera perdido las ganas de hacer finalmente el viaje. Aquí vemos que está presente la ironía: «dígale usted a ese sujeto... que hubiera quedado en ser un viaje imaginario». Comenta que cuando ya se han publicado varios volúmenes el rey le ofrece una ayuda económica para que continúe con la publicación con mayor comodidad. Había un hábito en otros lugares de Europa de acompañar los viajes con grabados y así dice que va acompañado de «dos dibujantes».

Hace una referencia a un segundo crítico, de los que siempre critican, pero ellos nunca hacen nada. Presenta la carta que viene a continuación porque Antonio Ponz cuenta siempre en sus viajes con informadores que le ponen en antecedentes de la ciudad. Esta sería la primera parte de la carta que puede considerarse una especie de prólogo donde justifica lo que está haciendo. A continuación viene la segunda parte de la carta donde se describe el lugar y luego se añaden comentarios de carácter anecdótico. Además esta segunda parte aparece precedida de un título: País de las Batuecas. Se estructura en párrafos breves. Primero hace una introducción sobre la consideración de esta zona como desconocida:

«El territorio de Batuecas, situado en los confines de castilla la Vieja y Extremadura, cerca de Portugal, ha ejercitado la fantasía y curiosidad de muchos acerca de su descubrimiento y sobre si era un país incógnito, sin noticia de nuestra religión» [1].

Aquí ya aparece esa complicidad al decir «nuestra religión», es decir, que autor y lector comparten la religión. A continuación describe el itinerario con sus distancias y la región en su aspecto geográfico:

«El itinerario desde Plasencia a las Batuecas es como se sigue: desde Plasencia al Aigal, cuatro leguas; a Mohedas, una; al Casar de Palomero, una; a Cambroncino, dos; a Vegas de Coria, dos; a las Mestas, una, y al convento de Batuecas, media.

Entre Plasencia y el Aigal se ven, a la derecha, los pueblos de la oliva y el Gijo de Granadilla; a la izquierda, Santibáñez el bajo; se pasa el río Ambroz, o de Capara, atravesando dilatados montes de encinas y alcornoques, que también los hay entre el Aigal y Mohedas» [...].

Luego ya nos explica la fábula en la que el demonio se aparecía por estos lugares y para demostrar lo que está diciendo muestra que aparece esta fábula en el libro de becerro que es un libro de iglesias donde se copiaban las crónicas de la fundación del lugar:

«Doy yo, mis Padres, gracias al señor de que en una tierra tan áspera, y en que como consta de testimonios, que tengo en el archivo de mi Obispado, ahora cuarenta años, poco más, o menos, había hombres gentiles, a quien el demonio traía engañados con apariciones exteriores y visibles; quiera su Majestad se haga ese santuario para ser servido en él. Daré yo esa licencia de muy buena gana y ayudaré lo que pudiere a tan santa obra».

Luego habla de otros cuentos como el de un caballero y su enamorada, cuentos ficticios que se creyeron y se difundieron por autores como Nieremberg, Alonso Sánchez, Tomás Cornelio o Moreri. Para desmentirlos el presbítero Tomás González Manuel publicó un libro donde deshacía las historias de fantasmas con documentos auténticos. También Feijoo respalda la explicación racional. Luego sigue con la descripción geográfica de las Urdes y realiza una valoración: «[...] con todo eso no iguala de mucho a las otras, y es por donde el sol y los aires tienen entrada, aunque el sol parece imposible pueda gozar el valle más de cuatro horas en el invierno».

Sigue describiendo la sierra y cuando llega a un lugar llamado «las cabras pintadas» explica el origen del nombre y añade una apreciación sobre los accesos al lugar: «[...] porque en las peñas se veían ciertas figuras muy mal hechas por los mismos pastores con almazarrón, en que parece quisieron representar cabras. [...] Es muy trabajoso el subir a dicho sitio de las cabras pintadas».

Continúa hablando sobre los animales y aparece el yo explícito al contar una anécdota con un animal:

«En un tomo que yo he visto de las actas de la Academia Leopoldina se hace relación que una de estas sabandijas saltó de un profundo foso y se quedó clavada como una saeta en el brazo de un hombre que estaba en muchísima distancia».

