Poeta en Buenos Aires.
Del significado azaroso de las letras

______________________________
Carlos Garrido Castellano



Resumen: el presente trabajo intenta analizar un acontecimiento singular: el encuentro en la capital bonaerense de dos artistas ampliamente reconocidos en su patria, y que empezaban a serlo en el extranjero; el primero era pintor y era argentino; el segundo, poeta, dramaturgo, hombre de cultura, en este caso era español. El primero vivía su infierno personal en la capital de la Plata; el segundo iniciaba el descenso al suyo propio. Buenos Aires supone un paréntesis, un punto de encuentro, y como todos los puntos de encuentro se rige por unas leyes propias, caprichosas.

Pero también Buenos Aires es el lugar donde los acontecimientos se precipitan, donde se descascarilla la realidad y empieza a pasar lo inevitable.
Ambos compartían mucho. Entre otras cosas, un nombre, un emblema, casi una palabra mágica. El primero era Jorge Larco, uno de los más grandes pintores iberoamericanos de la primera mitad de siglo; el segundo era el poeta Federico García Lorca en viaje a la Argentina, pocos años antes de su muerte.



Va de encuentros. Y de casualidades. Imaginemos por un momento a Federico en Buenos Aires, allá por 1933. Ya consagrado, reconocido, camino de la próxima función de alguna de sus obras, quizá Bodas de sangre, que la compañía de Lola Membibres ha preparado concienzudamente. De nuevo fuera de casa, aunque en esta ocasión la Otredad de La Plata no sea la apabullante inmensidad de Nueva York, sino un espacio casi familiar, donde Federico encuentra una identidad de cultura, un universo que lo acoge.

Es imposible que la escena no se nos mezcle con otra, posterior en unos pocos años: la del poeta fusilado, la de un país en guerra. Pero 1933 no es 1936, aunque quiera serlo, inevitablemente, aunque se aproxime como un mal augurio a una catástrofe. No la de los bombardeos, ni siquiera la del fusilamiento masivo; sino la de la represión, una violencia sorda que distingue a cada uno por su nombre, aislándolo brutalmente de las circunstancias de su vida, de su realidad contemporánea, para ajustarle las cuentas de una vez por todas, sin posibilidad de perdón o de redención posterior.

Alguien ha dicho que Buenos Aires es el último oasis antes de la catástrofe, el último trago de agua antes de la Crucifixión.

Lorca no es, tampoco, Larco, aunque sus apellidos parezcan hechos para mezclarse. De hecho, en 1933, en las calles de Buenos Aires, ambos convergen, casi por inercia. El pintor afronta un momento álgido en su carrera. De hecho, acaba de recibir un encargo: el de decorar las escenografías de la obra de Lorca, casi su homónimo, su clon hispano. En lo personal ambos comparten también una tragedia y una mujer —sí, una mujer—, que en el caso de Larco no es otra que su esposa. La homosexualidad, otra coincidencia más, les acerca más si cabe a esa mujer enigmática, María Luisa Bombal, también poetisa, por cuya voz conocemos la historia.

Que Larco había sido infeliz en su matrimonio es una consecuencia lógica del carácter tanto del pintor como de la Bombal; la figura de Lorca se convirtió en un elemento común en el conflicto conyugal, un punto de encuentro. Las desavenencias de la pareja resonaban en las calles de Buenos Aires; todo el mundo conocía que se trataba de un matrimonio de conveniencia. A ambos unía, sin embargo, su amistad con el escritor.

También tenemos un dibujo. Casualidad o no, es de Lorca. Se lo dedica al pintor. El Federico que pinta está lleno de melancolía; desprende tristeza al que se acerca, aunque intente representar algo neutro o incluso alegre. No hace falta el llanto; la realidad del cuerpo, de la cara, del gesto es más expresiva. De inmediato surge el propio Federico, su circunstancia personal, que no es otra que la de su muerte. La muerte del poeta se incrusta a golpes en los años de su vida, los infecta con una especie de pátina que tiñe todo de irrealidad, una clase rara de sueño, el mismo de los romances y las leyendas en que todo sucede como si existieran milenios de distancia, como si así se pudiera aplacar o aplazar la tragedia, aun sabiendo que esto, incluso en los sueños, es imposible.

