Comala

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Pedro Lluch



02-AGO-2008

¿Cómo dice la frase con que arrastra Juan Rulfo al lector en el íncipit de Pedro Páramo? No recuerdo exactamente, pero es algo así como «Vine a Comala porque me dijeron que aquí encontraría a mi padre».

No puede el viajero decir lo mismo. Él vino a Yereván para cumplir con sus obligaciones laborales, para huir del calor enclaustrado del despacho y seguir dando la impresión de eficaz gerente de su teatro de operaciones. El viajero por primera vez pone los pies en el Cáucaso: le mueve la curiosidad.

Y la curiosidad le lleva a una fábrica de ladrillos, a otra de pinturas, la curiosidad le pasea por la ciudad y sus baches en un Lada desballestado, sin otro aire que el muy cálido bochorno que entra por las ventanillas sazonado con el olor del tráfico (inmensos camiones verdes Zil y Kamás, vetustos restos del mundo soviético que siguen dando guerra con sus líneas rechonchas años 50, sus depósitos de gas natural, sus estertores agónicos), le lleva a un taller mecánico cuando una correa del ventilador revienta y hay que sustituirla (media tarde sentado entre bidones de lubricantes y bebiendo vasitos de café helado), la curiosidad le lleva hasta el despacho del gran boss (reloj de oro y diamantes), le arrastra (pies hirviendo, el tejano ahora ya acartonado por el sudor, la camisa mimetizada con los ruedos del sudor, las gafas de sol sudando ellas también) le arrastra a un showroom de textiles para el hogar (cortinas, toallas, alfombras, multicolores muestras de texturas, hechuras, estampados, tejidos y combinaciones cuyo único gran mérito es el aire acondicionado en el que nos damos un respiro —y otro botellín de agua).

La curiosidad le lleva a una cena de empresa de este mismo showroom: celebran un año de actividad, y la empresaria (esposa del gran boss que me ha recibido antes) nos incluye en el convite. Tendremos ocasión de departir con todo el equipo (transportistas, costureras, administradores, gente de marketing...). Pero el vodka embota las charlas, y el viajero se deleita viendo bailar a los jóvenes (mezcla de baile oriental con un toque aflamencado, una sazón de pop y una urdimbre de melosos instrumentos locales que acaban crispando).

La curiosidad no contaba con la siempre imponente presencia del Monte Ararat en el horizonte al sur de la ciudad: esta montaña mítica del pueblo armenio (ahora en territorio turco), en la calima dibuja su cima a 5.165m de altitud, escoltada a su derecha por la del Pequeño Ararat (3.925m). La nieve del Ararat apenas logra refrescar el día. Ni enfriar las tensiones, especialmente las existentes con Turquía, aunque también con Azerbayán. El drama de Armenia es recordado en toda circunstancia. El Genocidio de que fue objeto este pueblo por parte de los turcos en 1915 es clamado al mundo en el Museo Memorial del Genocidio que ha sido construido en una de las colinas de Yereván. Mañana me llevan a verlo.

05-AGO-2008

Silencio; baches. Semáforos apagados; remolinos de polvo; hojarasca inquieta en las aceras. Ventanas rotas en los almacenes; basuras desventradas en las esquinas. Dos niños corren por la acera; el que va delante, con un quiebro rápido, se cuela entre dos tapias, desaparece, y el perseguidor le increpa agitando algo entre las manos, parado en la vereda, jadeante. No oigo sus gritos. Silencio y baches.

En mi cabeza bullen las haldas astrosas de las refugiadas, los cadáveres de niños en el suelo, los cuerpos esqueléticos de madres con tetas secas y escuálidas, las cabezas de los decapitados. Tres oficiales turcos posan, en un estudio fotográfico, detrás de una mesita alta donde reposan las cabezas de dos líderes religiosos armenios; lucen ufanos bigotes. Un terraplén cubierto de cadáveres. Cabezas empaladas contra un muro, cinco o seis. Una montaña de cabezas, de algo más de medio metro de alto: cabezas sueltas, caras, cogotes, tumefactas facciones, narices, cabezas humanas apiladas. Los cuellos cercenados. Afortunadamente se trata de viejos clichés en blanco y negro de grano grueso que, en las grandes reproducciones del Museo Memorial, amplían y desdibujan los detalles de la crueldad del Genocidio del pueblo armenio que tuvo lugar en Turquía en 1915; en color estas fotos serían insufribles. Hombres y mujeres en rebaño salen de los pueblos de Anatolia hacia los desiertos de Siria: marchas de la muerte en un verano de hace 93 años. En una vitrina se reproducen los telegramas cifrados de las autoridades de la Sublime Puerta del Imperio Otomano cursando instrucciones para el desalojo y eliminación de los armenios. En uno de ellos se solicita discreción y absoluta inmisericordia (por igual, todos deben ser aniquilados: niños, mujeres y hombres, ancianos, sanos y tullidos).