Con respecto a este asunto comenta también que cerca del santuario de Las Batuecas no ha ocurrido ningún percance y hay que atribuirlo a la santidad del convento. Prosigue describiendo las sierras y valles y entonces describe el convento de las Batuecas, primero su exterior y alrededor y luego su interior. En el texto aparecen paréntesis que son aclaraciones del autor. Luego continúa su viaje por la sierra de Gata y va describiendo el itinerario donde aparece otra vez el yo del autor y una valoración personal: «Es muy semejante, como digo, este valle al de las Batuecas. [...] No bajé a ellas, porque mi caballo no podía caminar por veredas tan angostas».

Sigue su camino y describe un castillo en ruinas y una parroquia antigua. Cuando llega a las cuevas aparece otra vez el yo del autor: «hallándome yo». Y ofrece su opinión acerca del origen del nombre de la sierra de Gata en relación con las cuevas: «Mi opinión es de que dichas cuevas fueron canteras y que el nombre de Gata es corrompido de ágata, por las piedras de esta clase que allí hubieron de encontrarse». Y a continuación introduce una anécdota personal, elemento propio del ensayo que se utiliza para no perder la atención del lector:

«Pregunté al mesonero del Pino sobre minas o canteras en la sierra de los Ángeles; miróme de arriba abajo, y sonriéndome, dijo: ¿A que es usted algún perdulario, como dos danzantes que no ha mucho vinieron acá para buscar minas por estas tierras? Aquí señor mío —dijo el tío Bernardo Martín, que así se llamaba el mesonero y alcalde juntamente— no hay más minas que trabajar, comer y gastar poco, que es lo mismo que dije a los dos mencionados perillanes; y aunque ellos me aseguraron haber encontrado la mina del hierro y que todos quedaríamos ricos, al cabo, destrozados sus buenos vestidos y medias de seda que llevaban, se volvieron a su casa conocido su yerro, y yo me quedé muy descansado en la mía».

Como se ve, en su propia anécdota se introduce otra del mesonero. Aparece ya cuando se acerca al final de texto el receptor de la carta: «debo advertir a usted». Luego cuenta como fray Juan de San Joaquín hace un estudio etimológico del término Batuecas. En la tercera y última parte del texto el autor se vuelve a dirigir a su amigo anónimo y le dice que ya ha terminado y que le haga las correcciones que vea oportunas al texto y explica que lo que realmente él no es quien ha ido a Batuecas, aunque le hubiera gustado, sino que ha sido descrito por otra persona:

«Me parece que con la referida carta no echará usted de menos mi ida a las Batuecas ni cuanto yo hubiera podido contarle de aquel país. Confieso que hubiera tenido gusto en verlo, y a no haber dado con persona que con tanta puntualidad nos lo ha descrito y tener presente que todavía me quedan que caminar trescientas leguas por lo menos de este viaje, sin duda hubiera ido allá».

Termina el texto como lo que es, con una despedida epistolar: «Páselo usted bien, y tenga paciencia hasta el correo inmediato. - Plasencia, etcétera».

El tema de la carta está claro que se encuentra muy relacionado con la realidad porque es precisamente lo que describe y no agota el tema porque se puede seguir hablando con más detalles de la zona o dando más anécdotas y ejemplos. El lenguaje está cuidado pero puede llegar a un gran público que es su finalidad: que cada publicación sea leída por el mayor número de personas. La sintaxis no es muy complicada y ayuda que toda la carta esté estructurada en párrafos breves y en tres partes bien diferenciadas: una primera a modo de introducción; la descripción del lugar con opiniones y reflexiones; y por último, una parte en que el autor se dirige a su amigo para despedirse en su carta. Estos rasgos relacionan el texto con el género ensayístico ya que el libro de viajes se considera uno de los precedentes del ensayo.

Para finalizar, resulta interesante señalar que aunque toda la crítica haya señalado este género como precedente del ensayo, se relaciona en la actualidad con documentales televisivos que pretenden acercarnos a los lugares enseñándonos el paisaje y mostrándonos la historia que encierran en ellos.


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[1] Todos los fragmentos que aparecen en el análisis y comentario de esta obra han sido extraídos de Sánchez Blanco, Francisco, El ensayo español, Vol. 2, El siglo XVIII, Barcelona, Crítica, 1998.

Ilustración: Las Batuecas portada, By Cruccone (Own work) [CC-BY-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/3.0)], via Wikimedia Commons.


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Rosa Marcela Gallego Reyes
es licenciada en Filología Hispánica y en Lingüística.

Contactar con la autora: rosa_m_rota [at] hotmail.com