Tenemos, pues, un dibujo, un regalo que reemplaza a una amistad, una amistad que estuvo plasmada en relación laboral, en ruidosa «convergencia de intereses» entre dos genios. Sin embargo, por encima de todo estará la amistad.

Pero sigamos imaginando, y entremos de la mano de Federico en el Teatro Avenida, abarrotado de gente. Federico García Lorca conoce en Buenos Aires algo que no había encontrado hasta el momento: la admiración, un sentimiento que no hay que confundir con el respeto ni con el reconocimiento. Se siente próximo a todo: a la gente, a la que le une la lengua, a la ciudad, a su círculo de amigos. Aunque presiente algo, la tragedia todavía no se ha concretado, y Lorca asiste en Buenos Aires a la representación de una de sus obras, quizá Bodas de Sangre. Cuando se abra el telón, aparecerá la escenografía de Jorge Larco.

Queda la nostalgia. El propio Federico, que contaba con el regreso a Madrid en pocos días, se encuentra atrapado por la ciudad: «Pasan días, pasan noches y un mes y medio, pero... yo permanezco. Y es... que Buenos Aires tiene algo vivo y personal; algo lleno de dramático latido, algo inconfundible y original en medio de sus mil razas que atrae al viajero y lo fascina. Para mí ha sido suave y galán, cachador y lindo, y he de mover por eso un pañuelo oscuro, de donde salga una paloma de misteriosas palabras en el instante de despedida».


* * * *


El motivo que me llevó a sentir curiosidad por esta relación se encuentra igualmente lleno de coincidencias. El mismo año que me interesaba por primera vez por la vida del poeta comencé la universidad. Allí, en otro contexto, empecé a estudiar varias materias sobre Arte Iberoamericano. En una de esas clases encontré por primera vez la obra de Jorge Larco. Busqué más imágenes —era (y es) difícil conseguir textos específicos sobre artistas argentinos, lo cual se extiende al conjunto de Hispanoamérica, hechas algunas salvedades tópicas como Frida Kalho o Diego Rivera— y conseguí reunir un buen catálogo de pinturas suyas.

El siguiente paso fue acudir a los manuales de pintura iberoamericana que pude encontrar en mi universidad. Apenas unas líneas, un par de párrafos, y la reproducción de una obra famosa, una de estilo oriental, con unos personajes que decoran un fondo que parece sacado de las Mil y una Noches. Fuera de eso, nada más.

Se me ocurrió preguntar a mi profesor —yo tenía entonces diecisiete años, y mi interés en algo tan «lejano» me quedaba demasiado grande—, que por casualidad también era argentino. Era el hijo de un gran historiador del arte argentino, que había decidido continuar su carrera en España. Con el tiempo llegamos a ser buenos amigos.

Entre tanto, yo seguía concentrado en Lorca, pero me encontraba en el lado equivocado. Tras una ardua pelea conmigo mismo, me había decantado por Historia del Arte en lugar de Filología, lo cual me supuso un hondo enfado durante varios meses. Mis profesores, para hacer más profunda la decepción, me exhortaban a concentrarme en una única materia y a olvidar el resto, pues «lo que domina hoy es la hiperespecialización y nosotros no somos nadie para cambiar eso hemos de adaptarnos a las circunstancias para Progresar para parecernos al resto de Europa».

La conversación con mi profesor tuvo efectos sorprendentes. Entre otras cosas, me permitió borrar de un plumazo imágenes pesimistas, como la anterior. No sólo era posible ligar varias realidades, como un poema y un lienzo; también era extremadamente fértil. ¿Quién querría memorizar una pila de fechas o limitarse a describir absurdamente formas si puede crear, acercarse, en todas sus materializaciones, a la sociedad real que estudia? ¿Quién es tan simple como para enterrar su propia imaginación? En la actualidad, el estudio comparado constituye mi campo de investigación.

Precisamente, la imaginación centraba la historia que me contó. Parecía inventada, y sin embargo era, o pretendía ser, real. Lo que me dijo, más o menos, se resume en lo siguiente:

Él, mi profesor, también había estado interesado en estudiar a Jorge Larco. Sin embargo, mientras vivía en Argentina tuvo serios problemas para encontrar documentación sobre el pintor. Como si se lo hubiese tragado la tierra, y hubiese escupido algunos cuadros, Larco aparecía casi desahuciado, desaparecido. Cierto que había algunos estudios; pero documentos personales, cartas y otros efectos propios se habían perdido en su gran mayoría. No sabía explicarme la causa de esa pérdida, aunque, me dijo, no era algo extraño ni único.