Tras recorrer las salas del Museo Memorial del Genocidio Armenio de 1915, me siento en silencio en el coche y me dejo llevar. Mi huésped, de costumbre parlanchín, me deja a solas con los fantasmas de un millón y medio de víctimas de la primera gran limpieza étnica del siglo XX europeo. Me pierdo en el paisaje: las calles, las colinas romas a las afueras de la ciudad. El calor y el silencio. Es difícil moverse y respirar por la espesura de tantas muertes que no deben ser olvidadas. Miro en derredor y veo a los niños jugar en las aceras, veo los quioscos de flores, las tiendas, los tenderetes de bebidas, los peatones y el tráfico rodado, los bazares y las fábricas vacías: todo como un decorado mudo que va pasando. Sigo lívido, pensativo. Silencioso.

Antes de poderle echar un muerdo a la comida, me sirven una copita de vodka que vacío de un trago. Arde, quema.

05-AGO-2008

Recorro Armenia en un microbús que nos ha de llevar a ver paisajes y monasterios en el norte del país cuyos nombres resultan impronunciables. Es domingo; y el viajero ha de llenar las horas hasta la madrugada del lunes: el avión que le devuelve a Europa sale a las 04h45.

El conductor es un tipo grueso y callado que sólo después del desayuno desatará su lengua. Se bebe media botella de vodka, un cuarto de litro, mientras nosotros visitamos unas ruinas. Al volver hacia el microbús le encontramos sentado a la mesa hincándole el diente a unas hogazas de pan, quesos y salchichones. Se sirve vasitos de vodka y nos invita a desayunarnos con él. La conversación la llevan mis compañeros de tour: es una pareja de americanos establecidos en Los Ángeles de origen armenio. Les acompaña una prima, armenia de origen iraní y también residente en los EEUU desde la revolución khomeiní de 1979.

Cuando seguimos ruta hacia otro monasterio, las dos mujeres se ponen a cantar. El marido se inclina hacia mí y me dice que se trata de viejas canciones de la familia. Son nietos de la diáspora, miembros de la gran comunidad armenia que huyó, sobrevivió y se adaptó a vivir en otras tierras de acogida, de manera que hoy son tantos los armenios del exterior como los que están censados en la actual república de Armenia. Las suyas son canciones tristes y nostálgicas que lloran la pérdida en cada rima. La guía escucha atentamente y marca el ritmo con palmas tímidas. Me traduce al paso el sentido general de las canciones. Es una joven de ojos almendrados, de pelo oscuro, lacio, figura esbelta y dientes pequeños, cuyos labios parecen tallados con hachuela, de un solo golpe. En ella veo a las mujeres del pueblo armenio que huyeron de las masacres de 1915.

De visita en visita, recorremos pistas, carreteras secundarias, baqueteados de un lado al otro, cruzando aldeas, adelantando a camiones renqueantes que aún lucen marcas de la CCCP con su hoz y su martillo, tractores de vetustez inverosímil y coches de domingueros que han salido a hacer barbacoas en el campo. Los tres yanquis se extasían y cualquier cosa que ven merece un Wau, wonderful, beautiful, really wonderful. Y yo miro y no veo más que un corral hediondo, sucio, destechado por los inviernos del Cáucaso, vacío excepto por un gato gandul y una gallina que picotea a la sombra del pajar. Calles sin pavimentar, barrizales y arroyos haciendo de albañales. Niños sarnosos sentados en las calles, subidos a los árboles, o pastoreando vacas y ovejas. En las plazoletas hay fuentes con su bomba de mano que diríase han estado en uso hasta hace poco. Really nice, apostillan los exiliados. Y todo el bus entona canciones de nostalgia, cantos al lago Sevan, a Yereván, besos robados a las mujeres armenias, cantos a la distancia...

«Esta canción me la enseñó mi abuelo» nos dice antes de empezar. Y con voz lúgubre canta. Demudada, la guía escucha. Con la mirada le pido que traduzca, pero con un gesto de su mano me hace callar. El marido, con su voz de bajo, acompaña el ritmo. Es una canción que del hontanar de muchas penas surge y nos embarga.

Todos acaban llorando. Incluso el conductor veo que se pasa el dorso de la mano por las mejillas. Yo miro por la ventana. El árido paisaje de las mesetas, de los barrancos y colinas peladas al norte de la ciudad recuerda el de los desiertos del Norte de México. Y pienso que, en cierta medida, también estamos en Comala: un paisaje inhóspito habitado por la memoria de un millón y medio de muertos que, desde las canciones, saludan a sus nietos.



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Pedro Lluch

(Barcelona, 1969). Publica regularmente en su blog personal http://miedoslibres.blogspot.com/ y colabora semanalmente con una edición local del diario La mañana, de Lleida (en catalán).


Contactar con el autor: plumalba [at] gmail.com


Fotografía de cabecera del artículo: Pedro Lluch © | En el cuerpo del artículo: Adanamass, By The cie des Phares et Balises [Public domain], via Wikimedia Commons.