Finalmente, mencionó de pasada la relación de Larco con García Lorca. Creí que era una broma. No podía ser, tenían nombres coincidentes casi en su totalidad, habían vivido la misma época, se habían conocido, habían compartido un año en la Buenos Aires de los años treinta, habían sufrido por una misma mujer —la esposa por contrato de Larco, la amiga de Lorca,
María Luisa Bombal—, me había preocupado por ambos al mismo tiempo, sin poner en relación sus nombres. Extraño, ¿no?

Poco tiempo después volvía a preguntarle por las escenografías que Larco había pintado. Era el tema que más me interesaba, la materialización de esa amistad. ¿Qué contendrían? ¿Cuánto habría en ellas de cada uno? Todavía no lo sé. Él me dijo que creía que se habían perdido, que, en algún momento, habían sido destruidas. Desde luego, no las encontró cuando estuvo buscando acerca de Larco, y luego de eso pasó a interesarse por otros temas.

Algo similar me ocurrió a mí. Durante un tiempo busqué entre la bibliografía que pude encontrar en España, pero apenas conseguí nada, excepto un par de libros que aludían a los aspectos filológicos de la estancia de Lorca en Buenos Aires, o que intentaban reconstruir la dimensión sociológica que el teatro del granadino había tenido en Suramérica. Junto a ello, lo más que pude ver fue una mención a que para las escenografías que decorarían esas obras se contrató al pintor local Jorge Larco, que gozaba de buena reputación.

Pero hace poco encontré dos piezas que completaban la escena. Una era el dibujo; la otra, una entrevista. Parece ser que el único testimonio de la época que los tres pasaron juntos es una entrevista de la mujer de Larco tras su divorcio. A partir de la lectura de esa entrevista —hoy en día fácil de encontrar a través de Internet— escribí esta historia.

Sé que no es mucho. Sin embargo, me pareció cuanto menos curioso. En todo caso, la Historia no necesita documentos, pues el mero hecho del encuentro habla con elocuencia de la vida de ambos personajes. Pido a quien sepa algo más me lo haga saber.



Bibliografía:

- VILLAREJO, Pedro. García Lorca en Buenos Aires: una resurrección anterior a la muerte. Buenos Aires: Libros de Hispanoamérica, 1986
- GARCÍA LORCA, Federico; dibujos: exposición celebrada con ocasión de la reapertura del Teatro Avenida de Buenos Aires / Comisario de la exposición y catálogo Manuel Fernández-Montesinos García. Madrid: Tabapress, 1994
- GUTIÉRREZ, Ramón. América y España, imágenes para una historia: independencias e identidad, (1805-1905) / Ramón Gutiérrez, Rodrigo Gutiérrez Viñuales. Madrid: Fundación MAPFRE, 2006
- GUTIÉRREZ VIÑUALES, Rodrigo. Argentina y España: diálogos en el arte (1900-1930). Buenos Aires: CEDODAL, 2003
- GUTIÉRREZ VIÑUALES, Rodrigo. Arte latinoamericano del siglo XX: otras historias de la historia / Rodrigo Gutiérrez Viñuales (director). Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005
- GUTIÉRREZ, Ramón y GUTIÉRREZ VIÑUALES, Rodrigo. Historia del arte iberoamericano / obra a cargo de Ramón Gutiérrez, Rodrigo Gutiérrez Viñuales. Barcelona: Lunwerg, 2000.


Imagen artículo: María Luisa Bombal, See page for author [Public domain or Public domain], via Wikimedia Commons.


_______________________

Carlos Garrido Castellano


(1985 - Martos, Jaén - España), es Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Granada.

Director del proyecto de investigación y difusión del Museo Arqueológico de Martos (Jaén) y Bibliotecario y conservador de dicha Institución, ha dictado conferencias en el Museo de La Alhambra, Granada (Ajedrez y tablas. El juego en el Reino Nazarí de Granada y La Acequia Real. El camino del agua en la Alhambra), participado en excavaciones arqueológicas (proyecto de Intervención en la Zona Arqueológica de Marroquíes Bajos, Jaén y poblado ibérico de La Higuera de Arjona, entre otras) y
asistido a numerosos Congresos y Seminarios.

Contactar con el autor: carlo_garrido [at] hotmail.com